viernes, 17 de junio de 2016

La deuda impagable parte dos

Por Marco Tulio Soto

"Lo que más nos sorprendió fue ver en aquellos lugares cocineros vestidos de blanco y con el característico gorro alto y lleno de pliegues en la parte de arriba.  No entendíamos qué hacía en medio de aquella selva ese lunar de civilización extravagante".



A los tres días de trabajo ya estaba la canoa con su par de canaletas. Así fuimos pasando de cuatro en cuatro, mientras dos compañeros canaleteaban. En cada viaje, la corriente arrastraba la pequeña canoa como unos 200 metros por lo que había que avanzar río arriba por toda la orilla hasta llegar frente al punto de partida, atravesando de regreso y repetir la operación por esa banda del río. Por eso, nos llevó un día entero pasar ese río. 

Proseguimos nuestro rumbo a 300 grados. Comenzamos a escuchar ruidos de maquinaria y a encontrar brechas abiertas recientemente. Se decidió enviar exploraciones en dirección al ruido de los motores.

Los ruidos eran como de tractores que se movían de un lado a otro pero se escuchaba uno que se mantenía estático y hacía ahí nos dirigimos con una exploración; avanzamos de noche pero no logramos llegar por falta de pilas para las linternas.  Otro día temprano, seguimos avanzando entre partes pantanosas, lo que nos había provocado peladuras en los pies, pues el lodo contenía una arena muy fina que parecía lija.

Continuamos nuestro avance y nos sorprendió salir a un enorme claro que habían abierto recientemente en la selva. Se trataba de una gran pista de aterrizaje que estaban construyendo.  Caminamos por la orilla protegiéndonos con la vegetación de la selva y calculamos que medía 1,230 metros de largo por 100 de ancho. Continuamos en dirección al ruido del motor estático y mientras avanzamos por la selva íbamos encontrando más y más evidencias de presencia de personas, pues en los caminitos se veían muchas huellas de zapatos y de botas de hule.

Nosotros seguimos a rumbo a través de la selva y al subir a una pequeña elevación, nuestra sorpresa fue enorme al ver casas de tipo chalet en medio de aquella vegetación selvática, nos agazapamos tras unos árboles de ujúshte y ahí estuvimos observando varias horas.

Evidentemente se trataba de alguna compañía que estaba en exploraciones, pero no sabíamos de qué, pues lo único que habíamos oído era la existencia de una compañía azufrera -eso le decían a los campesinos-. Se miraban trabajadores con cascos plásticos que entraban y salían de una enorme casa de madera con techo de guano; había dos casas tipo chalet con tela metálica en las ventanas, la madera pintada de blanco y verde claro y el techo era de asbesto.

Lo que más nos sorprendió fue ver en aquellos lugares cocineros vestidos de blanco y con el característico gorro alto y lleno de pliegues en la parte de arriba.  No entendíamos qué hacía en medio de aquella selva ese lunar de civilización extravagante.

Decidimos regresar a informar de la situación y de lo que habíamos observado llevamos un pequeño croquis del lugar. Cuando llegamos a donde estaba el resto de compañeros ya éstos se disponían a marchar, sólo esperaban por nosotros. Habían interceptado a un grupo de trabajadores que andaban haciendo brechas y éstos les habían proporcionado la información necesaria.

Por la situación en que nos encontrábamos, o sea, sin abastecimiento y sobre todo con muchos enfermos de paludismo, así como de mosca chilera (leshmaniasis), se había decidido tomar las instalaciones del que en realidad era el campamento petrolero “Las Tortugas”, que se encontraba a pocos kilómetros en las márgenes del río Salinas. Los trabajadores nos servirían de guías y nos llevarían por los caminos que ellos usaban.

Como los compañeros ya habían hecho su propio croquis con la información de los trabajadores, nos explicaron rápidamente el plan para tomar el campamento petrolero, y en qué consistiría nuestra tarea. Así se formaron los grupos y marchamos hacia el campamento.

Llegamos al campamento en donde se sorprendieron mucho, sobre todo los técnicos gringos que ahí se encontraban. Reunimos a todo el personal y le explicamos el motivo de nuestra presencia; después hicimos un recorrido por todas las instalaciones.

Los chalet era donde dormían los técnicos gringos y el jefe del campamento un cobanero con apellido alemán, que nos regaló muestras del petróleo del que habían encontrado; nos explicó que estaban determinando si existía en cantidades comerciales, para hacer las instalaciones para su extracción. También nos informó que todo lo que ahí había lo habían llevado por medio de los ríos Pasión y Salinas, con un barquito que tenían y sobre todo aprovechando los meses de invierno en que subía el nivel de las aguas en los ríos.

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Nos abastecimos de medicina y alimentos, comimos en mesas y sentados en sillas como de comedor chino, sobre la mesa había un mantelito, un frasco con sala de tomate, otro con mostaza, otro de salsa de chile y una botella de miel. Nos tomamos muchos jugos enlatados y comimos muchas galletas.  Nuestro plan era retirarnos de madrugada y lo hicimos utilizando algunas lanchas de motor que ahí había. Para ajustar el número de lanchas que necesitábamos le compramos un motor marino a un muchacho que trabajaba ahí.  Después supimos lo asesinó el ejército.  Acarreamos el abastecimiento para la orilla del río; consistía principalmente en arroz y harina de maíz, un poco de azúcar, sal, aceite y algunas latas. En cuanto a la medicina afortunadamente tenían aralén y reprodal para el paludismo y la leshmaniasis.

Para poder transportarnos todos, se acuacharon varias lanchas amarrándolas con lazos y unos troncos que las sujetaban entre sí.

Antes del amanecer emprendimos la retirada dirigiéndonos río arriba, buscando el río negro o Chixoy.

Al aclarar y comenzar a alumbrar el sol comenzaron a volar los aviones sobre el río.  Del campamento petrolero habían dado parte por radio.  Nosotros habíamos orillado las lanchas y estábamos esperando el atardecer para continuar nuestro viaje río arriba. 

Por la tarde continuando viaje hasta que a eso de las 8 de la noche encontramos un enorme raudal que provocaba un gran remolino donde los motores no fueron capaces de subir las lanchas. Nos bajamos todos y sólo subieron las lanchas con los motoristas improvisados y el abastecimiento. Ellos nos esperarían en el primer arroyo que cayera al río y que permitiera esconder las lanchas con los motores.

Navegar por el río Salinas y Chixoy había constituido un gran avance no sólo en tiempo sino en espacio, con ese trayecto realizado ahorramos muchos días de caminata, además habíamos resuelto el problema de la medicina e incluso de algunos pares de botas que nos hacían falta.

Los arroyos estaban crecidos, eso nos permitió subir las lanchas un buen trecho, hasta dejarlas en lugar seguro.  Reorganizamos la marcha y continuamos a rumbo de 225 grados buscando las primeras poblaciones de Quiché. Caminamos muchos días, se nos terminó el abastecimiento y comenzamos a comer el cogollo de una palma que le llaman “ternera”, este cogollo aunque pica quita un poco el hambre.  Comenzamos a comer cualquier semilla o fruta silvestre que encontrábamos, pero se prohibió porque ya había experiencias de envenenamiento por hacer eso.  Así pues, lo único que nos iba quedando era tomar suficiente agua para apaciguar el hambre.

