martes, 24 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte 2

Marco Tulio Soto



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Vamos… se acabaron los diez minutos.

Nos paramos. Nos estiramos un poco. Nos echamos la mochila de un tirón a la espalda y reiniciamos la marcha.

“Nuevamente comienza a correr el sudor por la nariz, las cejas se empapan y comienza el ardor en los ojos. Veo el tronco de un árbol que parece un cuello estirado con una cabeza observando a todo el que pasa. Los árboles tienen figuras caprichosas que semejan personas o animales… y si de verdad vieran y si fueran animados, cuántas variedades existen, de todos tamaños, colores, formas, grosores; con raíces salientes algunos parecen cohetes espaciales, pues las raíces semejan  enormes aletas, son raíces salientes, llamadas gambas”.

Hacen señas de la vanguardia hacia un lado… es un venado hermoso. Con cachamenta de ramazón, se mueve despacio pero nerviosamente, posiblemente es la primera vez que ve personas… comentan los compañeros ¡Qué venadazo! Nunca le han tirado de lo contrario ya hubiera huido.

El animal alza la cabeza y respira fuerte, tratando quizás de identificarnos, no somos tigres, no somos pumas, somos un enemigo más poderoso, pero él no lo sabe, no sabe que cada uno llevamos en la mano un arma, no sabe que si en vez de ir hacia la aldea viniéramos de regreso ya estaría muerto; no sabe que no le tiramos para no delatar nuestra presencia, no sabe que no podemos perder tiempo quitándole el cuero y destazándolo, no sabe que sería un error, llevárnoslo para después regresarlo, no sabe que la maldad del hombre es infinita; no sabe que a todos nos pica el dedo por jalar el gatillo de nuestra arma; quizá no sabe que su carne es deliciosa y ahí está venteado y viéndonos no sabe qué hacer, posiblemente nunca ha corrido ante ningún enemigo, posiblemente siempre los ha enfrentado, nunca los pumas y tigres lo han podido emboscar y siempre los ha descubierto a tiempo se ha ido o los ha enfrentado. Ahora no sabe qué hacer, posiblemente nunca se ha corrido ante ningún enemigo, posiblemente siempre los ha enfrentado, nunca los pumas y tigres lo han podido emboscar y siempre los ha descubierto a tiempo se ha ido o los ha enfrentando. Ahora no sabe qué hacer contra ocho figuras erectas que se cruzan las miradas con él, con ocho cerebros que están pensando en una ensarta de carne haciendo psss psss pssss… en el fuego, cuando gotea la carne gorda. Pero él no conoce el fuego, quizá se ha acercado a los guatales a comer un poco de ceniza, quizá ya ha visto la destrucción que el hombre hace de los bosques, pero también le comparte en cierta medida esa destrucción, el se come las hojitas tiernas de la milpa y del frijol que le encanta.

Por fin con paso cadencioso se va alejando; pero por momentos se para, vuelve a ventear, mueve las orejas y se le ve lo blanco del interior de la cola que la lleva paradita como erizada como para mantener la actitud de alerta, se pierde en la espesura y nosotros continuamos la marcha.


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“Nuevamente el un dos de las piernas como tijeras, las mochilas como globos de helio, pegadas a la espalda de sus dueños; el arma cruzada  en el pecho formando una diagonal, las botas esquivando obstáculos, posándose con habilidad y maestría para no caer; caminando como si fueran marchando, como si fueran peleando, aquí no se puede andar arrastrando los pies como se camina en las ciudades; y el un, dos, un, dos, como tijeras… y el salto para evadir obstáculos y sembrar tacones cuando se va bajando y hundir las puntas cuando se va subiendo… y otra vez un, dos, un dos, como tijeras y tropezar con piedras; con palos, con raíces y subir y bajar, y mantener el ritmo un dos, un dos como tijeras y gastar el pantalón de entre las piernas, se destiñe, se decolora, un, dos, un, dos”.

Nuevamente el de la vanguardia extiende sus diez dedos, indicando que corresponden otros diez minutos de descanso, pues ya caminamos una hora.  Nuevamente tratamos de acomodarnos contra un árbol para descansar; poniendo las piernas en forma horizontal y de la cintura para arriba en ángulos de cuarenta y cinco.

También se autorizó encender “chancuacos”, o sea los cigarros hechos a mano, para placenteramente formar rueditas de humo lanzarlas con fuerza y tratar de meter en alguna ramita sin hojas, como si jugáramos en una feria.

Y nuevamente:

Vamos se acabaron los diez minutos…

“La vegetación ha comenzado a cambiar, se aprecian palmas de corozo o manaco. Esta vegetación permite que el terreno se mantenga bastante limpio en la parte baja, o sea, que no hay muchos bejucos ni maleza pequeña; sólo arriba en la copa de los árboles la vegetación se espesa. El sol filtra con suavidad, sus rayos penetran como en spray.  Ahora que son las 18.10 horas la luz penetra como algodones de miel”.

Apretamos el paso para llegar todavía con la luz del día a la brecha del Tigre, allí encenderíamos nuestras linternas y seguiríamos caminando más rápido, ya con menos obstáculos.

Por fin caímos a la brecha del Tigre, revisamos si había huellas recientes, sólo había una de un zapato pequeñito, que por deducción determinamos que se trataba de una persona de baja estatura, pues por allí no andaría un niño solo.



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Metimos tiro en las recámaras de las carabinas, sacamos nuestras linternas. Las encendimos los números impares, o sea. De esa manera los pares ahorrarían baterías.

