sábado, 11 de abril de 2020

Las MDS

El militante revolucionario, en cualquier lugar donde se desempeñara, debía guardar, de forma estricta, las MDS (Medidas de Seguridad); cualquier mínima violación de éstas implicaba un atentado a la vida propia y del colectivo.

Respetar las MDS nos salvó la vida infinidad de veces. Romperlas también llevó a la muerte y captura de muchos compañeros y compañeras.

Recuerdo que cumplí 28 años solo, en una casa de Tabasco, México. Era marzo de 1992. Mi hijo y mi compañera estaban a 750 kilómetros de distancia. Las tareas que realizábamos requerían de tal separación. Aunque vivía en una zona de campo, con mucha vegetación, en un pueblo cercano se escuchaban las cumbias de la época. Había alguna fiesta local, con mucha cerveza y juventud disfrutando. Pero me quedé en la casa. La disciplina era importante. No sé porqué salta con más intensidad este recuerdo. Fueron muchos años, muchas circunstancias difíciles que enfrentamos.

En las ciudades se exigía mayor cuidado con las medidas de seguridad y los jefes eran muy rigurosos al aplicar el reglamento disciplinario. Hay historias de compañeros irresponsables que fueron capturados en algún bar y con ellos cayeron sus contactos, el equipo con el que vivían y hasta algunos seres queridos. También se rompían las MDS al visitar a la familia, ir al médico o al dentista, o encontrarnos con los amigos de la infancia.  La vida militante exigía romper con todos los nexos de la vida legal.

Cuando se cubría un contacto se hacía un pre chequeo del lugar, unos minutos antes del encuentro, para determinar si no había indicios de vigilancia enemiga. Luego, en el punto de encuentro, se esperaba solo diez minutos. Llegar antes de la hora también era un riesgo.

Un compañero cuenta como una impuntualidad le salvó la vida. Estaba en un restaurante esperando a una compañera. Había tomado todas las medidas previas y en el lugar no había nada que llamara su atención, pero pasaron los diez minutos de tolerancia y la compañera no llegó. Decidió terminar su café tranquilamente. Transcurrieron otros diez minutos sin que ella apareciera. Pagó y se fue.  Antes de llegar a la casa de seguridad donde vivía hizo el correspondiente chequeo y contra chequeo.  Al llegar a la colonia vio varias patrullas de policía en los alrededores y algunos vehículos de judiciales. Un sudor frío corrió por todo su cuerpo, pero siguió aparentando la mayor tranquilidad y logró retirarse. La casa había caído. Diez minutos antes también él habría sido capturado.

En los 80’s las casas de seguridad tenían características similares; el tipo de colonia o barrio, el tipo de habitantes, generalmente clase media baja. Todo esto llevó a que el enemigo, diseñara toda una estrategia de inteligencia y dio golpes contundentes a las organizaciones revolucionarias. Mario Payeras, en “El Trueno en la Ciudad”, es muy crítico de la metodología que llevó a que cayeran decenas de compañeros y compañeras.

De esa época, cuentan algunos sobrevivientes lo siguiente: Era una mañana como muchas otras, con aparente tranquilidad. La unidad estaba integrada por dos compañeros y una compañera. Se levantaron a la hora acostumbrada e iniciaron sus actividades de rutina, Una hora después vieron por la ventana que varios vehículos de judiciales tomaban posición estratégica de las esquinas. Se subieron a la terraza y observaron que vehículos del ejército cubrían el otro lado de la manzana. Se prepararon para todo. Alistaron sus armas y cuando estaban a punto de salir y tomar la iniciativa, escucharon que el enemigo ingresó de forma violenta a otra casa vecina, con un fatídico enfrentamiento en el que murieron varios compañeros de una organización hermana.

Una anécdota diferente y hasta un poco graciosa le sucedió a tres comandos urbanos, surgidos de la gloriosa Universidad de San Carlos de Guatemala. Uno de ellos era de reciente incorporación y decidieron llevarlo a una casa de seguridad para iniciar su instrucción militar. Fue una semana completa, en la que a diario le pedían que cerrara los ojos. Al llegar al lugar solo le recomendaban que bajara la vista, para evitar sospechas de los vecinos. Al salir, le daban unas vueltas por el lugar y lo dejaban. Todos los días fue lo mismo: la misma forma de llegar y la misma forma de dejarlo. El último día, ya molesto por aquella rutina, el compañero  les dijo:  — Compas, pero ¿! por qué me traen con los ojos cerrados!?  — ¡Son las MDS, compañero!, le respondieron.  — ¡Que MDS ni que la chingada!, ¡Tanta babosada para que no sepa donde estoy, si yo en aquella casa de la esquina vivo!.

Las MDS ahora, en contra del coronavirus, son similares:
Debemos romper con los nexos familiares, principalmente los de mayor riesgo.
Debemos salir de casa solo para lo estrictamente necesario.
Debemos mantener alta la moral, a pesar del encierro, para que los resultados sean los mejores.

Debemos confiar en que las medidas son necesarias para alcanzar la victoria.

lunes, 19 de agosto de 2019

1993: Ataque a puesto de avanzada del ejército


"En la intensidad del momento se podía sentir el paso de cada milésima de segundo, más aún cuando notaron que los militares habían sido alertados por las voces de mando..."

En 1993 combatientes del Frente “Panzós Heroico” fueron enviados a efectuar un ataque al puesto de avanzada del destacamento militar ubicado en la zona petrolera de Rubelsanto, en Chisec, Alta Verapaz, donde operaba hasta ese momento la compañía petrolera Basic Resources.

Para llevar a cabo esta acción debían considerar que el puesto de avanzada se encontraba a 500 metros del destacamento y había que pasar por un caserío, para llegar al lugar donde sería colocada la posición principal de la acción. El riesgo era extremo e implicaba un alto nivel de sigilo en un primer momento, rapidez y certeza, en el segundo.

La unidad guerrillera estaba integrada por 18 combatientes y era necesario que todos atravesaran el poblado sin ser detectados. Se untaron de ajo por todo el cuerpo para que los perros no sintieran su olor y les ladraran. Iniciaron la incursión a las 11 de la noche.

El caserío era pequeño: de un punto a otro habrían 250 metros. Sin embargo, a paso de zapadores, tomados del cinturón unos de otros y desviándose por los lugares con menos probabilidades de ser descubiertos, hicieron seis largas horas. Ninguno de los 18 flaqueo.

Nueve guerrilleros se quedaron frente a la carretera, en la salida del pueblo, punto que sería clave posteriormente. Los otros nueve avanzaron 150 metros más, donde se encontraron con una malla que daba frente al puesto militar e impedía el paso, aunque no así el operativo.

Todos tomaron sus posiciones. Juan Antonio llevaba una potente ametralladora PKM. A la izquierda se ubicó su primo Eliú, con el lanzagranadas y a la derecha Chaco, con el lanzacohetes. El resto de fusileros ocuparon los flancos. A las 5.45 todos estaban listos, a la espera de la orden del jefe de la unidad, el teniente Lima.

El ataque debía iniciar a las 6.00 horas. En ese momento vieron una sombra correr hacia ellos. Era un soldado que se detuvo a unos diez metros de la posición de Juan Antonio. — “Si me mira le vuelo verga”, pensó y apuntó, en espera de lo peor. El soldado se bajó el pantalón y se agachó para hacer sus necesidades. Dos minutos después se levantó y regresó relajado. — ¡¿me vio, me vio?! , preguntó nervioso a Eliú. Pero en el puesto militar no hubo ninguna reacción.

