miércoles, 25 de febrero de 2015

El Teniente Sandokán parte 2

De la montaña vendrá un campesino con justa razón….

Ocho meses después, Sandokán y el resto de compañeros que pasaron el curso de oficiales regresaron al frente y encontraron que el Teniente Vidal había caído en combate. Fue doloroso para todos, pero había que emular su lucha y continuar. La decisión de asumir el mando recayó en él.

Sandokán lo tomó con el temple que lo caracterizaba y aún más, con el deseo de combatir contra el ejército como el mejor, y más temprano que tarde alcanzar la victoria final.

De complexión fuerte, 1.80 de estatura, con barba, pelo largo y boina, no parecía lo joven que realmente era; en la comunidad se había ganado el mote de “mano de piedra”, en alusión a Roberto “Mano de Piedra” Durán, el famoso boxeador panameño.

Pero la humildad y calidad humana las demostraba en el trato a sus subordinados, así como a los colaboradores y pobladores con los que tenía contacto; predicaba con el ejemplo: iba por su leña, pedía su turno de posta y ocupaba la primera línea de fuego para enseñar a las compañeras y compañeros que se podía dar más; que había en cada quien muchas más capacidades.

Conforme pasaba el tiempo se ganaba más el respeto de su gente y de la misma población, a la que llegaban comentarios sobre un valeroso guerrillero que además enseñaba a sus combatientes a resguardar la integridad de la población, a proteger los bienes de los campesinos y a pagar lo que en algún momento consumían: frutas, elotes, miel, frijol y maíz.

Su forma de actuar con el pueblo era consecuente lo que pensaba y creía. Su segundo al mando era el sargento Maximiliano, a los que seguían Rudy, Jaime “Yegüita”, Gary, Orantes y el Wilo.

El teniente Sandokán diseñó una campaña de operaciones, entre las que se propuso dar saltos de calidad, a pesar de no contar con buen armamento. La primera acción fuerte fue el ataque al destacamento ubicado en la aldea Las Cruces, en los primeros días de septiembre de 1981.

Turcios y Johny fueron enviados a explorar el destacamento, aunque ninguno de los dos sabía realmente lo que estaba haciendo. Ingresaron a la zona con el mayor cuidado posible y a su regreso el Teniente los puso a dibujar lo que habían visto.  Era mejor a nada.

Sin embargo, el verdadero problema fue cuando entraron de noche a buscar el lugar y no encontraban nada. Antes habían dejado sus mochilas escondidas en un potrero.

Cuando al fin se acercaron a los alrededores del destacamento dispuso a los combatientes en dos contenciones y al menos 15 se dirigieron con él  a ejecutar el ataque; en total eran unos 25 guerrilleros, armados con rifles, revólveres y escopetas.  El combate duró más de tres horas, pero el poder de fuego del enemigo era superior y fue necesario retirarse.

Cuando llegaron al punto donde habían dejado las mochilas, o mejor dicho las “costalías”, a eso de las 6 de la mañana, ya no había ninguna: las vacas habían acabado con todo; pedazos de hamacas y uniformes estaban esparcidos en los alrededores.


A pesar de todo la moral no disminuyó. Poco tiempo después, luego de la evaluación y análisis de los errores, se dispuso la siguiente acción, esta vez el objetivo era el puesto de la Guardia de Hacienda, destacado en la cabecera de Sayaxché, al sur de Las Cruces, entre el Subín y las Pozas.

domingo, 22 de febrero de 2015

El Teniente Sandokán parte 1

“Compa… yo ya me voy a ir... quiero que sepan que estoy orgulloso de ustedes... no se detengan…, la lucha debe continuar…”.

Con esas palabras se le iba la vida, en febrero de 1982, a un joven oficial de 24 años: el teniente Sandokán, jefe del pelotón “Abel Mijangos” en el Regional Norte “Capítán Androcles Hernández”. Luego de concluir una campaña de operaciones que él mismo planificó y ejecutó, el campamento guerrillero donde se encontraba fue descubierto por las fuerzas castrenses. Como había sido toda su vida militar, de ejemplo y de vanguardia, no se retiró con los primeros tiros, se quedó junto a su tropa, para garantizar que todos vivieran. Una bala enemiga llevaba su nombre.