Así proseguimos la marcha mirando con el rabo del ojo como dejábamos los árboles. Pasando por arriba de uno que otro árbol caído sobre la brecha; alumbrando hacia abajo, escuchando con más claridad el ritmo de la marcha.  Los animales nocturnos son menos bulliciosos que los diurnos y los sonidos de sus cantos ruidos que emiten, son graves y no agudos. Comenzamos a encontrar los primeros indicios de los trabajaderos. Descansamos los diez minutos correspondientes a la tercera hora.  Aquí ya no se permitió fumar, sino hasta que estuviéramos en la casa del campesino que íbamos a buscar.

A partir de la tercera hora, comenzamos a caminar con más cautela; explorando con la vista los contornos; procurando hacer menos ruido, escuchando con atención los ruidos.

Encontramos la primera milpa que ya estaba en elote, seguimos avanzando por la orilla de los trabajaderos, o sea, entre los descombros y la selva; íbamos avanzando más despacio llegando al trabajadero del campesino que íbamos a buscar, cuando de repente escuchamos: iiiiiijai… iiiiiijai…

iiiiiii… eran gritos de un hombre y de una mujer que andaban perdidos por la orilla de la selva, y se habrían metido unos cuatrocientos metros dentro de la vegetación selvática.  De las casas de la aldea les respondían sonando un cuerno o cacho para que se orientaran, se oía:

puuuuuuuuuu…  puuuuuuuuuuu…
puuuuuuuuuu…  y ellos  iiiiiiiijai…  iiiiiijai… iiiiiijai.  Poco a poco iban avanzando en dirección a los sonidos del cuerno: puuuuu… puuuuuu…
puuuu…

Escuchamos dos voces, no los veíamos porque venían sin luz, venían avanzando, chocándose contra los árboles, rompiendo bejucos con el cuerpo, cayéndose, somatándose; nosotros agazapados los oímos pasar muy cerca, hasta que cayeron al camino que nosotros llevábamos. Allí ya se orientaron y en oscuras fueron avanzando hasta llegar a la milpa.  De la aldea seguían llegando sonidos:  puuuuu… puuuu… y los perros ladraban y el cuerno seguía semejando aullidos de lobo… nosotros los dejamos pasar, no les hablamos porque no estábamos seguros quiénes eran.




domingo, 22 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte 1

Marco Tulio Soto

Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) incursionaron en el norteño departamento de Petén a finales de los años 60. De Aquellos primeros combatientes pocos sobrevivieron; uno de ellos, Rigo, quien narra esta historia.  Otros trascendieron a la eternidad, como el capitán Androcles Hernández, jefe de este grupo.

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Esta historia se desarrolla en 1971, en una aldea petenera ubicada en la espesura selvática, donde no existía, carreteras, sólo vías fluviales, veredas y las llamadas picas: caminitos abiertos a machete en la selva.

Aquí, tener cayuco o caballo era una necesidad, pues eran los medios de transporte más usados y que más resolvían los problemas.

El cayuco debía ser de cedro o caoba y no debía ser “celoso”; los cayucos “celosos” son aquellos que se vuelcan con facilidad, los que no son estables.

Por vereda había que caminar 14 kilómetros hasta la aldea más cercana. Por el río 16 kilómetros hasta el pueblo más cercano. Los productos agrícolas salían en su mayoría por el río, pues era más fácil hacer un cayuco que comprar un caballo o una bestia mular.

Los domingos era frecuente que los hombres se pusieran camisa blanca lo mejor planchada posible; el más nuevo pantalón arremangado para no llenar de lodo los ruedos de las mangas, sombrero de salir, una bolsa o una alforja sobre el hombro. Se echaban un buen poco de vaselina perfumada en el pelo. Se rasuraban con una hoja de afeitar sostenida entre los dedos, la cual manejaban con una maestría propia de un barbero. Rasurándose aún sin espejo. En la bolsa derecha  delantera del pantalón un pañuelo rojo que en una de sus esquinas llevaba amarrado el dinero que se gastaría en esa ocasión.

Quien tenía machete “cola de gallo” bien envainado lo llevaba dependiendo del lugar o pueblo. Los zapatos se iban dentro de una bolsa, se los ponían antes de entrar al pueblo ya que para eso los habían comprado. Las mujeres iban atrás del hombre.  Así era en el campo y sigue siendo: ellos siempre van adelante por los  caminos, o van a caballo y la señora a pie.

Las mujeres se peinaban muy bien, se hacían un par de trenzas, se colocaban algunos adornos en el pelo, se ponían algún collar barato, mejor si era de perlas rojas. Regularmente llevaban vestido de una pieza del color más brillante que encontraran, anaranjado, amarillo, azul, verde o rojo. El largo del vestido siempre era debajo de la rodilla. Las campesinas no llevaban bolso de mano, en todo caso llevarían un pequeño canasto u otro tipo de bolsa corriente que le serviría para traer sus cosas, que compre en el mercado.  El dinero si es que ella lo llevaba, lo llevaría entre los pechos, prensado con el brasier. Si llevaba un niño pequeño lo llevaba en un rebozo, se lo colocaba atrás o adelante, pero el niño siempre iba acostado con una pequeña inclinación hacia sus pies.


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Con cierta regularidad la fuerza guerrillera visitaba las aldeas para conversar y hacer reuniones  políticas con los campesinos organizados. Con ellos se resolvían todas las necesidades que habían con ellos se desarrollaba y crecía cada vez más la organización.