A las 6.00 en punto, cuando aún no parecía haber ningún movimiento en el lugar se escuchó el grito del teniente Lima: — ¡ Fueeeeegoooo ! El lanzacohetero era el encargado de iniciar la acción, pero en ese preciso momento tenía abajo la bazuka. En lo que se subió el arma al hombro y afinó puntería se escuchó nuevamente el grito del oficial guerrillero: — ¡ Fueeeegooo !.

Foto de apoyo. Combatientes de FAR en Petén.
En la intensidad del momento se podía sentir el paso de cada milésima de segundo, más aún cuando notaron que los militares habían sido alertados por las voces de mando y antes que se dejara escuchar la detonación del cohete, retumbó la ametralladora. Juan Antonio tuvo que iniciar la acción. Luego de al menos 25 tiros salió el cohetazo directo y certero a la garita, que voló en pedazos a una distancia de 20 metros. De inmediato inició la fusilería y con ella, en leves pausas, las granadas. Era una orquesta de muerte.

Los soldados no atinaban a reaccionar. Unos minutos después se volvió a escuchar el grito de Lima: — ¡ Al asaaaltooo ! Cortaron la malla y empezaron a avanzar. Fue hasta ese momento que intentaron poner resistencia, pero ante el coraje y valentía de los insurgentes huyeron hacia la carretera donde se encontraron con la contención guerrillera, que también los hizo retroceder.

Solo les quedaba mantenerse escondidos en un pantano aledaño para salvar sus vidas. Todo esto ocurrió en cuestión de minutos. El oficial al mando del destacamento escuchó el apabullante estruendo de las armas guerrilleras, por lo que envió a una compañía de infantería a reforzar la avanzada. Corrían agazapados por una orilla de la carretera, cuando Chaco, el cohetero, recibió la orden de disparar.

Un potente granadazo hizo volar a cuatro militares, dando paso a un enfrentamiento con fusilería. Juan Antonio fue enviado a posicionarse con la ametralladora en medio de la carretera y abrir fuego a lo que se moviera, en tanto el grupo de Lima tomó las galeras de la avanzada del ejército. Dos soldados habían perdido la vida en ese lugar.


Fueron recuperados dos fusiles galil, mochilas, municiones y una cantidad considerable de abasto. No habían pasado 30 minutos cuando se dio la voz de retirada. No hubo bajas insurgentes; por parte del ejército murieron seis elementos. Posteriormente se conoció que los soldados de la avanzada que se habían escondido en el pantano, informaron haber sido secuestrados por la guerrilla.

viernes, 9 de agosto de 2019

Una acción desafortunada

“Te mataron
y no nos dijeron donde
enterraron tu cuerpo, 
pero desde entonces
todo el territorio es tu sepulcro; 
o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que no está tu cuerpo,
tú resucitaste”.
Ernesto Cardenal


Entre julio y agosto de 1985 se llevó a cabo el XII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú, al que asistieron más de 20 mil jóvenes de 157 países. A este magno evento se dio cita una delegación de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), integrada por varios combatientes guerrilleros; hombres y mujeres que se habían ganado a pulso el derecho a estar ahí y que aún les faltaba mucho por aportar.

Las operaciones en los frentes continuaban con diversidad de dificultades, pero con la voluntad y calidad individual, de seres que estaban dispuestos a darlo todo, incluso su propia vida, por construir un mejor país.

En una guerra irregular cualquier acción militar implica un alto riesgo, así sea únicamente propaganda armada. En Guatemala este tipo de actividades se efectuaban con la intención de atraer al ejército a un lugar, dispersar a la fuerza enemiga, llevar el mensaje revolucionario a la población, generar simpatía y aumentar la incorporación de jóvenes a las filas insurgentes.

Por aquellas fechas, a mediados de 1985, el teniente Águila organizó la toma de un tramo carretero, entre el caserío Colpetén y la aldea Sabaneta. Una tarde antes la unidad guerrillera acampó en una milpa cercana al lugar donde se llevaría a cabo la acción. Águila autorizó que se hiciera una fogata y se cortaran elotes. El teniente era muy cuidadoso con la propiedad de la población. Era común que si pasaban por un cañaveral ordenara sembrar más caña. El campesino pobre debía recibir el valor de lo que se consumiera. En aquella ocasión no fue posible hacerlo por las condiciones de secretividad en que se encontraban, previo a la acción.

A las 5 de la mañana del día siguiente se acercaron a la carretera. Antes se pusieron de  acuerdo en las tareas que a cada quién correspondían: en ambos extremos del tramo colocarían contenciones, con el fin de bloquear el tráfico y hacer frente a cualquier incursión del ejército. En el centro, Alex se encargaría del mitin y junto a él estaría el sargento Everildo y el compañero Frank, para protegerse mutuamente y participar de la arenga. Uno de los flancos, a manera de retaguardia, estaba resguardado por el compañero Morales y su escuadra.

Alex, Everildo y Frank se subieron sobre un camión y estaban por iniciar el mensaje revolucionario cuando se oyó un disparo. Everildo se dobló hacia adelante y cayó de cara en la tierra, sin el más mínimo movimiento. Su arma voló a unos metros de su cuerpo. De inmediato empezó un nutrido fuego de fusilería. Los soldados habían burlado la vigilancia de Morales y su gente.

Frank buscó salir del lugar a como pudo, en tanto que Alex, en medio de la carretera, no podía levantar la cabeza. Al momento de los disparos e teniente Águila logró rodar hacia una de las orillas, en una balastrera. Un pelotón de soldados atacaba desde un pequeño cerro, donde emplazaron rápidamente una ametralladora y al menos dos lanzagranadas M-79, además de la fusilería. Era un fuego nutrido sobre el pequeño grupo de guerrilleros que no esperaban ese ataque. Alex se encontraba junto unos pick ups, que le sirvieron de parapeto para protegerse inicialmente, pero las personas civiles, que corrían un grave peligro, se subieron a los vehículos y a como pudieron salieron del lugar.

Muy rápidamente solo quedó el camión junto al que estaba el cuerpo inerte de Everildo. Alex perdió su parapeto, Expuesto, en medio de la carretera, perdería la vida en cuestión de segundos. En ese instante escuchó el grito del teniente: — ¡Hacele huevos, yo te cubro! Águila dirigió ráfagas largas con su M-16 hacia el lugar donde estaba el enemigo, con lo que logró el espacio mínimo para que Alex saliera de la línea de fuego.

En el área de la balastrera se había formado una pequeña vuelta que les permitía sacar el fusil, disparar y al mismo tiempo protegerse. Alex y Aguila lograron ubicar a un soldado escondido tras de un arbusto de jocote jobo. Las hojas impedían verlo directamente, pero el cañón de su arma era evidente. Sabían que aquello no era realmente una protección para el militar. Águila, que tenía muy buena puntería, apuntó cuidadosamente y eliminó ese punto de ataque. Aniquilada esa posición pudieron salir de donde se encontraban y retirarse.
Teniente Águila, al centro.

