lunes, 19 de agosto de 2019

1993: Ataque a puesto de avanzada del ejército


"En la intensidad del momento se podía sentir el paso de cada milésima de segundo, más aún cuando notaron que los militares habían sido alertados por las voces de mando..."

En 1993 combatientes del Frente “Panzós Heroico” fueron enviados a efectuar un ataque al puesto de avanzada del destacamento militar ubicado en la zona petrolera de Rubelsanto, en Chisec, Alta Verapaz, donde operaba hasta ese momento la compañía petrolera Basic Resources.

Para llevar a cabo esta acción debían considerar que el puesto de avanzada se encontraba a 500 metros del destacamento y había que pasar por un caserío, para llegar al lugar donde sería colocada la posición principal de la acción. El riesgo era extremo e implicaba un alto nivel de sigilo en un primer momento, rapidez y certeza, en el segundo.

La unidad guerrillera estaba integrada por 18 combatientes y era necesario que todos atravesaran el poblado sin ser detectados. Se untaron de ajo por todo el cuerpo para que los perros no sintieran su olor y les ladraran. Iniciaron la incursión a las 11 de la noche.

El caserío era pequeño: de un punto a otro habrían 250 metros. Sin embargo, a paso de zapadores, tomados del cinturón unos de otros y desviándose por los lugares con menos probabilidades de ser descubiertos, hicieron seis largas horas. Ninguno de los 18 flaqueo.

Nueve guerrilleros se quedaron frente a la carretera, en la salida del pueblo, punto que sería clave posteriormente. Los otros nueve avanzaron 150 metros más, donde se encontraron con una malla que daba frente al puesto militar e impedía el paso, aunque no así el operativo.

Todos tomaron sus posiciones. Juan Antonio llevaba una potente ametralladora PKM. A la izquierda se ubicó su primo Eliú, con el lanzagranadas y a la derecha Chaco, con el lanzacohetes. El resto de fusileros ocuparon los flancos. A las 5.45 todos estaban listos, a la espera de la orden del jefe de la unidad, el teniente Lima.

El ataque debía iniciar a las 6.00 horas. En ese momento vieron una sombra correr hacia ellos. Era un soldado que se detuvo a unos diez metros de la posición de Juan Antonio. — “Si me mira le vuelo verga”, pensó y apuntó, en espera de lo peor. El soldado se bajó el pantalón y se agachó para hacer sus necesidades. Dos minutos después se levantó y regresó relajado. — ¡¿me vio, me vio?! , preguntó nervioso a Eliú. Pero en el puesto militar no hubo ninguna reacción.

A las 6.00 en punto, cuando aún no parecía haber ningún movimiento en el lugar se escuchó el grito del teniente Lima: — ¡ Fueeeeegoooo ! El lanzacohetero era el encargado de iniciar la acción, pero en ese preciso momento tenía abajo la bazuka. En lo que se subió el arma al hombro y afinó puntería se escuchó nuevamente el grito del oficial guerrillero: — ¡ Fueeeegooo !.

Foto de apoyo. Combatientes de FAR en Petén.
En la intensidad del momento se podía sentir el paso de cada milésima de segundo, más aún cuando notaron que los militares habían sido alertados por las voces de mando y antes que se dejara escuchar la detonación del cohete, retumbó la ametralladora. Juan Antonio tuvo que iniciar la acción. Luego de al menos 25 tiros salió el cohetazo directo y certero a la garita, que voló en pedazos a una distancia de 20 metros. De inmediato inició la fusilería y con ella, en leves pausas, las granadas. Era una orquesta de muerte.

Los soldados no atinaban a reaccionar. Unos minutos después se volvió a escuchar el grito de Lima: — ¡ Al asaaaltooo ! Cortaron la malla y empezaron a avanzar. Fue hasta ese momento que intentaron poner resistencia, pero ante el coraje y valentía de los insurgentes huyeron hacia la carretera donde se encontraron con la contención guerrillera, que también los hizo retroceder.

Solo les quedaba mantenerse escondidos en un pantano aledaño para salvar sus vidas. Todo esto ocurrió en cuestión de minutos. El oficial al mando del destacamento escuchó el apabullante estruendo de las armas guerrilleras, por lo que envió a una compañía de infantería a reforzar la avanzada. Corrían agazapados por una orilla de la carretera, cuando Chaco, el cohetero, recibió la orden de disparar.

Un potente granadazo hizo volar a cuatro militares, dando paso a un enfrentamiento con fusilería. Juan Antonio fue enviado a posicionarse con la ametralladora en medio de la carretera y abrir fuego a lo que se moviera, en tanto el grupo de Lima tomó las galeras de la avanzada del ejército. Dos soldados habían perdido la vida en ese lugar.


Fueron recuperados dos fusiles galil, mochilas, municiones y una cantidad considerable de abasto. No habían pasado 30 minutos cuando se dio la voz de retirada. No hubo bajas insurgentes; por parte del ejército murieron seis elementos. Posteriormente se conoció que los soldados de la avanzada que se habían escondido en el pantano, informaron haber sido secuestrados por la guerrilla.

viernes, 9 de agosto de 2019

Una acción desafortunada

“Te mataron
y no nos dijeron donde
enterraron tu cuerpo, 
pero desde entonces
todo el territorio es tu sepulcro; 
o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que no está tu cuerpo,
tú resucitaste”.
Ernesto Cardenal


Entre julio y agosto de 1985 se llevó a cabo el XII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú, al que asistieron más de 20 mil jóvenes de 157 países. A este magno evento se dio cita una delegación de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), integrada por varios combatientes guerrilleros; hombres y mujeres que se habían ganado a pulso el derecho a estar ahí y que aún les faltaba mucho por aportar.

