martes, 5 de marzo de 2013

El sargento Güicho


Cuando lo conocí, en el “Santos Salazar”, aún era muy joven; tendría unos 22 ó 23 años, pero ya era un experimentado combatiente.  Se desempeñaba como jefe de escuadra.  De baja estatura y complexión media.  Era colocho, de cara redonda y fácil sonrisa.  Con un remedo de barba en el mentón. Tenía esa extraña característica de hablar con “zetas”.

Para entonces ya tenía huellas de la guerra; una vieja herida de bala en el antebrazo izquierdo era la más visible; era una de esas cicatrices oscuras. El plomo había destruido parte del músculo y del hueso, y aunque parecía tener más delgado ese brazo, no mostraba debilidad; por el contrario, siempre llevaba consigo su fusil y otra arma más pesada: una ametralladora o un lanzacohetes.

Algunas veces se vendaba un poco el área de la cicatriz.  Nunca supe si era para darle más fuerza a su brazo o para no mostrar la vieja herida.

Se había formado desde muy niño en la selva petenera, donde cuentan que sobrevivió al ataque de un Jaguar.  Aún era muy niño cuando el felino penetró al campamento, en una noche de verano.  Los rugidos pusieron en alerta a todos los combatientes.  El enorme animal parecía buscar algo.  Pasó por el pabellón blanco de Güicho, que había hecho una cama en el suelo. Un zarpazo hizo trizas el mosquitero. 

El niño logró desplazarse rápidamente hacia atrás, pero el miedo lo paralizó.  Un segundo zarpazo hizo desaparecer la cama por completo, pero Güicho ya estaba detrás de la gamba de un árbol.  Dos, tres tiros de veintidós, así como los gritos de los compañeros que se lanzaron con cuchillos y machetes, hicieron que el Jaguar huyera. 

En el 94 era de los principales oficiales en el sur; era sargento y tenía a su mando una escuadra.

En una ocasión, Güicho y un combatiente fueron hasta la carretera a una inspección de rutina y al acercarse al lugar fueron recibidos a tiros. Los compañeros se tiraron a tierra de inmediato y buscaron dónde parapetarse.  Divisaron un vehículo y dos individuos con apariencia militar, pero vestidos de civil. Los desconocidos continuaban disparando.  Güicho ubicó la posición de uno de ellos e hizo tres disparos de fusil.  Se oyó un grito  y el sonido de un cuerpo que cae a tierra con todo su peso.  El otro individuo huyó.

Güicho se acercó.  Recuperó una browning 9 milímetros.  Más adelante estaba un pick up verde oscuro, con placas militares.

Luego se retiraron rápidamente. El riesgo era que el otro militar trajera refuerzos.

El sargento Güicho casi siempre estaba de comisión; el conocimiento del terreno, así como su buena relación con la base social y su resistencia física, eran cualidades de pocos.

El sargento Sitín le salvó la vida en una de esas salidas.  Iban los dos a cumplir una tarea y cuando buscaban la manera de acortar distancia trataron de cruzar una vertiente caudalosa.  Parecía fácil.  Unos diez metros separaban a una de otra orilla.  Sitín pasó primero.  Despacio, haciendo mucha resistencia muscular para no ser llevado por la corriente.  Luego correspondió el turno a Güicho, pero a la mitad del río uno de sus pies resbaló en una piedra y cayó a una parte más honda. La fuerza del agua lo devoró y ni siquiera pudo gritar para pedir auxilio; pero Sitín no lo dejaría morir tan fácilmente.  Corrió tan rápido como pudo río abajo, a tal punto que ganó unos metros al caudal que llevaba a su compañero y en una parte más angosta pudo sacarlo. Un poco más adelante su cuerpo se habría estrellado violentamente contra las piedras, ocasionándole una muerte segura.

Güicho no perdió el conocimiento, pero estaba pálido.  Las risas y burlas de Sitín hicieron que le volviera el alma al cuerpo.


