jueves, 5 de enero de 2017

Un “buzón” en la posguerra

Corría el primer año de la paz. Era marzo de 1997 y en Petén el calor era sofocante. Desde hacía varios días que el compa “Chepe” traía vuelto loco a “Lico”, insistiéndole en que fueran a recuperar un viejo  “buzón” que había quedado enterrado en cercanías del Macabilero, en el municipio de La Libertad.

Según “Chepe”, solo él y un comandante de quien no quiso revelar su nombre, conocían el lugar donde habían quedado guardados varios miles de quetzales, que si bien no los volverían ricos, serían de buena ayuda en el proceso de reincorporación a la vida civil.

Fue así que finalmente decidieron tomar camino, en una jornada de casi dos días ida y vuelta. Debían pasar como campesinos de la zona, en algunos tramos y cruzar a rumbo otros donde podrían ser vistos por posibles grupos delincuenciales. Habían proliferado desde la salida de la guerrilla de las montañas.

El recorrido nocturno fue el más emocionante. Para ambos parecía como en los días del conflicto: una noche de cacería, el traslado de un campamento a otro o la operación militar que requería del total silencio y la sorpresa, para garantizar el éxito.

A eso de las 5.30 de la tarde se dejó escuchar la corriente del Macabilero. Empezaba a oscurecer, por lo que decidieron buscar un lugar que prestara condiciones para la pesca. Acamparon en el mejor sitio posible. Las aguas del arroyo parecían hervir de la cantidad de peces que contenían. Fue tanta la felicidad, que “Lico” dejó escapar un grito. — ¡callate pisado, se nos van a ir! — dijo Chepe de inmediato, con aquella característica sonrisa de oreja a oreja que hacía ver sus ojos más pequeños.

Pero si bien el grito emocionado de “Lico” ahuyentó a los peces, no pasaron diez minutos para que éstos regresaran y casi brincaran a sus mochilas.  Fue suficiente una hora de pesca para que cada uno llevara unos cuarenta pescados, los que prepararon y “chojiniaron” para que no se descompusieran en el camino de regreso. Habían apartado cuatro mojarras rojas, grandes, para su cena.  Comieron suficiente, recordaron anécdotas de la guerra, cuando esa área era selva inhóspita y durmieron como niños. El plan era levantarse muy temprano, tomar una bebida caliente y movilizarse hacia donde se encontraba el buzón. Según “Chepe” faltarían dos horas “bien pateadas” para llegar al punto.

Así lo hicieron.  La topografía del terreno había cambiado; había mucha menos vegetación, árboles caídos, derrumbes.  Fue ahí que “Lico” reconfirmó las cualidades de “Chepe”: — ¡Es aquí! — dijo, parado sobre un viejo tronco de Ujushte.  Luego de grandes esfuerzos y malabares movieron el árbol y empezaron a escarbar. Al cabo de unos 50 minutos encontraron el depósito y lo sacaron con sumo cuidado, como una preciosa joya; incluso juntos fueron quitando la tapa.

Pero su frustración fue mayúscula al descubrir que el contenido sólo lo integraban un arnés, dos uniformes  podridos y una mochila igual de afectada por el tempo.  “Chepe” se tiró desconsolado junto al hoyo.  No dijo nada. Ambos estaban bañados en sudor, lo que impidió a “Lico” ver las lágrimas en el rostro de su compañero.

De inmediato iniciaron el retorno. Querían llegar a su aldea antes que anocheciera. Iban sumidos en sus pensamientos e intentaban encontrar el lado positivo de aquella triste experiencia, cuando oyeron ruidos frente a ellos.  Se detuvieron, con el mismo reflejo de antaño, casi tirándose a tierra, pero sin un arma para defenderse.  De pronto apareció el primer soldado.  Era una patrulla de 20 elementos.  “Lico” atinó a decirles, con una sonrisa que apenas se dibujaba en su rostro. — ¡Puta, amigos, que susto nos dieron!  El soldado de la vanguardia sonrió, al ver a aquellos dos campesinos, que seguramente venían de pescar en el Macabilero.  El fuerte olor a pescado los delataba.  — ¡Vayan con cuidado! — les dijo.

Sí. Era realmente pescado el que llevaban y no los quetzales soñados. Por su cabeza no pasaba siquiera cuál habría sido su reacción frente a los militares, de llevar el preciado botín. Pero aquella experiencia sí tenía una enseñanza: como ex combatientes reincorporados a la vida civil debían ganarse cada centavo con el sudor de su frente. Podían hacerlo, sabían pescar y esa sólo era una de muchas otras cualidades. ¡Lo lograrían!

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los caídos

En un septiembre como éste fue capturado aquel joven cuando buscaba restablecer contacto con sus compañeros en un punto de emergencia; casi todos los integrantes de su unidad habían caído. Era la última posibilidad de reencontrarlos… y no lo logró.  Un comando de elementos de la G-2, dispuestos estratégicamente en el lugar de encuentro impedía la más mínima posibilidad de fuga.

Su madre y su tía lo buscaron por todas partes; acudieron a la oficina de la G-2 en el Palacio Nacional, donde fueron recibidas de la manera más cordial:  —Su hijo va aparecer, no se preocupe; “ha de estar con esa gente”. Pero cuéntenos: ¿tiene novia?, ¿cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿dónde estudia?, ¿y sus amigos más cercanos…?  Tampoco recibieron respuesta a esas preguntas.

Las dos mujeres, desconsoladas, se acercaron a un primo militar. Un oficial de alto rango en la Fuerza Aérea. En algo podría ayudarlas, pensaron.  Pero su respuesta también fue fría, sin sentimientos, sin humanidad:  —Mirá, si estaba metido en babosadas no puedo hacer nada. “En el ejército la consigna es guerrillero visto, guerrillero muerto”.

Esa fue la última vez que lo visitaron. Unos meses después su hijo murió mientras atacaba a una columna guerrillera en Chimaltenango. El A-37 descendía vertiginosamente por el desfiladero, soltaba su carga mortal y se elevaba nuevamente, apenas a tiempo para superar la cima de la montaña.  Tres, cuatro veces repitió la operación. En la última, las balas guerrilleras lograron averiarlo y perdió fuerza. No logró la altura necesaria y se estrelló violentamente.

El ejército se apresuró a informar que había sido un accidente mientras realizaban maniobras de entrenamiento. No podían aceptar públicamente que las fuerzas guerrilleras lo habían derribado y fue enterrado sin honores. Eran los tiempos de la guerra.

En una carta, dirigida al entonces Jefe de Estado, general Óscar Humberto Mejía Víctores, aquella madre afligida, con el corazón en la mano, escribió:

“…Como madre angustiada por la violencia que vive el país y con la seguridad de que usted, como Jefe de Estado y sus voceros oficiales han asegurado al pueblo de Guatemala y al mundo entero que en este país se respetan los derechos humanos, principalmente el derecho a la vida, que es el más sagrado que posee el ser humano…”

“A usted, señor general, respetuosamente pido:

1. Que dé sus órdenes a donde corresponda para que se investigue a quién o quiénes pertenecen las placas denunciadas.
2. Que se respete la integridad física de mi hijo.
3. Que, aún creyendo que mi hijo es inocente de cualquier señalamiento, se consigne a los tribunales de justicia como en derecho corresponde, en caso de haber cometido delito alguno.

