lunes, 26 de septiembre de 2011

Pezzarosi, más que un compañero, un hermano

XIII

Con Pezzarosi compartimos en Petén, en las escuelas de telegrafistas y radistas, pasamos hambre cuando no habían suficientes alimentos y comimos bien, cuando los hubo;  coincidimos en México, en casas de seguridad del distrito federal y en Tabasco, donde en algunas oportunidades nos relajamos, con una o dos cervezas y algunos chicharrones con tortillas bien calientes.  Las comunicaciones estratégicas y los equipos de radio rastreo nos fueron uniendo cada vez más.

Nos tocó entrar juntos al Frente Sur, a principios del 93 y enfrentarnos a la vida y la muerte, las victorias y las derrotas; el dolor por el compañero y la compañera caídos. Lo llegué a considerar más que un camarada, un hermano.

Lejana quedaba ya nuestra aventura en el Petén, cuando me perdí buscando leña y al ir a buscarme terminamos perdidos los dos por varias horas, dese las 6 de la tarde hasta cerca de las 2 de la mañana cuando regresamos al campamento, que desde entonces llevaría el nombre de “rumbo a la luna”. 

No sería la única vez que me rescatara o más aún, que me salvara la vida.

Cuando entramos al sur la adaptación de él a ese tipo de montaña, fue mucho más rápida que la mía; aunque yo ya tenía otro nivel de experiencia y sabía a lo que me enfrentaba, siempre me costaba. 

Durante la jefatura de Leandro nos quedamos en distintos momentos con personal reducido: las comunicaciones a su cargo, el radio rastreo bajo mi dirección, pero éramos jefes y subordinados;  una compañera de servicios médicos y dos o tres combatientes.

Un día de esos acampamos junto a un arroyo;  almorzábamos y platicábamos. Yo estaba sentado en una piedra, cerca del agua, cuando una enorme serpiente Cantil se dirigió a mí por uno de los flancos, quizá atraída por el calor.  Pezzarosi saltó de inmediato y con la ayuda del machete y una vara, la mató.  La pobre culebra terminó en nuestra olla, destinada a complementar nuestros escasos alimentos.

Una noche, en ese mismo lugar nos sorprendió Leandro, regresaba de una reunión con la comandancia;  había llegado a la casa de los colaboradores a eso de las 7 de la noche y luego de cenar y conversar se retiró.  Saldría  con destino al campamento a las 9 de la noche y debía caminar unas tres horas.  Prefería hacerlo entre las penumbras de la noche, para no ser visto por la población ni detectado por el enemigo.

Entró al campamento de forma silenciosa;  la suavidad de sus pasos jamás lo delataría aunque caminara sobre hojarasca y chiriviscos.  Me despertó el grito de Pezzarrosi: ¡Puta vos!  Y luego la risa del capitán.    Le había puesto en la cabeza el cañón frío de su pistola 9 mm.   ¡Muchá, así los van a matar!, dijo Leandro, sin terminar de reírse.  Nosotros lo esperábamos, sabíamos que llegaría, pero creímos que sería más temprano y nos quedamos dormidos.

Durante el plan de operaciones que ejecutó Leandro, luego del ataque al destacamento Nancinta, nuevamente nos quedamos solos, esta vez un pequeño equipo de cuatro compañeros.   Teníamos que escondernos en la montaña, en algún lugar donde no pasaran campesinos y no fuéramos descubiertos por el ejército.  Éramos pocos, con tareas estratégicas.  Además, en grupos tan reducidos era muy difícil hacer vigilancia nocturna.

En esa ocasión nos sucedió algo digno de recordar. Pasamos por un lugar saturado de pequeñas garrapatas, de las conocidas como mostacillas, parecían arañitas de patas chiquitas caminando por nuestro cuerpo.  Nos alejamos del lugar y subimos a un cerro donde tratamos de quitarnos la mayor parte de estos animalejos.  Pero el ardor y la picazón se mantuvieron por horas.  Casi no dormimos.

Tiempo después, ya bajo el mando del Comandante Gary, fuimos perseguidos por soldados, que más bien trataban de evitar una confrontación directa con nosotros.  Era algo así como el que busca trabajo con ganas de no encontrar.  La leyenda de Leandro y sus guerrilleros se había fijado en sus mentes, además de que el fin de la guerra estaba cerca.

