miércoles, 20 de junio de 2018

La eternidad del ejemplo

“Lo más hermoso
para los que han combatido
su vida entera,
es llegar al final y decir:
creíamos en el hombre y la vida
y la vida y el hombre
jamás nos defraudaron.
Así son ellos ganados para el pueblo.
Así surge la eternidad del ejemplo.”
Otto René Castillo



Trascender de la persona común, incluso del revolucionario o la revolucionaria común a un nivel superior del ser humano, es un logro de pocos. No buscan morir en el intento ni convertirse en héroes o mártires. No pretenden figurar ni ser el punto central de la atención, pero su naturaleza es ser líderes. Son humildes, pero no sumisos, son sensibles, pero acorazados. Su principal objetivo es incidir en los cambios, sin importar el precio que eso conlleve: la vida misma.
Néstor Ortiz Pineda

Néstor Ortiz, conocido en la Universidad de San Carlos de Guatemala como "Gavilán y “Chucho”, fue uno de ellos. Se inscribió en Medicina, a los 19 años, en 1988, en una época en la que si bien el proceso de negociación de la paz entre el gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) estaba en pleno desarrollo, tanto el ejército como la guerrilla buscaban tener la iniciativa militar y dar golpes de mayor contundencia.

Pero el ejército nunca se limitó al enfrentamiento armado directo y buscó la manera de acabar con la base social del movimiento revolucionario; esto, sin importar a quien se llevara por delante: campesinos, obreros, maestros, amas de casa, estudiantes; incluso arrasó con niños y niñas, a quienes seguramente veía como una potencial semilla guerrillera.

En 1989 se registró una nueva matanza de líderes universitarios. Diez compañeros fueron desaparecidos de forma sistemática, en una operación fríamente planificada por la G2, que buscaba crear terror y desmotivar la actitud beligerante y de incidencia que en ese entonces tenía la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) y una amplia cantidad de catedráticos de la San Carlos.

Néstor,  en el Honorable Sub Comité
Néstor, con 21 años y por empezar su tercer año de medicina, en 1990, se acercó al Honorable Sub Comité de Huelga de esa Facultad, con el interés de participar en la Huelga de Dolores (un período en el que el estudiantado de la USAC se organiza y realiza distintas actividades de sátira, pero con objetivo político, con el fin de criticar los desaciertos del gobierno de turno. Concluye el Viernes de Dolores, con un Desfile Bufo); fue en ese contexto que recibió el sobrenombre de "Gavilán"; un año después, durante su participación en el Honorable se autonombró "Chucho", apodo que le quedó para siempre.

Seguramente su participación en la actividad política universitaria cimentó su naciente conciencia social. Su avidez por organizarse y organizar, por aportar a los cambios que necesitaba el país, fueron creciendo cada vez más, al punto de recorrer el campus universitario, para buscar grupos organizados y dar un mejor aporte. Desde su llegada a la USAC, en 1988 se incorporó a la Escuela de Música de Proyección Folklórica Latinoamericana (EMPROFOLA), como una de sus actividades extracurriculares, espacio que abandonó en 1990, con la idea de dar prioridad a los aspectos que en aquel momento representaban una mayor incidencia, a nivel político y social. En muy poco tiempo se convirtió en el segundo presidente del Bloque Organizado de Medicina (BOM) y en seis meses ya era uno de sus mejores líderes.

Su necesidad de tener un contacto más inmediato con la población lo llevó a cambiar de carrera en 1992, cuando se inscribió en la Escuela de Historia. Sus aportes como líder universitario fueron creciendo, así como el número de compañeras y compañeros que creían en él, respetaban su opinión y lo seguían.  Una característica de revolucionarios como Néstor es que predican con el ejemplo, son capaces de realizar las tareas más sencillas o las más difíciles, sin ningún reparo; reconocen sus errores y los corrigen.

A mediados de ese año vio la necesidad de dar un paso en la lucha por construir una nueva Guatemala, un mejor país para todas y todos. Fue entonces que decidió participar en la guerrilla y empezó a realizar algunas tareas, las que compartía con su amplia actividad en el movimiento estudiantil y de masas.

Con pequeñas tareas y esporádicos encuentros, Néstor fue ganando la confianza de sus responsables y en un tiempo relativamente corto pasó a integrar los comandos urbanos del Regional Central de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR).

En 1993, a raíz de la captura de un amigo muy cercano a él, pidió su traslado a la montaña.  Ante el riesgo de seguridad que enfrentaba fue enviado al Regional Norte de las FAR, en Petén, donde, a diferencia de muchos combatientes procedentes de la ciudad, se adaptó muy rápidamente a la selva. Tenía buena condición física, además de disciplina y constancia.  Sus conocimientos de medicina le permitieron dar una valiosa contribución en ese campo.  Luego de seis meses debía regresar a la capital guatemalteca, pero ya en él se había producido un cambio. Consideró entonces que su deber, ahora, era ahí.

En aquella época conoció al Capitán Leandro, quien rápidamente se dio cuenta de la calidad y valores de Néstor.  Leandro fue enviado en 1994 a levantar el frente sur “Capitán Santos Salazar” y para inicios de 1995 pidió a la Comandancia que un equipo de compañeros de su confianza llegara a reforzarlo. Uno de ellos era Néstor.

