viernes, 17 de febrero de 2012

La emboscada


XXVII

“Sabéis, me hubiera gustado/ llegar hasta el final/ de todos estos ajetreos/ con vosotros,/en medio de júbilo/ tan alto. Lo imagino/ y no quisiera marcharme./Pero lo sé, oscuramente/ me lo dice la sangre/ con su tímida voz,/que muy pronto/ quedare viudo del mundo”./   
Otto René Castillo

Todo fue tan rápido.  Tan intempestivo.  Estaban por llegar al borde del cerro cuando se dejaron escuchar las ráfagas. El capitán Leandro saltó hacía un lado, buscando salir de la línea de fuego.  Era el salto de un jaguar herido de muerte.

Atrás,  Merly y Pezarossi, heridos ambos, corrieron hacia abajo.  -¡Peza, me dieron!, gritó.  Iba herida en el vientre.  ¡Corramos!, le contestó el teniente, jalándola de un brazo, sin darse cuenta que un tiro había cruzado una de sus piernas, en la parte alta del muslo.

Llegaron al pie del cerro y se alejaron unos cien metros más de donde habían pasado la noche.  Merly se detuvo.   –Yo no puedo más.  ¡Andate Peza, sólo dejame mi fusil!. Pezarossi así lo hizo.  De quedarse con ella morirían los dos.  Empezó a sentir que la sangra caliente le corría por la pierna hasta la bota.

La tropa enemiga se detuvo unos minutos frente al cuerpo inerte de Leandro. El oficial kaibil se solazaba ante su victoria.  Luego ordenó que persiguieran a los otros.  Bajaron con precaución, para no ser objeto de un contraataque.  Merly se parapetó y afinó puntería.

Pezarossi se alejó unos 200 metros más, donde buscó cómo esconder su mochila y la de Merly; iba herido y con carga no llegaría muy lejos, además debía evadir al enemigo y buscar la manera de detener la sangre.

Fue ahí donde escuchó los disparos del arma de Merly y las ráfagas de galil. Siguió corriendo. Hasta alejarse lo más que pudo y esconderse.


Pancho, Silvio y Sitín estaban en sus posiciones, desde donde escucharon los disparos y de inmediato se percataron que el ataque había sido contra Leandro.  Encendieron sus radios.  No podían regresar pues estaban a más de 30 minutos de camino. El capitán no se reportó; tampoco Pezarossi ni Merly. Creyeron que los tres habían caído.  Pronto la zona estaría cubierta de militares e incluso periodistas.

En el campamento no escuchamos los disparos, estábamos lejos y con muchos cerros de por medio. Encendimos la radio. En la emisión noticiosa de las 7 de la mañana dieron la noticia, la que menos queríamos oír, la que más dolor me causó en 12 años de militancia.

Fueron publicados sus seudónimos y sus nombres legales. 

Leandro y Merly habían caído heroicamente; los sufriríamos y lloraríamos por mucho tiempo.   La muerte de cualquier compañero nos acongojaba y dolía en lo más profundo de nuestros corazones;   pero Leandro había sido un hermano, además de un jefe carismático.

Pezarossi no había caído, pero debía estar herido o tal vez habría muerto en el camino. Esperamos que apareciera al final de la tarde o al día siguiente; pero nada.   
Los días pasaban y perdíamos la esperanza de volverlo a ver con vida.

jueves, 16 de febrero de 2012

Minutos que se hacen eternos

XXVI

Insistimos en la comunicación pero no recibimos respuesta.  Si hasta ese momento el cansancio, el silencio y la oscuridad de la noche minaban mi capacidad física, recibir y descifrar ese mensaje fue más que un balde de agua fría. Los nervios se me crisparon; sentía que mis ojos saltarían de sus cuencas, o que los dientes, apretados unos contra otros, cederían a la fuerza y se romperían.

Esperamos; confiados en la capacidad del capitán Leandro, de los tenientes, Silvio, Pancho y el sargento Sitín.  No podíamos hacer nada más que esperar el amanecer y que las cosas salieran lo mejor posible.

Los oficiales guerrilleros se levantaron alrededor de las 4 de la mañana y mandaron a despertar al resto de sus combatientes; todos recogieron sus equipos y se dispusieron a iniciar la marcha a sus respectivas posiciones.  Leandro y su pequeña unidad eran los que más cerca les tocaba, en la cima de ese cerro. Pezzarosi y Merly ya estaban de pie.