Mi hijo, señor general, no está desaparecido.
Mi hijo, señor general, no está secuestrado.
Mi hijo, señor general, lo tiene el ejército.”


Un 5 de enero recibió un telegrama firmado por el jefe de la G-2, para que se presentara a una entrevista. La señora llegó pero sólo fue objeto de un nuevo interrogatorio. Muchos años después, en 1999, cuando se hizo público el “Diario Militar” pudo constatar que un día antes de recibir aquel telegrama habían matado a su hijo; en la ficha se lee: “04-01-84: Se lo llevó Pancho”.

jueves, 30 de junio de 2016

La deuda impagable (versión completa)

Este relato está dedicado a todos los compañeros que organizaron e hicieron posible las guerrillas del Petén; se desprende de momentos históricos del Movimiento Revolucionario guatemalteco de los años 1969 – 1970.

En aquellos años se estaba dando un reflujo revolucionario, debido entre otras cosas a los niveles que estaba tomando la represión, a las masacres que se habían dado en el oriente del país y a la desarticulación del movimiento revolucionario guatemalteco.

Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) trataba de concentrar en el norte del país lo que había quedado de las guerrillas de la Sierra de las Minas y de algunos compañeros de la capital.

Eran los años del gobierno del General Carlos Arana Osorio, más conocido como “El Chacal de Zacapa”, debido a que antes de ser presidente había sido jefe de dicha base militar de Zacapa y se caracterizó por su actitud sanguinaria y criminal.

El plan contrainsurgente concebido por los gringos, el ejército y el gobierno de Julio César Méndez Montenegro estaba dando sus frutos. Por primera vez en Guatemala se había organizado mediante el terror a la población, para combatir a la guerrilla.  Se montaron operaciones militares conjuntas con ejércitos de las hermanas repúblicas centroamericanas; llegaron asesores gringos, se hicieron bombardeos indiscriminados, aumentó el número de cadáveres tirados en los caminos, lagos, ríos y hasta en los cráteres de los volcanes. Se desarrolló al máximo la tortura y los crímenes más horrendos contra el pueblo guatemalteco.

Todo esto, junto a otros elementos, había provocado la desarticulación del movimiento guerrillero.

Cientos de compañeros y compañeras habían muerto, muchos de ellos habían sido capturados en sus aldeas, en sus viviendas, en sus casas. Una gran parte de aldeas de la Sierra de las Minas habían sido arrasadas. En todas partes del país, en la costa sur, en el sur, en el sur occidente, en la capital, en Baja Verapaz, se cometían crímenes diariamente. Todos los capturados eran ejecutados y tirados sus cuerpos en cualquier parte.  Desapareció en Guatemala el status de preso político.
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Se había logrado reunir a un grupo de compañeros armados con carabinas M-1.  Nos encontrábamos en el sur de El Petén y pretendíamos desplazarnos hacia Quiché y Alta Verapaz.

Por esos días, como producto de la desarticulación del movimiento, habían proliferado las “concepciones” políticas, ideológicas y organizativas que según decían, sacarían al movimiento revolucionario de su reflujo y lo ayudarían a dar un salto de calidad.

Nosotros, todos muy jóvenes, con un gran corazón y con todos los deseos de llevar adelante al movimiento, nos debatíamos entre una y otra concepción.  Un poco de eso nos llevó a decidirnos a marchar hacia Quiché, con la idea peregrina que al nomás llegar, la población indígena correría tras de nosotros brindándonos todo su apoyo e incorporándose masivamente a nuestras unidades.

No entendíamos muy bien los fenómenos sociales, como la depauperación, el aislamiento y la variedad de idiomas. Pensábamos que por vivir en tanta pobreza estaban conscientes que había que lucha y contra quién luchar, pero la cosa no era exactamente así.

Entre las concepciones que existían, había una que pretendía realizar una concentración de todos los compañeros posibles en lo que se llamaba la Zona Reina.  Para eso, se había hablado con muchos compañeros incluyendo al comandante Yon Sosa, jefe del “Movimiento 13 de Noviembre”.

Eran muchos los criterios que se argumentaban para haber elegido esa zona, pero principalmente predominaban los elementos de carácter geográfico y mucho romanticismo sobre el tipo de población.

Por otro lado, según se decía, había algunos compañeros que estaban haciendo trabajo político en algunas comunidades de Quiché y venían penetrando hacia el norte, creando base y preparando condiciones para la llegada de la guerrilla.  Además se decía que había compañeros de la capital que se incorporarían y entraría a la montaña por ese lado.

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Nosotros como dijimos antes, habíamos logrado concentrar un grupo de compañeros. Habíamos entrado a Petén, la mayoría por vía aérea, a través de la línea nacional Aviateca, más conocida como “Aviachueca”, por los desperfectos que presentaban sus aviones.

Por avión se metió el equipo, incluyendo las carabinas.  En ese tiempo cobraban cuatro centavos de quetzal por libra adicional de equipaje y el pasaje de la capital a Petén costaba 12 quetzales.

Los aviones de Aviateca eran de los viejos C-47 de la segunda guerra mundial y volaban tan rasantes, que uno podía ver a los micos en las puntas de los árboles.

Salían sobre el hipódromo del norte, en la capital, se venían por encaños, salvando cerros, hasta llegar al río La Pasión.

Seguían su curso hasta llegar a Sayaxché y después volaban sobre toda la carretera, hasta llegar a Santa Elena, Petén.

En el aeropuerto era frecuente ver cómo “ordeñaban” la aeronave, le sacaban combustible y como a los carros, cuando se les hace conexión directa, los mecánicos se ponían a conectar alambritos y arrancaban los motores a cada rato, para ver cómo habían quedado.

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Turcios Lima en la Sierra de las Minas,
con su "Costalilla" al hombro..
En la guerrilla no usábamos mochilas sino “costalillas”, que son costales o sacos de yute con hombreras de pita, eso usaban también los chicleros.  Los mosquiteros y las hamacas no era cosa extraña en esta zona.  Tampoco usábamos uniformes verde olivo, sino un pantalón de lona azul, camisa verde y botas de hule.

Comenzábamos a concentrarnos al sur de Sayaxché y enviamos exploraciones buscando los límites de Alta Verapaz.  En una ocasión en que se fue a recoger abastecimiento al río La Pasión, una de nuestras unidades fue descubierta por un mulero que acarreaba abasto a los chicleros.  Nuestros compañeros quisieron hablar con él, pero se había asustado tanto al ver hombres armados, barbudos, sucios, con la ropa rota, que cuentan que agarró carreta desde allí hasta el pueblo de Sayaxché, que distaba dos horas y media, y fue a avisarle a su patrón y éste fue a dar parte al destacamento militar.