En aquella ocasión visitaríamos esa aldea, que quedaba a cuatro horas de distancia del campamento. El capitán Andrócles escogió a los compañeros que formarían la patrulla y que irían con él a esa visita. Preparamos nuestras mochilas o “costalillas” y nos formamos frente al capitán para recibir las órdenes del día.  El capitán dijo: – Atención compañeros, vamos a ir a una misión de carácter político, a una visita a la base de la aldea Moyuta. Vamos a caminar a rumbo, hasta caerle a la brecha del tigre; nos iremos guardando una distancia de cinco metros entre cada uno. Hay que pasar las voces u órdenes. Hay que mantener contacto visual para que se vean las señas. La seña y contraseña será gavilán - gorrión. En caso de problemas nos desplegaremos en línea de tiradores; los pares se desplazarán hacia la derecha y los impares lo harán hacia la izquierda.  No tenemos conocimiento de presencia del enemigo en la zona, si descubrimos a civiles trataremos de escondernos. Si no fuera posible hablaremos con ellos.

¡Atención…! ¡numerarse!: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Ocho y último. Bien, ¡para iniciar la marcha!: “!A vencer o morir por Guatemala, la Revolución y el Socialismo!”. Paso al frente: “!Venceremos!”.

Comenzamos a caminar a las 16:00 horas con la idea de llegar a la aldea a las 20:00.

El ritmo de marcha era rápido. El compañero de vanguardia con su brújula en mano, la veía cada cinco minutos, iba marcando el rumbo en busca de la brecha del tigre. La hojarasca estaba mojada, por lo que la marcha era bastante silenciosa. Sin embargo, el calentamiento del cuerpo en los primeros minutos de marcha era acelerado: “comienzan a correr las gotas de sudor de la frente por toda la nariz; las cejas desvían muchas gotas hacia los lados, algunas llegan a las pestañas y a los ojos, provocando un ligero ardor que hace que uno se restriegue con el dorso de la mano”.

“Se ven las botas del compañero de adelante que rítmicamente van esquivando palos caídos, piedras, hoyos. Las piernas parecen tijeras trabajando sin parar, la mochila se ve como si fuera flotando, con un pequeño vaivén ondulante hacia arriba, hacia abajo, a veces el descenso es violento, pues son los agachones para esquivar bejucos y palos tendidos”.

Muchas veces el compañero hace una contorsión hacia la derecha y hacia la izquierda y luego tira hacia delante con fuerza, para destrabarse él y su mochila de algún bejuco que lo ha enredado. Algunas veces no se logra, cuando después de tres intentos no se desenreda, el de atrás ayuda; pero sucede muy a menudo que con la sangre caliente, los compañeros se destraban la mochila, sacan su machete y la emprenden contra el bejuco hasta dejarlo fragmentado en pedacitos. Nadie se ríe de estos actos porque internamente todos se solidarizan con el compañero.

Cuando los bejucos son gruesos es más fácil evadirlos, aunque se establece la danza de los bejucos, entre agachones, contorsiones y jalones.

Cuando se encuentra terreno limpio, se logra observar todo el grupo; algunos de pequeña estatura se ven como mochilas andantes o mochilas con patas que se desplazan rápidamente.

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“A los veinte minutos ya la camisa va empapada de sudor, comienza uno a caminar con un ritmo monótono, con movimientos automáticos; se comienza a distraer el pensamiento y se va caminando. Por ejemplo: se piensa, si yo estuviera aquí por un salario, cobraría carísimo, cobraría por día, no por semana ni por mes.  Para llevar esta mochila cobraría por onza, no por libra ni por arroba de peso. Cada día sin comida lo cobraría triple, exigiría caminar por buenos caminos, en lugares donde hubiera agua limpia; exigiría ropa limpia todos los días, jabón de olor para bañarme, un fisil láser para barrer con todo lo que se me pusiera enfrente…”

“Se va caminando y pensando: ese árbol que se cayó es un caoba; el comején debe haberle comido el corazón. Es inmenso, fácil tiene sus cien años. Cuando yo nací él tenía ochenta; logró abrirse paso entre los árboles, se fue elevando y elevando buscando la luz, buscando los apetecibles rayos del sol para amacizarse y engrosarse. Y ahora cae, el comején le barrenó el corazón, no lo dejará tranquilo, se lo seguirá comiendo, lo irá haciendo aserrín, polvo de madera. El corazón es lo más duro, no tardará más de tres años. El espacio que dejó lo cubrirán otros árboles, quizás no de la misma especie, pero sí de la selva”.

“Y se continúa pensando; ay espina desgraciada, se me clavó en este dedo hasta dentro. Ishhhhhhh qué doloroso el pinchazo, ni sangre sale. Parece verduguillo, tapa cualquier hemorragia ¿por qué existen las espinas? Mi mamá un día me enseño un poema:

Si ese rosal examinas,
Que riegas tan cuidadosa ,
Verás que entre cada rosa
Tiene millares de espinas;
Y si ligera te inclinas
Para cortar un botón
No extrañes que duro arpón
Hiere tu mano pulida;
Que los goces de la vida
Van con igual condición.

Por un fugace placer,   
Efímero cual las flores,
En prolongados dolores
El hombre se llega a ver;
Y la vida viene a ser,
Si con juicio se examina,
Como el rosal que Delina
Riega y cultiva afanosa:
Cada ilusión una rosa
Cada recuerdo una espina.

Manuel Dieguez Olaverri


“Pero recuerdo… esto no es rosal, este no da nada ¿porqué espinas, mosquitos, tábanos, avispas, hormigas? ¿Por qué tanta plaga que sólo daño produce? Buen, las hormigas trabajan, los tábanos sólo chupan sangre y transmiten enfermedades; bueno pero y las espinas… será que también sirven para el equilibrio ecológico… de todas formas si yo pudiera les metería tractor y fuego a todos los espineros”.