Ese era Güicho, un oficial de las FAR; quizá de poca estatura, pero con una enorme voluntad de lucha.

sábado, 16 de febrero de 2013

Una mala decisión


“Errores no corrigen otros, eso es lo que pienso”, Roberto Carlos

A mediados de los 80’s, cuando la guerrilla ya se había adaptado a la selva petenera; la logística había mejorado; las armas y las vituallas cada vez eran de mejor calidad; los uniformes se fueron perfeccionando, al igual que las hamacas, carpas y mochilas.  Hubo entonces la posibilidad de que algunos de esos valerosos guerrilleros salieran a especializarse a otras latitudes del mundo.

Todos soñaban con tener esa experiencia, pero fueron contados los que viajaron.  Es más, otros, quizá los mejores, debieron quedarse, para dar seguimiento a los planes operativos; el accionar debía continuar.

En 1989 las FAR intensificó operaciones en la zona baja del Petén, entre la aldea Las Pozas y Sayaxché. El enemigo había sufrido un número considerable de bajas. Una de esas heroicas unidades guerrilleras estaba al mando del subteniente Juan.  Un combatiente que se había hecho en la selva; había llegado niño junto a su padre, al que vio caer en combate tiempo después y quiso continuar sus pasos, al principio como un deseo de venganza personal, la que luego se tornó en conciencia social.

Las habilidades y capacidades del subteniente Juan eran indiscutibles; había sido formado en el terreno, en tácticas de guerra de guerrillas; desplazamientos, camuflajes, estratagemas; tenía un olfato felino, una actitud militar nata. El fue de los que se quedó, como muchos otros, para hacer frente al accionar, mientras se preparaban sus compañeros.

Eran casi quince días de operaciones en un terreno relativamente pequeño y el ejército concentraba cada día a más soldados en el área.

Por aquellos días regresó el teniente Javier. Había sido preparado militarmente durante más de seis meses en uno de esos países hermanos; otros seis meses combatió a la contra nicaragüense en el Ejército Popular Sandinista.

Juan recibió la orden de entregar el mando, sin demora, al teniente Javier. El plan de operaciones aún no había concluido, por lo que rindió parte a jefe superior, para luego informarle detalladamente lo que se había hecho; entregó el registro de partes de guerra y de mensajes recibidos y enviados a la comandancia, el reporte del parque disponible, así como los croquis de las acciones que aún faltaba por cumplir.

Javier decidió movilizarse hacia un campamento que habían utilizado muchas veces, con mucha huella en los alrededores y aunque Juan nunca hubiese tomado esa decisión, la respetó, pero no quedó tranquilo.  Estaba nervioso y sentía que algo estaba por suceder…  ¡y sucedió!,   A las 5 de la mañana dio inicio el ataque enemigo. El poder de fuego era intenso. Se oían disparos por todas partes; la unidad guerrillera estaba en un cerco; sin embargo la respuesta de los combatientes fue inmediata y  Juan ordenó una línea de fuego en uno de los flancos que prestaba más facilidades para la retirada.

Al cabo de más de media hora de combate lograron salir, pero Juan iba herido, en un costado y en una pierna. Se retiraron. No había más bajas, solo Juan.

Pero el teniente Javier no estaba conforme. No era posible que el ejército le diera esta bienvenida.  No a él. Ya sabrían con quien se estaban enfrentando.  Ordenó un contraataque, y aunque Juan se opuso, no había posibilidades de discusión.  Era una orden militar y debía cumplirse.

En el grupo que regresó iban María, Justo y Sandino.  Ella, con un lanzagranadas M-79, además de su fusil; Justo, con una ametralladora M-60 y Sandino, con un Lanzacohetes, RPG-7.

Los tres cayeron en una emboscada enemiga y con ellos seis armas.

Quince días de intenso y exitoso accionar se fueron al piso con la pérdida de tres valiosos combatientes y un herido, el subteniente Juan.

Era el costo de una decisión equivocada.  

miércoles, 6 de febrero de 2013

Himno de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR)



¡Soldado,
Guerrillero,
Patriota,
Combatiente…!