El punto de reunión estaba a menos de dos kilómetros, pero antes de llegar el teniente preguntó por Everildo. — Está  muerto, dijo Alex, lo vi caer completamente sin sentido, nunca se volvió a mover.  Pero Águila era empecinado y no quería perder a ningún compañero. — ¡Vayan a sacarlo!, ordenó. Alex y la Misha se vieron las caras, ninguno quería regresar. El cerro estaba tomado por los soldados, que además empezarían a perseguirlos, estarían en una posición completamente desventajosa. Regresar significaría la muerte.

Pero Águila mantenía su orden. Estaban por regresar cuando apareció un avión Pilatus que comenzó a roquetear hacia donde se encontraban. Era necesario salir de ahí cuanto antes.

El cuerpo de Everildo no pudo ser rescatado.

En cualquier confrontación armada hay pérdidas de ambos lados, pero en una guerra irregular hay factores que modifican la balanza para uno u otro lado. El ejército de Guatemala tenía más elementos y mejor armamento: cañones, aviones, tanquetas. En tanto la guerrilla tenía a su favor el conocimiento del terreno, la dispersión de fuerzas y el factor sorpresa, pero especialmente la calidad humana: hombres y mujeres decididos a todo para alcanzar la victoria.

Cuando el ejército, con mayor volumen de fuego y número de efectivos sorprendía con métodos de guerra de guerrillas se daban acciones como esta, en la que los sorprendidos fueron los combatientes revolucionarios.

A pesar de la caída de un valioso compañero y la posterior retirada en condiciones desventajosas, también el ejército registraba bajas.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Cuipy



“Si amas algo, déjalo libre…”

La flora y la fauna en las selvas y montañas de Guatemala se vieron afectadas durante el conflicto armado interno. Quemas y bombardeos acabaron con cientos de hectáreas en las que habitaban diversidad de especies, muchas de ellas en peligro de extinción. Una cantidad considerable de mamíferos, peces, aves y reptiles también formaron parte de la dieta de sobrevivencia de los grupos armados, y poblaciones en resistencia.

En las organizaciones revolucionarias la cacería se planificaba si habían condiciones de seguridad, pero era totalmente prohibido matar a ningún ser vivo si no era para alimentar a los combatientes, a los enfermos y heridos o a alguna compañera en estado de gestación.

Mono araña en Petén. foto tomada de internet.
En medio de esta situación, despiadada y hasta antinatural, también se daban bellas historias de animales, muchos de los cuales pasaron a integrar las filas revolucionarias, por distintas razones, como la del compa “Chicuco”, aquel mono araña al que los compañeros adoptaron como un miembro más, pero les fue imposible llevarlo consigo cuando el ejército cayó al campamento. Los kaibiles lo encontraron en el árbol donde solía estar, vestido de verde olivo. Lo bajaron y acabaron a machetazos, con toda la brutalidad que había en ellos.

Un Tucán rescatado. Foto Internet.
En 1986, en el campamento “Nadie se escapa” se encontraba el compañero Rony, un combatiente que se recuperaba de una herida y de quien nunca supe si le decían “Rony Tucán”, por su amplia nariz aguileña o porque en ese tiempo se convirtió en papá de un Tucán. Había cuidado a una de estas bellas aves, casi desde que salió del huevo, por lo que lo tomó como su padre; sabía perfectamente que él lo protegía y alimentaba. Era gracioso ver a Rony recorrer el campamento y detrás suyo al Tucán, que lo seguía a pequeños brincos.



Cuipy se sentía "la mamá de los pollitos"
Pero la historia que da título a esta entrada es la de Cuipy, un faisán hembra que nos llevaron a la casa de seguridad donde nos encontrábamos, también como un pequeño polluelo. Su nombre era una onomatopeya del sonido que hacía. Alimentábamos a Cuipy con agua y masa y la cuidábamos con todo el esmero posible. Al igual que el Tucán de Rony se apegó a nosotros y nos veía como familia.

Vivíamos en una ranchería, con muchos árboles, plantas y agua por todas partes. Cuipy parecía estar en su hábitat natural y pudo crecer grande y fuerte. Nunca cortamos sus alas. Cuando supo que podía volar lo hizo y una tarde alzó vuelo. Oímos un fuerte aleteo y solo vimos su sombra. La buscamos esa tarde noche, sin resultados. Intuíamos dónde se encontraba, pero era imposible acceder al lugar.

Creímos que la habíamos perdido y dormimos tristes, pero al amanecer, a eso de las 5 de la mañana, escuchamos nuevamente el aleteo que descendía a nuestro patio. Salimos corriendo. Ahí estaba, junto a los pollos que empezaban a picotear su maíz.

Cuipy hizo de esto una rutina diaria, que pasó a ser su forma de vida. Se iba por las tardes y regresaba en las mañanas, comía, bebía, permanecía en “su casa” durante el día y se iba al entrar la tarde.

Lupita, la niña que Cuipy cuidaba
Ese año nació mi hija y por el calor y los mosquitos colocábamos en una hamaca con mosquitero en el corredor del frente de la casa.  Pronto Cuipy asumió el rol de guardiana de la pequeña. Se mantenía al píe de la hamaca y no permitía que ningún extraño se acercara a ella. Hasta algunos conocidos eran picoteados o perseguidos por Cuipy, que protegía a la bebé, como suya. Algo extraño, quizá un instinto maternal o percibía que era un ser vulnerable.
Cuipy, a punto de alzar vuelo

Algunas tardes volaba más lejos y nos preocupaba que por su naturaleza salvaje decidiera quedarse y no regresar más; no estaba en su verdadero hábitat y podría ser víctima de personas sin escrúpulos que únicamente quisieran hacerle daño. Las había.


Pero el final de Cuipy sería más extraño. Una mañana, antes del medio día, mientras trabajábamos en nuestros equipos de radio, escuchamos fuertes aleteos en el patio. Brincó dos, tres veces y dio varias vueltas, hasta quedar con sus grandes alas abiertas, tendida, corrimos junto a ella y hasta intentamos soplar por su pico para que respirara. Pero no volvió. Sufrimos su muerte. La lloramos y la enterramos atrás de la casa, junto a unos árboles de cacao, donde seguramente continuó dando vida.

viernes, 5 de abril de 2019

El tigre escamado

Por Marco Tulio Soto

Y acercándose cautelosamente, con sigilo inaudito, avanzaba el tigre real. Aquel tigre que se las había jugado siempre, que había arriesgado su vida frente a la muerte y el destino.

Aquel tigre, que se encontraba en su edad de celo, había aprendido en su infancia y su juventud, cómo defenderse, cómo conservar la vida con su instinto natural. Aquel animal de sangre caliente, de salvajismo innato, de porte y belleza estéticos; de heroísmo y sagacidad pulcras; de amor a la naturaleza, a la montaña, al medio natural, a los ríos, los volcanes; al proceso de descomposición de las hojas que caen de los árboles; al nacimiento de los ríos en la montaña, a los riachuelos que se van formando con el goteo de las nubes al condensarse el rocío de las hojas y los arbustos, había sentido la presencia de la víbora barba amarilla.

Esta no era común, de las que imponen su elegancia, más bien era una malformación de serpiente; parecía mordisqueada, con las escamas levantadas, pero mantenía intactas sus enormes mandíbulas, sus colmillos curvos, afilados como agujas hipodérmicas, con glándulas cargadas de mortal veneno.

Los dos animales eran reyes en sus respectivas especies. Uno en el de los felinos, el otro en el de los reptiles.