Hasta ese momento no se conocía de la existencia de la guerrilla en Petén; nosotros mismos no pensábamos que fuera una zona de combate, sino  más bien una zona de retaguardia guerrillera.  Así pues, ya descubierta nuestra presencia nos vimos forzados a acelerar nuestra ida hacia Quiché, aún sin haber terminado los preparativos y confiando en los compañeros que nos esperaban cerca de la laguna Lachuá y con abastecimiento, cosa que resultó falsa.

Días después que nos descubrieron estuvimos acampados en un campamento que le llamábamos “la Comandancia”, en una zona con selva clara y manacal o corozal, varios arroyos y muchos árboles de zapote, lo que nos sirvió de abasto durante algún tiempo.

Por las noches era frecuente escuchar las carreras de los compañeros a recoger los zapotes que caían de los árboles. Cada quién tenía su reserva zapotera en el lugar donde dormía.  Este campamento quedaba más o menos, en lo que ahora es la aldea Santa Rosa, al sur de Sayaxché. En ese tiempo no existían la Franja Transversal del Norte, ni la carretera que la une con Sayaxché.

Lo único que existía era una brecha mulera conocida como la brecha de Chinajá que comunicaba con otras brechas y que junto al río la Pasión constituían las vías de comunicación entre Petén y Alta Verapaz.
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Para llegar a Quiché debíamos caminar a rumbo de 340 grados, buscando el río San Román. Caminamos rompiendo selva como siempre, bajo un invierno muy lluvioso, habían muchas inundaciones y caminábamos muchas veces con el agua a la cintura. Por fin llegamos al río San Román, estaba crecido hasta los toles, el agua salía de su cauce por muchos metros, al grado que no logramos ver la corriente central.

Para atravesarlo se unieron los lazos de todas las hamacas y un compa casi se ahoga por llevar la punta del lazo hasta la otra orilla.  Poco a poco y uno a uno, nos fuimos agarrando del lazo hasta ir pasando al otro lado.

Para variar, todas las cosas se nos mojaron y hubo que descansar al día siguiente, para asolear el equipo y la ropa de dormir, pues mojada aumentaba considerablemente su peso. Ahí estuvimos comiendo sólo corozo y palmito de esa misma planta, lo que a la  postre nos aflojó el estómago a todos y era un concierto de instrumentos de viento…

Proseguimos a rumbo de 210 grados, hasta que le caímos al río Limón; éste no estaba tan crecido y nos permitió pasar sobre un árbol que previamente derribamos con hachas. Aquí comimos algunos pescados así como semillas de lancetillo o chapayo que a pesar de lo duras que son les hicimos entrada.  Ahí también hicimos un descanso, mientras se enviaron algunas exploraciones a los alrededores.


Continuamos a rumbo de 255 grados hasta llegar a las márgenes del Río Ixcolay.  Su caudal era tan grande que hasta se escuchaba un rugido producido por la corriente, como 100 metros de ancho.  Con sólo echarle un vistazo era suficiente para darse cuenta que era imposible pasarlo a nado con el equipo y la costalilla. Se enviaron exploraciones buscando un posible paso, pero fue imposible, en todos lados estaba igual e incluso peor. Así pues, se decidió hacer una canoa pues considerábamos que una balsa la arrastraría la corriente y nos provocaría un accidente.


"Lo que más nos sorprendió fue ver en aquellos lugares cocineros vestidos de blanco y con el característico gorro alto y lleno de pliegues en la parte de arriba.  No entendíamos qué hacía en medio de aquella selva ese lunar de civilización extravagante".



A los tres días de trabajo ya estaba la canoa con su par de canaletas. Así fuimos pasando de cuatro en cuatro, mientras dos compañeros canaleteaban. En cada viaje, la corriente arrastraba la pequeña canoa como unos 200 metros por lo que había que avanzar río arriba por toda la orilla hasta llegar frente al punto de partida, atravesando de regreso y repetir la operación por esa banda del río. Por eso, nos llevó un día entero pasar ese río. 

Proseguimos nuestro rumbo a 300 grados. Comenzamos a escuchar ruidos de maquinaria y a encontrar brechas abiertas recientemente. Se decidió enviar exploraciones en dirección al ruido de los motores.

Los ruidos eran como de tractores que se movían de un lado a otro pero se escuchaba uno que se mantenía estático y hacía ahí nos dirigimos con una exploración; avanzamos de noche pero no logramos llegar por falta de pilas para las linternas.  Otro día temprano, seguimos avanzando entre partes pantanosas, lo que nos había provocado peladuras en los pies, pues el lodo contenía una arena muy fina que parecía lija.

Continuamos nuestro avance y nos sorprendió salir a un enorme claro que habían abierto recientemente en la selva. Se trataba de una gran pista de aterrizaje que estaban construyendo.  Caminamos por la orilla protegiéndonos con la vegetación de la selva y calculamos que medía 1,230 metros de largo por 100 de ancho. Continuamos en dirección al ruido del motor estático y mientras avanzamos por la selva íbamos encontrando más y más evidencias de presencia de personas, pues en los caminitos se veían muchas huellas de zapatos y de botas de hule.

Nosotros seguimos a rumbo a través de la selva y al subir a una pequeña elevación, nuestra sorpresa fue enorme al ver casas de tipo chalet en medio de aquella vegetación selvática, nos agazapamos tras unos árboles de ujúshte y ahí estuvimos observando varias horas.

Evidentemente se trataba de alguna compañía que estaba en exploraciones, pero no sabíamos de qué, pues lo único que habíamos oído era la existencia de una compañía azufrera -eso le decían a los campesinos-. Se miraban trabajadores con cascos plásticos que entraban y salían de una enorme casa de madera con techo de guano; había dos casas tipo chalet con tela metálica en las ventanas, la madera pintada de blanco y verde claro y el techo era de asbesto.

Lo que más nos sorprendió fue ver en aquellos lugares cocineros vestidos de blanco y con el característico gorro alto y lleno de pliegues en la parte de arriba.  No entendíamos qué hacía en medio de aquella selva ese lunar de civilización extravagante.

Decidimos regresar a informar de la situación y de lo que habíamos observado llevamos un pequeño croquis del lugar. Cuando llegamos a donde estaba el resto de compañeros ya éstos se disponían a marchar, sólo esperaban por nosotros. Habían interceptado a un grupo de trabajadores que andaban haciendo brechas y éstos les habían proporcionado la información necesaria.

Por la situación en que nos encontrábamos, o sea, sin abastecimiento y sobre todo con muchos enfermos de paludismo, así como de mosca chilera (leshmaniasis), se había decidido tomar las instalaciones del que en realidad era el campamento petrolero “Las Tortugas”, que se encontraba a pocos kilómetros en las márgenes del río Salinas. Los trabajadores nos servirían de guías y nos llevarían por los caminos que ellos usaban.

Como los compañeros ya habían hecho su propio croquis con la información de los trabajadores, nos explicaron rápidamente el plan para tomar el campamento petrolero, y en qué consistiría nuestra tarea. Así se formaron los grupos y marchamos hacia el campamento.

Llegamos al campamento en donde se sorprendieron mucho, sobre todo los técnicos gringos que ahí se encontraban. Reunimos a todo el personal y le explicamos el motivo de nuestra presencia; después hicimos un recorrido por todas las instalaciones.

