martes, 3 de abril de 2012

Sebastián, el médico de la guerrilla


El teniente Sebastián, el médico de la guerrilla, quizá no era un político de primera línea o un estratega militar, pero conocía su trabajo y lo ejercía con entrega, dedicación y esmero. Al igual que muchos compañeros y compañeras abandonó la carrera antes de graduarse; además dejó el Conservatorio Nacional de Música, donde llegó a ser un violinista que prometía alcanzar la cima nacional e internacional.

Sin embargo, había en él un sentimiento mucho más profundo, inculcado por su padre, sobre las causas nobles, las luchas de los obreros y campesinos, las que quiso seguir conscientemente.

Cambió las comodidades de la ciudad por la selva, impenetrable y violenta. Dejó sus suaves mocasines, por botas de hule y se alejó de los conciertos de Mozart o Tchaikovsky para acercarse al sonido de la metralla.

Se fue formando a las difíciles condiciones de la selva poco a poco; su deficiente visión nunca fue un obstáculo. Siempre estaba actualizándose en la medicina y para ello adquiría pesados libros que debía cargar en terrenos escabrosos e incluso en áreas de operaciones, protegidos con nylon, con el máximo cuidado. Su pequeño violín también ocupaba un espacio especial en su mochila.

Atendió compañeras y compañeros heridos en combate, a quienes muchas veces salvó la vida. Pero también curó infecciones provocadas por moscas chicleras, colmoyotes, diarreas, partos o alguna espina que quizá había llegado al hueso.

El médico tenía que lidiar también con enfermedades psicosomáticas, producto, en ocasiones, del temor al combate.  En ese momento se convertía en psicólogo y amigo.  En la mayoría de casos este tipo de males los “sanó” con simples aspirinas.

En el 86 fui testigo de una situación complicada que tuvo que enfrentar, a raíz de la concentración de la fuerza. Los combatientes empezaron a enfermar de diarrea, vómitos, cólicos, fiebres y calambres. Al hospitalito se sumaban cada día dos o tres enfermos. 

La situación era delicada, porque repercutía en las operaciones militares y se incrementaba el riesgo de ser descubiertos porque ya eran muchos días en el mismo lugar; de ser atacados sufrirían muchas bajas porque eran muchos los enfermos.

Sebastián atendía a sus pacientes durante el día y en la noche se le veía, bajo la luz del candil, investigar en sus libros cuál podría ser el mal que lo ocupaba. Hasta que lo encontró.  Un día se le escuchó dar un grito: “¡Shigelosis!”.  Era el nombre de la enfermedad.  Todo coincidía: los síntomas, las causas. Ahora también conocía el tratamiento.

En pocos días todos estaban nuevamente de pie.  La contaminación había sido a través del agua, por lo que ordenó que, de haber condiciones, debía hervirse el liquido para beber durante 10 minutos.

Esta fue una experiencia colectiva; sin embargo, ya se había enfrentado a situaciones mucho más delicadas, como cuando tuvo que operar sin anestesia.

El compañero Adán presentó un cuadro grave de apendicitis y debía ser intervenido de inmediato.  Sebastián informó de la situación al jefe de frente, quien preguntó si existía alguna posibilidad de salvarlo si era enviado a un hospital. –Ninguna, dijo fríamente el médico.  -¿y si lo operás?.  –Un diez por ciento.

No había de otra. Era la única salida. Adán se enfrentaría al bisturí de Sebastián, sin anestesia.

El enfermo sólo tomó unos tragos de licor y diazepam, antes de ser amarrado fuertemente al tapesco donde sería intervenido.  En la boca, un palo envuelto en trapos, para morder al momento que abrieran su vientre.

La operación fue exitosa. El médico extirpó el apéndice, pero el riesgo no había concluido. Era necesario esperar que no cayera infección.  Las probabilidades de que esto ocurriera eran muy altas; la intemperie, el calor húmedo del trópico y los mosquitos, eran factores determinantes. Pero nada. Dos o tres días y el paciente se empezó a recuperar.

A pesar de operar sin anestesia, en condiciones adversas, Sebastián había interpretado una de sus más bellas melodías quirúrgicas.

viernes, 30 de marzo de 2012

Historias sueltas: El sargento Leo Dan


El sargento Leo Dan. Un compañero Cakchiquel, originario de Chimaltenago; había sido combatiente del frente Tecún Umán y segundo del Teniente Vicente en comunicaciones; por alguna razón fue enviado a Petén en el año 86. 