En 1967 otros jóvenes oficiales de las FAR incursionaron en Petén con el objetivo de construir un bastión guerrillero; aquella aldea, que los compañeros denominaron en aquel momento como “Plaguitas”, por la interminable plaga de mosquitos que tenía, era La Nueva Libertad, comunidad en la que nueve años antes nació Sandokán.

Sandokán llevaba en la sangre, no solo el color, que lo identificaba con la lucha, sino la herencia de sus ancestros y el legado de aquellos oficiales de la vanguardia de las FAR, que también regaron con con sangre aquella zona petenera, Androcles Hernández, Lucio Ramírez, Herbert, Raúl Orantes, Abel Mijangos, Antonio Guamuch…

Quizá por la mente de Sandokán pasó en algún momento de su niñez el deseo de ser como muchos campesinos; tener una pequeña parcela, aportar a su familia y a su comunidad y seguramente construir su propio hogar… pero otro sería su futuro.

El contexto político social cambió su vida; el movimiento revolucionario ampliaba sus áreas de operaciones. En aldeas y caseríos crecían las células organizativas y el ejército reaccionaba con violencia; asesinaba a los potenciales líderes y  a sus familias, además de reclutar de forma masiva a los adolescentes, para incorporarlos a sus filas.

Muy pronto, el joven soñador debió salir de su natal aldea La Nueva Libertad e irse a la montaña con los compañeros, donde tomó el nombre de Sandokán. Con el correr del tiempo, relativamente poco, obtuvo el grado militar de Teniente.

Sandokán integró el primer grupo de combatientes que recibió un curso de oficiales, en el que mostró disciplina, capacidad e integridad revolucionaria.

No todo era perfección, por supuesto. Cuentan que en aquellos días de estricta disciplina, en la escuela de oficiales, a algún travieso guerrillero se le ocurrió escribir en uno de los baños: “aquí se caga hasta el más valiente”; una frase que literalmente contenía una verdad absoluta, pero que en el fondo llevaba un doble sentido.


Al darse cuenta del hecho, los oficiales instructores reunieron de inmediato a todos los guerrilleros que recibían el curso y que estaban ahí en calidad de reclutas. Pidieron que de inmediato dijeran quién había hecho el famoso escrito, para que fuera sancionado con la rigidez del caso, de lo contrario todos recibirían la misma sanción, pero nadie dijo nada. Algunos, que no veían en aquello más que una broma, aceptaron la sanción como propia, otros, los menos, deseaban descubrir quién había sido el gracioso, para darle un escarmiento. Nunca lo supieron.

miércoles, 28 de enero de 2015

El Subteniente Rudy

Cuando escribí sobre los Martínez señalé sobre lo numerosa que era esta familia (y aún lo es), al igual que la de los Figueroa y otras. Eran tanto los integrantes de estos grupos familiares, la mayoría luchadores revolucionarios, que más de uno he debido olvidar, pero luego de rememorar con los mismos actores, he recordado. Cabe entonces recapitular y, en honor a su aporte en la gesta revolucionaria, retomar sus nombres y rendirles en este espacio, un pequeño homenaje.

El subteniente Rudy era el penúltimo de los Martínez, pero contradictoriamente uno de los primeros que se incorporó al movimiento revolucionario. Él y su hermano menor establecieron contacto con la guerrilla, entre 1975 y 1976; su primer responsable fue “Delfino”, con quien conformaron grupos de milicianos. Delfino logró organizar unas 17 células en los alrededores de Melchor de Mencos, la aldea Las Viñas y parte de Santa Ana. Cada célula estaba integrada por seis personas.