Los chalet era donde dormían los técnicos gringos y el jefe del campamento un cobanero con apellido alemán, que nos regaló muestras del petróleo del que habían encontrado; nos explicó que estaban determinando si existía en cantidades comerciales, para hacer las instalaciones para su extracción. También nos informó que todo lo que ahí había lo habían llevado por medio de los ríos Pasión y Salinas, con un barquito que tenían y sobre todo aprovechando los meses de invierno en que subía el nivel de las aguas en los ríos.

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Nos abastecimos de medicina y alimentos, comimos en mesas y sentados en sillas como de comedor chino, sobre la mesa había un mantelito, un frasco con sala de tomate, otro con mostaza, otro de salsa de chile y una botella de miel. Nos tomamos muchos jugos enlatados y comimos muchas galletas.  Nuestro plan era retirarnos de madrugada y lo hicimos utilizando algunas lanchas de motor que ahí había. Para ajustar el número de lanchas que necesitábamos le compramos un motor marino a un muchacho que trabajaba ahí.  Después supimos lo asesinó el ejército.  Acarreamos el abastecimiento para la orilla del río; consistía principalmente en arroz y harina de maíz, un poco de azúcar, sal, aceite y algunas latas. En cuanto a la medicina afortunadamente tenían aralén y reprodal para el paludismo y la leshmaniasis.

Para poder transportarnos todos, se acuacharon varias lanchas amarrándolas con lazos y unos troncos que las sujetaban entre sí.

Antes del amanecer emprendimos la retirada dirigiéndonos río arriba, buscando el río negro o Chixoy.

Al aclarar y comenzar a alumbrar el sol comenzaron a volar los aviones sobre el río.  Del campamento petrolero habían dado parte por radio.  Nosotros habíamos orillado las lanchas y estábamos esperando el atardecer para continuar nuestro viaje río arriba. 

Por la tarde continuando viaje hasta que a eso de las 8 de la noche encontramos un enorme raudal que provocaba un gran remolino donde los motores no fueron capaces de subir las lanchas. Nos bajamos todos y sólo subieron las lanchas con los motoristas improvisados y el abastecimiento. Ellos nos esperarían en el primer arroyo que cayera al río y que permitiera esconder las lanchas con los motores.

Navegar por el río Salinas y Chixoy había constituido un gran avance no sólo en tiempo sino en espacio, con ese trayecto realizado ahorramos muchos días de caminata, además habíamos resuelto el problema de la medicina e incluso de algunos pares de botas que nos hacían falta.

Los arroyos estaban crecidos, eso nos permitió subir las lanchas un buen trecho, hasta dejarlas en lugar seguro.  Reorganizamos la marcha y continuamos a rumbo de 225 grados buscando las primeras poblaciones de Quiché. Caminamos muchos días, se nos terminó el abastecimiento y comenzamos a comer el cogollo de una palma que le llaman “ternera”, este cogollo aunque pica quita un poco el hambre.  Comenzamos a comer cualquier semilla o fruta silvestre que encontrábamos, pero se prohibió porque ya había experiencias de envenenamiento por hacer eso.  Así pues, lo único que nos iba quedando era tomar suficiente agua para apaciguar el hambre.

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Un día que íbamos caminando, hicimos señas desde la vanguardia; la columna se paró y todos aguzamos los oídos pues se escuchaba a lo lejos que estaban trabajando con hacha, poco a poco nos fuimos acercando. Al rato escuchamos a lo lejos el clásico quiquiriquí, de gallos que inmediatamente asociamos con la existencia de una vivienda aunque todavía no habíamos encontrado ni un solo caminito ni señas de huella de personas.

Se envió una exploración y regresó con la novedad que había una pequeña aldea a juzgar por unas cuantas casas que habían visto. Nos acercamos en silencio y estuvimos observando un rato. No se notaba nada extraordinario, por lo que se dio la orden de avanzar, tomar la aldea y poner contenciones en los caminos de acceso al lugar.

Reunimos a la poca gente que había y les explicamos el motivo de nuestra presencia.  La verdad, creo nos entendieron un 1 por ciento de lo que les dijimos. Sólo había un señor que hablaba un poco el castellano, porque había trabajado como albañil en la capital hacia algunos años. En su mayoría eran mujeres en ese momento, pues los hombres andaban en una aldea vecina por ser día de mercado.

Al rato de estar ahí, la tensión de la gente bajó y se relajaron un poco. Nuestro “brujo” que era un enfermero que se refería a los médicos del Hospital General como “colegas” comenzó a ver a algunos enfermos, sobre todo a una señora recién parida. A esta señora le agarró una mano para tomarle el pulso y mirándose el reloj con gesto muy profesional le dijo: dolor… fiebre… náuseas… hasta que alguien le dijo: no sea bruto Cipriano, no ve que sólo hablan qeqchi’.  Este nuestro “brujo” era muy famoso en la guerrilla por sus milk-sheik, pues la penicilina no la diluía con agua destilada, sino con vitamina B-12, lo que le daba a la inyección un aspecto de milk-sheik de fresa.

El caserío en que nos encontrábamos resultó llamarse Santa María Tzejá, un caserío muy pequeño. La gente, como ya se dijo, no hablaba castellano y nosotros sólo cargábamos a un compañero que hablaba qeqchi’. Es necesario hacer notar que del lado norte de la Sierra del Chamá, donde nos encontrábamos, a pesar de estar en el departamento de Quiché, lo que se hablaba era qeqchi’. Era un poblado extremadamente pobre, como todas las de esa región, no tenían abastecimiento para vendernos y nosotros, que andábamos con un hambre atrasada de muchos días no sabíamos cómo resolver el problema.

Por fin les compramos un marrano grande que tenían, nos lo vendieron en 10 quetzales, en ese precio se lo vendían al comerciante que les llevaba fósforos, jabón, sal, sólo que el comerciante llegaba cada dos o tres meses; le pagaban con los animales pero no se los llevaba sino que los dejaba hasta el otro viaje, para que se  los siguieran engordando.

Mientras mataban al animal y hacían los chicharrones, nos mandaron a un grupo a emboscarnos en el camino principal de acceso a la aldea.

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Pasamos ahí varias horas, esperando al posible enemigo, o nuestro relevo de la emboscada para satisfacer nuestra atroz hambre.

De repente llegaron a decirnos al lugar de la emboscada que un hombre que se había dado cuenta de nuestra presencia se había ido por el camino principal a dar parte a las autoridades del municipio más cercano.

Lo anterior haría más difícil buscar el contacto con los compañeros que supuestamente habían penetrado por el norte y que nos habían puesto como punto de referencia la Laguna Lachuá. Nos ordenaron seguir por el camino y tratar de darle alcance. Con una escuadra de compañeros seguimos rápidamente el camino y sólo se notaba la huella de los pies descalzos de un hombre.

Después de un tiempo de seguir la huella ésta se perdió pues se salió del camino, nosotros seguimos pues pensamos se iría por la orilla para despistarnos. Sin darnos cuenta habíamos llegado a la aldea San Antonio el Baldío, prácticamente ya estábamos a media aldea pues habían casas muy dispersas.  Buscamos con quien hablar pues tampoco hablaban castellano, salvo el alcalde que lo entendía un poco.