Se para el compañero de vanguardia e indica con los diez dedos de la mano que corresponde descansar diez minutos pues ya hemos caminado una hora. Cada quien se acomoda sentado contra un árbol, tratando de no romper el orden de marcha; se pregunta al Capitán si se puede fumar, este asiente con la cabeza y encendemos nuestro respectivo “chancuaco” y comenzamos a echar bocanadas de humo, platicando con los de al lado; más bien cuchicheando...

miércoles, 6 de enero de 2016

11 de octubre de 1982: Emboscada de aniquilamiento

Entre 1981 y 1982 las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en Petén pasaban por un bache en cuanto a la correlación de fuerzas. Razones diversas se entrecruzaban para justificar la falta de accionar de mayor contundencia. La orden era aniquilar y recuperar, pero a pesar de ocasionarle bajas al enemigo en enfrentamientos con mucho menor poder de fuego, no se lograba el anhelado objetivo. En cambio el ejército avanzaba en su accionar contrainsurgente, enviaba espías a las comunidades, que se hacían pasar por comerciantes; pasaban la noche entre grupos de vecinos y obtenían información valiosa.

El 17 de junio de 1981 el ejército masacró a 47 habitantes de las cooperativas El Arbolito y Bonanza, ahí murieron al menos dos oficiales guerrilleros que se encontraban de visita en las casas de sus familiares. Este hecho llevó a muchos más jóvenes a unirse a la lucha armada.

En lo político, la unidad del movimiento revolucionario avanzaba y luego de intensas reuniones entre los jefes guerrilleros, se concretaba un 7 de febrero de 1982, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Las FAR había sido la organización que promovió con más ahínco la unidad. Urgía ahora mostrar que también había capacidad militar y que estaba al mismo nivel de las otras organizaciones.

Fue el propio Pablo Monsanto, comandante en jefe de las FAR, quien decidió demostrar que era posible dar ese paso; incluso ingresó de incógnito a Petén y se trasladó a la zona de operaciones, donde concentró a un número importante de combatientes y oficiales, con quienes preparó la acción y realizó las pruebas necesarias.

Era el 11 de octubre de 1982. Un compañero y una compañera muy delgados, fueron enviados a la carretera, en las cercanías de la aldea La Gloria, entre La Libertad y El Naranjo para la acción llamativa. Con ropas rasgadas y semblantes de tristeza y dolor debían pedir comida  a vecinos y transportistas.

La emboscada se colocó en un lugar estratégico. Un pequeño cerro había sido partido para que la carretera pasara. Era una curva pronunciada, con una especie de terraplen que se prolongaba a lo largo de la carretera y formaba dos bordos a los lados, uno más alto que el otro.

Una patrulla integrada por seis compañeros se colocó en la parte alta, con dos minas, un lanzacohetes y fusilería. En la parte baja, del otro lado de la carretera, estaba el grueso de la fuerza, en pozos de tirador tan camuflados que no podían ser detectados a cinco metros.

Un jeep y un camión integraban el comando militar. Ambos vehículos ingresaron a la emboscada y se detuvieron unos metros antes del punto de detonación de las minas. El oficial guerrillero se preocupó. Pensó que habían sido descubiertos. Los soldados se bajaron, observaron el lugar y continuaron su camino lentamente.

Los combatientes dejaron pasar al jeep y  cuando el camión se encontraba encima de la mina dio la señal de detonación…  pero no explotó.   — ¡mina! — Dijo el subteniente a su explosivista. — ¡no funciona!  — ¡la otra! — casi gritó.  — ¡tampoco sirve!  — ¡cohete!

Pero el cohete tampoco dio fuego.   El subteniente se paró y disparó al mismo tiempo que gritaba: ¡Fuegooooo!

Los soldados se apostaron rápidamente en el bordo, a manera de parapeto para resguardarse de la fusilería guerrillera, sin darse cuenta que daban la espalda al grueso de la fuerza y cuando empezaban a controlarse e iniciaban las primeras maniobras contra el pequeño grupo que los atacó, comenzó el verdadero ataque con fusilería y ametralladoras. La acción dio inicio a las 17 horas y concluyó a las 17.30.

El jeep había logrado salir de la emboscada  y procedió, desde una posición segura, a lanzar granadas de M-79.  Cuando los combatientes se lanzaron a la recuperación constantemente debían resguardarse de las detonaciones, pero ninguna les hizo daño.

Fueron recuperados 22 fusiles Galil; un Lanzagranadas M-79, cinturones, sombreros y uniformes.  Algunos soldados heridos pedían a los guerrilleros que por favor se los llevaran porque el ejército los mataría, pero eso no era posible.

La noche entraba muy rápido en la montaña. La patrulla que inició la emboscada tenía dos heridos leves, uno de ellos el subteniente al mando, quien decidió que pasarían la noche a unos 300 metros del lugar. Cantaron el himno, se lavaron con agua las heridas y ordenó limpiar las armas por turnos.  A eso de las 8 de la noche se oyó cuando entraron camiones o tanquetas, no se distinguía plenamente.  Sin embargo, sí pudieron escuchar muy claramente ráfagas de fusilería, cuando remataban a sus sobrevivientes.

Esta emboscada marcaba una nueva etapa en la guerra de guerrillas, en las selvas de Petén.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La emboscada del pato

“Se cagan en la entrada o se cagan en la salida”

Por aquellos días la fuerza principal estaba bajo el mando del capitán Méndez; los tenientes Manuelito, Egidio y Rudy eran los jefes de pelotón. Preparaban una emboscada en la carretera, pero algo sucedió y fue detectado el campamento guerrillero. Existía la posibilidad de que el enemigo hubiera obtenido información de inteligencia, pero también era difícil mantener el mayor sigilo con una cantidad alta de combatientes.

