miércoles, 28 de enero de 2015

El Subteniente Rudy

Cuando escribí sobre los Martínez señalé sobre lo numerosa que era esta familia (y aún lo es), al igual que la de los Figueroa y otras. Eran tanto los integrantes de estos grupos familiares, la mayoría luchadores revolucionarios, que más de uno he debido olvidar, pero luego de rememorar con los mismos actores, he recordado. Cabe entonces recapitular y, en honor a su aporte en la gesta revolucionaria, retomar sus nombres y rendirles en este espacio, un pequeño homenaje.

El subteniente Rudy era el penúltimo de los Martínez, pero contradictoriamente uno de los primeros que se incorporó al movimiento revolucionario. Él y su hermano menor establecieron contacto con la guerrilla, entre 1975 y 1976; su primer responsable fue “Delfino”, con quien conformaron grupos de milicianos. Delfino logró organizar unas 17 células en los alrededores de Melchor de Mencos, la aldea Las Viñas y parte de Santa Ana. Cada célula estaba integrada por seis personas.

En 1978 los nombres de varios integrantes de la familia Martínez aparecieron en un listado de la denominada “Mano blanca”, uno de varios escuadrones de la muerte que surgieron en el país en aquellos años. La organización decidió que los compañeros y compañeras que ya se habían “quemado”, se trasladaran a otra zona. Fue así que se dispuso que los Martínez se reubicaran en el otro extremo del departamento, ahora en las cercanías de la frontera con México.

Para 1981 la consolidación de la fuerza guerrillera en Petén se convirtió en una tarea estratégica; la comandancia logró integrar la columna guerrillera “Luis Augusto Turcios Lima” con fusiles M-16 y uno de sus mejores jefes, sin embargo hubo factores que minaron la moral de la tropa y algunos de ellos desertaron.

Por aquellos días se conformó el pelotón Abel Mijangos, al mando del Teniente Sandokán y algunos de los combatientes con alto nivel revolucionario prefirieron cambiar de mando, entre ellos Rudy, que a pesar de las condiciones y vejámenes a los que se enfrentó, nunca perdió la proyección, la moral, la perspectiva revolucionaria.

En una ocasión, en el año 82, el Teniente Sandokán los envió a sacar miel al apiario de un compañero, cercano a la aldea Josefinos. El objetivo del Teniente era guardar la miel en ánforas y dejarla embuzonada; sabía que este preciado néctar no se descomponía y era necesario tener provisiones para el futuro.

Belarmino se quedó de posta; prefería detectar un probable ataque enemigo que enfrentarse a las abejas, mientras que el resto de compañeros se fueron a castrar. En eso estaban cuando el ejército ingresó al área entre la posta y el apiario que se encontraba en un descampado, a unos cien metros de la montaña. En los alrededores había zarza, de un tipo conocido como cola de iguana que tenía tres líneas de espinas con gancho, que no sólo podía hacer trisas la ropa, sino que arrancaba literalmente la piel.

Desde la posta Belarmino vio pasar un pantalón camuflado debajo de las cajas, que tenían al menos un metro de altura; sabía que la mayoría de compañeros tenían en esos momentos uniformes de color caqui, que habían sido donados por un compañero que trabajaba en combate a la Malaria, pero no se animó a disparar.  A como pudo rodó hacia donde se encontraba el compa René, que tenía la mala costumbre de hablar a gritos.  Belarmino le hacía señas, asustado, para viera si había un militar a su lado.

Como era de esperarse René gritó: ¡qué jue'putas pasa! y el soldado se tiró a tierra. Fue entonces que empezó el traqueteo. Unos y otros disparaban mientras se desplazaban entre la maleza.

Los compañeros reculaban hacia el zarzal. Era la única salida, en tanto Belarmino mantenía su posición. Con su carabina M2 trataba de apuntar hacia la posición enemiga. Ellos, en cambio, le concentraron fuego.