Nos habíamos encontrado en la casa de seguridad de Toluca, donde me ayudó a despalmar y medio afilar aquel machete rojo que me habían comprado para entrar al frente.  El mismo machete que en una de aquellas primeras elevaciones que subí, de la Sierra Lacandona, me cortó la palma de la mano cuando traté de apoyarme en él.

El nombre del famoso cantante parecía ser un seudónimo único en la guerrilla, por eso se lo había puesto, pero en el 86, cuando se concentró la fuerza en la zona base apareció un segundo Leo Dan.  Se sugería en esas condiciones que uno de los dos cambiara de nombre, pero esta vez no era necesario.  Pronto el combatiente regresaría a su zona de operaciones y el radista se mantendría en el área, junto al Estado Mayor.

A los pocos meses Leo Dan dejó las comunicaciones para integrarse al equipo de Radio Rastreo, bajo el mando del comandante Martín.  Algunos años después, luego que el enemigo intensificara sus operaciones en la zona base se ordenó el traslado del equipo de inteligencia militar a un poblado mexicano, fronterizo con Guatemala.  Iban Erika, Isabel, Diana y Leo Dan.

En México debíamos mantener las medidas de seguridad, manejar pantallas con los vecinos para hacer creer que éramos familia, amigos de los dueños del rancho donde vivíamos y que hacíamos trabajos de campo para justificar nuestra estancia, mientras los demás monitoreaban las frecuencias del ejército y en otro poblado, otros compañeros enviaban los mensajes a los frentes y a la comandancia.

Uno de esos días Leo Dan limpiaba con machete el área que circundaba el rancho; era un patio grande, con árboles de mango de distinto tipo, aguacates, cacao, pimienta y otros.  Leo tomó un pequeño descanso y dejó el machete parado, metido entre la tierra, del otro lado de una pequeña zanja.

Mi hijo para entonces tendría tres años y jugaba por todo el patio.  Saltó la zanja y su pequeña mano se deslizó sobre el filo del machete.  Se cortó entre el meñique y el anular. Lo llevaron de inmediato con una clínica del pueblo donde la doctora desinfectó la herida y lo inyectó.  No se dejó coser.  Me enteré al regresar de la entrega rutinaria de mensajes. 

Había sido un error involuntario haber dejado mal colocada la herramienta.

Tiempo después tuvimos una experiencia más negativa.  Unas semanas antes, en una de mis salidas,  encontré un machete nuevo, envuelto en papel periódico, en el bus donde viajaba. Todos los pasajeros habían bajado; pensé que algún campesino lo había olvidado y lo tomé.  Se lo regalé a Leo, quien en pocos días lo afiló de forma exagerada.

Para un cumpleaños de Erika decidimos celebrar con una comida especial y una botella de ron.  Todo estaba bien, hasta que Leo Dan empezó a perder el control de la realidad; no había tomado mucho, pero lloraba, gritaba consignas y hablaba de situaciones que le habían causado problema en otro momento.  Lo llevé a su cuarto a una pequeña casa que también ocupábamos a unos 100 metros de distancia, más cercana de la calle y de casas vecinas.  En ese momento fueron más intensos sus gritos: ¡Vivan las FAR!, ¡Viva Pablo Monsanto!

Lo tiré con fuerza sobre su cama.  Con una mano traté de taparle la boca y con la otra doblé su brazo, hasta que se calmó y me ofreció quedarse tranquilo y descansar.

Regresé con las compañeras y conté lo ocurrido.  Me pidieron que volviera, para ver como estaba.  Mi hijo dormía en un cuarto a la par.

Leo no estaba en su cuarto.  Al salir lo encontré frente a la puerta; se había cambiado de ropa y en su espalda llevaba una mochila con sus cosas. Le hablé, lo quise tranquilizar, pero estaba raro y solo dijo: ¡hoy si te llevó la gran puta!. Se agachó y recogió del suelo, junto a sus pies, el machetón aquel que un día le había obsequiado.

Corrió tras de mí.  Fueron los 100 metros más largos de mi vida, entre el monte y en lo oscuro se me cayeron los anteojos.  Me detuvo el alambrado que golpeó y cortó mi cara y como pude salté y entré por la puerta de atrás a la casa.  Nadie podía dar crédito de lo que pasaba.  Leo sacaba chispas del machete al golpearlo contra el piso del corredor.