Una u otra eran posibilidades. Lo cierto era que el ejército conocía las coordenadas del lugar donde se encontraba la fuerza guerrillera y para allá iba. Era común que cuando caían a un campamento, los guerrilleros se vieran sorprendidos y luego de hacerles frente durante algunos minutos, se retiraran del lugar “ordenadamente”.

Esta vez sería diferente. La fuerza estaba mejor preparada. Algunos internacionalistas habían ingresado a impartir instrucción de tropas especiales y había surgido un grupo combatientes, que además de tener una capacidad innata lograron asimilar al máximo la escuela.

Algunos de ellos tuvieron la oportunidad de salir de Guatemala y conocer experiencias militares de otros países. A su regreso se convirtieron en instructores, aplicaron cambios, mejoraron estrategias y contribuyeron a superar errores.

El entrenamiento sin embargo fue más arduo e intenso, hasta lograr un nivel de eficiencia que se traducía en la actitud y responsabilidad de cada combatiente.

El teniente Manuel tomaba un baño en el arroyo junto a uno de los instructores, cuando escucharon los primeros tiros. Encendieron sus walkie talkies y escucharon al capitán Méndez: – ¡pelotones!, ¡formen línea de combate!

Cada jefe de pelotón desplazó a sus combatientes de acuerdo a la dirección en la que iba el ejército; a la izquierda se ubicó el pelotón de Manuel, al centro el de Egidio y a la derecha el de Rudy.

Los primeros tiros habían sonado en la avanzadilla. Los compañeros que se encontraban en esa posición creyeron que quienes ingresaban eran los compañeros que habían salido temprano a traer maíz; los soldados hicieron varios disparos y lograron que los guerrilleros corrieran rumbo al campamento.

El ejército gritaba y disparaba, como era su costumbre. Egidio empezaba a perder el control y pidió refuerzos. – Belice 1, Belice 1, Escuintla. – Adelante Escuintla. – Belice 1, Aquí vienen, aquí vienen. Necesito que me mande a la escuelita que tiene a la izquierda. – Negativo, Escuintla. No es el momento oportuno. ¡Mantengan posiciones!

Los combates en la selva tenían una característica: debido a lo cerrado de la montaña casi siempre eran a corta distancia. Cuando el primer soldado estuvo a tiro, uno de los oficiales guerrilleros afinó puntería y con una certera bala en el pecho lo abatió. Desde las distintas posiciones se escuchó: – ¡Fueeegoooo!, con un nivel de intensidad tal que no esperaban, al grado que huyeron, ante el temor de ser aniquilados.

En la retirada del ejército se oía que gritaban: – ¡cayó Panda!, ¡cayó Panda!  Por lo que al campamento le quedó de nombre “El Panda”.

Después del combate hubo reunión de oficiales. Méndez era de la opinión que la emboscada había fracasado, pero el compañero instructor sugirió que no. Que al contrario, la situación podía ser más fácil.

– “Ellos van a entrar otra vez, porque tienen que sacar al soldado que dejaron abandonado y los agarramos, en la entrada o en la salida, pero de que los agarramos, los agarramos”.

Ese día por la tarde se trasladó la fuerza al área de la emboscada, en unos potreros junto a la carretera. Todos permanecieron en silencio y camuflados toda la noche en sus posiciones. Muy temprano sobrevoló un A37 el lugar, incluso descendió en dos o tres ocasiones sobre el lugar donde se encontraban los combatientes. Méndez estaba nervioso y preguntaba a sus oficiales – ¿será que nos vieron?, ¿será que nos vieron?

Más tarde se escuchó que llegaba el ejército sobre la carretera, que estaba a una mediana altura del lugar donde estaban los pozos de tirador. Del otro lado había sido colocada una mina, para provocar que cayeran al lado de la emboscada. Dos soldados iban al frente, muy relajados, con el fusil cargado sobre el hombro, como si fuera un pesado leño. Los compañeros escucharon su conversación –Puta vos, yo tengo pena en estos terrenos. – No te preocupés cuaz, ya vamos a llegar a Sayaché –Además aquí vamos por los potreros, no es montaña; esos pizados nunca atac...

En eso iban cuando los sorprendió la detonación de la mina y el viento fuerte de la onda expansiva los hizo lanzarse a la cuneta, del otro lado de la carretera, precisamente donde estaba un grupo de compañeros. De inmediato los tiros de la emboscada; uno de los soldados cae muerto; el otro, herido y aturdido, se lo lleva rodando hacia abajo hasta quedar paralizado a escasos metros del cerco.

Desde otra posición la M-60 se escuchaba por arriba de la fusilería, en un fuego cruzado que barría las posiciones enemigas. Luego de más de veinte minutos de fuego nutrido, los focos de resistencia del ejército eran mínimos.

La compañera Olga estaba del otro lado del cerco, a la espera de recibir la orden para lanzarse a recuperar; junto a ella el sargento Estuardo. Por radio el oficial pidió que la M-60 concentre fuego en ese punto y el sargento Canecho lo hace.