¡Lucha con todas tus fuerzas
Para que a tu patria puedas liberar!

¡Guatemala!

Hoy que el pueblo,
La cuna de Tecún Umán,
Lo gobiernan ladrones y asesinos,
Por montañas, ciudades y caminos
Están los combatientes que guiarán nuestro destino!

Guatemala,
El momento ha llegado
De pedirle la cuenta a tus verdugos,
Que a tu pueblo siempre han ultrajado,
Negándole su libertad y dándole yugo.

Es valiente,
Heroico y fuerte,
Este pueblo que exige decidido,
Libertad, libertad gloria a la patria,
¡Los tiranos muy pronto morirán!

Libertad, libertad gloria a tu nombre,
Este pueblo con hondo clamor canta,

Patria mía, se oye un grito fuerte!


¡A vencer o morir llama ya...!
















martes, 22 de enero de 2013

El último vuelo del dragón


Era finales del 84, luego de una prolongada campaña de acciones guerrilleras, en las  selvas de Petén. El ejército guatemalteco registraba un alto número de bajas, entre muertos y heridos, pero lo ocultaban a los medios y enterraban a sus muertos sin honores, para no hacer evidentes sus derrotas.

Esto ocasionaba que bajara la moral en la soldadesca; pero lo que más hería su amor propio era que las fuerzas insurgentes se ufanaran de sus victorias e incrementaran los mitines en los poblados más habitados, porque además representaba una creciente simpatía popular a favor del movimiento revolucionario y por ende el fortalecimiento de las filas con más jóvenes alzados.

Fue para entonces que el ejército decidió lanzar una ofensiva aérea, con una flotilla de aviones de combate Cessna A-37B (DragonFly) de producción estadounidense, que habían sido utilizados en Vietnam;  una aeronave capaz de lanzar rokets; bombas de 50, 100 y hasta de 500 libras, así como explosivos de fósforo blanco (napalm).  Su estampido ensordecedor hacía temblar al más valiente de los guerrilleros.

Pero de a poco resurgía el indoblegable espíritu revolucionario; en unos más rápido que en otros y la desconcentración acertada de la fuerza evitaba que las cargas mortíferas ocasionaran bajas.

Uno de esos días, el pelotón a cargo del Teniente Manuel fue detectado por uno de estos aviones en el claro de una montaña.  Manuelito mandó a su gente a tomar posiciones y resguardarse.  __ ¡Apúrense compañeros porque ese cabrón va a tirar! – dijo, mientras el piloto comenzaba a volar en círculos, cada vez más reducidos.

El subteniente Belarmino y el compañero Chalío estaban juntos cuando el avión se lanzó en picada y soltó su primera descarga. La montaña retumbó, con un sonido ronco que se extendía a lo largo de la selva.

Tranquilo Chalío, dijo Belarmino, con una sonrisa en su rostro que parecía más bien nerviosa.  __ ¡esperemos tenerlo a tiro y le volamos verga!.   Corrieron rápidamente a una pequeña elevación, donde nuevamente tomaron posición de tiro.  Manuel, en otro punto, preparaba la ametralladora M-60; el resto de compañeros lo resguardaban.

El A-37 reinició  su danza de muerte: círculos grandes, pequeños y otra vez en picada, con aquel bullicio de sus motores, pero esta vez entró directamente a la línea de fuego, donde el tableteo de la ametralladora y de la fusilería fue intenso.  No hubo descarga.  Sus movimientos mostraron pérdida de control y desacierto, con pequeños tumbos que anunciaban su intempestiva caída.  Una fumarola negra salía de uno de sus motores.

Los gritos de alegría y victoria fueron espontáneos en cada uno de aquellos valerosos combatientes; algunos de ellos con pequeños costos del ataque: Chalío tenía una herida en una nalga, ocasionada por una piedra filuda.  Belarmino sufrió unos días por varias espinas en su espalda, pero nada comparado con la satisfacción del deber cumplido.