El capitán encendió un pequeño fuego y se dispuso a calentar agua.  Sitin, quizá quien más confianza le tenía le recriminó:  -vos mano ¿Qué putas? ¡Ya es tarde, váyanse ya!.  Leandro se encontraba de cuclillas frente al fuego; levantó la vista y sonrió.  –sólo tomamos café y nos vamos.  Se puso de pié y se despidió de ellos.  –bueno muchá, ya quedamos; a las en punto abren sus radios.

Merly y Pezzarosi prepararon sus mochilas; Leandro hizo lo propio. A las 4.50 iniciaron el ascenso.  Leandro pidió a Merly su mochila.  Era un caballero y no permitiría que una compañera cargara demasiado.  Además sólo eran unos 500 metros. Por si fuera poco tomó la vanguardia. Iba él a la cabeza,  Merly le seguía a unos 5 metros y luego Pezzarosi.

¿Qué pasó por su mente en aquellos últimos minutos de su vida?.  Tal vez lo mismo que pensaba cada mañana al levantarse. El riesgo de perder la vida era constante, pero si bien la operación era riesgosa el peligró no podía estar ahí, en ese momento; debía presentarse más tarde, durante el contacto.  Sin darse cuenta violó una regla de oro en la guerrilla: romper con los hábitos y el acomodamiento.  ¿Cuántas veces había enseñado a sus combatientes que siempre había que ser suspicaz para salvar la vida?  No se podía actuar por comodidad o por costumbre.

 El viento frío de la mañana le soplaba en la cara. El ruido del pequeño arroyo y el vacío de la hondonada no permitían identificar nada extraño.

El oficial kaibil debía tener otros planes; era fácil deducir que buscaba tomar posiciones y que había dispuesto entrar por ese lugar para no levantar sospechas, pero fue grande su sorpresa cuando al pasar por la cima escuchó pasos sobre la hojarasca, procedentes de la parte baja del cerro. Detuvo a su tropa y ordenó dos líneas de combatientes.   

Entre más nutrido y cruzado era el fuego más altas las probabilidades de aniquilamiento.

lunes, 13 de febrero de 2012

Frustración e impotencia


XXV

¿Realmente se pueden tener presentimientos?; en la guerrilla valorábamos constantemente las posibilidades; el llamado “cálculo de probabilidades”; además, éramos seres humanos, personas con sentimientos, sujetas a errores. Oficiales como Leandro, combatientes de primera línea y jefe de frente, no podían darse el lujo de tener depresiones; tal vez algún “bajón” pasajero...

En los días previos Leandro parecía pasar por alguno de aquellos agujeros existenciales; se le veía apartado, pensativo.  Siendo el jefe no podíamos achacarlo a una crisis emocional; debía tener tantas preocupaciones como conductor, que todo lo demás era relegado a un segundo plano y podía pasar inadvertido.

Hubo un pasaje interesante. Visitó la casa de unos colaboradores y pidió que le prepararan tamalitos de elote, lo que provocó risa a la compañera Carmen.  – Pero Leandro, usted sabe que todavía no es época de elote. ¡falta para la cosecha de segunda!.   Pero la respuesta del capitán fue oscura y preocupante:  –Pueden ser los últimos.

Doña Carmen consiguió los elotes, quien sabe dónde y le preparó el antojo al jefe.

La fuerza se concentró en un cerro cercano al punto de encuentro con el finquero, donde la visibilidad era amplia; durante el día y la tarde no se obtuvo información de ningún movimiento extraño.  Todo parecía normal en el destacamento militar de la aldea Nancinta, ubicado a unos tres kilómetros de la finca.  Las comunicaciones hasta ese momento funcionaron perfectamente.

Al oscurecer, Leandro decidió que todos bajaran el cerro y acamparan a orillas de un arroyo que pasaba por el lugar. Ésa pudo ser la peor decisión de su vida.  Perdimos comunicación.

¿Cuál fue su valoración en aquel momento?.  Quizá pensó que si hasta las últimas horas de la tarde no se había reportado movimiento de tropa enemiga, éste podría darse hasta el día siguiente, en las primeras horas, previo al contacto.  En la finca no había soldados, el riesgo hasta ese momento podía considerarse mínimo.  Al amanecer subirían a la cima del cerro y nuevamente las comunicaciones estarían al cien por ciento.