En ese momento el oficial da la orden a la compañera Olga y al sargento Estuardo para que recuperen las armas que tienen a unos cuantos metros. Ella se coloca de cuclillas frente al cerco. Se quita rápidamente el cinturón y el arnés. Voltea a ver al oficial, le entrega su fusil y le dice: – ¡por favor, si no regreso llevate mi equipo! Cruza al otro lado, de espaldas, solamente con un cuchillo en la mano. Estuardo hace lo mismo. A rastras llegan al punto donde está el soldado herido. No opone ninguna resistencia. Solo emite un sonido apagado, que no llega siquiera a ser quejido, cuando Olga coloca la rodilla sobre su vientre, y le quita el cinturón y el arnés. Lo deja con vida. Estuardo se encarga de recuperar el equipo del soldado muerto. En menos de cinco minutos están de vuelta, con dos armas, municiones, botas y equipos.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La emboscada de La Palma

En abril de 1983, la columna “Luis Augusto Turcios Lima”, se encontraba bajo el mando del Comandante Mena. Había presión por tener éxitos de mayor contundencia frente al enemigo, que incluyeran principalmente la recuperación de armamento. El comandante en jefe había demostrado, unos meses atrás, que era factible realizar emboscadas de aniquilamiento y recuperación, con el menor número de bajas posibles, si se planificaba adecuadamente y se disponía de la fuerza militar con orden y disciplina.

Sin embargo las cosas no se daban como se esperaba. El último intento frustrado tenía pocos días. Fue en las cercanías de la aldea Los Chorros, donde los combatientes tuvieron que abrir sus pozos de tirador del tamaño de un tatú. Todos escarbaron y agotados tomaron posiciones; la espera podía ser muy larga o relativamente corta. Nuca se sabía con exactitud, pero muy pocas veces alguien detonaba la mina antes de tiempo y arruinaba la operación.

Unos días después se presentó una nueva oportunidad. Un pelotón del ejército estaba entre las aldeas La Palma y Palestina, y había que llamar su atención; para ello el teniente Polo salió a colocar una manta en los alrededores.

En la acción también participaría el pelotón Abel Mijangos, al mando del teniente Gary, encargado de caer al asalto y recuperar.

La idea era que los soldados se dirigieran de Palestina hacia La Palma, pero la unidad enemiga ya estaba en La Palma y fue de ahí que salieron hacia Palestina, lo que modificó en parte la operación.

Polo y su grupo, luego de la acción llamativa, debían regresar e incorporarse a la emboscada en el área de contención, pero los soldados llegaron antes. Algunos combatientes todavía preparaban su pozo de tirador, entre ellos el sargento Chico y cuando se sintieron rodeados ya no pudieron pasar la voz.

Chico escuchó que hablaban. En los soldados también había confusión momentánea. Creyeron que era otra de sus unidades y que todo era una broma. – ¡Ya los vimos! –gritaron. – ¡Salgan de ahí! – Uno de ellos intentó subirse a un bordo para ver quién estaba del otro lado del trocopaz, pero antes de lograrlo fue detonada la mina. De inmediato empezaron a llover tiros por doquier.  El sargento Chico recibió una ráfaga en el pecho.

En la emboscada se encontraba el compañero Albano, un oficial internacionalista, de origen peruano. Al escuchar los disparos tomó posición de inmediato detrás de un grueso tronco; exactamente al otro lado un soldado ofrecía resistencia. Se enfrentaron en un juego de tira y tira por unos segundos. El sargento Maximiliano vio que Albano se encontraba un una situación desventajosa y se lanzó a apoyarlo.  Llegó en el momento exacto en el que el soldado levantó la cabeza y con mucha rapidez le colocó el cañón en la nuca: un disparo seco apagó su vida.

La operación se había planificado como una emboscada de aniquilamiento y a pesar de que se había perdido el factor sorpresa, la fuerza guerrillera estaba desplegada para aniquilar y recuperar.

El teniente Orellana, quien era el oficial a cargo, vio cuando Justo se lanzó a recuperar. Era su misión y la debía cumplir, aún a costa de su vida. Dos soldados permanecían parapetados y lo acribillaron.

Orellana vio caer a Justo y ordenó a Sarceño, Fredy y Tucán que sacaran su cuerpo; en el intento uno tras otro resultaron heridos, hasta que el foco de resistencia enemiga fue neutralizado con un granadazo. De aquel punto los combatientes lograron sacar a Justo, varios fusiles y granadas de mortero.

Los compañeros dejaron con vida a varios soldados que entregaron sus armas; horas después, cuando llegaron los refuerzos, mataron a todos los sobrevivientes.

En la entrada a la emboscada un teniente del ejército tomó una decisión fatal.  Era un oficial que ya había sobrevivido a tres emboscadas anteriores, pero este no era su día. Se lanzó como loco en una actitud suicida: caminaba y disparaba al mismo tiempo de un lado a otro. De mediana distancia, el sargento Canecho afinó su FAL, lo colocó en posición de tiro a tiro y disparó. El capitán cayó, todavía con vida, cerca del lugar donde se encontraba el compa Sitón.

Sitón gritó al oficial: – ¡tirá el fusil y te perdono la vida! Y lo hizo, pero cuando Sitón se acercó para recuperarlo, el capitán estiró la mano para volver a tomar su arma. No lo logró, soltó una carcajada y murió.

En la emboscada de La Palma fueron recuperados once fusiles y varias granadas de mortero. Murieron tres compañeros: Chico, Justo y el Max; tres más salieron heridos.

sábado, 18 de julio de 2015

A 20 años de nuestros últimos caídos




El Capitán Leandro, durante una reunión en México
Antes de viajar al Frente “Santos Salazar”, a mediados del 93, Juan José llamó a su hermana:  –Mire mija– le dijo. – Voy a una misión allá por Jutiapa, pero ya es lo último. Quiero que se preparen, porque cuando regrese vamos a hacer fiesta con los nenes. Su hijo cumpliría por esos días su primer año; unos meses menor que la hija de Celia. Ella había aceptado criarlo, ante las dificultades de padre y madre, entregados a la lucha revolucionaria.

Esta fue la última conversación que Celia tuvo con su hermano; su hermanito, como ella le decía; era el más pequeño de siete: tres mujeres y cuatro hombres.