En 1978 los nombres de varios integrantes de la familia Martínez aparecieron en un listado de la denominada “Mano blanca”, uno de varios escuadrones de la muerte que surgieron en el país en aquellos años. La organización decidió que los compañeros y compañeras que ya se habían “quemado”, se trasladaran a otra zona. Fue así que se dispuso que los Martínez se reubicaran en el otro extremo del departamento, ahora en las cercanías de la frontera con México.

Para 1981 la consolidación de la fuerza guerrillera en Petén se convirtió en una tarea estratégica; la comandancia logró integrar la columna guerrillera “Luis Augusto Turcios Lima” con fusiles M-16 y uno de sus mejores jefes, sin embargo hubo factores que minaron la moral de la tropa y algunos de ellos desertaron.

Por aquellos días se conformó el pelotón Abel Mijangos, al mando del Teniente Sandokán y algunos de los combatientes con alto nivel revolucionario prefirieron cambiar de mando, entre ellos Rudy, que a pesar de las condiciones y vejámenes a los que se enfrentó, nunca perdió la proyección, la moral, la perspectiva revolucionaria.

En una ocasión, en el año 82, el Teniente Sandokán los envió a sacar miel al apiario de un compañero, cercano a la aldea Josefinos. El objetivo del Teniente era guardar la miel en ánforas y dejarla embuzonada; sabía que este preciado néctar no se descomponía y era necesario tener provisiones para el futuro.

Belarmino se quedó de posta; prefería detectar un probable ataque enemigo que enfrentarse a las abejas, mientras que el resto de compañeros se fueron a castrar. En eso estaban cuando el ejército ingresó al área entre la posta y el apiario que se encontraba en un descampado, a unos cien metros de la montaña. En los alrededores había zarza, de un tipo conocido como cola de iguana que tenía tres líneas de espinas con gancho, que no sólo podía hacer trisas la ropa, sino que arrancaba literalmente la piel.

Desde la posta Belarmino vio pasar un pantalón camuflado debajo de las cajas, que tenían al menos un metro de altura; sabía que la mayoría de compañeros tenían en esos momentos uniformes de color caqui, que habían sido donados por un compañero que trabajaba en combate a la Malaria, pero no se animó a disparar.  A como pudo rodó hacia donde se encontraba el compa René, que tenía la mala costumbre de hablar a gritos.  Belarmino le hacía señas, asustado, para viera si había un militar a su lado.

Como era de esperarse René gritó: ¡qué jue'putas pasa! y el soldado se tiró a tierra. Fue entonces que empezó el traqueteo. Unos y otros disparaban mientras se desplazaban entre la maleza.

Los compañeros reculaban hacia el zarzal. Era la única salida, en tanto Belarmino mantenía su posición. Con su carabina M2 trataba de apuntar hacia la posición enemiga. Ellos, en cambio, le concentraron fuego.

Rudy y Arturo regresaron a buscarlo y le gritaron que se retirara, pero el fuego enemigo casi rozaba su cabeza; Rudy se acercó casi a la par de Belarmino, para cubrirlo y lograr que saliera de ahí. Del otro lado del zarzal ya nadie les dio seguimiento.

Rudy, además de ser un gran combatiente, era autodidacta; aprendió mucho de los libros que con dificultades llevaba en su mochila; llegó a tener una visión política superior a la de muchos otros oficiales y asumió el rol de comisario político. Portaba además un radio de transistores en el que escuchaba todos los días, de forma disciplinada, las distintas emisiones del radionoticiero “Guatemala Flash”.

El subteniente Rudy, de baja estatura, pero de muy alta calidad y moral revolucionarias, se ganó un lugar en la guerrilla, pero principalmente el respeto y aprecio de las compañeras y compañeros con quienes combatió.

jueves, 2 de octubre de 2014

“Nosotros cantamos, nosotros sonamos”



Así son ellos, ganados para el pueblo
Así surge la eternidad del ejemplo…

                                                                       Otto René Castillo


La vida está llena de momentos. Situaciones que se presentan, se quedan para siempre, o simplemente pasan desapercibidas; pero más que momentos, la vida nos ofrece la oportunidad de subirnos al tren de la historia, bajarnos de ese tren, o nunca abordarlo. Tan sencillo y complicado a la vez.