Sin embargo nos dimos a la huída. Fue tal vez el peor descenso que recuerdo.  Seguir el camino era como ponernos a tiro del enemigo, por lo que los jefes ordenaron bajar por un barranco, era un precipicio, no había de otra.

Debíamos bajar con cuidado, pero relativamente rápido.  Los combatientes solían preguntar ¿qué es más difícil, subir o bajar?,  aparentemente la subida debía ser más dificultosa, pero no; en bajada se debe hacer un doble esfuerzo, tensar todos los músculos e ir frenando.  No faltaba el gracioso que decía “yo me cago en ‘su – vida’ compañero”.

Hubo un momento en el que la inercia de la bajada y la falta de práctica para frenar me llevaron hacia abajo y fue Pezzarosi el que agarrado de un árbol metió la rodilla y me haló de la mochila.  A dónde vas Chejo, dijo.  Vi hacia abajo y me tembló el alma. De no ser por él habría descendido en caída libre.

Todavía nos tocó compartir una aventura más, a finales del 96, cuando regresábamos a Guatemala procedentes de México, de forma clandestina;  no sabíamos hacerlo de otra forma; además nuestros documentos, tanto mexicanos como guatemaltecos, eran falsos.  Desde Tabasco hasta Tapachula había unos 18 retenes de migración y casi los pasamos todos, pero en uno de los últimos fue detectado Pezzarosi.

Lo bajaron y le preguntaron lo habitual, su nombre, su procedencia, quién más venía con él.  Se había identificado como mexicano.  Luego lo pusieron a cantar el himno; le preguntaron por la Batalla de Puebla, por el Benemérito Benito Juárez y por la zona del Soconusco.  Todas las respuestas las sabía pues debíamos aprenderlas para sobrevivir en ese país.  Pero flaqueó en alguna de ellas, quizá por la emoción del retorno a Guatemala, o por la cólera de ser detenido por la migra, en la salida de ese bendito país hermano y hospitalario.

Estuvo en el puesto migratorio durante dos o tres días, hasta que hubo suficientes migrantes para llenar un bus.  Fue dejado en la frontera guatemalteca, de donde tomó camino hacia la capital, en busca de contacto.

Ese era el sargento Pezzarosi, el amigo, el hermano, el compañero;  “el único guerrillero al que ‘le quebraron el culo’ y aún está vivo”.

martes, 6 de septiembre de 2011

Tono y la emboscada del pedo


XI


Durante el tiempo que estuve en el frente sur entraron varios compañeros de la región central, todos  dignos de mención; unos con mayor fortaleza física que otros, algunos con mayor nivel intelectual, tratando de hacerse de esa experiencia militar que motivaba su conciencia y el saber que la lucha armada era para entonces la única vía para la toma del poder.  Subir a la montaña uno o dos meses más parecía turismo y luego de regreso.

Hubo quienes entraron con un alto nivel político, pero sin un ápice de fortaleza física, es más, presentaban algunos problemas de salud, como la necesidad administrarse algún medicamento.  Eso sí, en lo más intrincado de su ser y frente a cualquier adversidad estaba la firme determinación de vencer o morir.


Uno de ellos fue Tono, aquel compañero de mediana estatura, moreno, de complexión robusta, ojos grandes y mirada firme, profunda, como queriendo intuir la historia de vida de su interlocutor.

Llegó exactamente durante la jefatura del Capitán Leandro, lo que estoy seguro fue un punto a su favor, pues tuvo una escuela de alto nivel.

Como a todos le costó mucho adaptarse al baño, a la letrina (que en el sur, por las condiciones del terreno, seco y pedregoso, lo que se acostumbraba era abrir un hoyo individual con machete y dejarlo bien tapado luego de la respectiva deposición), la cocina, la posta, pero más que eso, los largos períodos de silencio, la falta de una charla abierta, fluida, sin compartimentaciones.

De hecho fue la parte que en un principio más me molestó de él; esa necesidad de hablar, de conocer, de polemizar.

Cuántas veces se acercó a mi cuando me encontraba en plena captura de información y descifrando mensajes del enemigo y tuve que pedirle que se retirara.  Llegó incluso a preguntarme cómo funcionaban las claves.  Por mi mente no dejó de pasar el riesgo de que fuera un infiltrado y en algún momento se lo comenté a Leandro, pero únicamente soltó una carcajada.  Claro, él sabía más sobre Tono y tenía mucha más experiencia que yo en ese tipo de actitudes y formas de actuar de los compañeros nuevos.