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Las negociaciones de paz estaban avanzadas y en poco tiempo se concretaría el cese al fuego. La esperanza de llegar con vida al fin del conflicto armado era alta; pero los riesgos de perder la vida siempre estaban latentes.

El capitán “Leandro” llegó al frente por allá de septiembre de 1993; rápidamente tomó control del área de operaciones y con apoyo del resto de oficiales y las orientaciones de la comandancia, diseñó una campaña militar; el objetivo era lograr en la mesa de negociaciones, una posición de fuerza a favor.

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–De chiquito Juanito era muy enfermizo, seguido le daba bronquitis y había que estarle dando sus medicinas– narra Celia, quien fortaleció su relación con él a partir de la necesidad de atenderlo. Fue por eso tan duro para su mamá y para ella que aquel día, a sus catorce años, cuando salió a cortar Xate con un familiar, en los alrededores de la aldea La Gloria, ya no regresara.

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Leandro, en algún lugar de Petén.
Leandro se incorporó muy patojo a la guerrilla en 1981 y pasó a formar parte de la unidad “Antonio Guamuch”, donde estuvo aproximadamente un año; era un joven muy activo y entregado, que además de adaptarse rápidamente a las difíciles condiciones de la montaña, mostró cualidades como combatiente.


En 1982 se integró al pelotón “Abel Mijangos” al mando del Teniente Sandokán y fue nombrado jefe de la tercera escuadra.

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–Volvimos a ver a Juanito cuando tenía como 15 o 16 años, pero ya había cambiado mucho “tenía revolución metida en la cabeza”–. Vino a soldar una pistola. –Quiero unas botas– Le dijo a Celia. –¿Cuáles?– preguntó ella.  –Unas de esas que hace Padilla– un conocido zapatero del lugar.

–Voy a ahorrar y te las compro– contestó ella– Valían 18 quetzales. –Cuando vengás otra vez te las tengo– dijo.

Leandro en México 1989
Y regresó. Volvió a encontrarse con su hermana que lo esperaba con aquél regalo.  Los ojos de Juanito brillaron de felicidad y la abrazó con tanta fuerza que casi la hace caer. –¡Hermanita, te quiero mucho!; ¡algún día te las pagaré! –No me debés nada; solo te pido que nunca olvidés que tenés familia.

Él se fue nuevamente; esta vez por largos años. Citó a su viejita en dos o tres ocasiones, a orillas de la montaña y ella fue a verlo, con los riesgos que eso implicaba. Regresaba con el corazón destrozado.

La mamá de Juan José murió de Diabetes cuando el ejército mató al tercero de sus hijos. Al primero se lo llevaron en un retén de la autodefensa civil; nunca apareció. El segundo fue baleado cuando iba a su parcela. El tercero se lo llevó el ejército. Su familia supo que lo mataron en la zona militar 23. Encontraron su cuerpo torturado en Santa Elena.

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Lenadro, con pañuelo azul, en una reunión de oficiales.
Leandro vio morir en la montaña a sus nuevos hermanos: Sandokán, Maximiliano, Arturo y tantos más. Y eso lo llevó a luchar con muchas más fuerzas. Había que alcanzar el objetivo final, para que la sangre de los caídos no fuera en vano.

Bajo el mando del teniente Gary recibió el grado de sargento. Tiempo después, con la entrada de tres internacionalistas, dos chilenos y un peruano, recibió entrenamiento de tropas especiales, en las montañas de la Sierra Lacandona.

En aquellos años formó parte de los pelotones “Juan Bardales” y “Lucio Ramírez”, donde integró el mando.

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Unos seis o siete meses después de la muerte de su madre, Juan José llegó al comedor de su hermana, junto a otros dos compañeros.  Tenía barba y un bigote muy poblado.
Leandro, al centro, junto a Jorge y Tato.

Cuando Celia llegó vio a los tres desconocidos sentados en una banca:  –¡Buenos días señora!– dijeron, casi al unísono. –Buenos días señores– contestó ella y añadió: –¿A quién buscaban? –La verdad la buscamos a usted– dijo Juan José. –Somos amigos de su mamá. –No– contestó Celia. –Tú no eres amigo de mi mamá. Tú eres mi hermano.

Nuevamente se unieron en un abrazo profundo y estuvo con ella por varios días. El esposo de Celia también le pidió que se quedara: –Ya no se vaya cuñado, quédese. Juan José sonrió. –Ya falta poco, las negociaciones de paz están avanzadas– agregó.

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En 1991 Leandro recibió la orden de incursionar en las montañas de Fray Bartolomé de las Casas, en Alta Verapaz. Él y diez guerrilleros más fundaron el Frente “Panzós Heroico”.

A finales de 1992 una columna del Frente “Feliciano Argueta Rojo” se sumó al “Panzós Heroico” y tuvo bajo su mando entre 80 y 100 combatientes.

Publicación Prensa Libre 15 de julio de 1995.
Fue a mediados de 1993 cuando recibió la orden de trasladarse al Frente “Santos Salazar”, en el sur del país. Y no recriminó. El sabía que si la Comandancia le pedía estar ahí era porque había confianza en sus capacidades y era una necesidad.


Juan José Lemus Ortega, el Capitán “Leandro” murió en la mañana de aquel 14 de julio de 1995 junto a Merly, a pocos meses que se declarara el cese al fuego definitivo.

viernes, 10 de abril de 2015

Un golpe estratégico

“… cuando estemos capacitados para atacar, debemos parecer imposibilitados para hacerlo; cuando estamos usando nuestras fuerzas debemos parecer inactivos; cuando estamos cerca, debemos hacer creer al enemigo que estamos lejos; cuando estamos lejos, debemos hacerle creer que estamos cerca”. El arte de la guerra. Sun Tzu.