En el momento histórico que tocó vivir a la juventud guatemalteca en los años 80 tomar esa decisión implicaba vida o muerte, pero poco importaba, si era un paso consciente y si al final de cuentas derramar la sangre contribuiría a alcanzar “la victoria final”.

En el año 82 continúe la educación básica en Nicaragua, en el Instituto “Rigoberto López Pérez”, nombre de aquel heroico sandinista que cumplió con la tarea de ajusticiar al tirano, Anastasio Somoza García, aún a costa de su propia vida.

Fue entonces que conocí a un grupo de jóvenes guatemaltecos, casi adolescentes todos, que también estudiaban en ese instituto; se percibía en ellos la llama revolucionaria, el deseo de aportar a los cambios que se gestaban en la Nueva Nicaragua y, con bajo perfil, prepararse para regresar a Guatemala y dar lo mejor de ellos para lograr el triunfo revolucionario en el país.

Camilo, Paty, Fito, Miguel; Nora, Rogelia, el Chino y Maca; fue mi primer encuentro con ellos y durante algún tiempo guardamos distancia, había que mantener la “compartimentación”; desconocíamos si eran “volcanes”, “egipcios”, “farosos”, o tal vez “reyes magos”, que eran los sobrenombres que comúnmente utilizábamos los mismos militantes, para referirnos a alguna de las organizaciones hermanas.

Había en aquella casa de estudios valiosos jóvenes nicaragüenses, dedicados al deporte, a las artes, la música y la dramaturgia, pero más aún, entregados en cuerpo y alma a la defensa de la Revolución.  Ellos irían a donde los mandaran, guardarían las fronteras de la patria, combatirían valerosamente como soldados de los Batallones de Lucha Irregular o abrirían trincheras y defenderían a sus comunidades, como milicianos; muchos más, con lápiz y cuaderno en mano, habían tenido la oportunidad de concluir con éxito la Cruzada Nacional de Alfabetización.

¿Cuántos de esos jóvenes cayeron todavía en distintos frentes de lucha?, cientos, miles.

Fue la tarde de un sábado que el “Flaco” y Ana María me llevaron a conocer a unos amigos guatemaltecos, indisciplina aquella de la que me hicieron gustoso cómplice. Conocí entonces a Tito Medina y reconocí a Miguel y a Fito; fue una velada inolvidable, en la que pudimos escuchar los ensayos de un naciente “Kin Lalat”. Todos rebosantes de alegría y hermandad.

Las medidas de seguridad no nos permitirían volver a tener otro encuentro similar; además, pronto iniciarían giras internacionales y  sus canciones se convertirían en un símbolo de la lucha guatemalteca: “Florecerás Guatemala”; “Pueblo Quiché”; “Amante alzado”.

En el campo y la ciudad sonaba clandestinamente el mensaje de lucha y de protesta de Kin Lalat y muchos jóvenes tomaron conciencia a través de sus canciones; en la montaña fortalecía la moral revolucionaria.

El aporte de este grupo guatemalteco fue fundamental en aquellos años, para que los ojos de la comunidad internacional se posaran sobre este país centroamericano y se detuviera el derramamiento de sangre; los grupos de solidaridad con Guatemala proliferaron.


Kin Lalat hizo historia; Tito sigue haciendo música y construyendo patria.

sábado, 24 de mayo de 2014

Un verdadero revolucionario; el compañero Adán


Usted, /compañero, /que no traicionó /a su clase, /ni con torturas,
/ni con cárceles, /ni con puercos billetes, /usted, /astro de ternura,
/tendrá edad de orgullo, /para las multitudes
/delirantes/que saldrán /del fondo de la historia/
/a glorificarlos, /a usted, /al humano y modesto, /al sencillo proletario, /
/al de los de siempre, /al inquebrantable/acero del pueblo/


Sus pasos eran sigilosos, tanto en las sabanas, bajos y planicies de Petén, como en los desproporcionados terrenos del sur del país; desde las cálidas arenas de la costa, hasta las frías alturas del Tecuamburro y sus alrededores. Sus pies lo llevaban a donde lo demandara la lucha revolucionaria.