Rudy y Arturo regresaron a buscarlo y le gritaron que se retirara, pero el fuego enemigo casi rozaba su cabeza; Rudy se acercó casi a la par de Belarmino, para cubrirlo y lograr que saliera de ahí. Del otro lado del zarzal ya nadie les dio seguimiento.

Rudy, además de ser un gran combatiente, era autodidacta; aprendió mucho de los libros que con dificultades llevaba en su mochila; llegó a tener una visión política superior a la de muchos otros oficiales y asumió el rol de comisario político. Portaba además un radio de transistores en el que escuchaba todos los días, de forma disciplinada, las distintas emisiones del radionoticiero “Guatemala Flash”.

El subteniente Rudy, de baja estatura, pero de muy alta calidad y moral revolucionarias, se ganó un lugar en la guerrilla, pero principalmente el respeto y aprecio de las compañeras y compañeros con quienes combatió.

jueves, 2 de octubre de 2014

“Nosotros cantamos, nosotros sonamos”



Así son ellos, ganados para el pueblo
Así surge la eternidad del ejemplo…

                                                                       Otto René Castillo


La vida está llena de momentos. Situaciones que se presentan, se quedan para siempre, o simplemente pasan desapercibidas; pero más que momentos, la vida nos ofrece la oportunidad de subirnos al tren de la historia, bajarnos de ese tren, o nunca abordarlo. Tan sencillo y complicado a la vez.

En el momento histórico que tocó vivir a la juventud guatemalteca en los años 80 tomar esa decisión implicaba vida o muerte, pero poco importaba, si era un paso consciente y si al final de cuentas derramar la sangre contribuiría a alcanzar “la victoria final”.

En el año 82 continúe la educación básica en Nicaragua, en el Instituto “Rigoberto López Pérez”, nombre de aquel heroico sandinista que cumplió con la tarea de ajusticiar al tirano, Anastasio Somoza García, aún a costa de su propia vida.

Fue entonces que conocí a un grupo de jóvenes guatemaltecos, casi adolescentes todos, que también estudiaban en ese instituto; se percibía en ellos la llama revolucionaria, el deseo de aportar a los cambios que se gestaban en la Nueva Nicaragua y, con bajo perfil, prepararse para regresar a Guatemala y dar lo mejor de ellos para lograr el triunfo revolucionario en el país.

Camilo, Paty, Fito, Miguel; Nora, Rogelia, el Chino y Maca; fue mi primer encuentro con ellos y durante algún tiempo guardamos distancia, había que mantener la “compartimentación”; desconocíamos si eran “volcanes”, “egipcios”, “farosos”, o tal vez “reyes magos”, que eran los sobrenombres que comúnmente utilizábamos los mismos militantes, para referirnos a alguna de las organizaciones hermanas.

Había en aquella casa de estudios valiosos jóvenes nicaragüenses, dedicados al deporte, a las artes, la música y la dramaturgia, pero más aún, entregados en cuerpo y alma a la defensa de la Revolución.  Ellos irían a donde los mandaran, guardarían las fronteras de la patria, combatirían valerosamente como soldados de los Batallones de Lucha Irregular o abrirían trincheras y defenderían a sus comunidades, como milicianos; muchos más, con lápiz y cuaderno en mano, habían tenido la oportunidad de concluir con éxito la Cruzada Nacional de Alfabetización.

¿Cuántos de esos jóvenes cayeron todavía en distintos frentes de lucha?, cientos, miles.

Fue la tarde de un sábado que el “Flaco” y Ana María me llevaron a conocer a unos amigos guatemaltecos, indisciplina aquella de la que me hicieron gustoso cómplice. Conocí entonces a Tito Medina y reconocí a Miguel y a Fito; fue una velada inolvidable, en la que pudimos escuchar los ensayos de un naciente “Kin Lalat”. Todos rebosantes de alegría y hermandad.

Las medidas de seguridad no nos permitirían volver a tener otro encuentro similar; además, pronto iniciarían giras internacionales y  sus canciones se convertirían en un símbolo de la lucha guatemalteca: “Florecerás Guatemala”; “Pueblo Quiché”; “Amante alzado”.