El tigre, que venía hambriento, saltó sobre la víbora, pero ésta ya lo estaba esperando. El enorme felino se devanó en la tierra. Se sacudió con toda su fiereza, pero la serpiente no lo soltó: sus colmillos curvos y la trayectoria de la mordida lo imposibilitaban.

El tigre sintió la inyección de veneno en su cuerpo. A pesar de su experiencia permanecía ignorante frente al fenómeno de la muerte. Él vivía constantemente de la muerte, pero enfrentarse a su propia muerte era otra cosa. Así era la ley de la selva. Nadie podía vivir sin ella. En su medio casi siempre el más fuerte establecía la autoridad, establecía su voluntad, pero en esta situación, en estas circunstancias, comenzaba a dudar de la ley que conocía y que hasta hoy había regido su vida.

El sometimiento de uno a otro podía darse por la fuerza física, por sagacidad, por inteligencia. Siempre, o casi siempre, los más débiles aceptaban la voluntad de él sin ofrecer resistencia. A veces sin siquiera someterlos por la fuerza o la presión: caían por simple cobardía, por miedo a la confrontación, al enfrentamiento.

El tigre estaba acostumbrado a su dogma, a su naturaleza. Lo bueno para él era lo bueno para todos y lo mismo sucedía con lo malo. Esto constituía un formalismo muy útil para su vida.

En ese momento el tigre comenzó a pensar en lo difícil que había sido vivir hasta entonces, en los peligros, en las tentaciones vencidas, en la confrontación diaria con sus enemigos; la competencia con otros animales de su especie. Sentía el impulso de seguir viviendo; era un sentimiento inexplicable, inconsciente, inherente a cada organismo vivo. Sentía que era su deber continuar con vida.

Ahora sentía el dolor. Sentía las punzadas. Tenía clavados los colmillos de la víbora en un brazuelo muy cerca del pecho, del corazón. Ya había hecho todos los esfuerzos por sacudirse a aquel reptil, que también manaba sangre fría. La serpiente estaba quebrada del espinazo y tenía varias vértebras rotas.

Pero el tigre comenzaba a flaquear en su carácter; en su violencia; en su forma de ser y actuar. Pensaba si quizás otro tigre ya se habría liberado de la víbora o si sería normal lo que él hacía: comprimir sus mandíbulas contra aquel cuerpo alargado y resbaladizo.

La barba amarilla era depredadora por naturaleza. De carácter destructor y sádico. Desde su nacimiento fue así. Su madre estuvo a punto de deglutirla, de comérsela, de tragársela al nomás salir del cascarón. Tuvo que huir para salvar la vida. Desde ahí quedó marcada. La víbora no es un ser social, pero se relaciona con otros de diferentes maneras, pero principalmente para vivir de ellos, para devorarlos.

La víbora también sentía morirse. Estaba prácticamente partida. Sentía que las fuerzas le comenzaban a faltar, de tanto apretar las mandíbulas que había abierto hasta 90 grados. Ya había agotado su pócima letal y el tigre aún no desfallecía. Ambos morirían, era cuestión de tiempo.

El tigre comenzó a sentir cada vez más dolor, aunque por momentos se le nublaba la vista, se desconectaba por segundos. Comenzaba a lamentar haber querido comerse a aquella víbora. Había tenido tanta hambre para cometer ese grave error. En definitiva él mataba para comer menudo: hígado, corazón, riñones. Después enterraba el resto del cuerpo, lo cubría con hojas para después comer la carroña de la carne descompuesta. Esa era su verdadera comida.

El tigre tomó conciencia de que ya no podía soltarse de la víbora, que irremediablemente moriría ahí. No sabía cómo ni por qué, pero llegó a ese conformismo, a esa conclusión fatal y entonces en un aletargado morir comenzó a hablar con su victimaria: — ¿Sabes?, yo te miro como tú me ves a mí. Eso en cuanto a la valoración que hago de ti, de tu ser. No desde el punto de vista de la alimentación, sino de tu género. La víbora respondió: — Desde ese punto de vista estamos completamente de acuerdo. Tú debes sentirte igual que yo, por eso no cedes. Ambos somos impulsados por la crueldad. Hemos hecho de la muerte nuestra forma de vivir. Muchos deben morir para que nosotros vivamos. Es un círculo vicioso impuesto por la naturaleza. Somos seres activos pero no productivos. Nosotros tenemos poder y fuerza para matar a otros, pero no tenemos poder y fuerza para trabajar, para producir, para crear. Por eso nuestro poder es malvado.

La víbora continuó: — Yo he sentido como orinas en diferentes lugares para marcar tu territorio. Así como yo, peleas con los que te hacen competencia en tus dominios, pero también eres capaz de conciliar con alguien más fuerte o igual que tú. Eso pasa con el Puma, con el Danto. Al Puma lo toleras porque come carne fresca y te deja el resto de sus víctimas. A veces lo atacas solo por el temor a ser atacado y destruido por él. Buscas someter a los demás sin darles lo que necesitan. Lo haces únicamente para resolver lo que tú necesitas. Sacrificas a innumerables seres sin sentirte siquiera culpable.

—Bueno, - dijo el tigre -, nosotros somos seres predestinados. Tenemos marcada nuestra forma de ser, de actuar. Somos buenos, malos o nobles, pero hay algunos, mejor dicho, muchos, que se someten al poderío, a la autoridad de otros por cobardía, porque así, cobardemente, participan del poder de quien los somete. Se sienten satisfechos con adular y no les importa la humillación. Se invalidan así mismos convirtiéndose en instrumentos y lacayos de otros.

—Así es - dijo el reptil, - nosotros somos auténticos déspotas. Lo bueno para nosotros debe ser lo bueno para los demás. Nuestra valoración la hacemos sin ambages ni consideraciones. Nosotros somos nuestros propios jueces: valoramos nuestro bueno y nuestro malo.

Así siguieron hablando por mucho tiempo, no se pudo establecer cuánto. Así, hablando y muriendo, muriendo y hablando; haciendo reflexiones, enfrentando así la vida, la poca vida que les quedaba. Enfrentando así a la muerte, la mucha muerte que se aproximaba.

Ambos se fueron adormeciendo. Se fueron sedando. Comenzaron a experimentar placer, a sentir bienestar. Se sentían contentos de pronto, muy cómodos. Siguieron hablando y pensando en hacer cosas juntos, unidos, inseparables, mordiéndose uno al otro, afianzándose, uno del otro,  pensando uno como el otro; sintiendo uno igual que el otro. Seguirían viviendo así juntos, muriendo juntos.

Por fin se acercaba la hora de la muerte. La inevitable muerte de la que había vivido. La que muchas otras veces habían provocado y ahora estaban esperando. La muerte propia. El inevitable final. Pero ambos apretaban las mandíbulas, apretaban y apretaban porque sentían que así se aferraban a la vida.

Y sucedió lo increíble, lo inaudito. En los estertores de la muerte, temblaban, vibraban, se apretaban cada vez más, no sólo clavaban hasta la raíz sus colmillos tratando de hacerse daño el uno al otro, sino haciéndose daño a sí mismos. Comenzaron a sentir prácticamente el mismo dolor.


Y así, vibrando, temblando, se fueron fundiendo uno al otro. Hubo momentos en que era difícil identificar al tigre o a la víbora, hasta que por fin, en un haz de luz salió corriendo un animal, un ser muy raro, mitad tigre y mitad víbora: una serpiente con pelos, un tigre con escamas.