En radio rastreo sólo había una persona en ese momento y debía cumplir a cabalidad con la orden: 24 horas al acecho de la información del enemigo. Silencio la mayor parte del tiempo; reportes a la hora en punto;  alguna broma intrascendente de los radio operadores.   

Fue a eso de las 3 de la mañana cuando inició la operación:   “Infórmole, a las 0300 horas una unidad de tropa especializada kaibil, compuesta por 25 elementos, al mando del capitán “gris 03” se dirige hacia coordenadas  (  )  (  ),  finca Las Marías, procedente del destacamento Nancinta,  a efecto de dar cumplimiento  “linterna 32”.

Descifrar el mensaje llevaría unos 30 minutos. La consulta con los mapas era más rápida. El asombro fue inmediato. Los soldados pasarían por la cima del cerro donde estaba el puesto de mando de Leandro. En ese momento toda la fuerza guerrillera estaba concentrada allí.  La operación pudo haber cambiado radicalmente de haber funcionado la comunicación.  Fue hasta ese momento que nos dimos cuenta que habíamos perdido contacto. 

Un sentimiento de impotencia y frustración llenó todo mi ser.  

El impuesto de guerra en el frente sur


XXIV

En aquellos días el Capitán Leandro recibió la orden de recaudar el denominado impuesto de guerra.  Era una de las formas de sobrevivencia de la guerrilla, los grandes finqueros y terratenientes de la región debían aportar una cantidad cada cierto tiempo y aunque parezca difícil de creer, muchos de ellos la entregaban de corazón, con la idea de que estaban contribuyendo a una buena causa.  Otros claro, renegaban de hacerlo y unos más, los menos, tomaban medidas de hecho e incluso daban parte al ejército.  Eran los recalcitrantes, los conservadores radicales, quienes creían que de esa manera lograrían la destrucción de la guerrilla.

Eran los grandes ricos, la burguesía agroexportadora, aquellos que además de enriquecerse a costa del sudor y la sangre de los pobres, contaban con grandes extensiones de tierra ociosa que no cedían, ni siquiera arrendaban a los pequeños campesinos, para no verse privados de “lo suyo”.

El propietario de la finca Las Benditas dio parte al ejército; informó que un grupo de guerrilleros habían llegado a solicitar el aporte económico y que en unos días avisarían cuando y donde llegarían a recogerlo.  El capitán kaibil instruyó al finquero sobre la manera de comportarse con “los subversivos”, la idea era “darles largas”, que no tuvieran la mínima desconfianza.  Debía decirles que platicaran para ponerse de acuerdo, que era necesario tomar unos días para reunir la cantidad.

Así lo hizo.  El oficial kaibil informó al respecto al Estado Mayor y solicitó el envío de una unidad especializada, tropa elite, para hacer frente al problema.

Las negociaciones continuaron; la actitud confrontativa inicial del finquero había cambiado.  La información recabada en el radio rastreo daba cuenta del movimiento de tropa, pero no de las reuniones con el finquero.  Aunque había que reforzar las medidas de seguridad y el riesgo era alto, el operativo todavía se podía mantener.

Se acordó día, lugar y hora para el encuentro.  Los oficiales guerrilleros habían estudiado el área, los cerros, las planadas, las quebradas, las rutas de escape; se disponía de suficiente tropa y armamento para enfrentar una posible contingencia; operativamente todo estaba bajo control.

Un día antes se trasladó Lendro al lugar; iba acompañado de la sargento Merly, oficial de servicios médicos en ese momento y del teniente Pezzarosi.  Se prepararon los planes de comunicación operativa, interescuadras;  el radio rastreo quedaría abierto, las 24 horas y la coordinación vía radio, entre Leandro y el puesto de información, no debía suspenderse.

Iniciaron la marcha y nos despedimos como siempre;  en la guerrilla cada despedida podía ser la última, era parte de nuestra rutina, de nuestra vida y esta vez no fue la excepción.