Néstor llegó al frente Sur, donde rápidamente se ganó el respeto y cariño de oficiales y combatientes. Participó en varias acciones, charlas políticas y en la atención a la base social. 

A inicios de mayo dio inicio un plan de operaciones, que pretendía mostrar la presencia guerrillera y su nivel de fuerza. Se llevaron a cabo varias acciones exitosas.  El 19 de junio el Capitán Leandro y una unidad a su mando, en la que iba Néstor, se dirigieron a las cercanías del destacamento de Pasaco, municipio del departamento de Jutiapa.

El objetivo era atacar al ejército, en las primeras horas del día 20, desde una elevación que prestaba las condiciones para hacerlo. La posibilidad de que los soldados intentaran llegar al punto donde se encontraban estaba presente y por eso fueron colocadas varias minas en sus posibles ingresos.  Previamente Leandro había dado las instrucciones respectivas y se acordó el lugar de retirada y el punto de encuentro.

Luego de un nutrido ataque, con fuego de fusilería, ametralladora y lanzacohetes, el enemigo comenzó a maniobrar y se acercó a las posiciones guerrilleras. El objetivo ya se había logrado, y sin saberlo hasta ese momento, el ejército tenía al menos seis bajas.  Leandro ordenó la retirada, pero, como era común en él, se mantuvo en su posición hasta el último momento. Néstor se quedó, al igual que otros dos compañeros, y solo se retiraron hasta que lo hizo el capitán. El enemigo ya estaba muy cerca, por lo que Leandro decidió salir por donde estaban las minas, de manera que los soldados los siguieran y cayeran en ellas. Saltó la mina, igual lo hicieron dos compañeros más, pero Néstor la pisó sin darse cuenta. Con el retumbo todos se detuvieron, incluso los soldados.  Leandro y los otros dos compañeros regresaron a sacarlo, pero sus heridas eran graves y el ejército ya estaba sobre ellos. Néstor pidió que se llevaran sus papeles y que le dijeran a su mamá cuanto la quería. Uno de los compañeros, hincado junto a él, lloraba al verlo y sentir la impotencia de no poder sacarlo. Néstor le dijo: “No te ahuevés… sigan adelante”.

Néstor fue capturado aún con vida y asesinado por el ejército.

Posteriormente sus familiares recuperaron su cuerpo y le dieron sepultura. A su entierro llegaron varios dirigentes universitarios, estudiantes y combatientes del frente urbano, a pesar de haber recibido las órdenes de no asistir, ante la inminente presencia de la G2 en el lugar.

Néstor junto a miembros de su familia
Su madre, que sufría en lo más profundo la pérdida de su hijo, se acercó a algunos compañeros que conocía y sabía clandestinos, a quienes abrazó, con ese mismo amor de madre, pero les pidió que se fueran. No se arriesguen, les dijo, aquí hay orejas “a Néstor no le habría gustado que ustedes corrieran peligro”.

Néstor se fue físicamente, pero permanece. Su presencia está latente en cada compañera y compañero que lo conoció, en aquellos que recorrieron con él la USAC, buscando grupos para organizarse, en los que organizó y concientizó, en los que lo acompañaron en la toma del Congreso y lo vieron sentarse en la mesa directiva; en los que estuvieron con él, frente al mismo Palacio Legislativo, en una cadena humana, pidiendo a la policía no reprimir; en los que compartieron con él largas jornadas de protesta, marchas y enfrentamientos con los antimotines; en los que conocieron de su nivel y liderazgo en la Huelga de Dolores; en la población, que escuchó su mensaje revolucionario.

"Gavilán, “Chucho”, “Luis” o “Manuel”, como fue conocido en la Universidad y la guerrilla, Néstor Manrique Ortiz Pineda, “desapareció y nació para el futuro y la gloria”.

lunes, 29 de enero de 2018

La compañera Ana

“Matasanos practicantes, del emplasto fabricantes,
güizachines del lugar, estudiantes, en sonora carcajada prorrumpid, ja, ja”.
“La Chalana”


He dicho muchas veces que en el movimiento revolucionario guatemalteco hubo mujeres extraordinarias, con capacidades superlativas, visionarias, talentosas, únicas: Ana fue una de ellas. Consecuente con su forma de pensar hasta el final, cuando la muerte la alcanzó aquella tarde de enero con la misma celeridad que vivió cada momento de su vida. Una muerte rápida, como ella quería que fuera, pero que al mismo tiempo le permitió despedirse del ser que más amaba: su compañero.

La conocí en 1982, cuando llegó a Nicaragua a hacerse cargo de la representación de las FAR en aquel país. Sustituía a Argelia, que había sido capturada ese mismo año, cuando intentaba ingresar a Guatemala por la frontera de Tecún Umán. Parecía tener un carácter dominante y si, era fuerte, con un profundo sentido de autoridad, pero también con una gran nobleza de corazón.

Casi de inmediato pasé a formar parte de su equipo de trabajo. Fue ella la que me sugirió inscribirme en la academia de mecanografía libre y me motivó a continuar estudiando siempre que hubiera condiciones para hacerlo.