"Con una rosa en la mano..."

Eran los años 80’s y en la vida clandestina escuchábamos a escondidas y con bajo volumen a Pablo, a Silvio, a Mercedes Sosa, a Víctor Jara, a los Guaraguau, pero en nuestra vida “normal”, en la apariencia del hogar, sonaban con más fuerza las canciones de Juan Gabriel; había que mostrarnos “comunes”.

Pero Juan Gabriel nos marcó y nos permeó, definitivamente. Sus canciones románticas se fueron haciendo nuestras y se nos metieron en las venas; se convirtieron en parte de nuestra vida emocional. Recuerdo a Pepe cantando: “… Soy insensible a heridas de amor, jamás exclamo un ay de dolor”, o  “vamos al noa, noa, noa, noa, noa, noa…” A las que les imprimía, además, un baile coqueto, muy de él.

Fue entonces que esa música pasó de ser parte de nuestra pantalla, como un gusto popular a uno personal: Querida, Amor eterno, Siempre en mi mente, Te lo pido por favor, No me vuelvo a enamorar, la farsante… A tal punto que se hicieron parte de nuestra vida real, como militantes revolucionarios, pero también personas comunes que vivían martirizándose el corazón por los amores frustrados o perdidos.

Tenía casi seis meses de no ver a mi compañera. Nos separaban más de mil kilómetros de distancia y el único momento en que la escuchaba era el de la comunicación: cruzábamos indicativos, enviábamos mensajes en tres minutos y concluíamos con un “saludos”, cambio y fuera.  Sabíamos, ella y yo, toda la carga de amor que nos implicaba esa palabra. Pero queríamos decirnos tanto y no podíamos.

Recuerdo aquella ocasión, luego de que perfeccionamos las comunicaciones por telegrafía, comenzamos a explorar equipos computarizados con los que los sonidos en clave Morse se convertían en ruido ininteligible. 

Preparé entonces, como texto en clave morse, una canción de Juan Gabriel, con la que quería decirle a ella todo lo que sentía: “Con una rosa en la mano te digo, lo mucho que yo te amo, cariño, te quiero, y en un rizo de tu pelo, la rosa te dejo…”

Y la envié.  Ese fue el inicio de nuestras comunicaciones digitales.

sábado, 29 de diciembre de 2018

La adivina de Tepoztlán

En 1988 vivimos en Tepoztlán, un pueblo mágico del estado de Morelos, al sur de la ciudad de México. Tepoztlán es famoso por su pirámide azteca, ubicada en la parte más alta de un cerro, por sus artesanías, por su mercado y deliciosa comida típica mexicana, por su gente, calurosa y solidaria. En 1989 nació mi hijo, en ese bello lugar.

Era una casa rentada por la organización, con una visión estratégica, pues ahí teníamos montado un centro de comunicaciones de las FAR, además de que por su ubicación y características era excelente para reuniones de la comandancia general.

Durante el tiempo que estuvimos allí me tocaba viajar a diario a la ciudad de México, como parte de la pantalla: éramos una pareja joven y, como era común, la mujer se quedaba en casa y el hombre salía a trabajar. Debía viajar en bus hora y media a la Ciudad de México, de la terminal de Tepoztlán hacia la terminal sur, en Taxqueña, desde donde me desplazaba en metro a los contactos o tareas requeridas.

Leí varios libros durante los tiempos muertos en el bus o en algún parque o lugar que prestara condiciones de seguridad.
La capitana María, a quien siempre llamamos Capitán María, pues para entonces la identidad de género en el lenguaje no había evolucionado tanto como ahora, llegaba seguido a vernos; era como una madre para nosotros o como una hermana mayor, además mi compañera estaba embarazada y había tenido una amenaza de aborto y María estaba pendiente de cualquier detalle.

En esos días llegó la “Flaca”, encargada de comunicaciones de la región central, con quien debíamos elaborar un plan de comunicaciones acorde a las necesidades del momento, ponernos de acuerdo en horarios y claves de emergencia. La “Flaca” jodía hasta por los codos, pero además de ser sincera, alegre y natural, era una revolucionaria integra, dispuesta a enfrentar lo que fuera, aún en las peores condiciones.

En el ir y venir diario a la Ciudad de México, producto del ocio y jodedera, sumados a la mentalidad conspirativa y de seguridad que siempre debíamos tener, se me ocurrió hacerle la siguiente broma a la “Flaca”:

“Iba en el bus, sentado en el pasillo, leyendo como siempre, sin quedar totalmente ajeno a lo que sucedía en mi entorno. Todo parecía normal, a no ser por una señora un poco enigmática, vestida de negro, guantes y una especie de sombrero en la cabeza, que viajaba del lado de la ventanilla, en el asiento donde yo iba.

Leía tranquilo, hasta que unos veinte minutos después la señora me abordó: — ¿Va para el Distrito? Por seguridad evitábamos entablar conversaciones muy largas con desconocidos, por lo que solo recibió un sí cortés como respuesta, que le provocó una sonrisa. Traté de refugiarme en la lectura, pero la desconocida insistió, esta vez logrando mi total atención: — Yo lo conozco. La vi fijamente, como tratando de identificar a alguna conocida y solo atine a decir: — ¿Disculpe?

La desconocida se puso seria y continuó: — Usted tiene 24 años; su esposa 20; está embarazada y viven en Tepoztlán. Me empecé a preocupar; trataba de encontrar alguna razón lógica, pero nunca había visto a la mujer.

— No se preocupe, dijo. Al ver mi rostro pálido y desencajado. — Lo que pasa es que soy adivina. Si antes me había preocupado, con esta conclusión todas mis alarmas internas se activaron. Era obvio que me encontraba ante un problema de seguridad. — Es cierto, dijo. — ¿Y sabe qué?, usted en su otra vida fue gato. 

Entonces solté una carcajada nerviosa. — No se ría, tengo pruebas. Usted nació en el año del dragón, según el horóscopo chino. Además tiene una seña que comprueba lo que le digo. — No le creo, ya lo la habría notado, dije, dándomelas de muy escéptico. — Pero es así. Usted tiene una pequeña cola en la nuca.Como no queriendo la cosa, llevé suavemente mi mano atrás de la cabeza y con cuidado toqué…”

Hasta ese momento el ambiente generado por el riesgo de seguridad y lo raro de la situación era evidente. La “Flaca” fue la primera víctima: — ¿De verdad vos? — Sí, tocá, le dije. Yo usaba una correa especial para que mis lentes no cayeran al piso a la hora de botarlos involuntariamente y para que no se vieran como de viejita le hacía unos nudos corredizos que me ayudaban a mantenerlos fijos, pero entre el pelo me quedaba una forma de colita. La “Flaca” con nerviosismo llevó su mano detrás de mi espalda y al tocar la supuesta cola dije fuerte ¡ahí está! seguido de una carcajada. La “Flaca” al darse cuenta del engaño gritó: “!cerote!”.

María y Susana llegaron otro día a visitarnos. La malévola de la “Flaca” me dijo que les hiciéramos la broma y aunque la Rodri se enojó y nos dijo que a María no la engañáramos así, le argumentamos que era una broma sana y que la víctima sería Susana. Y en verdad, ese era nuestro plan, pero en el momento cúspide de la historia fue María la que se acercó a comprobar y pegó un brinco.