Fue una despedida más, con el anhelo de volvernos a encontrar.

viernes, 20 de enero de 2012

De cobardes y valientes

XXII



Constantemente se incorporaban combatientes nuevos a los frentes guerrilleros, colaboradores que decidían alzarse en armas  por voluntad propia, compañeros políticos o militares que “se quemaban” en su área de operaciones y era necesario trasladarlos a otros territorios para “enfriarlos” o campesinos y campesinas, que ante el riesgo de ser masacrados por el ejército, preferían organizarse.  También hubo muchos jóvenes que huyeron a las montañas para no ser reclutados a la fuerza por el ejército.

En el frente sur “Santos Salazar” hubo casos interesantes y dignos de recordar. 

Dos compañeros campesinos de la base del frente “Tecún Umán”, en Sololá, pidieron incorporarse.  Como no eran completamente conocidos se tomaban medidas de seguridad para garantizar que no se tratara de una infiltración enemiga y evitar que  los identificaran personas de su comunidad.  Para ello eran trasladados a algún frente lejano.

Miguel y Jonás vivían en las cercanías del Volcán Tolimán, en Sololá;  ambos supusieron que estarían cerca de sus casas y posiblemente se imaginaron uniformados de verde olivo, con gorra y fusil,  visitando a sus familias.  Pero no. Fueron enviados al “Santos Salazar”, donde el clima era totalmente diferente al suyo y había mucha menos vegetación.

En aquella época el calor atormentaba de día y de noche.  La comida era escasa y el agua había que buscarla a más de media hora de camino.  Para bañarnos a diario teníamos que ir al nacimiento de agua en grupos de tres o cuatro combatientes y jalábamos el vital líquido con galones.  Por el tiempo, la distancia y la inseguridad debíamos bañarnos en dos o tres minutos.  Era más bien una “manita de gato”.

La vida guerrillera era dura; era necesario acostumbrarse a las limitaciones; a la falta de agua, de comida, de ropa limpia, y durante el día, a sortear los sofocantes rayos de sol en los pocos “matochos”  que nos resguardaban.

Los compas de Sololá empezaron a flaquear.  Jonás más rápido que Miguel.

No se le daba arma a ningún nuevo combatiente hasta que pasara un curso básico de arme y desarme; tácticas guerrilleras y fortalecimiento físico.   Todas las mañanas,  luego de cantar el himno de las FAR, se procedía al “matutino”, ejercicios a los que nos incorporábamos todos;  posteriormente uno de los oficiales atendía a los compañeros y compañeras de reciente incorporación, con tácticas y disciplina.

El combatiente recibía un arma hasta que participaba en alguna acción.

Jonás empezó a llorar.  Literalmente.   Nunca había visto un caso similar.  Muchos teníamos nuestros arranques de tristeza o desesperación, pero generalmente buscábamos el rincón más oscuro de nuestra hamaca o el lugar más aislado del campamento, para soltar una que otra lágrima, pero ¡ante todos y a moco tendido… eso era demasiada crisis!.

¿Argumentos?, cualquiera.  Que mi mujer, que mi hijo pequeño; que mi madre enferma; que extraño un buen plato de frijoles; que no hay tortillas y chile; que no soporto la posta.

Hasta que lograron desesperar a Leandro y se le encomendó a Sitín trasladarlos a Escuintla y ponerlos en el primer bus disponible.

Gajes de la vida guerrillera.  El comandante Pablo contaba una anécdota de un compañero que siempre andaba “malayando” por cualquier cosa.  Cuando sólo había tamal, malaya unas tortillas; cuando había tortillas, malaya un plato de frijoles; cuando había frijoles y tortillas, malaya un café con azúcar; cuando había una buena cena, malaya una buena cama para dormir.  En una ocasión tuvieron la oportunidad de estar juntos en un hotel más o menos de buena calidad, con suficiente comida, bebidas, luz eléctrica, televisor y una cama grande y cómoda para cada uno.   Entonces le preguntó el comandante  ¿hoy si estás satisfecho? Y contestó: ¡malaya una mi compañera!


XXIII


Unos meses después llegaron al “Santos Salazar” dos combatientes del Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP;   dos jóvenes procedentes de Quiché, el mayor, Rafael, tendría 20 o 21 años y el menor, Carlitos, 18. Se incorporaron como parte del intercambio que había en aquellos años, a partir de la conformación de la llamada Fuerza Unitaria.