Una mañana me dijo:  —No podés seguir utilizando tu nombre de pila. Debés ponerte un seudónimo.—  Fue entonces que decidí llamarme “Sergio”, en homenaje a un jefe de la guerrilla urbana que había caído: “Sergio Aníbal Ramírez”. 

Fue Ana quien me llevó a cumplir una de mis primeras tareas revolucionarias: entregar partes de guerra a los medios de comunicación en Nicaragua. Ella conducía el carro y yo bajaba a entregar a medios de comunicación y agencias internacionales, los documentos revolucionarios.

Disciplinada y estricta. Para ella siempre fue importante aprovechar al máximo el tiempo en la causa encomendada. Ella entregaba el cien por ciento y exigía que todos así lo hiciéramos.

Fue de su biblioteca que devoré novelas cubanas de espionaje, como: “Aquí las arenas son más blancas”, “Y si muero mañana”, o rusas: “Así se templó el acero”, “Un hombre de verdad”, “17 Instantes de una primavera”, “Dora Informa” y tanta más, además de integrarme, bajo su conducción, a una célula de militancia, donde estudiábamos la línea política de la organización y otros documentos elaborados por la Comandancia de las FAR y la URNG.

Al año siguiente le fue orientado hacerse cargo de un comando revolucionario encargado de alimentar de información a la que sería Radio Insurgente. Fue entonces que me asignaron mi primer radio de comunicaciones: Un Yaesu, en el que, al principio empecé a monitorear emisoras guatemaltecas, con el fin de obtener noticias del día.  Luego, con varias emisoras encontradas, grabábamos los servicios informativos, los que transcribíamos y resumíamos.  Las síntesis noticiosas las pasábamos por el radio de comunicaciones al equipo de Radio Insurgente en Petén y con el tiempo a todos los frentes de guerra. El servicio se fue enriqueciendo con los cables que recogíamos en los diarios nicaragüenses “Barricada” y “Nuevo Diario”, pero también con otra síntesis noticiosa que hacíamos de los diarios guatemaltecos: Prensa Libre y el Gráfico, que un amigo de la inteligencia nicaragüense, sacaba a diario de los vuelos provenientes de Guatemala. Todos los días íbamos al aeropuerto a recoger los periódicos, regresábamos y procedíamos a elaborar los resúmenes.

Dejé de ver a Ana en 1986 y aunque en los siguientes diez años nos encontramos esporádicamente, nunca tuve duda de su liderazgo, de sus aportes desde la trinchera que le correspondió resguardar, la que convirtió posteriormente en una vocación.

Volví a trabajar con ella a partir de 1996   …hasta su último aliento.

lunes, 17 de julio de 2017

La colaboradora

La guerrilla guatemalteca tuvo un número relativamente pequeño de combatientes. Algunos medios de comunicación toman como base informes de inteligencia militar para decir que fueron 15 mil elementos armados, en los años más cruentos del conflicto armado interno. El ejército por su parte llegó a tener en esos mismos años 45 mil efectivos.

Había soldados que comentaban que un guerrillero equivalía a 20 de ellos. Esto no era una creencia o una leyenda trasladada de boca en boca, oficiales e instructores se los mencionaban a cada rato, con base en el análisis de la forma de operar de la guerrilla: el factor sorpresa, la concentración y dispersión de fuerzas, el conocimiento del terreno, pero principalmente una base social en constante crecimiento.

Y es que una cosa era el número de elementos armados y distribuidos en los distintos frentes de guerra, en selvas, montañas, llanuras y ciudades, y otra el aparataje que hacía funcionar a la guerrilla, como los equipos de logística, inteligencia y comunicaciones, de carácter militar, pero también, y con una función más estratégica,  los políticos, los organizadores, formadores de simpatizantes y militantes, en aldeas, caseríos, barrios y ciudades.  En otros países realizaban su labor los diplomáticos, militantes y colaboradores, con tareas específicas. Muchos de ellos, sin ser de izquierda habían tenido que salir al exilio antes de ser asesinados en el país, por tener pensamientos diferentes a la clase gobernante o rechazar tajantemente que la divergencia se pagara con la muerte.

Si en algo tenía razón el ejército era que la guerrilla nunca hubiera podido posicionarse y crecer, sin una importante y valiosa base social. Colaboradores y colaboradoras estaban diseminados en todo el territorio nacional y daban su aporte a la causa, con comida, refugio e información.

Esta es la historia de una colaboradora, en la ciudad de Guatemala, como muchas otras, pero también como muy pocas: por su entrega incondicional, por su carácter, por su valentía y coraje; por su disciplina.  A tal punto que en algún momento sus responsables creyeron que sería una valiosa guerrillera.  Pero no. Su función era esa y había que aprovecharla ahí, al máximo.

Tuvo una infancia difícil, pero feliz, en el occidente guatemalteco junto a dos hermanas más y un hermano.  Eran hijos de una madre soltera que luchó toda su vida por ellos, para que tuvieran lo indispensable y salieran adelante.  Aún recuerda una navidad cuando recibieron de regalo un dulce, amarrado en pequeñas bolsitas; el regalo de su hermano era una moneda de muy poco valor, metida en una cajita de fósforos.  Era un niño que miraba a sus amigos recibir obsequios de mayor calidad y quería algo igual.  Abrió el regalo y colérico lo lanzó hacia el monte.