En el campo y la ciudad sonaba clandestinamente el mensaje de lucha y de protesta de Kin Lalat y muchos jóvenes tomaron conciencia a través de sus canciones; en la montaña fortalecía la moral revolucionaria.

El aporte de este grupo guatemalteco fue fundamental en aquellos años, para que los ojos de la comunidad internacional se posaran sobre este país centroamericano y se detuviera el derramamiento de sangre; los grupos de solidaridad con Guatemala proliferaron.


Kin Lalat hizo historia; Tito sigue haciendo música y construyendo patria.

sábado, 24 de mayo de 2014

Un verdadero revolucionario; el compañero Adán


Usted, /compañero, /que no traicionó /a su clase, /ni con torturas,
/ni con cárceles, /ni con puercos billetes, /usted, /astro de ternura,
/tendrá edad de orgullo, /para las multitudes
/delirantes/que saldrán /del fondo de la historia/
/a glorificarlos, /a usted, /al humano y modesto, /al sencillo proletario, /
/al de los de siempre, /al inquebrantable/acero del pueblo/


Sus pasos eran sigilosos, tanto en las sabanas, bajos y planicies de Petén, como en los desproporcionados terrenos del sur del país; desde las cálidas arenas de la costa, hasta las frías alturas del Tecuamburro y sus alrededores. Sus pies lo llevaban a donde lo demandara la lucha revolucionaria.

 El compa Adán era el organizador por excelencia. Esa era su tarea y le gustaba. No caminaba con el ánimo de sacrificarse o de dar más facilidad al enemigo para encontrarlo. Lo hacía para llegar a los poblados, para acercarse a las comunidades y organizar al pueblo, politizarlo y convertirlo en base social del movimiento revolucionario.

Solo los jefes conocían su ubicación. Lo dejábamos de ver por semanas o hasta meses, hasta que nuevamente aparecía, acompañado o solo. Nos veía, nos regalaba una sonrisa y un ¿Qué tal compa?, como que acabara de vernos. Con el uniforme mojado, olor a humo, sudor y monte.

Adán se alzó en los años 80, a raíz del violento accionar represivo del ejército guatemalteco. Su familia se desintegró por esa causa; su compañera y sus hijos pequeños se refugiaron en México, mientras que él y su hija mayor, en ese entonces con unos 12 años, se quedaron en el frente guerrillero.

Su decisión de vencer o morir la llevaba en el alma, pero además era acucioso y dedicado en el estudio del marxismo leninismo, así como de los documentos políticos e ideológicos de la organización. Cuando no estaba organizando a la población estaba estudiando en el campamento.

Sonreía a menudo, pero muchas veces también vi su rostro serio e incluso molesto o preocupado. 

En Petén compartimos poco. Pero en el sur tuvimos la oportunidad de estar más tiempo juntos.  Aunque relativamente… porque su costumbre de “andasolo” no la perdía, o mejor dicho, no la dejaba, era su razón de ser.


Sus actividades como explorador y organizador seguían siendo claves; había llegado al Frente Sur con esa misión, aunque tenía capacidad militar y participaba en enfrentamientos con el enemigo, cuando era necesario. Además debía estar preparado para cualquier posible contacto con soldados o incluso con grupos delincuenciales, durante sus recorridos por las cercanías de los pueblos.

En aquellos tiempos, luego de la caída del comandante Martín y la deserción del Teniente Egidio, el frente sur necesitaba a toda costa fortalecerse; la llegada del capitán Leandro fue recibida con mucho entusiasmo y la moral de combatientes y oficiales se elevó.

Recuerdo uno de esos días que llegó el compa Adán procedente de las zonas altas del departamento, donde era conocido que vivían decenas de familias revolucionarias, que habían sido beneficiadas con tierras durante los años de revolución de octubre,  durante la gestión de Juan José Arévalo.