Al otro día recibieron información de las bases: el avión se había precipitado en las cercanías de la aldea El Esfuerzo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

El beso robado


Juan Antonio salió temprano como todos los días rumbo al distrito federal, donde además de cubrir varios contactos, entregar y recibir mensajes de la comandancia, debía ir a una de las tradicionales calles de la ciudad de México con nombres de capitales de países latinoamericanos, dedicadas a la venta de artículos electrónicos.  Estábamos necesitando algunos metros de cable coaxial, plugs, un soldador y otros artículos, para modificar algunas antenas y construir llaves de telegrafía.

El trajín del día a día era agotador, salía de la casa a eso de las 6 de la mañana, después de un desayuno acelerado y poco nutritivo. Aunque comía algo más durante su estancia en la gran ciudad, eso era indiferente, lo importante era cumplir con las tareas y sortear los habituales riesgos de seguridad, principalmente en los contactos. En la tarde, a eso de las 17 horas, iniciaba su retorno, volvía a la terminal de autobuses, donde compraba su boleto para ir cómodamente sentado durante otras dos horas y media de viaje.

Aquella mañana continuaría la lectura de un libro hasta llegar a su destino. Había descansado lo suficiente y aunque la comida no había sido muy buena, la frescura matutina le permitía dedicar un tiempo para ilustrarse; es más, lo disfrutaba. No sería lo mismo por la tarde, luego de caminar durante varias horas y cubrir los respectivos contactos. 

A la hora del almuerzo compró en alguna tienda un cuarterón de queso y un refresco; un poco más allá, en una tortillería, un medio kilo sería suficiente. Se sentó en un parque y dedicó media hora a la comida.  Ese momento sagrado del día.

Cuando subió al bus, de regreso a casa, llevaba mucho cansancio físico y mental; en menos de una hora oscurecería. El ambiente era pesado, por lo que prefirió cerrar los ojos; el libro debía esperar hasta la mañana siguiente.

En aquella oportunidad se sentó al rincón y antes que el autobús se terminara de llenar se rindió extenuado ante el agotamiento; no se fijó quien se había sentado junto a él.  Había roto varias normas elementales de seguridad: primero, nunca ocupar el rincón y segundo, siempre estar pendiente de lo que acontecía alrededor, especialmente a su lado; en otras palabras, mantener la vigilancia.

Se durmió como muchas veces lo había hecho. No pasaba nada, siempre era la misma rutina y no había riesgo que correr. Al menos eso parecía.  Al cabo de poco más de una hora de camino y en la oscuridad del ambiente sintió algo húmedo en sus labios.  En aquella condición de duerme vela del momento su instinto de vigilancia lo alertó ante algo muy parecido a un beso. Despertó totalmente, abrió los ojos de forma discreta y vio a su lado a un hombre que parecía estar descansando, con la cabeza hacia el pasillo, en dirección opuesta a la de él.

Pero había algo que no cuadraba.  Cuando despertó vio que el tipo también se había movido ligeramente; la posición en que estaba, contraria a la de él, tampoco le pareció muy normal.

Juan Antonio comenzó a sudar frío al imaginarse que había sido besado por un hombre o por alguien que renegaba de serlo.  Quiso confirmar su hipótesis y trató de no evidenciarse.  Hizo como que volvía a dormir, hasta que nuevamente vio que se acercaba el rostro del desconocido y cuando estaba a punto de besarlo nuevamente lo tomó del cuello con la mano izquierda y le advirtió, con voz fuerte y amenazadora, pero sin gritar:  ¡lo vuelves hacer pinche cabrón, y te rompo la cara a madrazos!.

El tipo apenas pudo susurrar un ¡perdooooon!.   A los pocos minutos se encendieron las luces.  El autobús había terminado el recorrido.  Todos los pasajeros trataban de acelerar el paso, pero uno de ellos con más ahínco pedía permiso entre las personas, para evitar que su incomprensible compañero de viaje lo agarrara a golpes en una de las oscuras calles cercanas a la terminal.