Todo volvió a la normalidad al día siguiente. Ambos nos pedimos disculpas. En la desesperación por callarlo le había metido un dedo en un ojo provocándole un sangrado interno.

Ese era Leo Dan.  Un compañero de un metro sesenta, de cara redonda y cuello corto, que podía ser solidario y el más entregado en su trabajo; pero que tenía sus defectos, principalmente esa pérdida de control, al tomarse un par de tragos.

martes, 27 de marzo de 2012

El comandante Abel

La llegada del comandante Abel fue más rápida de lo que esperábamos; en menos de dos meses lo tuvimos con nosotros.
El comandante Pablo y Abel, en la desmovilización

Lo conocía de Petén; era un oficial con mucha experiencia.  El grado de comandante se lo había ganado a pulso.

En el año 89 ó 90, con la salida del comandante Martín, asumió el mando del equipo de Radio Rastreo, en Petén, al mismo tiempo que tenía a su cargo la jefatura de operaciones del Estado Mayor del regional norte “Capitán Androcles Hernández”.

Cuando recibió la orden de trasladarse al sur, a raíz de la caída del capitán Leandro, no lo pensó dos veces; ser originario de esa zona también era algo que lo motivaba. Pidió que lo acompañaran tres o cuatro compañeros de su confianza. Y así fue.

Abel ordenó movilizaciones más lejanas; eran caminatas de dos o tres días, acampábamos por una o dos semanas y nos volvíamos a mover.  

En algún momento consideré que estaba siendo exagerado y que al final sería contraproducente, pues entre más nos movíamos, más huella dejábamos y más gente notaba nuestra presencia;  las comunicaciones estratégicas se veían afectadas, porque perdíamos señal, por la cantidad de cerros; debíamos quedarnos en la parte más alta para comunicar y captar las comunicaciones enemigas.

No me molestaba hacerlo. Entendíamos que cada jefe tenía su propio estilo y que posiblemente contaba con otro tipo de información o de órdenes que nosotros desconocíamos, por lo que no nos quejábamos ni contradecíamos sus instrucciones.

Abel había sido un fuerte crítico de la caída de Leandro;  decía que un jefe no debía exponerse como lo hizo el capitán; olvidaba que el sur no era Petén y que el peligro estaba a la vuelta de la esquina.

Un día, posiblemente de septiembre del 94, acampamos al pie de un cerro alto, muy cerca de un pequeño arroyo.  Abel dispuso a la pequeña fuerza en anillo de seguridad. En el centro se ubicó el mando y los especialistas.

Por la tarde intercepté un mensaje del ejército que informaba sobre una operación militar.  Al revisar las coordenadas nos percatamos que la tropa enemiga se encontraba en el cerro; era una elevación considerable, quizá con más de una hora de camino.

Me acerqué al comandante Abel para informarle y el a su vez llamó a Silvio y Pancho; sacamos los mapas  y vimos las coordenadas.  El cerro que teníamos a nuestras espaldas era uno de los lugares que se disponía a rastrear el enemigo. Recomendé que evacuáramos. En ese momento estábamos en desventaja. Parte de la fuerza se encontraba en otra comisión. Sin embargo su respuesta fue negativa, quizá le molestó que alguien de la ciudad, sin experiencia de combate, “sugiriera” lo que debía o no debía hacer y se empecinó: No, no nos vamos.  Si nos caen aquí les volamos plomo, dijo.

Bajo advertencia no hay engaño. Fue una noche tensa. Muy temprano coloqué el equipo de rastreo, en espera de algún mensaje que nos indicara que la tropa enemiga había cambiado de dirección.  Pero nada.

Media hora más tarde, frente a mi posición, a unos 50 metros, comenzaron los disparos en la línea de combatientes, donde se encontraba la escuadra al mando del sargento Güicho; iba a comer cuando vio al pinto agazaparse y tomar posición de tiro; la ración de comida voló por un lado y antes que el soldado reaccionara disparó; el resto de combatientes hizo lo mismo desde sus posiciones.

Inicialmente me acuclillé;  tenía la mochila abierta, el radio encendido y un cable que colgaba de un árbol me servía de antena.  Pancho se acercó de inmediato para apurarme.  No había tiempo que perder. Las balas silbaban sobre nuestras cabezas y quebraban pequeñas ramas de los árboles.