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Un día que íbamos caminando, hicimos señas desde la vanguardia; la columna se paró y todos aguzamos los oídos pues se escuchaba a lo lejos que estaban trabajando con hacha, poco a poco nos fuimos acercando. Al rato escuchamos a lo lejos el clásico quiquiriquí, de gallos que inmediatamente asociamos con la existencia de una vivienda aunque todavía no habíamos encontrado ni un solo caminito ni señas de huella de personas.

Se envió una exploración y regresó con la novedad que había una pequeña aldea a juzgar por unas cuantas casas que habían visto. Nos acercamos en silencio y estuvimos observando un rato. No se notaba nada extraordinario, por lo que se dio la orden de avanzar, tomar la aldea y poner contenciones en los caminos de acceso al lugar.

Reunimos a la poca gente que había y les explicamos el motivo de nuestra presencia.  La verdad, creo nos entendieron un 1 por ciento de lo que les dijimos. Sólo había un señor que hablaba un poco el castellano, porque había trabajado como albañil en la capital hacia algunos años. En su mayoría eran mujeres en ese momento, pues los hombres andaban en una aldea vecina por ser día de mercado.

Al rato de estar ahí, la tensión de la gente bajó y se relajaron un poco. Nuestro “brujo” que era un enfermero que se refería a los médicos del Hospital General como “colegas” comenzó a ver a algunos enfermos, sobre todo a una señora recién parida. A esta señora le agarró una mano para tomarle el pulso y mirándose el reloj con gesto muy profesional le dijo: dolor… fiebre… náuseas… hasta que alguien le dijo: no sea bruto Cipriano, no ve que sólo hablan qeqchi’.  Este nuestro “brujo” era muy famoso en la guerrilla por sus milk-sheik, pues la penicilina no la diluía con agua destilada, sino con vitamina B-12, lo que le daba a la inyección un aspecto de milk-sheik de fresa.

El caserío en que nos encontrábamos resultó llamarse Santa María Tzejá, un caserío muy pequeño. La gente, como ya se dijo, no hablaba castellano y nosotros sólo cargábamos a un compañero que hablaba qeqchi’. Es necesario hacer notar que del lado norte de la Sierra del Chamá, donde nos encontrábamos, a pesar de estar en el departamento de Quiché, lo que se hablaba era qeqchi’. Era un poblado extremadamente pobre, como todas las de esa región, no tenían abastecimiento para vendernos y nosotros, que andábamos con un hambre atrasada de muchos días no sabíamos como resolver el problema.

Por fin les compramos un marrano grande que tenían, nos lo vendieron en 10 quetzales, en ese precio se lo vendían al comerciante que les llevaba fósforos, jabón, sal, sólo que el comerciante llegaba cada dos o tres meses; le pagaban con los animales pero no se los llevaba sino que los dejaba hasta el otro viaje, para que se  los siguieran engordando.

Mientras mataban al animal y hacían los chicharrones, nos mandaron a un grupo a emboscarnos en el camino principal de acceso a la aldea.

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Pasamos ahí varias horas, esperando al posible enemigo, o nuestro relevo de la emboscada para satisfacer nuestra atroz hambre.

De repente llegaron a decirnos al lugar de la emboscada que un hombre que se había dado cuenta de nuestra presencia se había ido por el camino principal a dar parte a las autoridades del municipio más cercano.

Lo anterior haría más difícil buscar el contacto con los compañeros que supuestamente habían penetrado por el norte y que nos habían puesto como punto de referencia la Laguna Lachuá. Nos ordenaron seguir por el camino y tratar de darle alcance. Con una escuadra de compañeros seguimos rápidamente el camino y sólo se notaba la huella de los pies descalzos de un hombre.

Después de un tiempo de seguir la huella ésta se perdió pues se salió del camino, nosotros seguimos pues pensamos se iría por la orilla para despistarnos. Sin darnos cuenta habíamos llegado a la aldea San Antonio el Baldío, prácticamente ya estábamos a media aldea pues habían casas muy dispersas.  Buscamos con quien hablar pues tampoco hablaban castellano, salvo el alcalde que lo entendía un poco.

Como ya era tarde nos metimos en una casa abandonada con la intención de pasar ahí la noche; fuimos a explorar para ver dónde haríamos la vigilancia nocturna, cuando se presentó otra patrulla nuestra que nos dio alcance. Eran dos compañeros, a quienes vimos como nuestros salvadores pues traían comida, pero se dio un problema que es el que inspiró el título de este relato.

jueves, 16 de junio de 2016

La deuda impagable primera parte

Por Marco Tulio Soto

Este relato está dedicado a todos los compañeros que organizaron e hicieron posible las guerrillas del Petén; se desprende de momentos históricos del Movimiento Revolucionario guatemalteco de los años 1969 – 1970.

En aquellos años se estaba dando un reflujo revolucionario, debido entre otras cosas a los niveles que estaba tomando la represión, a las masacres que se habían dado en el oriente del país y a la desarticulación del movimiento revolucionario guatemalteco.

Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) trataba de concentrar en el norte del país lo que había quedado de las guerrillas de la Sierra de las Minas y de algunos compañeros de la capital.

Eran los años del gobierno del General Carlos Arana Osorio, más conocido como “El Chacal de Zacapa”, debido a que antes de ser presidente había sido jefe de dicha base militar de Zacapa y se caracterizó por su actitud sanguinaria y criminal.

El plan contrainsurgente concebido por los gringos, el ejército y el gobierno de Julio César Méndez Montenegro estaba dando sus frutos. Por primera vez en Guatemala se había organizado mediante el terror a la población, para combatir a la guerrilla.  Se montaron operaciones militares conjuntas con ejércitos de las hermanas repúblicas centroamericanas; llegaron asesores gringos, se hicieron bombardeos indiscriminados, aumentó el número de cadáveres tirados en los caminos, lagos, ríos y hasta en los cráteres de los volcanes. Se desarrolló al máximo la tortura y los crímenes más horrendos contra el pueblo guatemalteco.

Todo esto, junto a otros elementos, había provocado la desarticulación del movimiento guerrillero.

Cientos de compañeros y compañeras habían muerto, muchos de ellos habían sido capturados en sus aldeas, en sus viviendas, en sus casas. Una gran parte de aldeas de la Sierra de las Minas habían sido arrasadas. En todas partes del país, en la costa sur, en el sur, en el sur occidente, en la capital, en Baja Verapaz, se cometían crímenes diariamente. Todos los capturados eran ejecutados y tirados sus cuerpos en cualquier parte.  Desapareció en Guatemala el status de preso político.
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Se había logrado reunir a un grupo de compañeros armados con carabinas M-1.  Nos encontrábamos en el sur de El Petén y pretendíamos desplazarnos hacia Quiché y Alta Verapaz.