Aunque María no se enojó, me disculpe con mucha preocupación. Aquel momento sigue siendo memorable.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

El destacamento de Pipiles

A finales de enero de 1980, los compañeros Lalo, Calín, Israel y Saturnino fueron enviados a explorar el destacamento militar ubicado en la aldea Pipiles, en las márgenes del río La Pasión, municipio de Sayaxché, Petén. Tenían la tarea de observar el lugar, determinar el posible número de efectivos, las postas y horarios, puntos para efectuar el ataque, así como las rutas de acceso y retirada.

Debido a las características de la zona, los guerrilleros se movilizaron por la selva con todo el cuidado y sigilo necesarios, para llevar a buen término aquella empresa. Saturnino iba al mando y era quien más conocía el área: tres años antes había andado por ahí con otra patrulla.

Fueron tres días de caminata hasta llegar a un recodo del río Salinas. Los conocimientos del terreno del compañero Saturnino terminaban en ese punto, pues en su anterior incursión nunca llegó hasta el puesto militar, instalado donde emboca el río Pasión al Salinas.

Los exploradores sabían que estaban muy cerca de su objetivo, pero desconocían hacia dónde, por lo que decidieron sacar el mapa, que debían llevar como parte fundamental de la operación. Sin embargo se encontraron con una enorme sorpresa: habían dejado en el campamento ese importante documento. En ese momento decidieron buscar contacto con campesinos, aún a costa de poner en riesgo la misión.

Saturnino y su patrulla asumieron que la mejor opción era dirigirse rio arriba, pero fue hasta dos días después que se encontraron con campesinos mexicanos, quienes los recibieron con una actitud muy positiva y les trasladaron información valiosa, además de la ubicación exacta del destacamento de Pipiles. Los campesinos llevaron a los combatientes revolucionarios a su comunidad, donde permanecieron durante dos días, tiempo que aprovecharon para apoyarlos en tareas agrícolas. En una actitud recíproca, uno de los campesinos fue a comprar un poco de abasto para que llevaran los visitantes.

Muy de mañana la patrulla guerrillera reinició la marcha en la dirección correcta y después de otros dos días llegaron al lugar.  Cuidadosamente buscaron el mejor punto para la observación, diurna y nocturna, donde debían permanecer durante cinco días, por lo que se dividieron en parejas.

La observación

Los guerrilleros lograron determinar que el destacamento se encontraba de sur a norte y que sus instalaciones estaban hechas de madera, con techo de lámina; medían unos 25 metros de largo por seis de ancho; el frente estaba hacia el río. En la parte frontal estaba el patio, donde todas las mañanas y tardes los soldados hacían formación y recibían instrucciones de un oficial, posiblemente un teniente.  Unos metros hacia el río habían cavado trincheras, con el fin de utilizarlas en un eventual “ataque subversivo”. En la pared del cuartel había dibujada un águila, con un letrero en un círculo que decía “Águilas - Armas Pesadas”. Había además dos garitas: una aproximadamente a 50 metros al norte, que cubría el acceso río abajo, mientras que la otra estaba 30 metros al sur, en resguardo de la entrada río arriba.

Los soldados hacían turnos de seis horas. En una de las postas era común que se incurriera en indisciplina, por lo que los guerrilleros supusieron que era el punto donde menos se esperaba un ataque. Ahí mantenían una grabadora a todo volumen y una de las canciones que más se escuchaba era “Chiquitita”, del grupo ABBA, que estaba de moda. La posta dedicaba bastante tiempo a la pesca. De lejos se lograba ver el brillo de los “bagres”, cuando eran sacados por el pescador. En las noches hacían una gran fogata, aparentemente con la intención de ahuyentar a los mosquitos que abundaban por la región. Cuando la fogata alzaba en llamas la apagaban, para evitar que se iluminara el sector.

La exploración también alcanzaba a oír cuando iniciaban las radiocomunicaciones: “Segovia, Segovia, aquí Matagalpa, cambio”. La respuesta, desde el otro extremo de la radio sólo se escuchaba como un rumor y por más que guerrilleros se esforzaban, no lograban entender la conversación.

Un inminente enfrentamiento

El 30 de enero de 1980, luego de tres días de observación, Saturnino y los demás miembros de la patrulla acordaron regresar al campamento base al día siguiente, al considerar que ya tenían suficiente información para el ataque y que debido a la demora en llegar habían invertido más tiempo perdido, por lo que sus compañeros estarían preocupados.

Ese día, a eso de las 10 horas llegó al destacamento un civil, a bordo de un cayuco y luego salió, acompañado de un soldado. La pequeña embarcación era muy frágil e inestable, lo que puso nervioso al elemento castrense. Sus compañeros reían y gritaban: — ¡Te vas a morir Pérez!, a lo que contestaba — ¡Si caigo al agua salgo nadando!, pero a pesar de su aparente valentía era evidente su inseguridad.

Saturnino no se alarmó por el movimiento del soldado, porque cuando salían tomaban río arriba. Sin embargo, en esta ocasión Pérez y el campesino lo hicieron río abajo, en dirección exacta al punto donde ellos se encontraban. Los guerrilleros sabían que al ser descubiertos el plan principal se vendría abajo, por lo que Saturnino ordenó a Lalo y a Israel retirarse del lugar, mientras que él y Calín permanecieron en el sitio, con la esperanza de que el efectivo castrense no llegara hasta ahí, idea que rápidamente se desvaneció.

El soldado y el civil bajaron del cayuco y tomaron rumbo al improvisado campamento guerrillero.

Saturnino ordenó a Calín tomar posición, detrás de un árbol, mientras él hacía lo mismo y afinaba los órganos de puntería de su G3, al ritmo de los movimientos del soldado enemigo. Los intrusos se aproximaron poco a poco, hasta llegar a unos metros de los insurgentes. En ese momento el campesino los descubrió, pero no dijo nada, comenzó a silbar una melodía y se retiró de la línea de fuego, sin advertir nada a Pérez.

Todo parecía estar bajo control hasta que a Calín le ganó el miedo y salió corriendo. Saturnino no pudo hacer nada ante aquel acto de cobardía, más que resguardar su posición y esperar lo que se viniera. En fracción de segundos el soldado se dio cuenta de lo que ocurría y cuando estaba a punto de disparar al desconocido oyó otro ruido frente a él: Saturnino había hecho un primer intento por accionar su arma, sin bajar el seguro. Fue cuando logró corregir el error, que Pérez se percató que alguien más lo miraba. Ahora ambos estaban frente a frente, con armas de alto poder de fuego, pero fue el guerrillero el que jaló primero del gatillo.

Un disparo certero apagó la vida del militar.  Saturnino corrió hacia el soldado caído, recogió el Galil y cuando intentaba recuperar el cinturón escuchó el sonido seco de un tiro 22, que lo hizo suponer que el campesino había tomado la determinación de atacarlos. Saturnino corrió y a 100 metros alcanzó al joven Lalo. Era él quien había tirado con el viejo rifle que portaba, para evitar que el campesino apoyara al soldado.

Preocupado por la vida del civil, Saturnino reprendió a Lalo, pero éste aclaró que había disparado al aire.