Como ya era tarde nos metimos en una casa abandonada con la intención de pasar ahí la noche; fuimos a explorar para ver dónde haríamos la vigilancia nocturna, cuando se presentó otra patrulla nuestra que nos dio alcance. Eran dos compañeros, a quienes vimos como nuestros salvadores pues traían comida, pero se dio un problema que es el que inspiró el título de este relato.

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"Los perros amaestrados comenzaron a sentir nuestro rastro, ayudados por el olor de dos gorras que habíamos dejado botadas. Nos dimos cuenta y tomamos medidas".


Los compañeros nos indicaron que para evitar que les cogiera la noche los mandaron a darnos alcance con nuestras raciones de comida que consistían en dos tortillas con un chicharrón para cada una, pero ellos habían salido tan deprisa que olvidaron su ración, entonces nos solicitaban un “préstamo”: una tortilla con su respectivo chicharrón y cuando llegara el resto de la columna y les llevaran su ración, ellos pagarían la deuda.

Nosotros, otro compañero y yo, haciendo gala de espíritu de solidaridad y camaradería, aceptamos la solicitud, hicimos la transferencia y proporcionamos el préstamo.

Los compañeros que hicieron la solicitud eran Amado, un chofer de  camionetas urbanas y el otro, un maestro y estudiante universitario. Comimos muy contentos nuestra magra ración, aunque en ese momento ese tipo de comida constituía un verdadero lujo.

Al día siguiente llegó el resto de la columna, nosotros comenzamos a buscar a Amado y al maestro, los susodichos no aparecieron por ningún lado. Al rato de buscarlos y buscarlos comprendimos con meridiana claridad, que habíamos cometido un grave error al proporcionar un préstamo a deudores sin voluntad de pago.

De todas maneras comenzamos a indagar sobre la conducta de estos deudores y averiguamos lo siguiente: Amado: en muchas ocasiones había hablado o contado a los compañeros sobre el “moco” (reventa que hacen los choferes de los tikets de los buses) que él había hecho algunas veces cuando trabajaba en la vida civil.

El maestro: cuando fue sanitario de la columna, en una ocasión de crisis por hambre, se había tomado todos los jarabes para la tos por el azúcar que éstos contenían.

Esto y algunos otros elementos nos terminaron de dar la certeza de que estos deudores no eran austeros, no suspendían sus importaciones, no eran responsables y nos habían visto cara de FMI.

No quisieron comprender que el ingreso per cápita en la guerrilla era absolutamente igual, tan igual que a veces es injusto porque las necesidades físicas la mayor de las veces son relativas al tamaño corporal, sin embargo, aquí se reparte igual sin ver color ni tamaño.

Todos, absolutamente todos, teníamos las mismas necesidades o necesidad de crédito, el problema era a quién solicitarle el préstamo era exactamente igual sin contemplar ni color ni tamaño. Nuestro producto interno bruto brillaba por su ausencia, no teníamos ningún stok de materias primas ni excedentes de producción.  Entonces, porqué aplicarnos la demora en el pago de la deuda y más aún, la cancelación unilateral de la misma.

Por lo penoso del trabajo de los choferes, yo tuve siempre algunos prejuicios contra algunos de ellos; pero y los maestros…

Nosotros en una actitud absolutamente desinteresada, pues no perseguíamos ni su café, ni su cacao, su té o su copra, hicimos una transferencia de recursos a sabiendas y estando absolutamente conscientes que nuestra balanza comercial era desfavorable.  Nosotros no constituíamos el mundo industrializado, para que ellos se constituyeran en el mundo subdesarrollado. Nosotros no les plantamos un intercambio desigual, ya que estábamos exactamente en su misma situación. Aceptamos hacer el préstamo sin condiciones, ni duro, ni blando, porque no éramos ninguna corporación financiera o Estado aplicando el dumping, como aplicarlo sin reservas de materias primas. No, nosotros no teníamos excedentes, prestamos lo nuestro, lo mínimo propio.

No creamos condiciones para provocar un grado de dependencia que constituyera una extorsión; por el contrario, nosotros éramos partidarios de principios de colaboración y comercio justo.  De un nuevo orden económico internacional. Pero no, nos juzgaron mal, pensaban que éramos partidarios de la reducción de importaciones que pensábamos en luchar contra una prórroga de la deuda, cosa que no nos dio tiempo de hacer. Es posible que creyeran que exigiríamos intereses y utilidades de la deuda, que estaríamos exigiendo su amortización. Pensaban quizás que el problema no consistiría en la deuda como tal, sino en los intereses que se pagarían por ella.

Qué mal nos juzgaron, pero sobre todo… que mal nos pagaron.

El problema no era económico sino político y moral. Nosotros no podíamos condonarles la deuda, porque no cobrábamos intereses, nosotros no podíamos absorber la deuda evitando gastos militares, pues en este caso no hubiera sido justo, por eso es que las verdades no siempre son absolutas; pues nosotros no pasábamos de carabinas M-1 y el alcance máximo de sus balas era de 2 mil metros y no llegaban hasta las galaxias.

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De San Antonio el Baldío seguimos un camino que nos llevó al río Santa María Copón, ahí había una finca del mismo nombre. Reunimos a sus habitantes y se hizo un pequeño mitin político. A mí me tocó nuevamente estar emboscado en el paso del río. Había un canoguero o lanchero que se encargaba de pasar a la gente de un lado al otro, sólo le sonaban un tronco y él asomaba la cabeza para ver, por señas o a gritos le solicitaban los pasara.

Ese día nosotros sólo permitimos que pasaran hacia donde estábamos no así al revés y lo hacíamos por seguridad.

Seguimos tomando unos pequeños caseríos algunos en las márgenes del río Xalbal. Buscamos a los supuestos colaboradores que ya existían o algún indicio de presencia de los compañeros que buscábamos. Así llegamos hasta una finca llamada Santiago Ixcán.  Esta finca estaba situada en una especie de isla que formaba el río Negro.  Para llegar ahí debíamos pasar por un puente de hamaca que se balanceaba violentamente a cada paso que uno daba; consistía en dos alambre de los que se usan en los cercos con tabla amarrados separadas entre sí, como el largo de un paso. Arriba había otros dos alambres de lo mismo, para irse agarrando mientras uno avanzaba. Y allá abajo el río Negro sucio y con sus grandes correntadas. Lo peor del caso es que aunque no se quiera ver hacia abajo, siempre se ve por la separación de las tablas.  Algunos nos atarantamos cuando nos tocó pasar y nos costó llegar hasta el otro lado.

Esta era una finca cafetalera propiedad de un esbirro militar apodado “El Tigre de Ixcán”. El café lo sacaban en avioneta, pues no existía ningún otro medio para hacerlo, esos lugares carecían en absoluto de carreteras y otras vías de comunicación.