Por esos días, como producto de la desarticulación del movimiento, había proliferado las “concepciones” políticas, ideológicas y organizativas que según decían, sacarían al movimiento revolucionario de su reflujo y lo ayudarían a dar un salto de calidad.

Nosotros, todos muy jóvenes, con un gran corazón y con todos los deseos de llevar adelante al movimiento, nos debatíamos entre una y otra concepción.  Un poco de eso nos llevó a decidirnos a marchar hacia Quiché, con la idea peregrina que al nomás llegar, la población indígena correría tras de nosotros brindándonos todo su apoyo e incorporándose masivamente a nuestras unidades.

No entendíamos muy bien los fenómenos sociales, como la depauperación, el aislamiento y la variedad de idiomas. Pensábamos que por vivir en tanta pobreza estaban conscientes que había que lucha y contra quién luchar, pero la cosa no era exactamente así.

Entre las concepciones que existían, había una que pretendía realizar una concentración de todos los compañeros posibles en lo que se llamaba la Zona Reina.  Para eso, se había hablado con muchos compañeros incluyendo al comandante Yon Sosa, jefe del “Movimiento 13 de Noviembre”.

Eran muchos los criterios que se argumentaban para haber elegido esa zona, pero principalmente predominaban los elementos de carácter geográfico y mucho romanticismo sobre el tipo de población.

Por otro lado, según se decía, había algunos compañeros que estaban haciendo trabajo político en algunas comunidades de Quiché y venían penetrando hacia el norte, creando base y preparando condiciones para la llegada de la guerrilla.  Además se decía que había compañeros de la capital que se incorporarían y entraría a la montaña por ese lado.

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Nosotros como dijimos antes, habíamos logrado concentrar un grupo de compañeros. Habíamos entrado a Petén, la mayoría por vía aérea, a través de la línea nacional Aviateca, más conocida como “Aviachueca”, por los desperfectos que presentaban sus aviones.

Por avión se metió el equipo, incluyendo las carabinas.  En ese tiempo cobraban cuatro centavos de quetzal por libra adicional de equipaje y el pasaje de la capital a Petén costaba 12 quetzales.

Los aviones de Aviateca eran de los viejos C-47 de la segunda guerra mundial y volaban tan rasantes, que uno podía ver a los micos en las puntas de los árboles.
Salían sobre el hipódromo del norte, en la capital, se venían por encaños, salvando cerros, hasta llegar al río La Pasión.

Seguían su curso hasta llegar a Sayaxché y después volaban sobre toda la carretera, hasta llegar a Santa Elena, Petén.

En el aeropuerto era frecuente ver cómo “ordeñaban” la aeronave, le sacaban combustible y como a los carros, cuando se les hace conexión directa, los mecánicos se ponían a conectar alambritos y arrancaban los motores a cada rato, para ver cómo habían quedado.

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En la guerrilla no usábamos mochilas sino “costalillas”, que son costales o sacos de yute con hombreras de pita, eso usaban también los chicleros.  Los mosquiteros y las hamacas no era cosa extraña en esta zona.  Tampoco usábamos uniformes verde olivo, sino un pantalón de lona azul, camisa verde y botas de hule.

Comenzábamos a concentrarnos al sur de Sayaxché y enviamos exploraciones buscando los límites de Alta Verapaz.  En una ocasión en que se fue a recoger abastecimiento al río La Pasión, una de nuestras unidades fue descubierta por un mulero que acarreaba abasto a los chicleros.  Nuestros compañeros quisieron hablar con él, pero se había asustado tanto al ver hombres armados, barbudos, sucios, con la ropa rota, que cuentan que agarró carreta desde allí hasta el pueblo de Sayaxché, que distaba dos horas y media, y fue a avisarle a su patrón y éste fue a dar parte al destacamento militar.

Hasta ese momento no se conocía de la existencia de la guerrilla en Petén; nosotros mismos no pensábamos que fuera una zona de combate, sino  más bien una zona de retaguardia guerrillera.  Así pues, ya descubierta nuestra presencia nos vimos forzados a acelerar nuestra ida hacia Quiché, aún sin haber terminado los preparativos y confiando en los compañeros que nos esperaban cerca de la laguna Lachuá y con abastecimiento, cosa que resultó falsa.

Días después que nos descubrieron estuvimos acampados en un campamento que le llamábamos “la Comandancia”, en una zona con selva clara y manacal o corozal, varios arroyos y muchos árboles de zapote, lo que nos sirvió de abasto durante algún tiempo.

Por las noches era frecuente escuchar las carreras de los compañeros a recoger los zapotes que caían de los árboles. Cada quién tenía su reserva zapotera en el lugar donde dormía.  Este campamento quedaba más o menos, en lo que ahora es la aldea Santa Rosa, al sur de Sayaxché. En ese tiempo no existían la Franja Transversal del Norte, ni la carretera que la une con Sayaxché.

Lo único que existía era una brecha mulera conocida como la brecha de Chinajá que comunicaba con otras brechas y que junto al río la Pasión constituían las vías de comunicación entre Petén y Alta Verapaz.
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Para llegar a Quiché debíamos caminar a rumbo de 340 grados, buscando el río San Román. Caminamos rompiendo selva como siempre, bajo un invierno muy lluvioso, habían muchas inundaciones y caminábamos muchas veces con el agua a la cintura. Por fin llegamos al río San Román, estaba crecido hasta los toles, el agua salía de su cauce por muchos metros, al grado que no logramos ver la corriente central.

Para atravesarlo se unieron los lazos de todas las hamacas y un compa casi se ahoga por llevar la punta del lazo hasta la otra orilla.  Poco a poco y uno a uno, nos fuimos agarrando del lazo hasta ir pasando al otro lado.

Para variar, todas las cosas se nos mojaron y hubo que descansar al día siguiente, para asolear el equipo y la ropa de dormir, pues mojada aumentaba considerablemente su peso. Ahí estuvimos comiendo sólo corozo y palmito de esa misma planta, lo que a la  postre nos aflojó el estómago a todos y era un concierto de instrumentos de viento…

Proseguimos a rumbo de 210 grados, hasta que le caímos al río Limón; éste no estaba tan crecido y nos permitió pasar sobre un árbol que previamente derribamos con hachas. Aquí comimos algunos pescados así como semillas de lancetillo o chapayo que a pesar de lo duras que son les hicimos entrada.  Ahí también hicimos un descanso, mientras se enviaron algunas exploraciones a los alrededores.


Continuamos a rumbo de 255 grados hasta llegar a las márgenes del Río Ixcolay.  Su caudal era tan grande que hasta se escuchaba un rugido producido por la corriente, como 100 metros de ancho.  Con sólo echarle un vistazo era suficiente para darse cuenta que era imposible pasarlo a nado con el equipo y la costalilla. Se enviaron exploraciones buscando un posible paso, pero fue imposible, en todos lados estaba igual e incluso peor. Así pues, se decidió hacer una canoa pues considerábamos que una balsa la arrastraría la corriente y nos provocaría un accidente.

sábado, 28 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte cuatro y final

Marco Tulio Soto


Por fin llegamos al campamento; nos formamos en el orden en que íbamos y el capitán dio las voces de mando.