Al verlos apurarse y correr hice lo mismo.  Metí las claves, cuadernos y el equipo y mal cerré la mochila.   Iba atrás de Abel y al cruzar el arroyo cayo mi radio al agua. Lo saqué rápidamente y lo metí adentro de mi camisa. Me enojé conmigo mismo.  Era mi principal herramienta de trabajo y la había descuidado.

Cuando llegamos a un lugar seguro saqué las baterías del radio y lo sequé con mucho cuidado. No se había echado a perder.

La unidad del ejército que nos había atacado estaría integrada por 25 elementos; seguramente habían tenido algún herido, porque no nos siguieron.  Güicho y su gente se mantuvieron unos diez minutos. Luego se retiraron.

El sargento tenía, como todos, una pequeña mochila de combate, en la espalda, pegada al cinturón. Levaba papeles personales, dos cuadernos y algunos recuerdos. Para que no se mojaran se envolvían cuidadosamente en bolsas gruesas de nylon.

Una bala había entrado por la mochila, rompiendo todo a su paso, lo que hizo que perdiera fuerza, pero se detuvo donde estaba una foto de la sargento Merly.

viernes, 9 de marzo de 2012

Silvio

Me enteré que no hay muy  buenas noticias;  que la enfermedad está minando cada día la fortaleza que aún te queda, a pesar de los años y el ajetreo diario, y que la gente que te quiere busca por todos los medios, la manera de tenerte un tiempo más.

Sé que tu corazón de guerrero no se dejará vencer tan fácilmente y que lucharás, aún sea con las uñas hasta el final, sencillamente porque es tu naturaleza de campesino proletario, de obrero agrícola, de incansable luchador por la vida.


XXX


Conocí a Silvio en Petén, en el año 86, cuando aún era el sargento Ángel; Angelito le decían las compañeras por su carismática personalidad y su noble corazón.  Para entonces ya era un guerrillero experimentado.

En 1979 había salido del sur a otro país, para entrenarse militarmente.  A su retorno, en 1980, creía que iba a engrosar las filas del frente sur, ubicado entre Escuintla y Santa Rosa, área de donde era originario; conocía el terreno y consideraba que estaría como “pez en el agua”.  Desconocía que para entonces las condiciones en el sur habían cambiado, que el enemigo nos había dado algunos golpes fuertes y que en ese momento no podría retornar a esa zona.

Nadie se lo dijo y junto a otros compañeros fueron trasladados a las selvas del norte de Guatemala.  Estar en Petén era como estar en otro país.  La selva era extensa, muy extensa, cerrada, agreste, devoradora, caliente y lluviosa; las precipitaciones duraban nueve meses del año.  Por si fuera poco no había armas ni uniformes. Los equipos, compuestos por carpa, hamaca y mosquitero eran escasos y había que cuidarlos al máximo.

Después de la primera época en Petén, cuando Pablo, Rigo, Raúl Orantes, Androcles Hernández y Nicolás, junto a otros combatientes, habían llegado a explorar el sur del departamento, a principios de los años 70, estos eran quizá los peores tiempos.  No era lo mismo que jefes guerrilleros llegaran a conocer el terreno y sufrieran las condiciones adversas del trópico, a que 20 combatientes preparados militarmente en otro país fueran recibidos sin nada, ni siquiera una pistola para defenderse y pasaran hasta seis meses en esas condiciones.

La moral se desboronaba e intentaban desertar; algunos lo lograron.  No era el caso de Ángel. Su condición de obrero agrícola, explotado por los grandes terratenientes de la costa sur, lo llevaba a entender la lucha de clases.  Sabía que era necesario alzarse en armas.  Esa conciencia proletaria y su capacidad de análisis le permitieron mantenerse, mientras otros se iban.

Algunos meses tuvieron que pasar hasta que entró el armamento; fusiles M-16, algunos G-3, uno que otro FAL, carabinas  y pistolas. 

Fue el inicio del cambio. Poco después recuperaron los primeros Galil.


En el 86 aprendí algunas cosas de él.  Me llamaba la atención que nunca se alejaba más de un metro de su fusil.  “Tu arma es como una prolongación de tus brazos, nunca la podés dejar”, decía.  Si bien ésta era una regla entre los guerrilleros, Ángel la cumplía al pie de la letra.  Tanto, que las veces que lo vi bailar en alguna celebración, en la montaña, siempre colgaba de su espalda el fusil, que se movía junto a él, al ritmo de la música.