Sin embargo, con el tiempo se fue ganando la simpatía y el cariño, no sólo mío, sino de todos, porque a pesar de que le costaba, nunca decía no a nada y su ánimo siempre estaba abierto, tanto para ir a traer un garrafón de agua a media hora de camino, como a participar en cualquier operación guerrillera, por más difícil que pareciera.




XII


Después del ataque al destacamento de la aldea Nancinta, en Chiquimulilla, Leandro dispersó a la fuerza en pequeñas patrullas, con el objetivo de dar más golpes al ejército desde distintas puntos.

Como era de esperarse, el enemigo montó operaciones de búsqueda y destrucción de nuestras unidades y peinó el área, varios kilómetros a la redonda.

Una de nuestras patrullas fue integrada por Sitin, como jefe de unidad, Cheque, Tono y Dunga.

Conducidos por un jefe de mucha experiencia se dirigieron hacia el destacamento de Nancinta; a eso de las 3 de la madrugada pasaron por un potrero que se encontraba a menos de un kilómetro del objetivo.

Iban con el máximo cuidado, sin luces, levantando y colocando los pies de manera simultánea.  Tono sudaba, le temblaba el alma;  iba detrás de Cheque.  Sitín con los cinco sentidos en alerta; Cheque con su tranquilidad de siempre y Dunga, el patojo, con deseos de enfrentarse a los cuques.

Los cuatro con el fusil en posición de tiro, sin seguro y con el dedo en el gatillo.

Fue en ese momento, cuando el ruido de las últimas chicharras de la noche era lo único que oía, que se dejó sentir un sonoro y estrepitoso pedo.  Todos se detuvieron de inmediato y Sitín volteó a ver colérico, quizá recordando alguna de sus travesuras de antaño.  Vio a la cara a cada uno de sus combatientes, con el ánimo de descubrir quién había sido el responsable de aquella imprudencia que podía costarles la vida.

Sin embargo, en fracción de segundos se dieron cuenta que no había sido ninguno de ellos.  A pocos metros, luego del desahogo intestinal, un oficial sacudió levemente su cobertor y cambió de posición.  Dormía profundamente.

Los jóvenes guerrilleros se percataron que estaban adentro de un campamento militar, compuesto por un pelotón de unos 25 elementos.

Quedaron petrificados al descubrir en la penumbra que en los alrededores toda la soldadesca dormía plácidamente, pero el principal temor en ese momento era la lógica deducción de que al menos tres elementos estaban despiertos y resguardaban el sueño de la tropa.

Sitín, con señas, llamó a la calma e inició la salida del lugar, con el mismo sigilo con el que entraron.

En máximo silencio y cuidando de dar los pasos al mismo tiempo.  Salieron del lugar sin ser descubiertos y eso ya era un triunfo.

Al día siguiente los soldados encontraron huellas de botas que no eran las suyas y una trilla que atravesaba por el centro, pasaba junto a la cabecera del lugar donde había dormido el teniente, jefe del pelotón y se retiraba por el lado norte.

Entre los soldados esto sembró más miedo, pues consideraron que esta había sido una acción temeraria y retadora de la subversión.

Por aparte, Sitín y sus compañeros daban gracias a Dios y al último de los santos, por haber salido con vida de la que llamaron: la emboscada del pedo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El inicio de las acciones

IX


Las operaciones dieron inicio en el “Santos Salazar” bajo el mando del capitán Leandro y fue necesario movilizarnos más seguido de un campamento a otro; era peligroso mantener el mando en un solo lugar, no sólo porque también se incrementaba el accionar enemigo, que buscaba destruirnos, sino porque poníamos en peligro a la base social.

Leandro puso en práctica todos sus conocimientos guerrilleros; fueron tomadas aldeas, caseríos y municipios, en distintos momentos, principalmente en días de mercado o de fiesta, cuando más habitantes se encontraban congregados.

Para el ejército era contraproducente esta actividad guerrillera, porque además de ser una forma de llamar su atención,  cada día eran más personas las que se identificaban con la lucha revolucionaria y consideraban que el ejército era incapaz de acabar con una fuerza que parecía pequeña.