¡Atención!:

– Vamos a descansar un rato y almorzar.  A las 14.00 horas nos reuniremos para hacer el balance de la actividad.

–     ¡Atención!: ¡para terminar la marcha de hoy...!

¡A Vencer o Morir por Guatemala la Revolución y El Socialismo! ¡ Rompan… filas!.

¡Venceremos!.

A las 14.00 comenzamos la reunión de balance.  La primera observación crítica fue para Chiricuto por su falta de “tacto político” al decirle a don Baldomero, que se había perdido por estar haciendo el “secreto del mapache”. Y a mi me metieron en la colada dizque por imprudente al estar preguntando cuál era el “secreto del Mapache”.

La reunión se tornó agitada, pues Chiricuto no aceptaba su error y argumentaba que lo había dicho como una broma y que había sido Rigo con su preguntadera quien había creado realmente el problema.

Sin darme cuenta vuelvo a preguntar ¿y cuál es el secreto del Mapache pues?

El capitán se rascó la cabeza y respondió –Mire Rigo, lo disculpo porque usted no es campesino; cualquier campesino sabe cuál es el secreto del Mapache.

Al final de la reunión Chiricuto quedó encargado de explicarme cuál era el secreto del Mapache.

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“Ya había escuchado algunas cosas del mapache; incluso un día cacé uno que estaba comiendo zunzas, los había visto lavarse las manos y lavar sus alimentos como si fueran personas. Los había escuchado gritar cuando los muerden los cangrejos que cazan a orillas de los arroyos, dicen que gritan porque meten la cola y cuando éstos les muerden la cola los sacan de un jalón aunque les duela.

También había escuchado decir que cuando van a comer maíz a la milpa, el mapache se toca los testículos, si los tiene fríos entonces entra con confianza, pues es señalo que no le han tendido una celada. Si los tienen calientes no entran.

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Chiricuto comenzó diciendo que el mapache es un animal muy perjudicial, que causa muchos destrozos a las milpas, ya que no se come ni un solo elote completo, sino que los arranca y mordisquea unos granos de cada uno. De esa manera corta muchos en una sola noche y arruina una gran parte de milpa.

Para evitar que el mapache entrara a las milpas existía un secreto que los campesinos hacían y consistía en lo siguiente:

Cuando se detectaba que había entrado y que había causado destrozos, entonces se daba por hecho que seguiría entrando, pero como es un animal muy arisco nunca se sabe si lo hará temprano de la noche o por la madrugada.  Casi siempre burla a los cazadores, pues si lo están esperando no llega y si lo van a buscar, al ver venir la luz de la linterna se escapa.

Una vez sabido que está llegando se reúne toda la familia por la mañana y juntan un buen fuego en medio de la milpa, se cortan todos los elotes que puedan comerse y todos comienzan a asar elotes, pero con todo y tusa de manera que se vayan cociendo con el vapor, ya que están cocidos y asados, se les pela sin arrancarles la hoja y poniendo el elote colgado hacia abajo se comienza a describir círculos con él diciendo – ¡Que se enrede el mapache! ¡Que se enrede el mapache!, y así cada miembro de la familia, conforme va comiendo sus elotes va repitiendo esas palabras y elote describiendo círculos grandes con el pelo hacia abajo y ¡que se enrede el mapache! Y así continúan asando elotes, pelando elotes, describiendo círculos con los elotes colgados por las hojas y diciendo ¡que se enrede el mapache!  Así, hasta que toda la familia queda completamente llena de comer elotes y se retiran ordenadamente para la casa.

Por la noche, vienen solos el señor y la señora hacia el centro de la milpa. Después se dirigen hacia una esquina de la siembra, la señora, que va sin calzón se agacha y se coloca con manos y pies al suelo y el vestido para arriba, repitiendo constantemente ¡que se enrede el mapache! ¡Que se enrede el mapache! El señor debe tener suficiente pulso para llegar e introducírselo al primer intento. Si lo logra se paran y se van para la otra esquina, repitiendo la misma operación y así hasta cubrir las cuatro esquinas. Después como se supone que el señor ya no aguanta, se dirigen nuevamente al centro de la milpa y tienen relaciones hasta quedar satisfechos. Si no quedan satisfechos, deberán otro día repetir la operación; sólo así dejará de llegar el mapache…

Me quedé pensando un poco y alcancé a decirle a Chiricuto:  – ¡ay Chiricuto hijue’ la gran puta…! ¡ mirá por tus bromas qué vergüenza voy a pasar cuando le vea las caras nuevamente a la familia de Baldomero…!


De todas maneras… ¡qué buena forma de joder al mapache!

jueves, 26 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte tres

Marco Tulio Soto


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Por todo el alboroto que se había formado en la aldea decidimos esperar un buen rato y no avanzar hasta que los perros se hubieran callado.

Al buen rato fuimos avanzando poco a poco, hasta llegar al patio de la casa del campesino. Allí le hicimos un sonido previamente establecido para cuando llegáramos, y uno de sus hijos salió a ver en seguida, alumbrando con una linterna hacia abajo; nosotros le hablamos: – buenas noches compa.  – Buenas noches compas.  – Está su papá. – Cómo no, ahí está; pasen adelante.  Entramos a la casa y comenzamos a saludar uno a uno a toda la familia a la luz de un candil.  Cómo está y una palmadita en el hombro.

Los hijos del campesino jalaron unos troncos y unos cajones para que nos sentáramos; pusimos las mochilas en el suelo y nos fuimos sentando. Inmediatamente nos sirvieron una taza de café y nos ofrecieron tortillas y frijoles que con gusto aceptamos echándole su respectivo chile y un poco de pepita de ayote molida que nos regalaron.

Así, comiendo fuimos platicando y les contamos que habíamos escuchado los gritos de una mujer y un hombre que andaban perdidos en la orilla de la selva.

El campesino, un señor como de 50 años, llamado Baldomero, solo agachó la cabeza y emitió un sonido jmmmmmmm. Quizás por eso le decían “camión viejo”.

Nosotros insistimos en el tema y preguntamos que quién sería o quiénes eran los que andaban perdidos; la señora nerviosamente se puso a soplar y avivar el fuego y el campesino volvió a emitir el sonido jmmmmm.

Nosotros les dijimos que habían pasado como a diez metros de nosotros, pero que no les habíamos querido hablar, porque no estábamos seguros quiénes eran. Hasta ese momento Don Baldomero reconoció que era él y su mujer quienes andaban perdidos. Al inquirir qué andaban haciendo sin luz y porqué se habían perdido; la señora saló al patio como a traer agua y don Baldomero nuevamente hizo jmmmm… jmmmmm.

El compañero Chiricuto soltó una carcajada y les dijo: ustedes andaban haciendo  “el secreto del Mapache”.

La señora que iba entrando con el agua en una tinaja, casi se cae. “Camión viejo” volvió a hacer jmmmmm.