Aunque Juan Antonio sabía que no podía tomar represalias, por su condición de revolucionario guatemalteco y clandestino, y por el respeto que le merecían las personas con preferencias sexuales diferentes, se cegó. Creyó haber visto que el individuo se mofaba de él mientras aceleraba el paso y esto provocó que la sangre le hirviera en la cabeza.

A como pudo se abrió camino entre la gente y agarró al tipo por la espalda, quien al verse en condición de vulnerabilidad, gritó histérico en busca de auxilio.  De inmediato aparecieron tres policías municipales y detuvieron al furibundo Juan Antonio.  El desconocido se defendió acusando a “su agresor”, de haber querido golpearlo “por nada”.  Juan Antonio trataba de defenderse, pero sólo atinaba a decir: “¡diles pinche cabrón lo que me hiciste!”.  No tenía argumentos y su machismo le impedía dar más detalles; las personas se aglomeraban a su alrededor, con el deseo morboso de ver correr sangre.

Los agentes, en cumplimiento de su deber, se llevaron a Juan Antonio a la estación por escándalo en la vía pública.  En la sede policial coordinó mejor su defensa y dio detalles de lo ocurrido, pero solo sirvió de burla a los policías, quienes además indicaron que si bien “el ofendido“ no había presentado ningún cargo en su contra, no estaba el jefe, quien autorizaría su libertad hasta el lunes.  Era viernes.

Juan Antonio no llegó a la casa esa noche y se puso en alerta todo el sistema de seguridad previsto para estos casos.  Sus compañeros dejaron el lugar esa misma noche.  El sábado, luego de suficientes ruegos, los agentes le permitieron hacer una llamada a su familia, la que aprovechó para avisar que estaba bien, que se le había presentado un problema menor, que estaba detenido en la estación del pueblo y que el lunes lo dejarían libre. Eso volvió las aguas a su nivel, aunque con las reservas del caso.

El lunes, luego de tres noches frías de calabozo, el oficial al mando permitió su salida: “pero antes debes dejar bien lavadas las tres patrullas a mi cargo”. Lo hizo, aún con la cólera de haber pasado de víctima a victimario y haber sido objeto de burla de aquellos elementos de seguridad.

Aquel incidente dejó en él muchas enseñanzas. Aprendió a ser más tolerante, a respetar aún más a cada persona a pesar de sus preferencias sexuales, media vez no se metieran con él; a mantener la disciplina y seguridad de la mayoría, antes de perder la cabeza por situaciones personales que podían ser fácilmente superables, pero sobre todo: no volvió a dormir en los buses, por muy cansado que fuera.

martes, 11 de diciembre de 2012

Edgar Ortiz, “El Gato”


Partió sigiloso hacia la eternidad. Iba cargado de estrellas, con su sarape y su cabello largo de antaño; su semblante, aunque nostálgico, dibujaba una sonrisa.

Petencito 2008.
Durante la guerra nos vimos poco.  La compartimentación entre estructuras era algo fundamental para garantizar la seguridad y alcanzar el éxito de nuestros propósitos; mientras que él tenía un nivel de responsabilidad en el aparato de logística de las FAR, a mí me correspondía aportar en las comunicaciones.

Su seudónimo siempre estuvo en nuestras claves y fue ahí donde empecé a conocerlo y a respetarlo. El riesgo al que se enfrentaban todos los compañeros y compañeras en esa estructura era muy alto, pero era admirable la forma en que lograban establecerse, montar pantallas, burlar retenes y cuidarse de la vigilancia enemiga.

Nos encontramos en más de un contacto para intercambiar mensajes. De ojos claros y sonrisa amplia, nunca hubo un ápice de prepotencia en su actitud; estaba revestido de humildad y calidad humana. 

Coincidimos en dos Plenos Ampliados, donde escuché y valoré la profundidad de sus palabras y su amplitud de debate, pero principalmente su capacidad de buscar consensos y encontrar soluciones.  Durante sus intervenciones casi siempre había que pedirle que hablara más fuerte.  Era una característica en él, como un suave ronroneo felino.