El Frente en aquel momento no pasaba de 30 hombres y mujeres, en su mayoría con una trayectoria de años, en distintos frentes, principalmente en el regional norte “Capitán Andrócles Hernández”, pero también se había conformado con destacados combatientes del “Tecún Umán” y era práctica constante que subieran compañeros y compañeras del frente urbano, por temporadas de tres, seis meses o un año.

Había algo que me inquietaba. Leandro participaba en casi todas las acciones, tanto en las de menor, como en las de mayor riesgo. Las condiciones del terreno eran complicadas para el combate, no sólo por la topografía agreste y con poca vegetación, sino porque todas las propiedades, incluso la más pequeña, estaban cercadas.

Unos meses antes de la llegada de Leandro, Sitín y su escuadra tuvieron un fuerte enfrentamiento con una unidad del ejército en los pastizales del otro lado de la carretera, con dirección al mar.

En esos momentos era que se ponía de manifiesto la condición física de los combatientes; un enfrentamiento en condiciones realmente desventajosas: bajo el intenso sol y sintiéndose perseguidos por soldados con mayor capacidad de fuego.

Contaba Sitin que aquella había sido una de sus peores experiencias: correr, brincar cercos o cruzarlos rápidamente por abajo y por momentos voltearse para disparar y ver que los soldados gritaban como locos tras ellos, cada vez más cerca.

La boca y la garganta se secaban al extremo del dolor y un fuego intenso quemaba las piernas de los combatientes, pero la lucha por la vida era más grande. Dos compañeras, María y la Chaparrita participaron en esa acción, corrían y cruzaban los cercos como todos.

Pero María fue herida en la espalda y no logró saltar el último cerco.  Nada pudieron hacer por rescatarla el fuego enemigo era nutrido y tratar de sacarla habría significado perder a uno o dos combatientes más.


X


Con la intensificación de las acciones guerrilleras en la zona, el enemigo fortaleció el destacamento del municipio de Pasaco, del departamento de Jutiapa, a unos 20 kilómetros de donde nos encontrábamos, pero también instaló nuevos destacamentos, uno en la finca Las Marías y otro en la aldea Nancinta, cercana al río Margaritas y con caminos vecinales hacia distintos puntos.  Un lugar estratégico.

Leandro preparó con tiempo un ataque al destacamento de Nancinta;  contábamos con información de sus comunicaciones y de la población.  Logramos reclutar a jóvenes campesinos, identificados con la lucha revolucionaria, que no estaban alzados, pero que fueron preparados militarmente y se incorporaban en algunas acciones para fortalecer nuestro poder de fuego.

Todo estaba bien preparado, pero falló la detonación de tres minas que habían sido colocadas en la entrada al destacamento y en una de las garitas de vigilancia.  Esto fue lamentable, porque se perdió el golpe inicial y el momento oportuno de la operación.

Leandro se había emboscado, junto a otro grupo de combatientes, frente al destacamento, del otro lado de la carretera;  el ataque había sido planificado para iniciar a las 4.30 de la mañana, antes de que la tropa enemiga fuera llamada a formación.  Pasó la hora de la detonación de las minas; el capitán todavía espero unos minutos, luego dio la orden de abrir fuego.

El enemigo respondió al fuego; se sostuvo el combate durante más de 15 minutos, hasta que ese dio la orden de retirada.  Eran tres unidades, debían salir por distintos lugares y una hora más tarde encontrarse en el punto establecido.

Sin embargo una patrulla enemiga se encontraba realizando una operación de control y vigilancia y regresaba procedente del puente hacia el destacamento.  Coincidentemente esa era la ruta de escape de Leandro, que junto a tres compañeros más se dirigían rápidamente rumbo al puente, del otro lado del cerco.

Fue al momento de salir hacia la carretera, cuando se encontraron casi frente a frente con los soldados, quienes no dispararon al verlos, pues la falta de visibilidad les impedía reconocer si se trataba de amigos o enemigos.  Leandro en cambio si los identificó y con esa agilidad que lo caracterizaba abrió fuego y brincó el cerco de inmediato, gritando al mismo tiempo a sus combatientes, que lo siguieran.  Fueron perseguidos durante más de media hora por aquellos pastizales, que se convertían en verdaderas trampas de púas.