Moreno, de aproximadamente 1.80 de estatura;  sus ojos pequeños en cuencas grandes le daban una extraña apariencia de estar delgado y aunque seguramente le faltaba nutrirse mejor, como a todos en la guerrilla, su complexión era más bien mediana.  

Le gustaba platicar y aconsejar a los jóvenes combatientes de nuevo ingreso.   Era muy disciplinado, seguramente lo difícil y molesto de estar sancionado, principalmente cuando el castigo era estar desarmado y hacer posta imaginaria, le había calado.

Tuvo que pasar muchos combates para ser ascendido a teniente.  Se había acostumbrado tanto a Petén que no pasaba por su mente la posibilidad de pedir su traslado.  La disciplina militar y conciencia revolucionaria lo llevaban a aceptar las órdenes que se le dieran, sin discutirlas.  Sin embargo había momentos en que su salud se veía minada y requería de atención, la que recibió, en la medida de las posibilidades.

Hubo una temporada en que su columna le jugó una mala pasada.  Estaba en el área de operaciones, cuando de pronto no pudo moverse; por su tamaño y corpulencia no había quien lo cargara y aunque ésta fuera una posibilidad, el dolor era tan fuerte que no permitía que se le acercaran.  Era común que en la guerrilla se padeciera de hernias, porque la mayor parte del tiempo  las cargas eran exageradas; tiempo después superó este problema.   Recuerdo que también alguna muela le causó sufrimiento.

Pasaron años hasta que recibió una noticia que nunca imaginó: debía volver al frente sur “Capitán Santos Salazar”, para levantarlo junto al Comandante Martín y otros oficiales.  Era el año 1990.  En sus adentros le emocionaba regresar a sus orígenes, a su territorio, a su terruño.  Sin embargo, también lo aceptaba como una orden más que debía cumplir.

Cuando entré al sur en 1993 me encontré con viejos camaradas: el sargento Sitín, el teniente Pancho, el compañero Cheque y ahí estaba, nuevamente Ángel, ahora como el teniente Silvio.  Continuó dándome lecciones de vida y sobrevivencia guerrillera.  El terreno en el sur era totalmente diferente al del norte.  En esta zona había que moverse de noche, con muy poca luz, porque de día cualquier campesino podía vernos.  Las casas siempre estaban muy cerca.

Después de la muerte del Capitán Leandro y con la llegada del Comandante Abel nos separamos nuevamente en pequeños grupos.

Caminábamos una tarde con una pequeña unidad al mando de Silvio cuando nos encontramos casi de frente con un grupo de soldados.  Por alguna razón nos movimos de día, en un área montañosa, con tan mala suerte que tuvimos este encuentro.  Sin embargo, con la habilidad y experiencia de Silvio salimos del lugar sin ser detectados.

Dvisamos a la tropa enemiga, a unos 20 metros de distancia. Silvio inmediatamente ordenó tirarnos a tierra, pero con toda la suavidad y cuidado posible; se detuvo y lentamente se acuclilló. Jaló su fusil con la mano derecha hacia atrás y con la izquierda, muy despacio mandó agacharnos.

Se mantuvo con la vista al frente, hacia el lugar donde se encontraban los soldados.  Era una posición felina, al acecho, para comprobar si habíamos sido detectados. Pero no.

Nos retiramos en silencio, detrás de él, rompiendo zarza con el cuerpo hasta alejamos lo suficiente y  esperamos que entrara la noche.


Era el año 95. Las armas estaban por callar.

lunes, 20 de febrero de 2012

Recuperar a un hermano

XXIX


El día de la emboscada Pezzarosi se retiró unos 200 metros del lugar donde dejó a Merly y "embuzonó" las mochilas lo mejor que pudo.  Luego se alejó y se escondió.  El sueño lo vencía, el shock del momento y la pérdida de sangre le pasaron factura. Despertó poco antes del medio día por un zumbido incesante.  Vio que su herida estaba cubierta de “queresas” (gusanos depositados por moscas) y a como pudo se limpió.

Paso el resto del día en el lugar y antes que oscureciera se acercó a unas casas aisladas de campesinos.  Trató de dormir, pero sentía fiebre y en una especie de duerme vela le pasaba por la cabeza cada detalle de los hechos: las últimas palabras de Leandro, el ascenso, los tiros, la retirada; Merly herida; las ráfagas enemigas, los gritos.