Ella, muy joven partió hacia Quetzaltenango donde hizo sus estudios de magisterio en un internado y en cuanto consiguió trabajo se empeñó en ayudar a su madre y a sus hermanos. Se enamoró de un muchacho y juntos decidieron trasladarse a la capital, en busca de un mejor trabajo. Con una hija casi de brazos, quedó viuda y pasó más de un año en condiciones difíciles.

Fue en un colegio de la zona 1 donde conoció a Rolando Morán y a César Montes quienes desde entonces se dieron cuenta que era una mujer que emanaba respeto y confianza.  Para entonces ya estaba casada con un abogado y vivía cómodamente en una casa del centro, muy cerca de todo, y aunque logró estabilidad económica, su identidad de clase, sus orígenes, nunca los olvidaría.

Rolando y César le hablaron claro. Ella se entregaba de lleno con sus amistades, pero además le nacía del alma: ofreció apoyar en lo que pudiera. Fue así como se convirtió en una de las más importantes colaboradoras de las FAR en aquellos tiempos.

Muy pronto conoció al Comandante Turcios, quien pasaba muy seguido por su casa. Ocultó armas, dinero, llevó mensajes, cartas y documentos a distintos lugares del país, pero también al extranjero. Nunca la descubrieron; incluso en los momentos más difíciles, con soldados subiéndose al bus. No mostraba el más mínimo nerviosismo: sonreía y bromeaba con ellos.

El domingo 2 de octubre de 1966, Turcios Lima pasó por la casa de la colaboradora. Ella lo invitó a quedarse más tiempo, pero el comandante debía cumplir una tarea más. La vida no le alcanzaría: murió en un aparente accidente de tránsito una hora más tarde.

En los años 70’s, luego de los acontecimientos en la Sierra de las Minas continúo dando su aporte a la causa revolucionaria. La visitaban Pablo, María y otros mandos de las FAR y ella mantenía su fidelidad de siempre: iba, venía, traía, llevaba, aunque la situación de seguridad era cada vez más complicada.  Aumentaba la represión en los departamentos y en la capital iniciaba una época de violencia selectiva.

Por si fuera poco para el sufrido pueblo de Guatemala, el 4 de febrero de 1976 un terremoto sacudió gran parte de su territorio; más de 23 mil personas perdieron la vida y otras 77 mil quedaron heridas; al menos un millón 200 mil personas quedaron sin hogar.

Las condiciones sociales, políticas y económicas  favorecían el discurso de izquierda y el pueblo lo sabía. El riesgo de que se profundizar la lucha armada era inminente. Fue entonces que se implementó una campaña que levantaría el perfil del decadente general Kjell Eugenio Laugerud García: “Guatemala está en pié”, que llevó a la solidaridad de las y los guatemaltecos para levantar al país. Además, el aporte de naciones amigas y la visión estratégica de los Estados Unidos permitieron que en menos de un año se percibiera una Guatemala con nuevos bríos.

En 1977 se incrementó la represión en la capital, para acabar con las voces críticas: Robin García, en la Universidad de San Carlos; Leonel Caballeros en Diversificado; Mario López Larrave, Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la USAC.  Los años siguientes trajeron más sangre y dolor a la familia guatemalteca: Oliverio Castañeda, Antonio Ciani, Manuel Colom Argueta; Alberto Fuentes Morh y tantas y tantos más.

La colaboradora se mantenía firme en sus principios y algunas veces tuvo que tomar medidas de seguridad, su actitud y visión estratégica le favorecían.  En la época de campaña política del general Ángel Aníbal Guevara, quien estaba previsto que fuera presidente de Guatemala al concluir su período Romeo Lucas García, se acercó a un grupo de esposas de militares, que mantenían reuniones sociales de apoyo al candidato. Obtenía en ese ambiente información privilegiada que trasladaba a la guerrilla.

Pronto vendrían los años más difíciles del conflicto armado, con la llegada de Efraín Ríos Montt al poder; las masacres en los departamentos y la represión en la capital. La guerrilla recibió golpes fuertes en la urbe; cayeron valiosos cuadros político-militares y otros tuvieron que salir del país.

Poco a poco la colaboradora dejó de aportar, no por deseo propio, por cierto: la buscaron menos. Ella jamás perdió la verticalidad de sus ideas.

Los años, como es natural, la fueron consumiendo y en 1997, aún con aquellos ojos picarescos y su sonrisa campechana se acercó a saludar a uno de los comandantes de la URNG que recién había regresado al país; uno de los compas de seguridad le impidió el paso.  Entonces gritó: —¡Fulanito!, soy yo, ¡¿me recuerda?!  Pero un “Disculpe, no la conozco”, recibió como respuesta.

Ella se fue, un tanto desconsolada y justificó la reacción del comandante: — Ya está viejo y era de los que menos llegaban conmigo.

Ahora, en 2017, cuando está por cumplir sus 85 años,  la colaboradora ha cambiado mucho.  Su memoria la empezó a abandonar desde hace algunos años, pero aún recuerda con nostalgia sus años dorados.