El dilema: la masacre de la Embajada de España y el fusil recuperado

El 31 de enero, ya lejos del lugar, Saturnino se sentía confundido por haber tenido que aniquilar al soldado Pérez, pero mientras reflexionaba,  en la radio se empezó a difundir una noticia de impacto nacional e internacional, la Embajada de España había sido quemada por fuerzas del Estado. Colérico Saturnino cayó en la cuenta de que aquello era una guerra, en la que los revolucionarios buscaban construir un mejor país, en tanto que el ejército criminal y las fuerzas represivas del Estado mataban a población indefensa.

Un día después, el 1 de febrero, llegaron al campamento base y dieron parte al Comandante Tomás, oficial al mando. La preocupación de Saturnino era haber echado a perder la posible operación militar en contra del destacamento de Pipiles.

Horas después Tomás mandó a formación a toda la fuerza, para dar a conocer el regreso de la exploración, informar que los compañeros habían tenido un enfrentamiento fortuito y que si bien esto habría implicado cancelar el ataque al destacamento, dicha decisión ya había sido tomada con anterioridad por la dirección nacional, al constatar que esa era una zona en la que tenían trabajo compañeros de las FAR.


Por aparte y con suma emoción, el comandante Tomás mostró el fusil recuperado. Era el primer Galil en manos del Ejército Guerrillero de los Pobres, después de cinco años de haber llegado a Guatemala estas armas de fabricación israelí.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Las armas en el regional norte “Capitán Andrócles Hernández”

En la selva petenera los combatientes revolucionarios portaron cualquier tipo de arma para defenderse o atacar al enemigo, desde viejas y desvencijadas carabinas m1, rifles 22, escopetas, algunas sub ametralladoras, pistolas o revólveres, con percutores hechizos, reparadas una y otra vez, hasta machetes oxidados, con poco o nada de filo.

Esas viejas y oxidadas armas eran las más peligrosas de manipular, pero las compañeras y compañeros las hacían responder en el momento oportuno, más por voluntad y mística del revolucionario, que por la calidad de fuego. Muchas veces fallaban, es cierto y provocaban, en el mejor de los casos, una huída a tiempo.

Pero el coraje y la entrega de aquellos valerosos guerrilleros no tenían límites. Y aunque casi nunca faltaba un arma para la batalla, podía agotarse la dotación de tiros, humedecerse la pólvora por el clima de la zona o incluso que un tiro se atorara en el cañón y por la celeridad del momento no diera tiempo a baquetearlo.

Podían faltar las armas o acabarse los tiros, pero los combatientes, en esas agrestes selvas siempre llevaban al cinto o en la espalda un machete aunque fuera medianamente afilado.

Un día después de haberse incorporado a la guerrilla y preparado mínimamente como miliciano, fue necesario que René participara en una emboscada y estuviera en el grupo de asalto. Para que cumpliera con esta difícil empresa le asignaron un machete. Uno de sus hermanos llevaba con sigo una vieja escopeta 410, con cañón de aluminio y un clavo como percutor.  Era la que usaban para cacería en su casa. Todo estaba listo para aquella heroica acción… ¡verdaderamente heroica! con las peores armas y machetes mal afilados, pero con una voluntad inquebrantable de triunfar.

La emboscada se logró a medias ¡y qué bueno que fue así!, porque con la detonación de una primera mina el enemigo ya no avanzó hacia el punto de recuperación.  Con una risa nerviosa René recuerda aquel momento, en el que seguramente habría perdido la vida de haber intentado recuperar en aquellas condiciones.

René sobrevivió a esa difícil prueba de fuego, con la hidalguía y serenidad de un joven campesino, convertido en guerrillero, que intentaba incidir en los cambios que requería el país. Pudo morir en aquella empresa, pero no fue así.  Por sus manos pasarían muchas armas años después, automáticas o semiautomáticas, incluso de alto poder de fuego, durante su participación internacionalista,  pero antes recibió “como premio” a su valor, la escopeta 410, que lo acompañó durante algún tiempo.

Pero así como la 410 hubo otras arnas, dignas de recordar, como “la Chabela”, una escopeta de metro y medio, o un rifle 22 que tenía todas sus partes amarradas con alambre. Los compañeros  se emocionan al recordarlo: — “¡Lo bueno que era de 30 tiros…!” “Uno en recámara y 29 en la bolsa”; una subametralladora Thompson conocida como “La Cubeta”, que había que limpiar a diario porque oxidaba a morir.

Un rifle con similares características fue asignado al compañero Pascual, con el agravante de no tener guardamontes, lo que lo llevó a enfrentar una difícil experiencia.

Durante una comisión rutinaria, en una pequeña patrulla, el rifle se le enredó en un bejuco cuando intentaba pasar por una charralera, con tan mala suerte que se escapó un tiro e hirió al compañero de adelante. El corazón le volvió al cuerpo cuando vio que la herida era leve.

A su regreso Pascual recibió dos sanciones, también leves: encargarse de las curaciones del compañero y hacerle un guardamonte al rifle. Pascual recordó que en un viejo campamento, a unas tres horas de camino había quedado un viejo pocillo de aluminio, el que fue a traer, tomando todas las precauciones del caso.  Unos días después el viejo rifle lucía un útil guardamontes.

Como esas hubo otras: una subametralladora 22 de fabricación mexicana, con forma de garlopa de carpintería, a la que apodaron “Cepillo”, una escopeta llamada “La Panchita” y otra, automática, conocida como “La Juanita”; los primeros fusiles Galil recuperados tenían bípode y recibieron el nombre de “los grillos”.

En selvas, montañas o llanuras, en condiciones de lucha irregular, los combatientes guerrilleros utilizaron las armas que tenían a su alcance para resguardar la vida. En las ciudades, en cambio, fue necesario hacer uso de métodos conspirativos y armarse de coraje para pasar desapercibidos frente a las fuerzas represivas y agentes encubiertos.


Tanto unos como otros lucharon por un único objetivo, construir un mejor país.

miércoles, 20 de junio de 2018

La eternidad del ejemplo

“Lo más hermoso
para los que han combatido
su vida entera,
es llegar al final y decir:
creíamos en el hombre y la vida
y la vida y el hombre
jamás nos defraudaron.
Así son ellos ganados para el pueblo.
Así surge la eternidad del ejemplo.”
Otto René Castillo



Trascender de la persona común, incluso del revolucionario o la revolucionaria común a un nivel superior del ser humano, es un logro de pocos. No buscan morir en el intento ni convertirse en héroes o mártires. No pretenden figurar ni ser el punto central de la atención, pero su naturaleza es ser líderes. Son humildes, pero no sumisos, son sensibles, pero acorazados. Su principal objetivo es incidir en los cambios, sin importar el precio que eso conlleve: la vida misma.
Néstor Ortiz Pineda

Néstor Ortiz, conocido en la Universidad de San Carlos de Guatemala como "Gavilán y “Chucho”, fue uno de ellos. Se inscribió en Medicina, a los 19 años, en 1988, en una época en la que si bien el proceso de negociación de la paz entre el gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) estaba en pleno desarrollo, tanto el ejército como la guerrilla buscaban tener la iniciativa militar y dar golpes de mayor contundencia.

Pero el ejército nunca se limitó al enfrentamiento armado directo y buscó la manera de acabar con la base social del movimiento revolucionario; esto, sin importar a quien se llevara por delante: campesinos, obreros, maestros, amas de casa, estudiantes; incluso arrasó con niños y niñas, a quienes seguramente veía como una potencial semilla guerrillera.