A pesar de su corta edad era fácil distinguir en ellos su experiencia guerrillera.  Era algo parecido al dicho mexicano “en la forma de agarrar el taco se conoce al buen taquero”.  El porte y aspecto militar era básico.  La forma de amarrarse las botas, de apretarse el cinturón y el arnés, y de tomar el fusil, eran inconfundibles.

Además tenían cualidades políticas. Estaban conscientes de las razones que los habían llevado a incorporarse a la guerrilla, así como del objetivo final.  Por si fuera poco, mostraban una gran humildad.  A Rafael le fue asignada una ametralladora M-60, una “chapulina”.  Era muy callado, pero rápidamente nos tomó confianza.  Durante la comida o en horas de la noche nos reuníamos a contar historias. Él disfrutaba narrando las aventuras que le había tocado vivir; combates donde estuvo a punto de perder la vida.  Pronto nos dimos cuenta que no eran fanfarronadas, cuando participo en las primeras acciones.

Carlitos también mostró lo suyo.  No evidenciaba temor a nada y sólo hasta que el oficial ordenaba la retirada lo hacía.

Carlitos resultó herido en una pierna y fue necesario sacarlo a la ciudad para su curación.  Ya no regresó.  Rafael estuvo más de un año con nosotros, hasta que lo mandaron a llamar de su organización.   Inolvidables ambos.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Merly, de la vanguardia a la vanguardia

XX


“Me estremecieron mujeres
Que la historia anotó entre laureles
Y otras desconocidas, gigantes
Que no hay libro que las aguante

Me han estremecido un montón de mujeres
Mujeres de fuego, mujeres de nieve”, Silvio Rodríguez

A Merly la conocí en Nicaragua; cuando ella estaba en comunicaciones, en el equipo de radistas de la comandancia, yo me encontraba en otra unidad y teníamos prohibido cualquier tipo de contacto, pero hasta nosotros llegaban los comentarios sobre su carácter, su disciplina, su entrega.

Me entusiasmaba y llenaba de energía imaginar a guerrilleras como ella, que no cedían un ápice al enemigo y que en su mente y en su corazón sólo existía la voluntad de vencer o morir por Guatemala, la revolución y el socialismo.

En el año 86, cuando me integré a la unidad de comunicaciones de la comandancia, ella había viajado a Petén,  como una de las radistas del comandante en jefe.  Varias veces me tocó comunicar con ella, yo aún en Nicaragua y ella en Petén; su voz y su actitud eran de hierro.  Considero que fue una de mis maestras en ese momento. Manejaba el tiempo de transmisión muy bien.  Un contacto radial, con todo y dos o tres mensajes, no podía pasar de cinco minutos.  En ocasiones la señal era mala y la voz se desvanecía, pero ella, a pesar de esa dificultad, lograba copiar los números y pedía que se dictaran más rápido.

De igual manera, cuando ella dictaba lo hacía rápido y se molestaba cuando se le pedía que repitiera. Nos exigía: ¡poné tu grabadora y después volvés a escuchar. No tengo tiempo!.  Y tenía razón.  La seguridad estaba de primero.  De hecho sabíamos que el enemigo trataba constantemente de ubicarnos a través de los radiogoniómetros. Pocas veces lográbamos sacarle una sonrisa durante la transmisión y finalmente un: ¡saludos. Cambio y fuera!.

No era la mujer dura de las comunicaciones;  era la mujer capaz, que había adquirido conciencia proletaria y estaba dispuesta a dejarlo todo por alcanzar el objetivo final, la toma del poder.   Dejaría a su familia, a su compañero y sus hijos por la revolución.   En ella prevalecía el sueño de construir un país diferente, con democracia y justicia social, donde sus hijos pudieran crecer en paz y desarrollarse.
Sargento Merly

En México compartimos más. Estábamos en el mismo equipo de comunicaciones, pero en distintas casas de seguridad.  Algunas veces nos encontramos Rodriga, ella, Gladys, Juan Antonio y yo e íbamos a pasear a Chapultepec, a Coyoacán o algún otro lado, pero la mayoría de ocasiones era para contactos, enviar y recibir información. Nos veíamos rápidamente,  si era necesario cubríamos uno o dos contactos más y regresábamos a nuestras respectivas casas.

Un día, durante su regreso a Puebla, donde vivía con Juan Antonio y Camilo, se le presentó un problema de seguridad.