Adán le llevó a Leandro un regalo especial. Un frasco con una especie de harina de víbora de cascabel. Los habitantes de esa zona creían en las propiedades curativas y hasta afrodisíacas de este polvo de cascabel. Mataban a las serpientes, que por esos lugares proliferaban, las secaban al sol con sal; posteriormente las doraban en comal y finalmente las molían.  Esa especie de harina la tomaban en cápsulas, de forma medicinal, a ciertas horas del día, o como la consumimos con Leandro, esparcida en rodajas de tamal, o espolvoreada en un poco de frijoles, como si fuera queso seco.

Creo que fue la última vez que lo vi, antes que fuera entregado por un traidor. Pero todavía nos daría una lección de integridad revolucionaria.

Adán debía salir a Chqimulilla y una de las posibles rutas era por la finca La Guardianía. El ex compañero que lo entregó sabía que en algún momento alguien pasaría por el lugar, por lo que constantemente mantenían un puesto de vigilancia, con soldados colocados estratégicamente para no ser detectados.

El compañero Adán habría podido pasar inadvertido. Iba vestido de civil, con sombrero y machete, como cualquier campesino del lugar, pero el traidor lo conocía perfectamente y lo delató. Los soldados lo trataron con respeto e igual sucedió en la zona militar, donde además le ofrecieron atención médica. Luego fue enviado al cuerpo de la policía nacional, en Cuilapa, donde fue consignado.

El ejército buscaba dar al movimiento revolucionario un golpe moral  y mostrar ante la comunidad pública, nacional e internacional, que la guerrilla estaba desbaratada y desmoralizada, en la etapa final de la negociación.

Sin embargo se habían topado con un hueso duro de roer.  Enviaron comandos especiales de inteligencia militar al lugar donde se encontraba detenido y le ofrecieron muchos beneficios si se amnistiaba. Nunca aceptó. —No importa lo que me pase, o el tiempo que deba pasar en cárcel; no voy a traicionar mis convicciones ni a mis compañeros. —decía.

Su captura e impacto mediático que generó, muy pronto fue negativo para el ejército. Los medios de comunicación se acercaron al compañero Adán y lo entrevistaron sobre las razones que lo llevaron a incorporarse a las FAR, la forma de operar de la guerrilla, sus actividades y su pensamiento revolucionario. Le preguntaron también si era cierto que sus hijas eran “las comandantes Gladys y Esmeralda”, y lo aceptó con mucho orgullo.

Con la firma del Acuerdo de Paz “Firme y Duradera”, el 29 de diciembre de 1996, también llegó la libertad para Adán, quien guardaba prisión en el Preventivo de la zona 18.  El día de su liberación lo fue a recoger Mike y varias decenas de universitarios encapuchados, en cuatro buses del transporte urbano. Salió feliz, con esa integridad de hierro y una gran victoria personal.

Mike lo llevó al Campus de la Universidad de San Carlos, donde lo esperaban.  En ese momento el Comandante Ruiz se encontraba en el uso de la palabra. Habían declarado la plaza aledaña a la antigua Facultad de Medicina como “Néstor Ortiz”,. Aquel heroico combatiente que había caído en el ataque al destacamento de Pasaco.


Adán fue recibido como un héroe, y lo era, y lo seguirá siendo hasta el final de sus días, porque un verdadero revolucionario es para siempre.

jueves, 30 de enero de 2014

Los héroes y mártires no pueden ser opacados

“Cuando el río suena es porque piedras lleva” (refrán popular)


En aparente sinsentido, dieciocho años después de la firma de la paz, voces recalcitrantes se levantan y con lenguas bífidas intentan destruir la imagen de hombres y mujeres, líderes y lideresas, destacados en sus campos, en sus espacios; los vivos se defienden solos, pero los caídos no pueden levantarse de sus tumbas.
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Rafael era un joven oficial del EGP; de pocas palabras y mucha acción; había sufrido algún tipo de parálisis facial y su sonrisa sólo se dejaba ver en una parte de su rostro. Él y Carlitos habían llegado al frente sur “Santos Salazar” para reforzar las operaciones en aquella zona estratégica.

