viernes, 9 de agosto de 2019

Una acción desafortunada

“Te mataron
y no nos dijeron donde
enterraron tu cuerpo, 
pero desde entonces
todo el territorio es tu sepulcro; 
o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que no está tu cuerpo,
tú resucitaste”.
Ernesto Cardenal


Entre julio y agosto de 1985 se llevó a cabo el XII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú, al que asistieron más de 20 mil jóvenes de 157 países. A este magno evento se dio cita una delegación de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), integrada por varios combatientes guerrilleros; hombres y mujeres que se habían ganado a pulso el derecho a estar ahí y que aún les faltaba mucho por aportar.

Las operaciones en los frentes continuaban con diversidad de dificultades, pero con la voluntad y calidad individual, de seres que estaban dispuestos a darlo todo, incluso su propia vida, por construir un mejor país.

En una guerra irregular cualquier acción militar implica un alto riesgo, así sea únicamente propaganda armada. En Guatemala este tipo de actividades se efectuaban con la intención de atraer al ejército a un lugar, dispersar a la fuerza enemiga, llevar el mensaje revolucionario a la población, generar simpatía y aumentar la incorporación de jóvenes a las filas insurgentes.

Por aquellas fechas, a mediados de 1985, el teniente Águila organizó la toma de un tramo carretero, entre el caserío Colpetén y la aldea Sabaneta. Una tarde antes la unidad guerrillera acampó en una milpa cercana al lugar donde se llevaría a cabo la acción. Águila autorizó que se hiciera una fogata y se cortaran elotes. El teniente era muy cuidadoso con la propiedad de la población. Era común que si pasaban por un cañaveral ordenara sembrar más caña. El campesino pobre debía recibir el valor de lo que se consumiera. En aquella ocasión no fue posible hacerlo por las condiciones de secretividad en que se encontraban, previo a la acción.

A las 5 de la mañana del día siguiente se acercaron a la carretera. Antes se pusieron de  acuerdo en las tareas que a cada quién correspondían: en ambos extremos del tramo colocarían contenciones, con el fin de bloquear el tráfico y hacer frente a cualquier incursión del ejército. En el centro, Alex se encargaría del mitin y junto a él estaría el sargento Everildo y el compañero Frank, para protegerse mutuamente y participar de la arenga. Uno de los flancos, a manera de retaguardia, estaba resguardado por el compañero Morales y su escuadra.

Alex, Everildo y Frank se subieron sobre un camión y estaban por iniciar el mensaje revolucionario cuando se oyó un disparo. Everildo se dobló hacia adelante y cayó de cara en la tierra, sin el más mínimo movimiento. Su arma voló a unos metros de su cuerpo. De inmediato empezó un nutrido fuego de fusilería. Los soldados habían burlado la vigilancia de Morales y su gente.

Frank buscó salir del lugar a como pudo, en tanto que Alex, en medio de la carretera, no podía levantar la cabeza. Al momento de los disparos e teniente Águila logró rodar hacia una de las orillas, en una balastrera. Un pelotón de soldados atacaba desde un pequeño cerro, donde emplazaron rápidamente una ametralladora y al menos dos lanzagranadas M-79, además de la fusilería. Era un fuego nutrido sobre el pequeño grupo de guerrilleros que no esperaban ese ataque. Alex se encontraba junto unos pick ups, que le sirvieron de parapeto para protegerse inicialmente, pero las personas civiles, que corrían un grave peligro, se subieron a los vehículos y a como pudieron salieron del lugar.

Muy rápidamente solo quedó el camión junto al que estaba el cuerpo inerte de Everildo. Alex perdió su parapeto, Expuesto, en medio de la carretera, perdería la vida en cuestión de segundos. En ese instante escuchó el grito del teniente: — ¡Hacele huevos, yo te cubro! Águila dirigió ráfagas largas con su M-16 hacia el lugar donde estaba el enemigo, con lo que logró el espacio mínimo para que Alex saliera de la línea de fuego.

En el área de la balastrera se había formado una pequeña vuelta que les permitía sacar el fusil, disparar y al mismo tiempo protegerse. Alex y Aguila lograron ubicar a un soldado escondido tras de un arbusto de jocote jobo. Las hojas impedían verlo directamente, pero el cañón de su arma era evidente. Sabían que aquello no era realmente una protección para el militar. Águila, que tenía muy buena puntería, apuntó cuidadosamente y eliminó ese punto de ataque. Aniquilada esa posición pudieron salir de donde se encontraban y retirarse.
Teniente Águila, al centro.

El punto de reunión estaba a menos de dos kilómetros, pero antes de llegar el teniente preguntó por Everildo. — Está  muerto, dijo Alex, lo vi caer completamente sin sentido, nunca se volvió a mover.  Pero Águila era empecinado y no quería perder a ningún compañero. — ¡Vayan a sacarlo!, ordenó. Alex y la Misha se vieron las caras, ninguno quería regresar. El cerro estaba tomado por los soldados, que además empezarían a perseguirlos, estarían en una posición completamente desventajosa. Regresar significaría la muerte.

Pero Águila mantenía su orden. Estaban por regresar cuando apareció un avión Pilatus que comenzó a roquetear hacia donde se encontraban. Era necesario salir de ahí cuanto antes.

El cuerpo de Everildo no pudo ser rescatado.

En cualquier confrontación armada hay pérdidas de ambos lados, pero en una guerra irregular hay factores que modifican la balanza para uno u otro lado. El ejército de Guatemala tenía más elementos y mejor armamento: cañones, aviones, tanquetas. En tanto la guerrilla tenía a su favor el conocimiento del terreno, la dispersión de fuerzas y el factor sorpresa, pero especialmente la calidad humana: hombres y mujeres decididos a todo para alcanzar la victoria.

Cuando el ejército, con mayor volumen de fuego y número de efectivos sorprendía con métodos de guerra de guerrillas se daban acciones como esta, en la que los sorprendidos fueron los combatientes revolucionarios.

A pesar de la caída de un valioso compañero y la posterior retirada en condiciones desventajosas, también el ejército registraba bajas.

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