Siempre que la veo y tenemos oportunidad de hablar de antaño me dice: — ¡Cómo me gustaría saludar a manzana! El era de los que más la visitaban. 

sábado, 17 de junio de 2017

Los inicios de las FAR en Petén

"Androcles abriendo caminos,
creando amaneceres a tientas,
sembrando fuerzas, conciencias,
Feliciano abarcando el mundo,
lleno el porvenir, al descampado,
cayendo y levantándose,
con el grito de siempre en la memoria"
Esaú Ruíz

Corría el año 1967. El ambiente interno en las Fuerzas Armadas Rebeldes era tenso y complicado a raíz de la muerte del Comandante Luis Augusto Turcios Lima, en octubre de 1966 y el fracaso militar de la  guerrilla en la Sierra de las Minas con la pérdida de valiosos cuadros. La visión política era diferente: se había demostrado que las FAR era una fuerza en crecimiento, compuesta por militantes que entregarían hasta la última gota de sudor y sangre para alcanzar sus objetivos. Se cometieron errores, era cierto, pero había que enmendarlos, aunque impulsar nuevas iniciativas implicara incurrir en nuevos desaciertos. Por el momento era necesario replegarse.

En la mentalidad del revolucionario de aquella época destacaba el ejemplo del pueblo vietnamita, que empantanaba día a día al ejército estadounidense, a pesar de que éste contaba con armamento y equipo muy superior. Los vietnamitas ponían en práctica una estrategia de guerra de guerrillas, en un terreno selvático: su territorio, que conocían como la palma de la mano y dirigidos por estrategas militares.

Algunos revolucionarios guatemaltecos creían en aquel momento que el mejor terreno para iniciar algo parecido en el país era la Zona Reina de Quiché, compuesta por montaña, selva y población indígena, harta de las condiciones de miseria que habían vivido desde siempre, aspectos que permitirían un reclutamiento masivo.

Pablo ordenó iniciar un proceso de incursión. De a poco, para que el enemigo no se percatara del plan estratégico. La idea era que una unidad militar, integrada por guerrilleros experimentados se trasladara a Petén, para luego iniciar la exploración por las márgenes del Usumacinta, el río La Pasión y el río Salinas, que más arriba toma el nombre de río Negro, ya en territorio de Quiché.

Había que explorar toda esa ruta y construir vías logísticas que permitieran la sobrevivencia y mantenimiento de la fuerza guerrillera.

Pero después de varios meses el avance era nulo. La vanguardia encontró resistencia en la población de la cooperativa Pipiles, a donde habían llegado. Nadie les creía que su intención fuera convertirse en cooperativistas, mucho menos se animaban a prestarles una lancha, que les habría facilitado la exploración hacia Quiché.

Rigo, hermano de Pablo y uno de sus hombres de confianza para aquella operación, regresó en dos ocasiones para informarle sobre las adversidades con las que se habían encontrado, pero también los aspectos positivos que se estaban dando en territorio petenero. Desde unos años antes muchos campesinos del sur y el oriente del país se habían trasladado al Petén, como colonos movilizados a esa zona por el mismo gobierno. Y aunque el supuesto objetivo era dar tierra a población necesitada, la verdadera intención de políticos y militares era que se abriera brecha en selva virgen, para beneficiarse de sus riquezas.

El grupo de avanzada descubrió que en otras localidades estaban instalados, desde hacía algún tiempo, familiares de algunos compañeros.

Pablo decidió viajar personalmente a Petén, para corroborar la versión de su gente. Compraron el equipo necesario: mosquitero, botas, cuchillos, brújula, encendedor, linterna, machete, lima, anzuelos y nylon para pescar, además de camisas de manga larga. También adquirieron un motor marino que sería llevado por un campesino con una historia creíble, para no levantar sospechas.

Los tres iban juntos en el mismo vuelo de Aviateca, pero Pablo y Rigo iban atrás, alejados del campesino para evitar riesgo. Ambos guerrilleros llevaban sus pistolas en la cintura. La seguridad en las terminales aéreas no era tan estricta en aquella época, aunque sí había en sus alrededores un importante número de elementos policiales, tanto uniformados como de civil.

Antes de descender del C-46 Pablo vio desde la ventanilla que en las gradas estaba el hermano del "Gallo Giro". El Giro era un traidor responsable de la muerte de varios compañeros, que se había vuelto "famoso" al ser presentado públicamente por el ministro de la Defensa ante los medios de comunicación. El hermano del Giro también había estado alzado, pero desertó unos meses antes. Pablo le avisó a Rigo y éste se pasó hacia adelante para protegerlo e instintivamente montaron sus armas. El piloto, que aún no había bajado percibió que algo grave estaba por suceder y salió corriendo para advertir a los elementos de seguridad.

Los oficiales guerrilleros lograron a empujones bajar la escalinata y se atravesaron la pista hacia un costado colindante con el río La Pasión, para luego dirigirse hacia atrás, donde comenzaba la selva. Los policías corrían tras de ellos, ordenándoles detenerse, pero Pablo y Rigo alcanzaron la espesura y se perdieron. Literalmente perdidos y sin equipo de sobrevivencia, pues el equipaje había quedado en el avión.