 El compa Adán era el organizador por excelencia. Esa era su tarea y le gustaba. No caminaba con el ánimo de sacrificarse o de dar más facilidad al enemigo para encontrarlo. Lo hacía para llegar a los poblados, para acercarse a las comunidades y organizar al pueblo, politizarlo y convertirlo en base social del movimiento revolucionario.

Solo los jefes conocían su ubicación. Lo dejábamos de ver por semanas o hasta meses, hasta que nuevamente aparecía, acompañado o solo. Nos veía, nos regalaba una sonrisa y un ¿Qué tal compa?, como que acabara de vernos. Con el uniforme mojado, olor a humo, sudor y monte.

Adán se alzó en los años 80, a raíz del violento accionar represivo del ejército guatemalteco. Su familia se desintegró por esa causa; su compañera y sus hijos pequeños se refugiaron en México, mientras que él y su hija mayor, en ese entonces con unos 12 años, se quedaron en el frente guerrillero.

Su decisión de vencer o morir la llevaba en el alma, pero además era acucioso y dedicado en el estudio del marxismo leninismo, así como de los documentos políticos e ideológicos de la organización. Cuando no estaba organizando a la población estaba estudiando en el campamento.

Sonreía a menudo, pero muchas veces también vi su rostro serio e incluso molesto o preocupado. 

En Petén compartimos poco. Pero en el sur tuvimos la oportunidad de estar más tiempo juntos.  Aunque relativamente… porque su costumbre de “andasolo” no la perdía, o mejor dicho, no la dejaba, era su razón de ser.


Sus actividades como explorador y organizador seguían siendo claves; había llegado al Frente Sur con esa misión, aunque tenía capacidad militar y participaba en enfrentamientos con el enemigo, cuando era necesario. Además debía estar preparado para cualquier posible contacto con soldados o incluso con grupos delincuenciales, durante sus recorridos por las cercanías de los pueblos.

En aquellos tiempos, luego de la caída del comandante Martín y la deserción del Teniente Egidio, el frente sur necesitaba a toda costa fortalecerse; la llegada del capitán Leandro fue recibida con mucho entusiasmo y la moral de combatientes y oficiales se elevó.

Recuerdo uno de esos días que llegó el compa Adán procedente de las zonas altas del departamento, donde era conocido que vivían decenas de familias revolucionarias, que habían sido beneficiadas con tierras durante los años de revolución de octubre,  durante la gestión de Juan José Arévalo.

Adán le llevó a Leandro un regalo especial. Un frasco con una especie de harina de víbora de cascabel. Los habitantes de esa zona creían en las propiedades curativas y hasta afrodisíacas de este polvo de cascabel. Mataban a las serpientes, que por esos lugares proliferaban, las secaban al sol con sal; posteriormente las doraban en comal y finalmente las molían.  Esa especie de harina la tomaban en cápsulas, de forma medicinal, a ciertas horas del día, o como la consumimos con Leandro, esparcida en rodajas de tamal, o espolvoreada en un poco de frijoles, como si fuera queso seco.

Creo que fue la última vez que lo vi, antes que fuera entregado por un traidor. Pero todavía nos daría una lección de integridad revolucionaria.

Adán debía salir a Chqimulilla y una de las posibles rutas era por la finca La Guardianía. El ex compañero que lo entregó sabía que en algún momento alguien pasaría por el lugar, por lo que constantemente mantenían un puesto de vigilancia, con soldados colocados estratégicamente para no ser detectados.