Allí también reunimos a los trabajadores e hicimos un pequeño mitin. Al rato un hombre cortó a machetazos los alambres que sostenían el puente de hamaca, lo que nos hizo suponer una trampa enemiga. Nos abastecimos y obligamos al capataz de la finca que nos llevara al paso del río que utilizaban cuando el puente se les arruinaba. Pensamos que en ese paso estaría emboscado el ejército. El paso era otro puente de hamaca sólo que más deteriorado.  Enviamos junto al capataz, una pequeña vanguardia que exploró del otro lado y determinó que no había emboscada, entonces pasamos el resto.  Avanzamos un poco y nos quedamos a dormir en una pequeña elevación. Otro día temprano la aviación bombardeó y ametralló todo el área, asimismo se comenzó a escuchar el ruido de los helicópteros llevando y trayendo tropa. El susto que nos produjo el bombardeo y ametrallamiento fue tremendo pues para muchos constituía nuestro bautizo de fuego aéreo.

Seguimos deambulando en la zona, buscando indicios de los contactos que buscábamos pero nada.

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Un día encontramos una troja llena de maíz y con hojas de trabajo ya secas, se planteó abastecernos y dejarle el dinero al dueño ahí en la troja, pero no se aceptó, sino se nos mandó a buscar al dueño y comprarle directamente el maíz.

Siguiendo el camino que llegaba hasta la troja salimos a un caserío donde nos extrañó que solo hubiera mujeres. Por fin creímos entenderle a una de las mujeres, que el ejército tenía reunidos a los hombres en la casa del alcalde auxiliar, pero esta casa quedaba algo distante, por lo que avanzamos hacia un arroyo que estaba como a 300 metros y donde vivía el dueño de la troja.

Nuestro avance lo hicimos con tanto sigilo que íbamos avanzando a la par de una emboscada que tenía tendida el ejército y ni ellos ni nosotros nos habíamos dado cuenta. Como la emboscada tenía forma de media luna topamos con uno de los extremos; los soldados estaban descuidados, así que los sorprendimos, jamás pensaron que nos pasaríamos toda la emboscada sin que sus compañeros se dieran cuenta. Se produjo un tiroteo cuando nuestro compañero de vanguardia topó con los soldados; llegó tan cerca que uno de los soldados le quiso agarrar el cañón de la carabina cuando se toparon y ahí comenzó el tiroteo. Sólo dos o tres de nuestros compañeros dispararon, Los demás no, porque no veíamos al enemigo. Comenzamos a retirarnos y quizá por la sorpresa ellos no dispararon rápidamente, a los dos minutos aquello parecía una noche buena a las 12 de la noche, tronaban los fusiles Garand y silbaban las balas por todas partes; algunas nos pegaban muy cerca y levantaban pedazos de barro en el suelo.

Al rato comenzaron a lanzar granadas y los estruendos se oían por todas partes. El terreno era tan difícil: peña por un lado y hierba pequeña por el otro lado, que prácticamente tuvimos que regresar por donde entramos, haciendo el recorrido a la inversa por toda la emboscada.  Por suerte sólo un compañero, el que hablaba queqchi’, salió levemente herido de un brazo.

A los pocos minutos llegó el helicóptero a recoger sus bajas y también llevó perros amaestrados, que nos complicaron la vida en los días posteriores.

Nosotros nos retiramos con el herido buscando al resto de la columna en donde Cipriano le dio los primeros auxilios.

En el balance que se hizo de la acción, se determinó que habíamos caído en la emboscada del ejército, porque no le entendimos bien a la mujer que nos informó que a los hombres de la aldea los tenía reunidos el ejército.

La verdad, según concluimos, la mujer pensó, a pesar de las diferencias, que éramos los mismos, es decir, pensó que nosotros éramos del ejército.  Eso nos sucedió en varias ocasiones.

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Los perros amaestrados comenzaron a sentir nuestro rastro, ayudados por el olor de dos gorras que habíamos dejado botadas. Nos dimos cuenta y tomamos medidas. La retaguardia en cada descanso se emboscaba esperando la llegada del ejército, pero cuando el perro sentía que ya estábamos cerca, ladraba; entonces el ejército ya no avanzaba.  Eso hacía suponer dos cosas: una que no avanzaban por temor y la otra que esa unidad únicamente nos iba marcando el rumbo y transmitiéndolo por radio, para que nos tiraran tropa adelante por helicóptero.  Así pues, comenzamos a caracolear, o sea, a dar vueltas. Varios días nos quedamos a dormir muy cerca de la unidad que llevaba el perro y casi siempre, acampábamos en el mismo arroyo, nosotros arriba y ellos abajo por lo que nos lavamos los pies y algunos se orinaban y defecaban en el agua para que les llegara “contaminada” a los soldados. Así estuvimos varios días “jugando al ratón y al gato”. Caminando por los arroyos entre el agua a sabiendas que así se perdía nuestro olor y despistábamos al perro, pero siempre se dejaba huella y no engañábamos al perrero.

Por lo anterior decidimos subirnos a la Sierra del Chamá, al pie de la cual habíamos estado todos los días anteriores. En el lugar por donde la subimos había peñascos; algunos trechos los hicimos colgados de bejucos, así que los perros no pudieron subir y ya no supimos más de ellos.

Llegamos sobre la Sierra a una aldea que se nos imaginó un nacimiento de Navidad.  Era un paisaje muy lindo pues las casas estaban en un llano muy verde y lleno de ovejas, con una laguneta llena de patos de casa en medio de la aldea.  La aldea se llamaba Amchel.  Esta fue la última población que tomamos en Quiché, pues no encontramos ningún vestigio de los compañeros que buscábamos.

Evidentemente la información no había sido exacta, porque con el tiempo averiguamos que sí habían estado más al sur en donde los habían matado.

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"Nos fuimos de Quiché con la promesa de volver. Ahora vemos que regresamos, no nosotros físicamente, sino otros compañeros que llegaron para quedarse, tuvieron más suerte que nosotros, pero la suerte de ellos es la del pueblo que es también la nuestra".


Nuestra estancia por Quiché nos enseñó mucho; sobre todo a conocer mejor nuestro país, y hacer comparaciones de los grandes contrastes existentes.

Ahí encontramos gente tanto queqchi’ como quiche’ en un estado de atraso increíble, con una pobreza muy grande, con una economía de autoconsumo muy mínima, casi sólo comían tortilla con chile, había muchos hombres alcohólicos, bajo los catres donde dormían siempre tenían varias tinajas llenas de “Boj” (chicha fermentada de maíz).

Los animales que criaban nunca los comían ni les sacaban productos como huevos o leche, sino que los vendían o cambiaban con el comerciante, por algunas herramientas pero sobre todo, por fósforos, jabón y sal.

En esos lugares no existía ninguna carretera ni ningún servicio público.

Encontramos gente que no sabía de la existencia de la ciudad de Guatemala.  Lo más grande que conocían o habían oído hablar era de Santa Cruz del Quiché.

Se notaba perfectamente que ahí no había existido actividad guerrillera, pues aquello estaba olvidado y no habían llegado corriendo, a abrir caminitos, inaugurar chorritos, sacar muelas, poner puestos de salud, mucho menos equipo, regalar mejoralitos, etc. etc.