Aquellos hombres estuvieron deambulando en la selva durante tres días. Rigo recordaba que la comunidad de los compañeros estaba a unos 15 kilómetros de ese lugar, río arriba, Pero no siempre podían movilizarse por las márgenes, donde había áreas pantanosas llenas de jimba y güiscoyol, plantas con espinas que impedían el paso al más valiente. Debían caminar selva adentro y era entonces que volvían a extraviarse. Luego de horas de camino se daban cuenta que estaban caminando sobre sus pasos.

Fue hasta el tercer día que encontraron una especie de vivero, caminaron muy despacio y vieron a un campesino, al que decidieron hablarle. Le dijeron que habían salido de cacería y se habían perdido, pero no parecía creerles.  El campesino los vio en un estado lamentable y les regaló agua y comida. Los dejó que descansaran un rato y luego les dijo: — Miren, ténganme confianza, ustedes son los que se fueron del avión.  Pablo y Rigo trataron de negar tal aseveración, pero el campesino insistía e insistía.  Fue hasta que dijo: — Los compas los andan buscando por el río. Han pasado en un cayuco con motor varias veces, tratando de ver si los encuentran.

Aquellas palabras convencieron a los experimentados guerrilleros, que decidieron identificarse: —  Sí, somos los del avión. Por favor ayúdenos a encontrarlos. Después de tomar todas las medidas de seguridad, el campesino los reunió con los compañeros.

Luego de los abrazos y la alegría de volverse a ver supieron que el compañero que venía en el avión con ellos pudo salir sin novedad y recoger con su ticket el motor marino; el mismo motor que colocaron al cayuco para buscarlos por el río y que estaba destinado para la exploración hacia la Zona Reina, que aún estaba entre sus planes.

Petén todavía estaba lejos de convertirse en un bastión guerrillero.

lunes, 17 de abril de 2017

¡Si pudiera… regresarte a la vida!

Pero como eso no es posible 
solo nos queda emular tu práctica revolucionaria 
¡ALIOTO VIVE!

Era 1994 y el proceso de diálogo y negociación avanzaba vertiginosamente; el 29 de marzo de ese año se firmaba el Acuerdo Global de Derechos Humanos, que permitiría la presencia en Guatemala de la Misión Internacional de Naciones Unidas (MINUGUA), un acuerdo de suma trascendencia en el país, para alcanzar la paz.  El 17 de junio se suscribe el acuerdo para el Reasentamiento de las Poblaciones Desarraigadas por el Enfrentamiento Armado, y apenas unos días después, el 23 de junio, se logra el acuerdo sobre el Establecimiento de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las violaciones a los derechos humanos y los hechos de violencia que han causado sufrimiento a la población guatemalteca.

Se daban pasos importantes que coadyuvarían a sentar las bases para el definitivo cese al fuego, sin embargo la guerra aún no terminaba y era necesario, tanto para la guerrilla como para el ejército, mantener la correlación de fuerzas a su favor.

El Frente Sur “Santos Salazar”, de las FAR, emergía como el “Ave Fénix”, luego que fuera desarticulada la plana mayor en marzo de ese mismo año. El comandante Martín y dos de sus principales oficiales habían sido capturados.

El Comandante Pablo ordena el traslado inmediato del Capitán Leandro, además de reforzar el frente con cuadros medios de comunicaciones, inteligencia y servicios médicos. La guerra continuaba en todo el país. No cabían muestras de debilidad que permitieran al enemigo fortalecer su posición.

En noviembre de 1994 la situación social en la capital guatemalteca se torna violenta. Nuevamente la demanda social por el precio del transporte urbano de 65 centavos a un quetzal con 25 centavos, llevaba a miles de personas a las calles por casi quince días.  Como siempre, el estudiantado combativo de la Universidad de San Carlos de Guatemala, USAC, se colocaba a la vanguardia de las demandas populares.

Cientos de universitarios organizados en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) sabían que este era otro frente de lucha y que tampoco había que ceder un ápice a las imposiciones de las fuerzas represivas, en contra de los legítimos derechos de la población.

Entre aquellos jóvenes sobresalientes se encontraba Mario Alioto López Sánchez, con apenas 21 años. De estatura media, complexión robusta, cabello quebrado, bigote y una barba aún poco poblada en el rostro. Un año antes había ingresado a la Facultad de Derecho de la Tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala; muy pronto destacó por sus ideas y actitud participativa. Fue nombrado jefe de orden del sub Honorable Comité de Huelga de Dolores de 1993. Posteriormente se incorporó a un grupo de teatro de la facultad, con la intención de llevar mensajes de cambio y organización a las áreas marginales de la ciudad capital.

En horas de la tarde del 11 de noviembre inicia el enfrentamiento con las Fuerzas de Reacción Inmediata (FRI) de la Policía Nacional y elementos del ejército, acostumbrados a matar a población indefensa.  Además de los gases lacrimógenos,  batones y otros artefactos utilizados para reprimir, portaban fusiles que accionaron contra el estudiantado indefenso. Por si fuera poco, violentaron la autonomía universitaria. Era claro que el objetivo era desarticular cualquier tipo de levantamiento social, que influyera en la lucha, a nivel nacional.

Varios compañeros cayeron heridos, entre ellos Mario Alioto, quien además fue golpeado salvajemente en la cabeza y el cuerpo. Los rescatistas lo sacaron del lugar cuando ya había perdido demasiada sangre.