Los hijos grandes, unos se salieron disimuladamente al patio y otros se pusieron a hacer como que hacían algo y el ambiente se tornó un poco incómodo.

Todo lo anterior me intrigó mucho y un poco por curiosidad, ignorancia y porque me gustaba la cacería, comencé a preguntar que cuál era “el secreto del Mapache”.  Cada vez que preguntaba se volvía a enturbiar el ambiente. Todos se ponían muy serios y trataban de disimular su actitud, eso iba despertando cada vez más mi curiosidad y estúpidamente seguía preguntando…

Cada vez que insistía, el campesino cambiaba el tema contestando con una pregunta ¿y cómo les ha ido?  El capitán o cualquiera de nosotros respondían.  Volvía a la carga ¿y no hay mucha plaga ahora en la montaña? Se le volvía a responder que la misma plaga había en toda el área. ¿y no se han enfermado mucho? Bueno lo del gasto, paludismo, gripes, catarros, dolores de cabeza, muelas etc ¿y qué tal de invierno?

Bueno, ha llovido bastante, los arroyos están crecidos, las aguadas están llenas, lo mismo que las lagunas ¿y el fulano que tal está? ¿y mengano porque no vino? ¿y qué tal de cacería?.  Aquí aproveché nuevamente a decirle que aunque fuera un secreto el del mapache tenía que decírmelo, para poder yo cazarlo con más facilidad, nuevamente jmmmm y a cambiar de tema.

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Al rato llegaron otros campesinos que se había mandado a llamar con uno de los hijos de don Baldomero. Así nos salimos de la casa y sentados bajo una enorme ceiba que había en el patio realizamos una reunión de educación política.

La reunión la terminamos como a las 01.00 horas entonces nos despedimos de los campesinos.  Nos quedaríamos a dormir por donde andaban perdidos don Baldomero y su mujer. Por la mañana, cualquiera de los hijos de “camión viejo” nos llevaría el desayuno y saldríamos rumbo a nuestro campamento a las 06.00 horas.

A las 05.00 llegaron un hijo y una hija de don Baldomero a dejarnos el desayuno que consistía en un rimero de tortillas bien calientitas y un poco de frijoles, así como dos botellas con café. Sólo llevaron el desayuno y se retiraron pues tenían que trabajar. Por nuestra parte, sólo comeríamos y nos retiraríamos rápidamente del lugar para no ser detectados por personas extrañas.

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Reemprendimos la marcha de regreso a nuestro campamento por la misma ruta.

Si caminábamos rápido llegaríamos a las 10.00 horas.

Y así, nuevamente por toda la brecha del Tigre, esta vez de día, caminando rápido con las piernas un dos, un dos, como tijeras; con las mochilas como flotando simulando globos de helio pegados a la espalda.

Nuevamente haciendo los "dieces" a cada hora de camino, los “chancuacos” para echar bocanadas de humo en cada de descanso. La constante danza de bejucos, las contorsiones, los agachones, los jalones; a veces al bajar la mochila para despedazar un bejuco cosa que solía ocurrir más a menudos después del medio día, quizá por el cansancio. En la espesura de la selva cualquier cosa podía ocurrir, pero principalmente que nos “enrumbáramos” y las cuatro horas de marcha previstas se convirtieran en seis u ocho. A eso de las 15.00 horas cuando habíamos comenzado a caminar a las 06.00, todas las bromas se evitaban, en especial  las de mal gusto, para no tener problemas con los más quisquillosos; a esa hora el humor que se llevaba no era de buenos amigos.

"Seguimos caminando, y un dos, un dos, con las piernas como tijeras, los pies posándose bien para no resbalar, para no caer, para no doblarse. Y el sudor resbalando por la nariz y las cejas como parabrisas desviando el sudor hacia los lados y la camisa mojada y el pantalón destiñéndose en la entrepierna y desgastándose por el un dos, un dos como tijeras. Y árboles como cohetes espaciales y otros mirando como cabezas salientes y otros como figuras raras, algunas ridículas; otros como burlescos, otros muy ecuánimes, otros muy formales, algunos muy retorcidos como conteniendo la risa, otros como taciturnos y tristes, otros muy erizos como emocionados, otros como friolentos llenos de hojas como satisfechos, otros muy altos y delgados como desnutridos, otros tendidos y agachados como avergonzados, otros muy lisos, otros muy escamosos, otros como con viruela, otros con avitaminosis llenos de manchas, otros tan gordos y bajos que parecen señoras vendiendo comida en el mercado, otros en el suelo muertos o muriéndose, otros morenos como el cedro, blancos como la pimienta y el guarumo, amarillos como el canchán, negros como el palo tinto, rojos como el palo jiote; algunos más nudos que pita de chichaguate. Ogros con la sabia roja como el sangre de Cristo, amarilla como el marío, blanca como el chicle, verde como el guano. Azul como el Campeche".

"Con flores de todos tamaños y olores. Con colmenas incrustadas en troncos, con abejas extranjeras o de castilla, criollas, tenzuque, congo, chumelas, doncellas, tamagás, cuxpún, talnete, chilizate, etc. Etc. Con porras de comején colgadas como alforjas. Con semillas olorosas como la pimienta, frutas deliciosas como el zapote, el chicozapote, el manguillo, el manax, el ujuxte, etc. Tan dulces como la misma miel.  Hojas multiformes y multicolores tan grandes como el guano, que sirve para techar casas, tan pequeñas como el chipilín".


"Con cáscaras tan delgadas como el palo jiote que parece papel celofán. Sabia tan cáustica y venenosa como el chechén, maderas tan suaves como el majague o mecate, tan duras como el chicozapote o el tinto. Árboles tan imponentes y frondosos como la ceiba pentandra y tan elegantes como la caoba y el cedro.  Y bejucos multiformes, redondos, ovalados, triangulares, como el barbasco, largos y rectos como el “come mano”, con mucha agua, como el de uva, tan espinosos como el bayal y el uña de gato; tan fuertes como el matapalo, tan dóciles como el mimbre.  Muchos simulando enormes serpientes enrolladas en los árboles, otros tendidos por el suelo, otros formando nudos, otros roscados con otros como compitiendo haber quién aprieta más, otros que nacen de abajo para arriba, y otros de arriba para abajo".

martes, 24 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte 2

Marco Tulio Soto



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Vamos… se acabaron los diez minutos.

Nos paramos. Nos estiramos un poco. Nos echamos la mochila de un tirón a la espalda y reiniciamos la marcha.

“Nuevamente comienza a correr el sudor por la nariz, las cejas se empapan y comienza el ardor en los ojos. Veo el tronco de un árbol que parece un cuello estirado con una cabeza observando a todo el que pasa. Los árboles tienen figuras caprichosas que semejan personas o animales… y si de verdad vieran y si fueran animados, cuántas variedades existen, de todos tamaños, colores, formas, grosores; con raíces salientes algunos parecen cohetes espaciales, pues las raíces semejan  enormes aletas, son raíces salientes, llamadas gambas”.