En los primeros días se mantenían silenciosos en los puestos que se les asignaron.  Hablaban muy poco. Sus semblantes eran de tranquilidad; estaban convencidos de las tareas que les correspondían y sabían que debían cumplirlas a cabalidad.

Poco a poco nos tomaron confianza. Nos narraban sus historias. Contaban como “los ejércitos” (soldados) llegaban a las comunidades indígenas y masacraban con saña a hombres y mujeres; sin importar edades; violaban a niñas y mujeres y mataban salvajemente a los bebés.

Rafael se llenaba de emoción al recordar cada detalle de sus relatos; el tiempo que le había llevado prepararse militarmente, sus primeras acciones y su participación en emboscadas exitosas; pero sus ojos adquirían un brillo especial cuando se refería al Comandante “Peter”; aquel oficial de baja estatura que encabezó decenas de combates y los llevaba más allá de sus límites físicos.

El “hombre nuevo” no había que buscarlo. Estaba ahí, pero había que formarlo y demostrarle que su fuerza y su alcance eran superiores a lo que creía. Era la forma de pensar del Comandante “Peter” y así se los transmitía a los combatientes.

Muchas veces temerario, “Peter” combatía de píe, en primera línea, mientras las balas silbaban a su alrededor. Como guerrero embravecido saltaba como fiera sobre el enemigo, a la voz de ¡al asalto!, que él mismo daba.

Durante su estancia, tanto Rafael como Carlitos mostraron la madera con la que estaban formados y contribuyeron al éxito de distintos combates en el frente sur; emularon así a su líder.

Con la firma de la paz el Comandante “Peter” se desmovilizó y se quedó en la tierra de donde era originario, en Chimaltenango.  No buscó acomodarse. Continuó la lucha desde los espacios que ahora le permitía la vida legal, en época de aparente paz y fue objeto de atentados contra él y su familia.

Trabajó en estos casi dieciocho años de posguerra con las comunidades, en distinto tipo de reivindicaciones de los pueblos indígenas, con la misma mística que lo hizo con el fusil; con la misma convicción y temeridad, se movilizaba muchas veces solo; la noche del 15 de enero fue encontrado muerto, como resultado aparente de un atropellamiento. Aunque la realidad puede ser otra: hay evidencias de asesinato que deben ser esclarecidas por las autoridades.


Ahora, las hienas salvajes tratan de destruirlo y apagar su luz; pero su incandescencia ya trascendió la vida.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El comandante en jefe

Comandante Pablo Monsanto


Era mediados de 1983. Monitoreaba en un Yaesu FT 77 emisoras guatemaltecas en onda corta; buscaba noticias sobre lo que acontecía. Radio Nahualá, Radio Chortí; surgían en el éter con relativa potencia, pero también se desvanecían, por la fuerza de otras emisoras o por la masiva acumulación de ruidos ininteligibles para el oído de un joven inexperto. La clave morse iba y venía; grupos de números dictados de cinco en cinco por computadoras.

En ocasiones escuchaba las conversaciones de los radioaficionadados; cualquier información era bien recibida.


Con una recepción dificultosa lograba captar “Chapinlandia, melodía y paisaje de nuestra más pura nacionalidad...”. Entonces me parecía ver a mi viejo, parado frente a su mesa, martillando sus cortes delicadamente, o sentado en su máquina. Aprendí con él a apreciar y sentir en lo más profundo de mí ser las delicadas notas de la marimba, pero entonces, en la lejanía de la Patria, era la música más bella del planeta. 

Mi mente se trasladaba a las calles de aquella Guatemala violenta; de represión y de muerte. Mi corazón se llenaba de emoción, pero también de miedo y se enaltecían las figuras de aquellos guerreros, en la ciudad y en el campo, que luchaban con todas sus fuerzas, en las condiciones más adversas, por construir un mejor país.

El aire acondicionado refrescaba esa oficina de Managua; afuera el calor casi llegaba a los 40 grados.