Cuando amaneció se acercó a la casa y casi ordenó a la propietaria que le hirviera agua;  no había condiciones para hacer trabajo político con la base.  El dolor de la herida era cada vez más punzante.

La mujer asustada al ver a un guerrillero herido y en una actitud que parecía hostil, procedió de inmediato a cumplir con el pedido.  La bala entró por el muslo, en la parte interna y alta de la pierna, cerca de los testículos, con orifico de salida, atrás, en la parte baja de la nalga. Había mal olor, pero no había tocado hueso. 

Pezzarosi estaba consciente que el Tétanos podía causarle la muerte, que también había riesgo de Gangrena y que podría perder la pierna.  Tomó el agua hirviendo y la dejó caer sobre la herida, por ambos orificios.  Metió parte de su camisa en su boca, para que sus gritos no lo delataran e hizo el esfuerzo mental más grande de toda su vida, para evitar desmayarse.

Temía que la señora, al verlo sin conocimiento, llamara al ejército para entregarlo. Sudó frío y caliente.

Pidió que le vendieran un pantalón, pero no fue posible.  Se fue.

Los días y las noches que siguieron fueron muy difíciles.  No estaba perdido; conocía perfectamente el área, pero en las condiciones en que se encontraba corría muchos riesgos.  Cada vez le costaba más caminar y el ejército rastreaba el área.

Esperó tres días.  Los soldados ya no estaban; las mochilas tampoco, seguramente habían sido descubiertas durante el rastreo enemigo.  Se desplazó al lugar del ataque.  Vio las huellas de los cuerpos  arrastrados  de nuestros compañeros y encontró unas colas que usaba Merly para recogerse el cabello.

Desde ese lugar, al campamento donde nos encontrábamos se hacían normalmente, de noche, tres horas de caminata.  Pezzarosi hizo tres días de regreso; su pierna casi no respondía.

No recuerdo el momento exacto de su retorno, pero cuando supe que estaba de vuelta fui corriendo a verlo;  le hacían una primera curación, parecía salvaje, pero era necesario, metían las pinzas con gasas, desde el orifico de entrada al orifico de salida, había que limpiar la herida pestilente de los restos de pólvora y pus.  Sitín salió a un pueblo cercano y compró una dosis de antitetánica que se le administró de inmediato.

En una siguiente curación, Rafa, el médico, tuvo que usar la baqueta de un fusil, para limpiar mejor la herida.  El sufrimiento era grande.

Unos días después fue enviado a la ciudad para su recuperación. 

Algún compañero decía en son de broma, tiempo después de la firma de la paz, que Pezzarosi era el único guerrillero que conocía que le habían “quebrado el culo” y estaba vivo.

Habíamos perdido al Capitán y a Merly, pero recuperamos al Teniente Pezzarosi.  Ahora debíamos esperar al nuevo jefe del frente: el Comandante Abel.

La moral minada

XXVIII


En el año 82 leí en Nicaragua “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, del comandante Omar Cabezas y me llamó mucho la atención la forma en que narra la muerte de Tello, uno de los jefes guerrilleros que lo entrenó. Para él había sido muy difícil entender cómo aquel combatiente de vanguardia que lo había formado, no sólo militarmente sino que le había inyectado en las venas el sueño por alcanzar al “hombre nuevo”, hubiera caído de una forma tan absurda. 

En mi juventud  y romanticismo de ese entonces también me fue muy difícil comprenderlo.

Tiempo después los mismos compañeros y compañeras me enseñaron que todos éramos seres humanos, sujetos a errores, con cualidades y defectos, con virtudes y egoísmos. Que al hombre nuevo no lo encontraríamos en la cima de la gran montaña, después de tres horas de camino.   Aprendí que el líder no era un sinónimo del proyecto político.

Sin embargo, con la muerte de Leandro sentí algo muy parecido a lo que le tocó vivir al Comandante Omar Cabezas;   Me sentí vulnerable, sólo y con la moral a ras del suelo.

Los oficiales regresaron al día siguiente. 

Veía sus caras tristes, ensimismados, en sus puestos, con pocos ánimos de platicar.  El sargento Sitín era el más accesible y aunque pocas veces se le veía serio; esta vez era diferente. 

Me contó lo que habían pasado juntos en las últimas semanas.  La forma en que el Capitán había dirigido las operaciones, lo aguerrido que había sido.  Recordaba como en el Petén lo habían herido en dos o tres ocasiones, por su temperamento, por su temeridad.