El enemigo había ubicado la posición de la fuerza guerrillera por la señal del equipo de radiocomunicación y, desde los primeros días de aquel septiembre de 1984 impulsó una operación de ablandamiento y destrucción de la insurgencia. La primera fase consistía en el bombardeo constante, con obús 105 milímetros.

Una de esas noches cayó un proyectil a pocos metros de una cocina guerrillera; por suerte los compañeros de turno habían concluido la tarea y regresado al campamento. No hubo ningún daño que lamentar.

Pero luego de varios días de bombardeo, el ejército estaba logrando en parte lo que se proponía: la fuerza guerrillera ya no dormía, por temor a perder la vida. Fue entonces que el mando entró al juego de estrategia y decidió mantener la señal de radio en el mismo sitio mientras el grueso de combatientes se movilizaban para preparar un contra ataque.

Unos días después el bombardeo se intensificó a cada media hora. Aquella pequeña unidad que se había quedado en el lugar, enviando y recibiendo mensajes falsos por la radio actuaba con disciplina militar y una profunda convicción revolucionaria.

Se acercaba el 15 de septiembre, día de la supuesta independencia de la corona española, fecha que para el Teniente Coronel, recién nombrado Comandante del Segundo Batallón de Infantería de la zona militar 23, tenía un significado muy importante, más aún si en aquel contexto festivo se informaba de un importante golpe a la guerrilla. Sería un hecho con trascendencia, no solo nacional sino internacional.

Pero ese plan estaba a punto de cambiar. El mando de las FAR dispuso colocar una emboscada entre las aldeas Los Chorros y Bethel, pues contaba con información que el puesto operativo de campaña estaba en la aldea Retaltecos, cercana a Bethel.

Había una observación, una contención y la fuerza principal, en la emboscada de aniquilamiento.

Sin embargo el cansancio hizo mella en el compañero de la observación, lo que permitió que pasaran los dos camiones por el lugar de la emboscada, sin que nada sucediera. Cólera e impotencia privaron en aquel momento en la mayoría de combatientes, pero los jefes guerrilleros, Martín y Orellana, decidieron esperar.

Media hora después los dos camiones venían de regreso y, sin que lo sospecharan en lo más mínimo, Martín y Orellana darían un golpe estratégico al ejército.

Nadie lo esperaba. Luego de diez días de constante bombardeo en la zona de operaciones de la guerrilla, su moral debía estar por los suelos. El siguiente paso sería que la insurgencia huyera hacía el área fronteriza, donde sería copada por tropas que ya habían sido cuidadosamente distribuidas…

En medio de la carretera había sido colocado un cono antitanque. El teniente “Pelache” era el encargado de detonar la carga y, al paso del primer vehículo soltó el chispazo. La montaña retumbó con aquel apagado estallido que se alarga en la selva con su fuerza destructora.  En milésimas de segundo el camión se elevó aproximadamente seis metros y cayó en la cuneta de la carretera, a unos 50 metros del lugar.

El segundo camión retrocedió, luego del minazo, para no entrar a la emboscada, pero pasó frente a la emboscada de contención donde fue recibido por los guerrilleros, con nutrido fuego de fusilería.  Aquel momento fue apoteósico e inolvidable para los combatientes, que vieron huir a la tropa kaibil, que se conducía en ese vehículo, sin oponer la más mínima resistencia.

El vehículo militar se detuvo a unos 250 metros, desde donde los elementos de tropa procedieron a lanzar granadas, con mortero 60 mm, pero no hicieron ningún esfuerzo por regresar a apoyar a sus compañeros.

Con el primer camión había que tomar precauciones y esperar los pasos programados. Pero la emoción del momento provocó que Santios, un compañero de la escuadra del Teniente Arturo, que no debía ir al asalto, se acercara al camión. Arturo le gritó que no lo hiciera, que le correspondía quedarse en su lugar. Pero no escuchó y cuando estaba parado sobre el camión, uno de los soldados sobrevivientes lo hirió de muerte.

Este grave error alteró la operación, porque después de la mina le tocaba al sargento Angelito lanzar un cohete.  No lo pudo hacer, pues al caer el compañero Santios se ordenó sacar su cuerpo.  Angelito, con impotencia, pedía autorización al teniente “Pelache”, para hacer el tiro, pero éste no lo permitió — ¡hay compañeros ahí! — gritaba.

El error de Santios ocasionó, no solo su propia muerte, sino también la de Ovidio y Rosalío. Tres valiosos compañeros habían caído.

El cuerpo del Teniente Coronel había quedado en media calle. Se le recuperó un fusil, un uniforme de gala, para la celebración del 15 de Septiembre y varios mapas de Petén, con toda la operación marcada con simbología militar.

Por aparte se recuperaron otros tres fusiles, los cuales, debido a la explosión, quedaron inservibles.

Unos días después el mando supo que en su primer paso por la emboscada los camiones iban vacíos, pues habían entrado a recoger al Teniente Coronel, a varios subalternos y soldados de élite que lo acompañaban, todos de las fuerzas especiales Kaibil.

El alto mando del ejército había concluido que las FAR tuvieron suficiente información de inteligencia para ejecutar aquella acción. Un elemento determinante para ello fue que la guerrilla “dejara pasar” a los dos camiones cuando iban vacíos y atacara media hora después, cuando el Teniente Coronel y sus subalternos iban en ellos. No sabían que un error había contribuido a la victoria.

La muerte del alto oficial y la recuperación de mapas estratégicos significaron el fin de la operación del ejército.