Hacen señas de la vanguardia hacia un lado… es un venado hermoso. Con cachamenta de ramazón, se mueve despacio pero nerviosamente, posiblemente es la primera vez que ve personas… comentan los compañeros ¡Qué venadazo! Nunca le han tirado de lo contrario ya hubiera huido.

El animal alza la cabeza y respira fuerte, tratando quizás de identificarnos, no somos tigres, no somos pumas, somos un enemigo más poderoso, pero él no lo sabe, no sabe que cada uno llevamos en la mano un arma, no sabe que si en vez de ir hacia la aldea viniéramos de regreso ya estaría muerto; no sabe que no le tiramos para no delatar nuestra presencia, no sabe que no podemos perder tiempo quitándole el cuero y destazándolo, no sabe que sería un error, llevárnoslo para después regresarlo, no sabe que la maldad del hombre es infinita; no sabe que a todos nos pica el dedo por jalar el gatillo de nuestra arma; quizá no sabe que su carne es deliciosa y ahí está venteado y viéndonos no sabe qué hacer, posiblemente nunca ha corrido ante ningún enemigo, posiblemente siempre los ha enfrentado, nunca los pumas y tigres lo han podido emboscar y siempre los ha descubierto a tiempo se ha ido o los ha enfrentado. Ahora no sabe qué hacer, posiblemente nunca se ha corrido ante ningún enemigo, posiblemente siempre los ha enfrentado, nunca los pumas y tigres lo han podido emboscar y siempre los ha descubierto a tiempo se ha ido o los ha enfrentando. Ahora no sabe qué hacer contra ocho figuras erectas que se cruzan las miradas con él, con ocho cerebros que están pensando en una ensarta de carne haciendo psss psss pssss… en el fuego, cuando gotea la carne gorda. Pero él no conoce el fuego, quizá se ha acercado a los guatales a comer un poco de ceniza, quizá ya ha visto la destrucción que el hombre hace de los bosques, pero también le comparte en cierta medida esa destrucción, el se come las hojitas tiernas de la milpa y del frijol que le encanta.

Por fin con paso cadencioso se va alejando; pero por momentos se para, vuelve a ventear, mueve las orejas y se le ve lo blanco del interior de la cola que la lleva paradita como erizada como para mantener la actitud de alerta, se pierde en la espesura y nosotros continuamos la marcha.


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“Nuevamente el un dos de las piernas como tijeras, las mochilas como globos de helio, pegadas a la espalda de sus dueños; el arma cruzada  en el pecho formando una diagonal, las botas esquivando obstáculos, posándose con habilidad y maestría para no caer; caminando como si fueran marchando, como si fueran peleando, aquí no se puede andar arrastrando los pies como se camina en las ciudades; y el un, dos, un, dos, como tijeras… y el salto para evadir obstáculos y sembrar tacones cuando se va bajando y hundir las puntas cuando se va subiendo… y otra vez un, dos, un dos, como tijeras y tropezar con piedras; con palos, con raíces y subir y bajar, y mantener el ritmo un dos, un dos como tijeras y gastar el pantalón de entre las piernas, se destiñe, se decolora, un, dos, un, dos”.

Nuevamente el de la vanguardia extiende sus diez dedos, indicando que corresponden otros diez minutos de descanso, pues ya caminamos una hora.  Nuevamente tratamos de acomodarnos contra un árbol para descansar; poniendo las piernas en forma horizontal y de la cintura para arriba en ángulos de cuarenta y cinco.

También se autorizó encender “chancuacos”, o sea los cigarros hechos a mano, para placenteramente formar rueditas de humo lanzarlas con fuerza y tratar de meter en alguna ramita sin hojas, como si jugáramos en una feria.

Y nuevamente:

Vamos se acabaron los diez minutos…

“La vegetación ha comenzado a cambiar, se aprecian palmas de corozo o manaco. Esta vegetación permite que el terreno se mantenga bastante limpio en la parte baja, o sea, que no hay muchos bejucos ni maleza pequeña; sólo arriba en la copa de los árboles la vegetación se espesa. El sol filtra con suavidad, sus rayos penetran como en spray.  Ahora que son las 18.10 horas la luz penetra como algodones de miel”.

Apretamos el paso para llegar todavía con la luz del día a la brecha del Tigre, allí encenderíamos nuestras linternas y seguiríamos caminando más rápido, ya con menos obstáculos.

Por fin caímos a la brecha del Tigre, revisamos si había huellas recientes, sólo había una de un zapato pequeñito, que por deducción determinamos que se trataba de una persona de baja estatura, pues por allí no andaría un niño solo.



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Metimos tiro en las recámaras de las carabinas, sacamos nuestras linternas. Las encendimos los números impares, o sea. De esa manera los pares ahorrarían baterías.

Así proseguimos la marcha mirando con el rabo del ojo como dejábamos los árboles. Pasando por arriba de uno que otro árbol caído sobre la brecha; alumbrando hacia abajo, escuchando con más claridad el ritmo de la marcha.  Los animales nocturnos son menos bulliciosos que los diurnos y los sonidos de sus cantos ruidos que emiten, son graves y no agudos. Comenzamos a encontrar los primeros indicios de los trabajaderos. Descansamos los diez minutos correspondientes a la tercera hora.  Aquí ya no se permitió fumar, sino hasta que estuviéramos en la casa del campesino que íbamos a buscar.

A partir de la tercera hora, comenzamos a caminar con más cautela; explorando con la vista los contornos; procurando hacer menos ruido, escuchando con atención los ruidos.

Encontramos la primera milpa que ya estaba en elote, seguimos avanzando por la orilla de los trabajaderos, o sea, entre los descombros y la selva; íbamos avanzando más despacio llegando al trabajadero del campesino que íbamos a buscar, cuando de repente escuchamos: iiiiiijai… iiiiiijai…

iiiiiii… eran gritos de un hombre y de una mujer que andaban perdidos por la orilla de la selva, y se habrían metido unos cuatrocientos metros dentro de la vegetación selvática.  De las casas de la aldea les respondían sonando un cuerno o cacho para que se orientaran, se oía:

puuuuuuuuuu…  puuuuuuuuuuu…
puuuuuuuuuu…  y ellos  iiiiiiiijai…  iiiiiijai… iiiiiijai.  Poco a poco iban avanzando en dirección a los sonidos del cuerno: puuuuu… puuuuuu…
puuuu…

Escuchamos dos voces, no los veíamos porque venían sin luz, venían avanzando, chocándose contra los árboles, rompiendo bejucos con el cuerpo, cayéndose, somatándose; nosotros agazapados los oímos pasar muy cerca, hasta que cayeron al camino que nosotros llevábamos. Allí ya se orientaron y en oscuras fueron avanzando hasta llegar a la milpa.  De la aldea seguían llegando sonidos:  puuuuu… puuuu… y los perros ladraban y el cuerno seguía semejando aullidos de lobo… nosotros los dejamos pasar, no les hablamos porque no estábamos seguros quiénes eran.




domingo, 22 de mayo de 2016

El secreto del mapache parte 1

Marco Tulio Soto

Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) incursionaron en el norteño departamento de Petén a finales de los años 60. De Aquellos primeros combatientes pocos sobrevivieron; uno de ellos, Rigo, quien narra esta historia.  Otros trascendieron a la eternidad, como el capitán Androcles Hernández, jefe de este grupo.