Mario Alioto López Sánchez murió aquella noche, pero no su espíritu y coraje.  Dejaba con él un legado de acciones y pensamientos a emular.

El día del funeral fue acompañado por miles de guatemaltecas y guatemaltecos, que entre sollozos coreaban consignas: ¡Si Alioto no está aquí, Alioto dónde está!, ¡Alioto está en las calles exigiendo libertad!, ¡Alioto López! , ¡Presente!

Un documental elaborado por CIEP y CAMI captó a una anciana que gritaba a los estudiantes: ¡Nuestros mártires no se lloran, se IMITAN señores universitarios!, ¡Dios los bendiga por defender al pueblo Y SER VALIENTES!

La Universidad de San Carlos perdió así a un líder nato, a un joven visionario que tenía mucho por aportar a la academia y a su país.

En noviembre de 2011, 17 años después, el gobierno de Álvaro Colom, en nombre del Estado, pidió perdón a la familia de Mario Alioto López Sánchez. El ministro de Gobernación, Carlos Menocal dijo que la Policía Nacional cometió “un cobarde asesinato”, además de reconocer el daño a la nación, así como el sufrimiento y secuelas que representó para su madre, su esposa y su pequeño hijo, de 27 días de nacido.



Si pudiera

Si pudiera con mi pensamiento cambiar muchas cosas
Cambiaría el mundo
Cambiaría el hambre por pan
La tristeza por alegría
Cambiaría los desechos tóxicos por manantiales de agua viva

Si pudiera con mi pensamiento influir en la humanidad
Cambiaría las balas por sonrisas,

Si pudiera, 
Cambiaría los golpes por estrechones de manos
Cambiaría las minas por piñatas para los niños
Cambiaría a los hipócritas por sinceros

Pero esta es mi utopía,
Me conformaría con que el mundo viviera en paz 
y todos viviéramos como humanos y como hermanos
Si pudiera desaparecer las clases sociales lo haría
Si pudiera con mi pensamiento cambiar cosas 
cambiaría el odio por el amor
El dolor por la felicidad,
Pero es imposible, parece que el problema es la humanidad

Si pudiera cambiar al mundo 
tan solo lo resumiría en cambiar el pensamiento humano
Tan solo dejaría intacta la naturaleza y al noble de corazón

Si pudiera alguien hacer esto 
todos viviríamos como hermanos y como humanos
Mario Alioto López Sánchez

jueves, 5 de enero de 2017

Un “buzón” en la posguerra

Corría el primer año de la paz. Era marzo de 1997 y en Petén el calor era sofocante. Desde hacía varios días que el compa “Chepe” traía vuelto loco a “Lico”, insistiéndole en que fueran a recuperar un viejo  “buzón” que había quedado enterrado en cercanías del Macabilero, en el municipio de La Libertad.

Según “Chepe”, solo él y un comandante de quien no quiso revelar su nombre, conocían el lugar donde habían quedado guardados varios miles de quetzales, que si bien no los volverían ricos, serían de buena ayuda en el proceso de reincorporación a la vida civil.

Fue así que finalmente decidieron tomar camino, en una jornada de casi dos días ida y vuelta. Debían pasar como campesinos de la zona, en algunos tramos y cruzar a rumbo otros donde podrían ser vistos por posibles grupos delincuenciales. Habían proliferado desde la salida de la guerrilla de las montañas.

El recorrido nocturno fue el más emocionante. Para ambos parecía como en los días del conflicto: una noche de cacería, el traslado de un campamento a otro o la operación militar que requería del total silencio y la sorpresa, para garantizar el éxito.

A eso de las 5.30 de la tarde se dejó escuchar la corriente del Macabilero. Empezaba a oscurecer, por lo que decidieron buscar un lugar que prestara condiciones para la pesca. Acamparon en el mejor sitio posible. Las aguas del arroyo parecían hervir de la cantidad de peces que contenían. Fue tanta la felicidad, que “Lico” dejó escapar un grito. — ¡callate pisado, se nos van a ir! — dijo Chepe de inmediato, con aquella característica sonrisa de oreja a oreja que hacía ver sus ojos más pequeños.

Pero si bien el grito emocionado de “Lico” ahuyentó a los peces, no pasaron diez minutos para que éstos regresaran y casi brincaran a sus mochilas.  Fue suficiente una hora de pesca para que cada uno llevara unos cuarenta pescados, los que prepararon y “chojiniaron” para que no se descompusieran en el camino de regreso. Habían apartado cuatro mojarras rojas, grandes, para su cena.  Comieron suficiente, recordaron anécdotas de la guerra, cuando esa área era selva inhóspita y durmieron como niños. El plan era levantarse muy temprano, tomar una bebida caliente y movilizarse hacia donde se encontraba el buzón. Según “Chepe” faltarían dos horas “bien pateadas” para llegar al punto.

Así lo hicieron.  La topografía del terreno había cambiado; había mucha menos vegetación, árboles caídos, derrumbes.  Fue ahí que “Lico” reconfirmó las cualidades de “Chepe”: — ¡Es aquí! — dijo, parado sobre un viejo tronco de Ujushte.  Luego de grandes esfuerzos y malabares movieron el árbol y empezaron a escarbar. Al cabo de unos 50 minutos encontraron el depósito y lo sacaron con sumo cuidado, como una preciosa joya; incluso juntos fueron quitando la tapa.