El viaje desde el distrito federal duraba unas dos horas.  Iba sentada en un rincón. Entró un tipo con una mujer, aparentemente su esposa. El se sentó a la par de Merly y la mujer en la parte de atrás.  Luego de unos 30 minutos de camino sintió que el hombre ponía la mano en su rodilla.  Ella se movió y volteó su cabeza hacia la ventanilla, pensó que había sido sin querer, pero al mismo tiempo todos sus sentidos se pusieron en alerta.  Diez minutos más tarde, nuevamente, la mano del individuo rozaba su rodilla. La sangre empezó a subir a su cabeza.  Hizo un ligero movimiento para retirarse y decidió responder.  Llevaba unos zapatos de medio tacón. Lentamente dobló su pié izquierdo hacia atrás y tomó el zapato.  Se hizo la dormida. El hombre nuevamente colocó su mano en la rodilla de Merly y aún más, trató de deslizarla hacia su muslo.  La reacción, aunque planificada, fue instintiva y en fracción de segundos. El taconazo en la cara del tipo rompió su nariz y la sangre brotó de inmediato.   

El desconocido gritó a su mujer: ¡mira lo que esta loca me ha hecho!.  Merly tampoco se quedó callada y respondió mucho más alterada.  ¡Por abusivo,  me estaba tocando!.  El chofer detuvo el autobús.  Otras personas, principalmente mujeres, se solidarizaron con ella y le decían ¡bien hecho muchacha, a estos atrevidos hay que darles su merecido!.

El chofer decidió reanudar el viaje, con la condición de que al llegar arreglaran el problema con la policía de la terminal.  Merly temía que esto se convirtiera en un problema de seguridad para ella y su equipo, pero algo se le ocurriría.

Al llegar al destino se bajó rápidamente, tratando de hacer creer que había olvidado lo ocurrido, pero la mujer y el hombre la siguieron.  La esposa era la que más alegaba: ¡espérate, tenemos que arreglar esto, le rompiste la nariz a mi marido y esto no se va quedar así!  El tipo atrás, con un pañuelo se cubría la cara.   Esta bien, le dijo, pero no lo van a resolver conmigo sino con mi esposo y se dirigió a un teléfono público y marcó a la casa.  Camilo contestó.  Merly, en voz baja, le dijo que estaba en la terminal, que tenía un pequeño problema, pero que si en una hora no llegaba, que salieran de ahí.  Luego habló más fuerte:  ¡Esta bien mi amor, entonces aquí te espero!.

Ya viene, en unos cinco minutos está aquí y lo arreglan con él.  El atrevido, fornido, de casi 1.80 de estatura, dijo a la mujer:  ¡mejor vámonos, ya no quiero más problemas! y se retiraron.

Merly llegó a la casa un rato más tarde, luego de chequearse y contrachequearse.



XXI


Aprendí a conocer a Merly y a respetarla como compañera, como revolucionaria y como mujer, pero principalmente a respetar su carácter.  Era impulsiva y no se quedaba callada, en especial si tenía la razón.

Con nosotros dejó a sus hijos por algunas temporadas, cuando debía entrar al frente.

Estuvo en el sur más o menos tres años y muchos de nuestros colaboradores y colaboradoras de la base la respetaban y admiraban.

Aquel 14 de julio, cuando fue gravemente herida en el pecho decidió quedarse parapetada en un árbol y cubrir la retirada de Pezzarosi, quien a pesar de estar herido aún podía correr.

Se quedó con su fusil, quitó el seguro y apunto hacía el lugar donde oía que venían los soldados.

Pezzarosi se alejó como pudo y cuando iba a unos 200 metros del lugar donde dejó a Merly escuchó la característica detonación del Ak-47, uno, dos, tres tiros,  luego ráfagas de galil y gritos.

Un soldado que iba en la patrulla que emboscó a Leandro, Merly y Pezzarosi, andaba contando semanas después detalles del ataque.  Merly había herido mortalmente a dos soldados, antes de ser acribillada.   Con bajas y los cuerpos de dos guerrilleros, el capitán kaibil dejó de perseguir a Pezzarosi.

Mujeres como Merly cruzan el umbral de la vida y de la muerte.  

Permanecen, convertidas en agua, en fuego, en tierra, en viento. Están aquí y allá, siempre vigilantes y se reproducen.