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Esta historia se desarrolla en 1971, en una aldea petenera ubicada en la espesura selvática, donde no existía, carreteras, sólo vías fluviales, veredas y las llamadas picas: caminitos abiertos a machete en la selva.

Aquí, tener cayuco o caballo era una necesidad, pues eran los medios de transporte más usados y que más resolvían los problemas.

El cayuco debía ser de cedro o caoba y no debía ser “celoso”; los cayucos “celosos” son aquellos que se vuelcan con facilidad, los que no son estables.

Por vereda había que caminar 14 kilómetros hasta la aldea más cercana. Por el río 16 kilómetros hasta el pueblo más cercano. Los productos agrícolas salían en su mayoría por el río, pues era más fácil hacer un cayuco que comprar un caballo o una bestia mular.

Los domingos era frecuente que los hombres se pusieran camisa blanca lo mejor planchada posible; el más nuevo pantalón arremangado para no llenar de lodo los ruedos de las mangas, sombrero de salir, una bolsa o una alforja sobre el hombro. Se echaban un buen poco de vaselina perfumada en el pelo. Se rasuraban con una hoja de afeitar sostenida entre los dedos, la cual manejaban con una maestría propia de un barbero. Rasurándose aún sin espejo. En la bolsa derecha  delantera del pantalón un pañuelo rojo que en una de sus esquinas llevaba amarrado el dinero que se gastaría en esa ocasión.

Quien tenía machete “cola de gallo” bien envainado lo llevaba dependiendo del lugar o pueblo. Los zapatos se iban dentro de una bolsa, se los ponían antes de entrar al pueblo ya que para eso los habían comprado. Las mujeres iban atrás del hombre.  Así era en el campo y sigue siendo: ellos siempre van adelante por los  caminos, o van a caballo y la señora a pie.

Las mujeres se peinaban muy bien, se hacían un par de trenzas, se colocaban algunos adornos en el pelo, se ponían algún collar barato, mejor si era de perlas rojas. Regularmente llevaban vestido de una pieza del color más brillante que encontraran, anaranjado, amarillo, azul, verde o rojo. El largo del vestido siempre era debajo de la rodilla. Las campesinas no llevaban bolso de mano, en todo caso llevarían un pequeño canasto u otro tipo de bolsa corriente que le serviría para traer sus cosas, que compre en el mercado.  El dinero si es que ella lo llevaba, lo llevaría entre los pechos, prensado con el brasier. Si llevaba un niño pequeño lo llevaba en un rebozo, se lo colocaba atrás o adelante, pero el niño siempre iba acostado con una pequeña inclinación hacia sus pies.


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Con cierta regularidad la fuerza guerrillera visitaba las aldeas para conversar y hacer reuniones  políticas con los campesinos organizados. Con ellos se resolvían todas las necesidades que habían con ellos se desarrollaba y crecía cada vez más la organización.

En aquella ocasión visitaríamos esa aldea, que quedaba a cuatro horas de distancia del campamento. El capitán Andrócles escogió a los compañeros que formarían la patrulla y que irían con él a esa visita. Preparamos nuestras mochilas o “costalillas” y nos formamos frente al capitán para recibir las órdenes del día.  El capitán dijo: – Atención compañeros, vamos a ir a una misión de carácter político, a una visita a la base de la aldea Moyuta. Vamos a caminar a rumbo, hasta caerle a la brecha del tigre; nos iremos guardando una distancia de cinco metros entre cada uno. Hay que pasar las voces u órdenes. Hay que mantener contacto visual para que se vean las señas. La seña y contraseña será gavilán - gorrión. En caso de problemas nos desplegaremos en línea de tiradores; los pares se desplazarán hacia la derecha y los impares lo harán hacia la izquierda.  No tenemos conocimiento de presencia del enemigo en la zona, si descubrimos a civiles trataremos de escondernos. Si no fuera posible hablaremos con ellos.

¡Atención…! ¡numerarse!: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Ocho y último. Bien, ¡para iniciar la marcha!: “!A vencer o morir por Guatemala, la Revolución y el Socialismo!”. Paso al frente: “!Venceremos!”.

Comenzamos a caminar a las 16:00 horas con la idea de llegar a la aldea a las 20:00.

El ritmo de marcha era rápido. El compañero de vanguardia con su brújula en mano, la veía cada cinco minutos, iba marcando el rumbo en busca de la brecha del tigre. La hojarasca estaba mojada, por lo que la marcha era bastante silenciosa. Sin embargo, el calentamiento del cuerpo en los primeros minutos de marcha era acelerado: “comienzan a correr las gotas de sudor de la frente por toda la nariz; las cejas desvían muchas gotas hacia los lados, algunas llegan a las pestañas y a los ojos, provocando un ligero ardor que hace que uno se restriegue con el dorso de la mano”.

“Se ven las botas del compañero de adelante que rítmicamente van esquivando palos caídos, piedras, hoyos. Las piernas parecen tijeras trabajando sin parar, la mochila se ve como si fuera flotando, con un pequeño vaivén ondulante hacia arriba, hacia abajo, a veces el descenso es violento, pues son los agachones para esquivar bejucos y palos tendidos”.

Muchas veces el compañero hace una contorsión hacia la derecha y hacia la izquierda y luego tira hacia delante con fuerza, para destrabarse él y su mochila de algún bejuco que lo ha enredado. Algunas veces no se logra, cuando después de tres intentos no se desenreda, el de atrás ayuda; pero sucede muy a menudo que con la sangre caliente, los compañeros se destraban la mochila, sacan su machete y la emprenden contra el bejuco hasta dejarlo fragmentado en pedacitos. Nadie se ríe de estos actos porque internamente todos se solidarizan con el compañero.

Cuando los bejucos son gruesos es más fácil evadirlos, aunque se establece la danza de los bejucos, entre agachones, contorsiones y jalones.

Cuando se encuentra terreno limpio, se logra observar todo el grupo; algunos de pequeña estatura se ven como mochilas andantes o mochilas con patas que se desplazan rápidamente.

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“A los veinte minutos ya la camisa va empapada de sudor, comienza uno a caminar con un ritmo monótono, con movimientos automáticos; se comienza a distraer el pensamiento y se va caminando. Por ejemplo: se piensa, si yo estuviera aquí por un salario, cobraría carísimo, cobraría por día, no por semana ni por mes.  Para llevar esta mochila cobraría por onza, no por libra ni por arroba de peso. Cada día sin comida lo cobraría triple, exigiría caminar por buenos caminos, en lugares donde hubiera agua limpia; exigiría ropa limpia todos los días, jabón de olor para bañarme, un fisil láser para barrer con todo lo que se me pusiera enfrente…”

“Se va caminando y pensando: ese árbol que se cayó es un caoba; el comején debe haberle comido el corazón. Es inmenso, fácil tiene sus cien años. Cuando yo nací él tenía ochenta; logró abrirse paso entre los árboles, se fue elevando y elevando buscando la luz, buscando los apetecibles rayos del sol para amacizarse y engrosarse. Y ahora cae, el comején le barrenó el corazón, no lo dejará tranquilo, se lo seguirá comiendo, lo irá haciendo aserrín, polvo de madera. El corazón es lo más duro, no tardará más de tres años. El espacio que dejó lo cubrirán otros árboles, quizás no de la misma especie, pero sí de la selva”.