El compañero Adán habría podido pasar inadvertido. Iba vestido de civil, con sombrero y machete, como cualquier campesino del lugar, pero el traidor lo conocía perfectamente y lo delató. Los soldados lo trataron con respeto e igual sucedió en la zona militar, donde además le ofrecieron atención médica. Luego fue enviado al cuerpo de la policía nacional, en Cuilapa, donde fue consignado.

El ejército buscaba dar al movimiento revolucionario un golpe moral  y mostrar ante la comunidad pública, nacional e internacional, que la guerrilla estaba desbaratada y desmoralizada, en la etapa final de la negociación.

Sin embargo se habían topado con un hueso duro de roer.  Enviaron comandos especiales de inteligencia militar al lugar donde se encontraba detenido y le ofrecieron muchos beneficios si se amnistiaba. Nunca aceptó. —No importa lo que me pase, o el tiempo que deba pasar en cárcel; no voy a traicionar mis convicciones ni a mis compañeros. —decía.

Su captura e impacto mediático que generó, muy pronto fue negativo para el ejército. Los medios de comunicación se acercaron al compañero Adán y lo entrevistaron sobre las razones que lo llevaron a incorporarse a las FAR, la forma de operar de la guerrilla, sus actividades y su pensamiento revolucionario. Le preguntaron también si era cierto que sus hijas eran “las comandantes Gladys y Esmeralda”, y lo aceptó con mucho orgullo.

Con la firma del Acuerdo de Paz “Firme y Duradera”, el 29 de diciembre de 1996, también llegó la libertad para Adán, quien guardaba prisión en el Preventivo de la zona 18.  El día de su liberación lo fue a recoger Mike y varias decenas de universitarios encapuchados, en cuatro buses del transporte urbano. Salió feliz, con esa integridad de hierro y una gran victoria personal.

Mike lo llevó al Campus de la Universidad de San Carlos, donde lo esperaban.  En ese momento el Comandante Ruiz se encontraba en el uso de la palabra. Habían declarado la plaza aledaña a la antigua Facultad de Medicina como “Néstor Ortiz”,. Aquel heroico combatiente que había caído en el ataque al destacamento de Pasaco.


Adán fue recibido como un héroe, y lo era, y lo seguirá siendo hasta el final de sus días, porque un verdadero revolucionario es para siempre.

jueves, 30 de enero de 2014

Los héroes y mártires no pueden ser opacados

“Cuando el río suena es porque piedras lleva” (refrán popular)


En aparente sinsentido, dieciocho años después de la firma de la paz, voces recalcitrantes se levantan y con lenguas bífidas intentan destruir la imagen de hombres y mujeres, líderes y lideresas, destacados en sus campos, en sus espacios; los vivos se defienden solos, pero los caídos no pueden levantarse de sus tumbas.
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Rafael era un joven oficial del EGP; de pocas palabras y mucha acción; había sufrido algún tipo de parálisis facial y su sonrisa sólo se dejaba ver en una parte de su rostro. Él y Carlitos habían llegado al frente sur “Santos Salazar” para reforzar las operaciones en aquella zona estratégica.

En los primeros días se mantenían silenciosos en los puestos que se les asignaron.  Hablaban muy poco. Sus semblantes eran de tranquilidad; estaban convencidos de las tareas que les correspondían y sabían que debían cumplirlas a cabalidad.

Poco a poco nos tomaron confianza. Nos narraban sus historias. Contaban como “los ejércitos” (soldados) llegaban a las comunidades indígenas y masacraban con saña a hombres y mujeres; sin importar edades; violaban a niñas y mujeres y mataban salvajemente a los bebés.

Rafael se llenaba de emoción al recordar cada detalle de sus relatos; el tiempo que le había llevado prepararse militarmente, sus primeras acciones y su participación en emboscadas exitosas; pero sus ojos adquirían un brillo especial cuando se refería al Comandante “Peter”; aquel oficial de baja estatura que encabezó decenas de combates y los llevaba más allá de sus límites físicos.