No, aquello estaba aislado como si fuera el otro lado del mundo; aquello estaba olvidado, abandonado como en suspenso como esperando que algo pasara, un soplo para coger vida, vitalidad, movimiento. Una palmada en la nalga para volver a ser Quiché, para erguirse, levantarse, vivir y luchar.

Así pues, se decidió regresar, no conocíamos el idioma, no teníamos ni los contactos mínimos; Sólo un compañero hablaba queqchi’ y más hacía el norte se hablaban otros idiomas.  No teníamos guías no conocíamos el terreno para seguir enfrentando la operación enemiga; incluso los mapa que cargábamos eran a una escala muy alta, lo que dificultaba más la orientación ya comenzábamos a necesitar botas, ropa y otras cosas que no podíamos conseguir, a duras penas conseguíamos la alimentación.

Así pues, aunque ya nos estábamos encariñando con aquel territorio que nos había cambiado la monotonía de las planadas de Petén y con aquella población milenaria que vivía en aquel aislamiento, haciendo esfuerzos sobrehumanos para sobrevivir.  Aislados de los adelantos de la humanidad como la electrificación, las vías de comunicación y sus medios, la educación e instrucción, la salud, etc.  Nada de eso ni otras cosas llegaban ni se conocían allí.

Nos fuimos de Quiché con la promesa de volver. Ahora vemos que regresamos, no nosotros físicamente, sino otros compañeros que llegaron para quedarse, tuvieron más suerte que nosotros, pero la suerte de ellos es la del pueblo que es también la nuestra.


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Organizamos la marcha de regreso, ya teníamos una mejor idea del terreno. El regreso no fue tan penoso aunque sí veníamos moralmente afectados.

En mucho menor tiempo que en la ida regresamos a donde se habían quedado las canoas hacía dos meses. Las canoas nos costó regresarlas hasta el río negro, pues ya los arroyos habían bajado su nivel de manera que en muchas ocasiones topaban en el fondo, había que bajarse todo y hacerla avanzar arrastrada hasta donde hubiera más agua.

Así venimos avanzando, poco a poco hasta que por fin llegamos al río negro que también había descendido mucho su nivel.

Costó muchos arrancar los motores a pesar de la limpieza de bujías y toda clase de operaciones que todos los “técnicos” aconsejaban y hacían, así como las gárgaras de gasolina al estar soplando y absorbiendo mangueras.

Nos echamos al río negro y comenzamos a navegar río abajo, con los motores sin acelerar para no hacer mucho ruido, nos dejábamos arrastrar por la corriente y sólo gobernábamos las canoas con las canaletas.

Antes de pasar frente al campamento petrolero Las Tortugas, orillamos las canoas y nos bajamos, hicimos un plan porque suponíamos estaría el ejército en el desembarcadero en donde dos meses antes nos habíamos llevado las canoas.

Una patrulla nuestra iría por la orilla hasta llegarle muy cerca al desembarcadero. Las canoas a determinada hora pasarían a favor de la corriente con los motores apagados.  Si hubiera tropa nosotros abriríamos fuego sobre ellos, dando tiempo a que pasaran las canoas, y ello nos esperarían 200 metros abajo con los motores ya encendidos para retirarnos rápidamente.

Nos fuimos aproximando al desembarcadero muy despacio y tratando de hacer menor ruido posible; llegamos al lugar y no había nadie, solo notamos las trincheras de los soldados, así como todavía había brasas de un fuego que encendían por la noche, o sea que, por la noche había vigilancia en el desembarcadero y de día se retiraban a las instalaciones del campamento petrolero.

Algunos compañeros se apostaron con las armas listas en puntos estratégicos.

Mientras llegaba la hora en que pasarían nuestras canoas; según nuestros cálculos faltaban 20 minutos para mientras avanzamos un poco por la orilla del camino que iba hacia el campamento. Ahí estábamos cuatro compañeros cuando apareció a lo lejos, un teniente, portando un rifle 22 y un soldado que llevaba su equipo normal y fusil Garand.

Nos agazapamos bien y comenzamos a llevar el ritmo de sus pasos en las mirillas de nuestras carabinas.

Evidentemente andaban de cacería pues miraban hacia arriba de unos árboles de guarumo posiblemente buscando alguna pava o pajuil.  El compañero Chiri que estaba a la par mía, le dijo al Capitán Chano: –Capitán, ese cuque que viene con el oficial tiene cara como de mico; –pshshshshsh cállate Chiricuto que te van a oír, si no hay necesidad de disparar no hay que hacerlo para no crear problemas al paso de las canoas.

El soldado y el oficial ya no se aproximaron sino cambiaron de rumbo por un caminito ya no los vimos.

A la hora acordada nos retiramos para el desembarcadero y cuando llegamos nos dijeron los compañeros que nuestras canoas ya habían pasado y que nos estaban esperando a 200 metros para arrancar motores y retirarnos rápidamente.

Así pasamos frente al campamento de La Tortuga sin mayores problemas, habiendo burlado a los soldados.

Navegamos por horas y parte de la noche; en una vuelta nos encontramos el barquito de la petrolera que venía río arriba. Los pilotos nos saludaron con la bocina y encendido y apagado sus grandes reflectores. Este barquito tenía la característica de poseer ruedas, para que el verano cuando bajaba el nivel de las aguas, no se quedada varado en los playones que se formaban.

Seguimos navegando parte de la noche hasta llegar más o menos cerca de la desembocadura del río Pasión, con el Salinas, donde se forma el gran Río Usumacinta.  Ahí nos bajamos escondidos, lo más que pudimos las canoas y los motores y emprendimos la marcha a rumbo oriente, buscando nuestros antiguos campamentos.  A los pocos días ya habíamos hecho contacto con nuestra base política y comenzamos a resolver nuestras necesidades avituallamiento, así como se comenzó a realizar reuniones para hacer correcciones políticas en nuestra actividad.

Desde esa fecha y hasta muy recientemente, ya en la relativa abundancia de requerimientos que teníamos en la base, los deudores quisieron pagarnos la deuda.  Nosotros no aceptamos por lo improcedente del método, esa deuda sólo podía ser pagada en el momento oportuno, o en similares circunstancias. Así pues, queda condonada la misma bajo la promesa de no volver a hacer ese tipo de préstamos.

Fin

martes, 21 de junio de 2016

La deuda impagable parte cuatro y última

Por Marco Tulio Soto

"Nos fuimos de Quiché con la promesa de volver. Ahora vemos que regresamos, no nosotros físicamente, sino otros compañeros que llegaron para quedarse, tuvieron más suerte que nosotros, pero la suerte de ellos es la del pueblo que es también la nuestra".


Nuestra estancia por Quiché nos enseñó mucho; sobre todo a conocer mejor nuestro país, y hacer comparaciones de los grandes contrastes existentes.

Ahí encontramos gente tanto queqchi’ como quiche’ en un estado de atraso increíble, con una pobreza muy grande, con una economía de autoconsumo muy mínima, casi sólo comían tortilla con chile, había muchos hombres alcohólicos, bajo los catres donde dormían siempre tenían varias tinajas llenas de “Boj” (chicha fermentada de maíz).