En 1989 se registró una nueva matanza de líderes universitarios. Diez compañeros fueron desaparecidos de forma sistemática, en una operación fríamente planificada por la G2, que buscaba crear terror y desmotivar la actitud beligerante y de incidencia que en ese entonces tenía la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) y una amplia cantidad de catedráticos de la San Carlos.

Néstor,  en el Honorable Sub Comité
Néstor, con 21 años y por empezar su tercer año de medicina, en 1990, se acercó al Honorable Sub Comité de Huelga de esa Facultad, con el interés de participar en la Huelga de Dolores (un período en el que el estudiantado de la USAC se organiza y realiza distintas actividades de sátira, pero con objetivo político, con el fin de criticar los desaciertos del gobierno de turno. Concluye el Viernes de Dolores, con un Desfile Bufo); fue en ese contexto que recibió el sobrenombre de "Gavilán"; un año después, durante su participación en el Honorable se autonombró "Chucho", apodo que le quedó para siempre.

Seguramente su participación en la actividad política universitaria cimentó su naciente conciencia social. Su avidez por organizarse y organizar, por aportar a los cambios que necesitaba el país, fueron creciendo cada vez más, al punto de recorrer el campus universitario, para buscar grupos organizados y dar un mejor aporte. Desde su llegada a la USAC, en 1988 se incorporó a la Escuela de Música de Proyección Folklórica Latinoamericana (EMPROFOLA), como una de sus actividades extracurriculares, espacio que abandonó en 1990, con la idea de dar prioridad a los aspectos que en aquel momento representaban una mayor incidencia, a nivel político y social. En muy poco tiempo se convirtió en el segundo presidente del Bloque Organizado de Medicina (BOM) y en seis meses ya era uno de sus mejores líderes.

Su necesidad de tener un contacto más inmediato con la población lo llevó a cambiar de carrera en 1992, cuando se inscribió en la Escuela de Historia. Sus aportes como líder universitario fueron creciendo, así como el número de compañeras y compañeros que creían en él, respetaban su opinión y lo seguían.  Una característica de revolucionarios como Néstor es que predican con el ejemplo, son capaces de realizar las tareas más sencillas o las más difíciles, sin ningún reparo; reconocen sus errores y los corrigen.

A mediados de ese año vio la necesidad de dar un paso en la lucha por construir una nueva Guatemala, un mejor país para todas y todos. Fue entonces que decidió participar en la guerrilla y empezó a realizar algunas tareas, las que compartía con su amplia actividad en el movimiento estudiantil y de masas.

Con pequeñas tareas y esporádicos encuentros, Néstor fue ganando la confianza de sus responsables y en un tiempo relativamente corto pasó a integrar los comandos urbanos del Regional Central de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR).

En 1993, a raíz de la captura de un amigo muy cercano a él, pidió su traslado a la montaña.  Ante el riesgo de seguridad que enfrentaba fue enviado al Regional Norte de las FAR, en Petén, donde, a diferencia de muchos combatientes procedentes de la ciudad, se adaptó muy rápidamente a la selva. Tenía buena condición física, además de disciplina y constancia.  Sus conocimientos de medicina le permitieron dar una valiosa contribución en ese campo.  Luego de seis meses debía regresar a la capital guatemalteca, pero ya en él se había producido un cambio. Consideró entonces que su deber, ahora, era ahí.

En aquella época conoció al Capitán Leandro, quien rápidamente se dio cuenta de la calidad y valores de Néstor.  Leandro fue enviado en 1994 a levantar el frente sur “Capitán Santos Salazar” y para inicios de 1995 pidió a la Comandancia que un equipo de compañeros de su confianza llegara a reforzarlo. Uno de ellos era Néstor.

Néstor llegó al frente Sur, donde rápidamente se ganó el respeto y cariño de oficiales y combatientes. Participó en varias acciones, charlas políticas y en la atención a la base social. 

A inicios de mayo dio inicio un plan de operaciones, que pretendía mostrar la presencia guerrillera y su nivel de fuerza. Se llevaron a cabo varias acciones exitosas.  El 19 de junio el Capitán Leandro y una unidad a su mando, en la que iba Néstor, se dirigieron a las cercanías del destacamento de Pasaco, municipio del departamento de Jutiapa.

El objetivo era atacar al ejército, en las primeras horas del día 20, desde una elevación que prestaba las condiciones para hacerlo. La posibilidad de que los soldados intentaran llegar al punto donde se encontraban estaba presente y por eso fueron colocadas varias minas en sus posibles ingresos.  Previamente Leandro había dado las instrucciones respectivas y se acordó el lugar de retirada y el punto de encuentro.

Luego de un nutrido ataque, con fuego de fusilería, ametralladora y lanzacohetes, el enemigo comenzó a maniobrar y se acercó a las posiciones guerrilleras. El objetivo ya se había logrado, y sin saberlo hasta ese momento, el ejército tenía al menos seis bajas.  Leandro ordenó la retirada, pero, como era común en él, se mantuvo en su posición hasta el último momento. Néstor se quedó, al igual que otros dos compañeros, y solo se retiraron hasta que lo hizo el capitán. El enemigo ya estaba muy cerca, por lo que Leandro decidió salir por donde estaban las minas, de manera que los soldados los siguieran y cayeran en ellas. Saltó la mina, igual lo hicieron dos compañeros más, pero Néstor la pisó sin darse cuenta. Con el retumbo todos se detuvieron, incluso los soldados.  Leandro y los otros dos compañeros regresaron a sacarlo, pero sus heridas eran graves y el ejército ya estaba sobre ellos. Néstor pidió que se llevaran sus papeles y que le dijeran a su mamá cuanto la quería. Uno de los compañeros, hincado junto a él, lloraba al verlo y sentir la impotencia de no poder sacarlo. Néstor le dijo: “No te ahuevés… sigan adelante”.

Néstor fue capturado aún con vida y asesinado por el ejército.

Posteriormente sus familiares recuperaron su cuerpo y le dieron sepultura. A su entierro llegaron varios dirigentes universitarios, estudiantes y combatientes del frente urbano, a pesar de haber recibido las órdenes de no asistir, ante la inminente presencia de la G2 en el lugar.

Néstor junto a miembros de su familia
Su madre, que sufría en lo más profundo la pérdida de su hijo, se acercó a algunos compañeros que conocía y sabía clandestinos, a quienes abrazó, con ese mismo amor de madre, pero les pidió que se fueran. No se arriesguen, les dijo, aquí hay orejas “a Néstor no le habría gustado que ustedes corrieran peligro”.

Néstor se fue físicamente, pero permanece. Su presencia está latente en cada compañera y compañero que lo conoció, en aquellos que recorrieron con él la USAC, buscando grupos para organizarse, en los que organizó y concientizó, en los que lo acompañaron en la toma del Congreso y lo vieron sentarse en la mesa directiva; en los que estuvieron con él, frente al mismo Palacio Legislativo, en una cadena humana, pidiendo a la policía no reprimir; en los que compartieron con él largas jornadas de protesta, marchas y enfrentamientos con los antimotines; en los que conocieron de su nivel y liderazgo en la Huelga de Dolores; en la población, que escuchó su mensaje revolucionario.

"Gavilán, “Chucho”, “Luis” o “Manuel”, como fue conocido en la Universidad y la guerrilla, Néstor Manrique Ortiz Pineda, “desapareció y nació para el futuro y la gloria”.