Lograron perder a los soldados y llegar al punto de encuentro mucho más tarde de lo acordado.  Incluso fueron vistos por hombres y mujeres que únicamente sonreían satisfechos de verlos con vida.


No hubo bajas de ningún bando; un compañero de la base pasó frente al destacamento, rumbo a su trabajadero y corroboró que se habían registrado daños de alguna consideración, pero nada más.  Sin embargo, esto era lo visible, lo concreto.  En la mente de los soldados y de algunos oficiales se cimentó el temor a una guerrilla que podía atacar de día o de noche bajo el mando de un capitán que empezaba a ser leyenda.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Noches claras y avistamientos


VII

"... la misma noche que hace blanquear los mismos árboles, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".
Quien haya dicho que las noches sin luna son las más oscuras dijo una gran mentira. No es cierto, al menos no en esta parte del país y en la cima de un cerro alto, desde donde las luces de los candiles y fogones de las casas eran difícilmente apreciados; no se veía ni siquiera el reflejo de las luces de la ciudad más cercana.

Las estrellas se veían grandes y luminosas.  Era otro paisaje, un paisaje nocturno; las estrellas bañaban de brillo los árboles y caminos. Aprendí a ubicar el Arado, las Siete Cabritas, La Osa Mayor, La Osa Menor;  Júpiter, Marte, Venus.

Las noches de luna eran otro espectáculo; era tal la claridad, en noche de luna llena, que comprendí perfectamente por qué se decía que la noche estaba ¡como para robar gallinas!.

Algunas veces caminamos, tanto con luna llena, como en noche de estrellas;  siempre tenía dificultades para caminar en estas circunstancias, por las condiciones del terreno. En las noches oscuras se utilizaba la linterna poco o nada.

Si bien la noche sin luna también era clara, durante las caminatas había que pasar por zonas boscosas y pedregosas, donde se perdía la visibilidad.  Fue una de esas veces que iba yo detrás de Leandro, tropezando con cada piedra que encontraba.  Íbamos sin usar linternas, tan sólo con el tenue brillo que nos regalaban las estrellas.

Veía que Leandro colocaba cada pie en el lugar justo, donde debía dar el paso para no caer o tropezar con alguna piedra.  –Mano ¿cómo le haces?.   Sonreía.  –Es fácil; sólo tenés que fijarte dónde puso el píe el compañero al que seguís.

Varias veces me golpeé con alguna piedra puntiaguada o caí de rodillas hasta romper los pantalones; otras, me quedó atorado el pié en algún agujero y gracias a la bota militar, amarrada hasta la altura de la espinilla, no me fracturé.

VIII


En el campamento más alto donde estuvimos tuve la oportunidad de observar bellos paisajes, tanto de día como de noche.  Desde apreciar la intensa luz de Júpiter, hasta ser testigo de la caída de alguna estrella fugaz o lluvia de estrellas.

Sin embargo, tuve tres avistamientos extraños.  De esos, que muchas veces al escucharlos, no se puede dar crédito. Uno de ellos, más impresionante y extraño.

La primera vez fue a eso de las 6 de la tarde, aún con la claridad del día. Vi una lespecie de nave que surcaba el firmamento de norte a sur, con mucha más velocidad que un avión y mucho más rápido que un satélite.  En esos lugares es común ver algún satélite que se mueve despacio de un lugar a otro.  Pero esta luz era diferente. Iba tan alto que impedía hacer una valoración más exacta.  ¿basura espacial?.  Talvez.



El segundo avistamiento fue más natural.  Logramos disfrutar, con todo su esplendor, del cometa Shomaker Levy;  fueron días y noches de tenerlo frente a nosotros, hasta que desapareció. Impresionante, único.


Pero la tercera vez fue algo mucho más extraño, hecho del que varios fuimos testigos.

Ocurrió a eso de las 19 horas. Era una noche sin luna y con pocas estrellas. Mientras comíamos, platicábamos y escuchábamos radio.  Fue entonces que a la izquierda del Volcán Tecuamburro aparecieron tres luces que en pocos segundos se alinearon; luego desaparecieron; tuve la sensación de que tomaron con rumbo al mar.

Lo más extraño fue que escuchamos en las noticias que a esa misma hora habían sido vistas tres luces en el cielo huehueteco; luego, en información internacional, México daba cuenta de similar avistamiento, en el mismo horario.