Sitín veía la vida y la muerte de una manera muy fría.  -¡puta Chejo!  ¡a Leandro ya le hedía la vida!, decía, al valorar la forma en que se había salvado en múltiples ocasiones. 

Tal vez podía considerarse una irreverencia ante la reciente pérdida del jefe, pero era el análisis frío de un joven que se había hecho hombre portando un arma.

Ahora lo que importaba era averiguar qué había pasado con el Teniente Pezzarosi.  Sabíamos, por las noticias y los mensajes del ejército obtenidos en el radio rastreo, que no había caído ni había sido capturado.

Si la moral de los oficiales estaba debilitada, la de los combatientes estaba muy mal y esa era la peor condición de una fuerza militar. En ese momento no hubiéramos soportado un ataque enemigo.  El comandante en jefe sabía lo peligroso de esta circunstancia y decidió enviar a un nuevo jefe. 

Pero al menos estaríamos un mes así, en el limbo.

viernes, 17 de febrero de 2012

La emboscada


XXVII

Sabéis, me hubiera gustado/ llegar hasta el final/ de todos estos ajetreos/ con vosotros,/en medio de júbilo/ tan alto. Lo imagino/ y no quisiera marcharme./Pero lo sé, oscuramente/ me lo dice la sangre/ con su tímida voz,/que muy pronto/ quedare viudo del mundo”./   
Otto René Castillo

Todo fue tan rápido.  Tan intempestivo.  Estaban por llegar al borde del cerro cuando se dejaron escuchar las ráfagas. El capitán Leandro saltó hacía un lado, buscando salir de la línea de fuego.  Era el salto de un jaguar herido de muerte.

Atrás,  Merly y Pezarossi, heridos ambos, corrieron hacia abajo.  -¡Peza, me dieron!, gritó.  Iba herida en el vientre.  ¡Corramos!, le contestó el teniente, jalándola de un brazo, sin darse cuenta que un tiro había cruzado una de sus piernas, en la parte alta del muslo.

Llegaron al pie del cerro y se alejaron unos cien metros más de donde habían pasado la noche.  Merly se detuvo.   –Yo no puedo más.  ¡Andate Peza, sólo dejame mi fusil!. Pezarossi así lo hizo.  De quedarse con ella morirían los dos.  Empezó a sentir que la sangra caliente le corría por la pierna hasta la bota.

La tropa enemiga se detuvo unos minutos frente al cuerpo inerte de Leandro. El oficial kaibil se solazaba ante su victoria.  Luego ordenó que persiguieran a los otros.  Bajaron con precaución, para no ser objeto de un contraataque.  Merly se parapetó y afinó puntería.

Pezarossi se alejó unos 200 metros más, donde buscó cómo esconder su mochila y la de Merly; iba herido y con carga no llegaría muy lejos, además debía evadir al enemigo y buscar la manera de detener la sangre.

Fue ahí donde escuchó los disparos del arma de Merly y las ráfagas de galil. Siguió corriendo. Hasta alejarse lo más que pudo y esconderse.


Pancho, Silvio y Sitín estaban en sus posiciones, desde donde escucharon los disparos y de inmediato se percataron que el ataque había sido contra Leandro.  Encendieron sus radios.  No podían regresar pues estaban a más de 30 minutos de camino. El capitán no se reportó; tampoco Pezarossi ni Merly. Creyeron que los tres habían caído.  Pronto la zona estaría cubierta de militares e incluso periodistas.

En el campamento no escuchamos los disparos, estábamos lejos y con muchos cerros de por medio. Encendimos la radio. En la emisión noticiosa de las 7 de la mañana dieron la noticia, la que menos queríamos oír, la que más dolor me causó en 12 años de militancia.

Fueron publicados sus seudónimos y sus nombres legales. 

Leandro y Merly habían caído heroicamente; los sufriríamos y lloraríamos por mucho tiempo.   La muerte de cualquier compañero nos acongojaba y dolía en lo más profundo de nuestros corazones;   pero Leandro había sido un hermano, además de un jefe carismático.

Pezarossi no había caído, pero debía estar herido o tal vez habría muerto en el camino. Esperamos que apareciera al final de la tarde o al día siguiente; pero nada.   
Los días pasaban y perdíamos la esperanza de volverlo a ver con vida.