De repente entró la jefa y tras de ella aquel hombre fuerte, sonriente, con barba de candado y una elegante camisa Guayabera. Quedé petrificado en un instante. Sólo lo había visto en aquella foto ampliada; de perfil y con boina, en la selva petenera. Mi actitud pasiva no era el resultado de una muestra de irrespeto; al contrario, era emoción; una parálisis momentánea frente a uno de los principales líderes del movimiento revolucionario; además, desconocía si debía saludarlo de alguna forma en especial. 


Fue hasta que escuché: ¡Luis parate, es el Comandante Pablo Monsanto!, que me puse de pié, le di la mano y contesté, con nervios, sus preguntas sobre lo que hacía en aquel momento.


En él nació la idea del aporte que yo podía dar en aquel tipo de rastreos.


Mañana es su cumpleaños; mi saludo solidario y respetuoso, como entonces.

lunes, 15 de julio de 2013

La posta

La seguridad de un campamento guerrillero estaba garantizada por los métodos de vigilancia, los cuales variaban de acuerdo a la cantidad de combatientes, la zona en que se encontraba y la información que se tuviera del enemigo.

De cualquier forma la seguridad nunca podía relajarse.  Era la vida. Durante el día se colocaba posta y avanzadilla; generalmente se asignaba a combatientes con experiencia.  Además salían exploraciones. De noche participábamos casi todos, a excepción de algunos jefes, o compañeros que estuvieran en actividades estratégicas.

La posta nocturna empezaba a las 6 de la tarde. Entre las 6 y las 10 de la noche eran las mejores horas; de las 11 de la noche a la 1 de la madrugada era cansado y desesperante, pero a partir de las 2 de la mañana, hasta el amanecer, era lo peor.

La posta se colocaba en los lugares que representaban más riesgo; los más “pateados” o “trillados”, en campamentos grandes o donde pudiera tener más facilidad al enemigo para entrar.  

Cada posta era de una hora.  Una eterna y larga hora.

Pero la posta era algo más que la garantía de la seguridad y la vida de la guerrilla. Era formativa. El combatiente aprendía a que en aquel lapso de tiempo era el protector y vigilante de la vida de los demás, de quienes descansaban en sus puestos al resguardo de un sistema de protección colectiva, que debía funcionar.

Recuerdo mis primeras postas en Petén.  Me llevaron al lugar y me dijeron: —Chejo, por acá enfrente pueden entrarte “los cuques”; debes estar atento a cualquier ruido extraño y si oís pasos gritás: ¡seña!.  Te deben contestar correctamente, de lo contrario “volás verga”.

El reloj que se utilizaba en la posta era el que usaba el oficial encargado de la seguridad. No podía ser otro.

Pero como decía, la posta era formativa.  Las primeras horas no eran problema, pero después de media noche costaba mucho más despertar al siguiente turno. El compañero que entregaba debía esperar que quien recibía estuviera vestido, de pié, además de darle en la mano el reloj y la lista de turnos.  Eso era suficiente para agarrar camino hacia el puesto y descansar.

Pero no siempre se cumplía con este procedimiento.

Eran 60 minutos de desgaste y desesperación que ponían a prueba la calidad humana, la disciplina y entrega revolucionaria.

El que recibía tomaba camino al área de posta. Los ruidos comunes de la selva copaban el ambiente.  Lo primero que hacía era ver el reloj.  En ocasiones, luego de escuchar y sentir la inmensidad de la selva, de comprobar la profundidad de sus tinieblas, volvía a ver el reloj. La aguja minutera parecía no haber avanzado nada.

Era necesario ponerse a pensar, primero en qué hacer si el ejército entraba por ese punto. ¡Dos, tres tiros y salir corriendo!.  Los combatientes en sus puestos saltarían de inmediato y harían su trabajo. Pero también se pensaba en la lucha, en las tareas y sacrificios que debíamos afrontar para alcanzar nuestro objetivo. Lo mucho que nos faltaba estudiar para ser tomados en cuenta en un futuro gobierno revolucionario.  Pensábamos también en los amores. En lo difícil que era consolidar una pareja. Parte del corazón del guerrillero se volvía frío y existencialista. Aprendíamos a vivir el momento. Sabíamos que lo que hoy era, mañana ya no.