Pero su frustración fue mayúscula al descubrir que el contenido sólo lo integraban un arnés, dos uniformes  podridos y una mochila igual de afectada por el tempo.  “Chepe” se tiró desconsolado junto al hoyo.  No dijo nada. Ambos estaban bañados en sudor, lo que impidió a “Lico” ver las lágrimas en el rostro de su compañero.

De inmediato iniciaron el retorno. Querían llegar a su aldea antes que anocheciera. Iban sumidos en sus pensamientos e intentaban encontrar el lado positivo de aquella triste experiencia, cuando oyeron ruidos frente a ellos.  Se detuvieron, con el mismo reflejo de antaño, casi tirándose a tierra, pero sin un arma para defenderse.  De pronto apareció el primer soldado.  Era una patrulla de 20 elementos.  “Lico” atinó a decirles, con una sonrisa que apenas se dibujaba en su rostro. — ¡Puta, amigos, que susto nos dieron!  El soldado de la vanguardia sonrió, al ver a aquellos dos campesinos, que seguramente venían de pescar en el Macabilero.  El fuerte olor a pescado los delataba.  — ¡Vayan con cuidado! — les dijo.

Sí. Era realmente pescado el que llevaban y no los quetzales soñados. Por su cabeza no pasaba siquiera cuál habría sido su reacción frente a los militares, de llevar el preciado botín. Pero aquella experiencia sí tenía una enseñanza: como ex combatientes reincorporados a la vida civil debían ganarse cada centavo con el sudor de su frente. Podían hacerlo, sabían pescar y esa sólo era una de muchas otras cualidades. ¡Lo lograrían!

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los caídos

En un septiembre como éste fue capturado aquel joven cuando buscaba restablecer contacto con sus compañeros en un punto de emergencia; casi todos los integrantes de su unidad habían caído. Era la última posibilidad de reencontrarlos… y no lo logró.  Un comando de elementos de la G-2, dispuestos estratégicamente en el lugar de encuentro impedía la más mínima posibilidad de fuga.

Su madre y su tía lo buscaron por todas partes; acudieron a la oficina de la G-2 en el Palacio Nacional, donde fueron recibidas de la manera más cordial:  —Su hijo va aparecer, no se preocupe; “ha de estar con esa gente”. Pero cuéntenos: ¿tiene novia?, ¿cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿dónde estudia?, ¿y sus amigos más cercanos…?  Tampoco recibieron respuesta a esas preguntas.

Las dos mujeres, desconsoladas, se acercaron a un primo militar. Un oficial de alto rango en la Fuerza Aérea. En algo podría ayudarlas, pensaron.  Pero su respuesta también fue fría, sin sentimientos, sin humanidad:  —Mirá, si estaba metido en babosadas no puedo hacer nada. “En el ejército la consigna es guerrillero visto, guerrillero muerto”.

Esa fue la última vez que lo visitaron. Unos meses después su hijo murió mientras atacaba a una columna guerrillera en Chimaltenango. El A-37 descendía vertiginosamente por el desfiladero, soltaba su carga mortal y se elevaba nuevamente, apenas a tiempo para superar la cima de la montaña.  Tres, cuatro veces repitió la operación. En la última, las balas guerrilleras lograron averiarlo y perdió fuerza. No logró la altura necesaria y se estrelló violentamente.

El ejército se apresuró a informar que había sido un accidente mientras realizaban maniobras de entrenamiento. No podían aceptar públicamente que las fuerzas guerrilleras lo habían derribado y fue enterrado sin honores. Eran los tiempos de la guerra.

En una carta, dirigida al entonces Jefe de Estado, general Óscar Humberto Mejía Víctores, aquella madre afligida, con el corazón en la mano, escribió:

“…Como madre angustiada por la violencia que vive el país y con la seguridad de que usted, como Jefe de Estado y sus voceros oficiales han asegurado al pueblo de Guatemala y al mundo entero que en este país se respetan los derechos humanos, principalmente el derecho a la vida, que es el más sagrado que posee el ser humano…”

“A usted, señor general, respetuosamente pido:

1. Que dé sus órdenes a donde corresponda para que se investigue a quién o quiénes pertenecen las placas denunciadas.
2. Que se respete la integridad física de mi hijo.
3. Que, aún creyendo que mi hijo es inocente de cualquier señalamiento, se consigne a los tribunales de justicia como en derecho corresponde, en caso de haber cometido delito alguno.

Mi hijo, señor general, no está desaparecido.
Mi hijo, señor general, no está secuestrado.
Mi hijo, señor general, lo tiene el ejército.”


Un 5 de enero recibió un telegrama firmado por el jefe de la G-2, para que se presentara a una entrevista. La señora llegó pero sólo fue objeto de un nuevo interrogatorio. Muchos años después, en 1999, cuando se hizo público el “Diario Militar” pudo constatar que un día antes de recibir aquel telegrama habían matado a su hijo; en la ficha se lee: “04-01-84: Se lo llevó Pancho”.