“Y se continúa pensando; ay espina desgraciada, se me clavó en este dedo hasta dentro. Ishhhhhhh qué doloroso el pinchazo, ni sangre sale. Parece verduguillo, tapa cualquier hemorragia ¿por qué existen las espinas? Mi mamá un día me enseño un poema:

Si ese rosal examinas,
Que riegas tan cuidadosa ,
Verás que entre cada rosa
Tiene millares de espinas;
Y si ligera te inclinas
Para cortar un botón
No extrañes que duro arpón
Hiere tu mano pulida;
Que los goces de la vida
Van con igual condición.

Por un fugace placer,   
Efímero cual las flores,
En prolongados dolores
El hombre se llega a ver;
Y la vida viene a ser,
Si con juicio se examina,
Como el rosal que Delina
Riega y cultiva afanosa:
Cada ilusión una rosa
Cada recuerdo una espina.

Manuel Dieguez Olaverri


“Pero recuerdo… esto no es rosal, este no da nada ¿porqué espinas, mosquitos, tábanos, avispas, hormigas? ¿Por qué tanta plaga que sólo daño produce? Buen, las hormigas trabajan, los tábanos sólo chupan sangre y transmiten enfermedades; bueno pero y las espinas… será que también sirven para el equilibrio ecológico… de todas formas si yo pudiera les metería tractor y fuego a todos los espineros”.

Se para el compañero de vanguardia e indica con los diez dedos de la mano que corresponde descansar diez minutos pues ya hemos caminado una hora. Cada quien se acomoda sentado contra un árbol, tratando de no romper el orden de marcha; se pregunta al Capitán si se puede fumar, este asiente con la cabeza y encendemos nuestro respectivo “chancuaco” y comenzamos a echar bocanadas de humo, platicando con los de al lado; más bien cuchicheando...

miércoles, 6 de enero de 2016

11 de octubre de 1982: Emboscada de aniquilamiento

Entre 1981 y 1982 las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en Petén pasaban por un bache en cuanto a la correlación de fuerzas. Razones diversas se entrecruzaban para justificar la falta de accionar de mayor contundencia. La orden era aniquilar y recuperar, pero a pesar de ocasionarle bajas al enemigo en enfrentamientos con mucho menor poder de fuego, no se lograba el anhelado objetivo. En cambio el ejército avanzaba en su accionar contrainsurgente, enviaba espías a las comunidades, que se hacían pasar por comerciantes; pasaban la noche entre grupos de vecinos y obtenían información valiosa.

El 17 de junio de 1981 el ejército masacró a 47 habitantes de las cooperativas El Arbolito y Bonanza, ahí murieron al menos dos oficiales guerrilleros que se encontraban de visita en las casas de sus familiares. Este hecho llevó a muchos más jóvenes a unirse a la lucha armada.

En lo político, la unidad del movimiento revolucionario avanzaba y luego de intensas reuniones entre los jefes guerrilleros, se concretaba un 7 de febrero de 1982, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Las FAR había sido la organización que promovió con más ahínco la unidad. Urgía ahora mostrar que también había capacidad militar y que estaba al mismo nivel de las otras organizaciones.

Fue el propio Pablo Monsanto, comandante en jefe de las FAR, quien decidió demostrar que era posible dar ese paso; incluso ingresó de incógnito a Petén y se trasladó a la zona de operaciones, donde concentró a un número importante de combatientes y oficiales, con quienes preparó la acción y realizó las pruebas necesarias.

Era el 11 de octubre de 1982. Un compañero y una compañera muy delgados, fueron enviados a la carretera, en las cercanías de la aldea La Gloria, entre La Libertad y El Naranjo para la acción llamativa. Con ropas rasgadas y semblantes de tristeza y dolor debían pedir comida  a vecinos y transportistas.

La emboscada se colocó en un lugar estratégico. Un pequeño cerro había sido partido para que la carretera pasara. Era una curva pronunciada, con una especie de terraplen que se prolongaba a lo largo de la carretera y formaba dos bordos a los lados, uno más alto que el otro.

Una patrulla integrada por seis compañeros se colocó en la parte alta, con dos minas, un lanzacohetes y fusilería. En la parte baja, del otro lado de la carretera, estaba el grueso de la fuerza, en pozos de tirador tan camuflados que no podían ser detectados a cinco metros.

Un jeep y un camión integraban el comando militar. Ambos vehículos ingresaron a la emboscada y se detuvieron unos metros antes del punto de detonación de las minas. El oficial guerrillero se preocupó. Pensó que habían sido descubiertos. Los soldados se bajaron, observaron el lugar y continuaron su camino lentamente.

Los combatientes dejaron pasar al jeep y  cuando el camión se encontraba encima de la mina dio la señal de detonación…  pero no explotó.   — ¡mina! — Dijo el subteniente a su explosivista. — ¡no funciona!  — ¡la otra! — casi gritó.  — ¡tampoco sirve!  — ¡cohete!

Pero el cohete tampoco dio fuego.   El subteniente se paró y disparó al mismo tiempo que gritaba: ¡Fuegooooo!

Los soldados se apostaron rápidamente en el bordo, a manera de parapeto para resguardarse de la fusilería guerrillera, sin darse cuenta que daban la espalda al grueso de la fuerza y cuando empezaban a controlarse e iniciaban las primeras maniobras contra el pequeño grupo que los atacó, comenzó el verdadero ataque con fusilería y ametralladoras. La acción dio inicio a las 17 horas y concluyó a las 17.30.

El jeep había logrado salir de la emboscada  y procedió, desde una posición segura, a lanzar granadas de M-79.  Cuando los combatientes se lanzaron a la recuperación constantemente debían resguardarse de las detonaciones, pero ninguna les hizo daño.

Fueron recuperados 22 fusiles Galil; un Lanzagranadas M-79, cinturones, sombreros y uniformes.  Algunos soldados heridos pedían a los guerrilleros que por favor se los llevaran porque el ejército los mataría, pero eso no era posible.

La noche entraba muy rápido en la montaña. La patrulla que inició la emboscada tenía dos heridos leves, uno de ellos el subteniente al mando, quien decidió que pasarían la noche a unos 300 metros del lugar. Cantaron el himno, se lavaron con agua las heridas y ordenó limpiar las armas por turnos.  A eso de las 8 de la noche se oyó cuando entraron camiones o tanquetas, no se distinguía plenamente.  Sin embargo, sí pudieron escuchar muy claramente ráfagas de fusilería, cuando remataban a sus sobrevivientes.

Esta emboscada marcaba una nueva etapa en la guerra de guerrillas, en las selvas de Petén.