El “hombre nuevo” no había que buscarlo. Estaba ahí, pero había que formarlo y demostrarle que su fuerza y su alcance eran superiores a lo que creía. Era la forma de pensar del Comandante “Peter” y así se los transmitía a los combatientes.

Muchas veces temerario, “Peter” combatía de píe, en primera línea, mientras las balas silbaban a su alrededor. Como guerrero embravecido saltaba como fiera sobre el enemigo, a la voz de ¡al asalto!, que él mismo daba.

Durante su estancia, tanto Rafael como Carlitos mostraron la madera con la que estaban formados y contribuyeron al éxito de distintos combates en el frente sur; emularon así a su líder.

Con la firma de la paz el Comandante “Peter” se desmovilizó y se quedó en la tierra de donde era originario, en Chimaltenango.  No buscó acomodarse. Continuó la lucha desde los espacios que ahora le permitía la vida legal, en época de aparente paz y fue objeto de atentados contra él y su familia.

Trabajó en estos casi dieciocho años de posguerra con las comunidades, en distinto tipo de reivindicaciones de los pueblos indígenas, con la misma mística que lo hizo con el fusil; con la misma convicción y temeridad, se movilizaba muchas veces solo; la noche del 15 de enero fue encontrado muerto, como resultado aparente de un atropellamiento. Aunque la realidad puede ser otra: hay evidencias de asesinato que deben ser esclarecidas por las autoridades.


Ahora, las hienas salvajes tratan de destruirlo y apagar su luz; pero su incandescencia ya trascendió la vida.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El comandante en jefe

Comandante Pablo Monsanto


Era mediados de 1983. Monitoreaba en un Yaesu FT 77 emisoras guatemaltecas en onda corta; buscaba noticias sobre lo que acontecía. Radio Nahualá, Radio Chortí; surgían en el éter con relativa potencia, pero también se desvanecían, por la fuerza de otras emisoras o por la masiva acumulación de ruidos ininteligibles para el oído de un joven inexperto. La clave morse iba y venía; grupos de números dictados de cinco en cinco por computadoras.

En ocasiones escuchaba las conversaciones de los radioaficionadados; cualquier información era bien recibida.


Con una recepción dificultosa lograba captar “Chapinlandia, melodía y paisaje de nuestra más pura nacionalidad...”. Entonces me parecía ver a mi viejo, parado frente a su mesa, martillando sus cortes delicadamente, o sentado en su máquina. Aprendí con él a apreciar y sentir en lo más profundo de mí ser las delicadas notas de la marimba, pero entonces, en la lejanía de la Patria, era la música más bella del planeta. 

Mi mente se trasladaba a las calles de aquella Guatemala violenta; de represión y de muerte. Mi corazón se llenaba de emoción, pero también de miedo y se enaltecían las figuras de aquellos guerreros, en la ciudad y en el campo, que luchaban con todas sus fuerzas, en las condiciones más adversas, por construir un mejor país.

El aire acondicionado refrescaba esa oficina de Managua; afuera el calor casi llegaba a los 40 grados.


De repente entró la jefa y tras de ella aquel hombre fuerte, sonriente, con barba de candado y una elegante camisa Guayabera. Quedé petrificado en un instante. Sólo lo había visto en aquella foto ampliada; de perfil y con boina, en la selva petenera. Mi actitud pasiva no era el resultado de una muestra de irrespeto; al contrario, era emoción; una parálisis momentánea frente a uno de los principales líderes del movimiento revolucionario; además, desconocía si debía saludarlo de alguna forma en especial. 


Fue hasta que escuché: ¡Luis parate, es el Comandante Pablo Monsanto!, que me puse de pié, le di la mano y contesté, con nervios, sus preguntas sobre lo que hacía en aquel momento.


En él nació la idea del aporte que yo podía dar en aquel tipo de rastreos.


Mañana es su cumpleaños; mi saludo solidario y respetuoso, como entonces.