Eran de esas extrañas cosas que se pueden apreciar en lugares como estos, pero principalmente en alturas como en la que nos encontrábamos y con los cinco sentidos a cualquier situación que pudiera representar un riesgo para nuestra seguridad.

lunes, 8 de agosto de 2011

Leandro y el inicio de los cambios


V



Leandro tomó el control del frente.  Fue cuestión de dos o tres semanas para que conociera el área y que lo presentaran ante los principales colaboradores, que no eran pocos;  eran muchos hombres y mujeres, que sabían que estábamos cerca y se sentían protegidos.  En la zona era común que por temporadas grupos de cuatreros se robaran el ganado, pero la presencia de la guerrilla los alejaba o al menos disminuía su accionar.

En más de una ocasión nos alertaron de algún robo y dos o tres de nuestros compañeros salieron tras la huella de los cuatreros;  los ladrones, armados, iban en caballos, lazaban a dos o tres novillos y los llevaban rompiendo monte hasta llegar a algún camino vecinal donde los esperaban con vehículo.   Sin embargo, al sentirse perseguidos por la guerrilla preferían abandonar a los animales.

Fueron esos detalles, junto a la relación estrecha con las familias, que favorecieron y consolidaron la base social en toda esa parte del suroriente del país.  Era tan estrecha la relación con la población,  que pocas veces comíamos tamales.  Desde muy temprano se oía que en alguna casa cercana torteaban;  A eso de las 6 de la mañana, en un punto intermedio, entregaban el valioso cargamento. Las tortillas del día.

En otras ocasiones subían de otras casas, con tortillas, alguna gallina cocida y huevos duros.  Además llevaban información sobre los movimientos del ejército y de sus informantes.  Desde la cima de la montaña teníamos una amplia visibilidad: la carretera CA-2, el puente cercano a la aldea Nancinta; del otro lado, teníamos visibilidad completa del camino de terracería hacia San Juan Tecuaco y a la derecha el imponente Volcán Tecuamburro. Hacia el sur, el Mar.  Podíamos observar grandes barcos.


VI

Sin embargo, contar con esa majestuosa visibilidad tenía su costo: el agua nos quedaba bastante lejos.  Había que bajar en parejas a un nacimiento, que por cierto, era una bendición, porque en esta zona del país la vegetación es mínima y el calor es intenso, muy intenso, principalmente entre marzo y abril; el agua es escasa.

Entonces, cada vez que bajábamos a traer agua era por algo; no se podía ir por un galón, menos por una cantimplora; había que ir con depósitos de 25 litros, para cocinar y beber.  Debíamos bajar con mucho cuidado, ir vigilantes, cruzar alambrados arrastras. Aunque teníamos visibilidad y contábamos con información de primera mano, no nos confiábamos, sabíamos que el enemigo también tenía sus fuentes y podía burlar nuestros controles.  En el ojo de agua bebíamos un poco, llenábamos los bumbos y regresábamos.  Subir era otra historia: era realmente desesperante y cansado.


Algunas veces se nos escapaba Leandro con uno de los bumbos; iba y regresaba en menos de veinte minutos; el mismo trayecto que otros hacíamos en casi una hora.  Regresaba, sudando a chorros, con una sonrisa de oreja a oreja.  Se secaba el sudor con su paliacate.  Era su forma de dar el ejemplo.  –Vos mano, ¿Cómo te vas así solo?.  –Puta Chejo, si no pesa;  beban pues, porque para eso la traje, ahorita que viene fresquita.

Otras veces bajaba a recoger tamarindo de unos árboles que teníamos a las faldas del cerro.  Subía, les sacábamos la pulpa y hacíamos fresco para todos.

Durante el día buscábamos cómo cubrirnos del sol debajo de chaparros y conforme se movía el astro rey también nosotros nos movíamos, para aprovechar la sombra.

El sol directo nos dejaba hasta las 6 de la tarde, cuando parecía sumergirse bajo el mar, pero el calor extrañamente aumentaba, al punto de la desesperación. Sofocante. 
El baño era un alivio. Bajábamos al nacimiento de agua en grupos pequeños, de tres o cuatro compañeros; sacábamos agua con algunos galones y nos metíamos al monte, para no dejar huella.