Desde muy joven se organizó en la guerrilla y por extrañas cosas de la vida llegó a hacer sus prácticas docentes en la escuela primaria donde yo estudiaba. Años más tarde seríamos compañeros de lucha. Para entonces Edgar ya estaba organizado y, como buen revolucionario, intentó  reclutar a mi maestro, sin lograrlo.

Tiempo después fue dirigente del Frente Nacional Magisterial; miembro del Comité de Emergencia de los Trabajadores del Estado (CETE) y Secretario de Organización del Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS) desde su creación en 1976-1980.

Estuvo a cargo de las relaciones internacionales y de organización del I Encuentro Nacional y Centroamericano de Maestros en Guatemala, a partir de lo cual se formó la Federación de Organizaciones Magisteriales de Centro América (FOMCA), organización que apoyó la creación de la Asociación Nacional de Educadores Nicaragüenses (ANDEN).


En 1981 dio el paso a la lucha clandestina, cuando fue imposible continuar en el movimiento de masas por el nivel de represión y descabezamiento de la dirigencia; asumió uno de los mandos del frente “Santos Salazar” junto a otro líder histórico: Silvio Matricardil Salam. Cuando cayó Silvio y otros compañeros, tanto del frente sur como de la región central, Edgar tuvo que salir del país.  Otras luchas le esperaban.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La palomita expuesta



En la guerrilla no se comía bien. En las mejores épocas contábamos para un mes, con una media libra de leche, media de avena entera, un poco de azúcar, para consumo individual;  algo de frijoles y arroz colectivos, al igual que las tortillas o tamales. y aunque había temporadas más críticas, para nosotros esto era más que suficiente. Estábamos conscientes que una gran mayoría del pueblo se alimentaba con menos.  Eso nos fortalecía y nos ayudaba a seguir adelante.

Sin embargo, para hacer frente a las actividades cotidianas, en las condiciones en las que nos encontrábamos, así como a los continuos desvelos, se requería de una dieta más nutritiva y no la había. Esta situación afectaba más a quienes nos quedábamos en campamento, pues los que salían visitaban a las bases o encontraban a personas en el camino que les obsequiaban comida: huevos duros, gallina cocida, algunas verduras y hasta frijoles volteados, quesos y crema.

A esa falta de alimentos atribuí lo que me pasó un día, en el campamento. Me levanté corriendo de mi puesto para ir a orinar a un lugar cercano.  Recién comenzaba el proceso mingitorio cuando perdí el conocimiento y caí de espaldas sobre el terreno empedrado del lugar.  Al despertar estaba en mi puesto, rodeado por casi todo el campamento.

Hasta ahí todo normal, en la medida de lo posible; un incidente con poca relevancia, de no ser porque en los compañeros había una sonrisa de oreja a oreja, la que al verme despertar y corroborar que estaba bien, se convirtió en carcajada.

Sucedió que el subteniente Arturo al escuchar mi estrepitosa caída corrió de inmediato a ayudarme y notó que el desmayo me había sorprendido con el miembro a la intemperie, con todo el cuidado del caso se vio en la necesidad de resguardarme de la pena pública y procedió a guardar al delicado y expuesto pajarito.

En la preocupación del momento por mi inesperado desmayo, surgió la broma cruelmente oportunista del guerrillero, que no daba espacio a la tragedia: la vida, mientras hubiera, había que vivirla felices. ¡”Arturo me había metido la paloma!”.  Recuerdo al teniente Pancho riendo a carcajadas, a Pezarossi doblado de la risa. ¡Puta Chejo, ¿Arturo te metió la paloma cuando te desmayaste, no?  Y volvían a reír como nunca.

Hace poco los visité en la finca, 18 años después de aquel desmayo y encontré a Pancho, reparando algo en la puerta de su casa.  El condenado lo primero que dijo fue: ¿Te metió la palomita Arturo cuando te desmayaste, no Chejo? Y volvió a reír y a contagiar a los demás.