Los animales que criaban nunca los comían ni les sacaban productos como huevos o leche, sino que los vendían o cambiaban con el comerciante, por algunas herramientas pero sobre todo, por fósforos, jabón y sal.

En esos lugares no existía ninguna carretera ni ningún servicio público.

Encontramos gente que no sabía de la existencia de la ciudad de Guatemala.  Lo más grande que conocían o habían oído hablar era de Santa Cruz del Quiché.

Se notaba perfectamente que ahí no había existido actividad guerrillera, pues aquello estaba olvidado y no habían llegado corriendo, a abrir caminitos, inaugurar chorritos, sacar muelas, poner puestos de salud, mucho menos equipo, regalar mejoralitos, etc. etc.

No, aquello estaba aislado como si fuera el otro lado del mundo; aquello estaba olvidado, abandonado como en suspenso como esperando que algo pasara, un soplo para coger vida, vitalidad, movimiento. Una palmada en la nalga para volver a ser Quiché, para erguirse, levantarse, vivir y luchar.

Así pues, se decidió regresar, no conocíamos el idioma, no teníamos ni los contactos mínimos; Sólo un compañero hablaba queqchi’ y más hacía el norte se hablaban otros idiomas.  No teníamos guías no conocíamos el terreno para seguir enfrentando la operación enemiga; incluso los mapa que cargábamos eran a una escala muy alta, lo que dificultaba más la orientación ya comenzábamos a necesitar botas, ropa y otras cosas que no podíamos conseguir, a duras penas conseguíamos la alimentación.

Así pues, aunque ya nos estábamos encariñando con aquel territorio que nos había cambiado la monotonía de las planadas de Petén y con aquella población milenaria que vivía en aquel aislamiento, haciendo esfuerzos sobrehumanos para sobrevivir.  Aislados de los adelantos de la humanidad como la electrificación, las vías de comunicación y sus medios, la educación e instrucción, la salud, etc.  Nada de eso ni otras cosas llegaban ni se conocían allí.

Nos fuimos de Quiché con la promesa de volver. Ahora vemos que regresamos, no nosotros físicamente, sino otros compañeros que llegaron para quedarse, tuvieron más suerte que nosotros, pero la suerte de ellos es la del pueblo que es también la nuestra.

Organizamos la marcha de regreso, ya teníamos una mejor idea del terreno. El regreso no fue tan penoso aunque sí veníamos moralmente afectados.

En mucho menor tiempo que en la ida regresamos a donde se habían quedado las canoas hacía dos meses. Las canoas nos costó regresarlas hasta el río negro, pues ya los arroyos habían bajado su nivel de manera que en muchas ocasiones topaban en el fondo, había que bajarse todo y hacerla avanzar arrastrada hasta donde hubiera más agua.

Así venimos avanzando, poco a poco hasta que por fin llegamos al río negro que también había descendido mucho su nivel.

Costó muchos arrancar los motores a pesar de la limpieza de bujías y toda clase de operaciones que todos los “técnicos” aconsejaban y hacían, así como las gárgaras de gasolina al estar soplando y absorbiendo mangueras.

Nos echamos al río negro y comenzamos a navegar río abajo, con los motores sin acelerar para no hacer mucho ruido, nos dejábamos arrastrar por la corriente y sólo gobernábamos las canoas con las canaletas.

Antes de pasar frente al campamento petrolero Las Tortugas, orillamos las canoas y nos bajamos, hicimos un plan porque suponíamos estaría el ejército en el desembarcadero en donde dos meses antes nos habíamos llevado las canoas.

Una patrulla nuestra iría por la orilla hasta llegarle muy cerca al desembarcadero. Las canoas a determinada hora pasarían a favor de la corriente con los motores apagados.  Si hubiera tropa nosotros abriríamos fuego sobre ellos, dando tiempo a que pasaran las canoas, y ello nos esperarían 200 metros abajo con los motores ya encendidos para retirarnos rápidamente.

Nos fuimos aproximando al desembarcadero muy despacio y tratando de hacer menor ruido posible; llegamos al lugar y no había nadie, solo notamos las trincheras de los soldados, así como todavía había brasas de un fuego que encendían por la noche, o sea que, por la noche había vigilancia en el desembarcadero y de día se retiraban a las instalaciones del campamento petrolero.

Algunos compañeros se apostaron con las armas listas en puntos estratégicos.

Mientras llegaba la hora en que pasarían nuestras canoas; según nuestros cálculos faltaban 20 minutos para mientras avanzamos un poco por la orilla del camino que iba hacia el campamento. Ahí estábamos cuatro compañeros cuando apareció a lo lejos, un teniente, portando un rifle 22 y un soldado que llevaba su equipo normal y fusil Garand.

Nos agazapamos bien y comenzamos a llevar el ritmo de sus pasos en las mirillas de nuestras carabinas.

Evidentemente andaban de cacería pues miraban hacia arriba de unos árboles de guarumo posiblemente buscando alguna pava o pajuil.  El compañero Chiri que estaba a la par mía, le dijo al Capitán Chano: –Capitán, ese cuque que viene con el oficial tiene cara como de mico; –pshshshshsh cállate Chiricuto que te van a oír, si no hay necesidad de disparar no hay que hacerlo para no crear problemas al paso de las canoas.

El soldado y el oficial ya no se aproximaron sino cambiaron de rumbo por un caminito ya no los vimos.

A la hora acordada nos retiramos para el desembarcadero y cuando llegamos nos dijeron los compañeros que nuestras canoas ya habían pasado y que nos estaban esperando a 200 metros para arrancar motores y retirarnos rápidamente.

Así pasamos frente al campamento de La Tortuga sin mayores problemas, habiendo burlado a los soldados.

Navegamos por horas y parte de la noche; en una vuelta nos encontramos el barquito de la petrolera que venía río arriba. Los pilotos nos saludaron con la bocina y encendido y apagado sus grandes reflectores. Este barquito tenía la característica de poseer ruedas, para que el verano cuando bajaba el nivel de las aguas, no se quedada varado en los playones que se formaban.

Seguimos navegando parte de la noche hasta llegar más o menos cerca de la desembocadura del río Pasión, con el Salinas, donde se forma el gran Río Usumacinta.  Ahí nos bajamos escondidos, lo más que pudimos las canoas y los motores y emprendimos la marcha a rumbo oriente, buscando nuestros antiguos campamentos.  A los pocos días ya habíamos hecho contacto con nuestra base política y comenzamos a resolver nuestras necesidades avituallamiento, así como se comenzó a realizar reuniones para hacer correcciones políticas en nuestra actividad.

Desde esa fecha y hasta muy recientemente, ya en la relativa abundancia de requerimientos que teníamos en la base, los deudores quisieron pagarnos la deuda.  Nosotros no aceptamos por lo improcedente del método, esa deuda sólo podía ser pagada en el momento oportuno, o en similares circunstancias. Así pues, queda condonada la misma bajo la promesa de no volver a hacer ese tipo de préstamos.

Petén, Mayo de 1989