Volvíamos a ver el reloj y apenas habían avanzado 20 minutos.

Algunos compañeros eran vencidos por el cansancio o el sueño. Sucedía en ocasiones que el que entregaba la posta solo esperaba que quien recibía diera muestras de estar despierto y sin esperar que se levantara metía bajo su pabellón el reloj y la lista.  Este era un error de quien entregaba; una irresponsable actitud en la premura de tenderse en la hamaca.  También pasaba que en la posta algunos compañeros adelantaran el reloj, diez, veinte minutos, para dormir un poco más; pero siempre se averiguaba quien había sido el culpable y debía ser sancionado.

Se aplicaban correctivos, como no entregar la posta en el puesto de quien recibía, sino esperar que se levantara y llevarlo directamente al punto de vigilancia.  Se cambiaron los relojes de agujas por los digitales y en condiciones de mayor riesgo un oficial se levantaba a distintas horas de la noche para garantizar que la posta estuviera alerta.



Nunca olvido al Teniente “Manuelito” cuando, con aquel andar sigiloso, apareció a mis espaldas. —¿todo tranquilo, Chejo?.   — Si Teniente, todo sin novedad.
Teniente "Manuelito"

miércoles, 15 de mayo de 2013

Martín Carmona, el sargento “Malela”


Un pequeño tributo a un compañero que fue consecuente con su forma de pensar y de ser, en las buenas, en las malas y en las muy malas… hasta el final de sus días.

Martín Carmona era su nombre legal, pero en los tiempos de la lucha revolucionaria lo conocimos como “Malela”.

Luego de ser combatiente pasó a formar parte del aparato de Logística; era uno de aquellos héroes anónimos que sorteaba la vida a diario por las carreteras guatemaltecas y zonas fronterizas, cercanas a los frentes guerrilleros, para llevar distinto tipo de vituallas militares, armamento y municiones.

Siempre con una amplia sonrisa y sus ojos achinados; mostraba optimismo ante la vida.

Su carácter y fortaleza fueron puestos a prueba en innumerables momentos y situaciones peligrosas, pero la más difícil fue aquella cuando un comando del ejército mexicano les hizo el alto. Tres hombres y una mujer jóvenes, en un pequeño camión, podrían ser sospechosos, pero todo estaba en regla, los explosivos y armamento debidamente escondidos.

A pesar de ello hubo una pequeña falla. Uno de los compañeros llevaba en un ataché documentos de la organización; algún croquis y planificación militar. A los soldados les pareció extraño que siendo camioneros llevaran portafolio y procedieron a registrarlo. Eso fue todo.  Ninguna “pantalla” aguantaba con aquel error.

Todos fueron bajados del vehículo e interrogados.  Hasta ese momento no habían encontrado nada. Un oficial de alto rango mandó a que se descubriera, como fuera, si el camión tenía doble fondo.  David gritaba asustado que no golpearan el vehículo y uno de los militares le pegó una cachetada, molesto por su insistencia; aclaró que si lo hacían volarían en pedazos.

Entonces David se acercó y abrió el buzón.  El oficial sudó nervioso, de lo que pudo haber pasado.

Fueron trasladados a una cárcel mexicana, donde estuvieron detenidos cinco años y nueve meses.

Ahí también forjaron carácter y se ganaron el respeto de los reclusos, a quienes ayudaban a leer y escribir, además de poner orden en las rutinas diarias y crear un sistema de organización.

Con la firma de la paz fueron liberados por el gobierno mexicano y retornados a Guatemala, donde se reincorporaron a la vida social, aportando al bien común desde la finca de desmovilizados, en el sur del país.

Malela seguía sonriente, con algunas canas, pero con mucho ánimo todavía por aprender cosas nuevas que redundaran en el bienestar colectivo.

Una enfermedad aceleró su partida.