Las operaciones en los frentes continuaban con diversidad de dificultades, pero con la voluntad y calidad individual, de seres que estaban dispuestos a darlo todo, incluso su propia vida, por construir un mejor país.

En una guerra irregular cualquier acción militar implica un alto riesgo, así sea únicamente propaganda armada. En Guatemala este tipo de actividades se efectuaban con la intención de atraer al ejército a un lugar, dispersar a la fuerza enemiga, llevar el mensaje revolucionario a la población, generar simpatía y aumentar la incorporación de jóvenes a las filas insurgentes.

Por aquellas fechas, a mediados de 1985, el teniente Águila organizó la toma de un tramo carretero, entre el caserío Colpetén y la aldea Sabaneta. Una tarde antes la unidad guerrillera acampó en una milpa cercana al lugar donde se llevaría a cabo la acción. Águila autorizó que se hiciera una fogata y se cortaran elotes. El teniente era muy cuidadoso con la propiedad de la población. Era común que si pasaban por un cañaveral ordenara sembrar más caña. El campesino pobre debía recibir el valor de lo que se consumiera. En aquella ocasión no fue posible hacerlo por las condiciones de secretividad en que se encontraban, previo a la acción.

A las 5 de la mañana del día siguiente se acercaron a la carretera. Antes se pusieron de  acuerdo en las tareas que a cada quién correspondían: en ambos extremos del tramo colocarían contenciones, con el fin de bloquear el tráfico y hacer frente a cualquier incursión del ejército. En el centro, Alex se encargaría del mitin y junto a él estaría el sargento Everildo y el compañero Frank, para protegerse mutuamente y participar de la arenga. Uno de los flancos, a manera de retaguardia, estaba resguardado por el compañero Morales y su escuadra.

Alex, Everildo y Frank se subieron sobre un camión y estaban por iniciar el mensaje revolucionario cuando se oyó un disparo. Everildo se dobló hacia adelante y cayó de cara en la tierra, sin el más mínimo movimiento. Su arma voló a unos metros de su cuerpo. De inmediato empezó un nutrido fuego de fusilería. Los soldados habían burlado la vigilancia de Morales y su gente.

Frank buscó salir del lugar a como pudo, en tanto que Alex, en medio de la carretera, no podía levantar la cabeza. Al momento de los disparos e teniente Águila logró rodar hacia una de las orillas, en una balastrera. Un pelotón de soldados atacaba desde un pequeño cerro, donde emplazaron rápidamente una ametralladora y al menos dos lanzagranadas M-79, además de la fusilería. Era un fuego nutrido sobre el pequeño grupo de guerrilleros que no esperaban ese ataque. Alex se encontraba junto unos pick ups, que le sirvieron de parapeto para protegerse inicialmente, pero las personas civiles, que corrían un grave peligro, se subieron a los vehículos y a como pudieron salieron del lugar.

Muy rápidamente solo quedó el camión junto al que estaba el cuerpo inerte de Everildo. Alex perdió su parapeto, Expuesto, en medio de la carretera, perdería la vida en cuestión de segundos. En ese instante escuchó el grito del teniente: — ¡Hacele huevos, yo te cubro! Águila dirigió ráfagas largas con su M-16 hacia el lugar donde estaba el enemigo, con lo que logró el espacio mínimo para que Alex saliera de la línea de fuego.

En el área de la balastrera se había formado una pequeña vuelta que les permitía sacar el fusil, disparar y al mismo tiempo protegerse. Alex y Aguila lograron ubicar a un soldado escondido tras de un arbusto de jocote jobo. Las hojas impedían verlo directamente, pero el cañón de su arma era evidente. Sabían que aquello no era realmente una protección para el militar. Águila, que tenía muy buena puntería, apuntó cuidadosamente y eliminó ese punto de ataque. Aniquilada esa posición pudieron salir de donde se encontraban y retirarse.
Teniente Águila, al centro.

El punto de reunión estaba a menos de dos kilómetros, pero antes de llegar el teniente preguntó por Everildo. — Está  muerto, dijo Alex, lo vi caer completamente sin sentido, nunca se volvió a mover.  Pero Águila era empecinado y no quería perder a ningún compañero. — ¡Vayan a sacarlo!, ordenó. Alex y la Misha se vieron las caras, ninguno quería regresar. El cerro estaba tomado por los soldados, que además empezarían a perseguirlos, estarían en una posición completamente desventajosa. Regresar significaría la muerte.

Pero Águila mantenía su orden. Estaban por regresar cuando apareció un avión Pilatus que comenzó a roquetear hacia donde se encontraban. Era necesario salir de ahí cuanto antes.

El cuerpo de Everildo no pudo ser rescatado.

En cualquier confrontación armada hay pérdidas de ambos lados, pero en una guerra irregular hay factores que modifican la balanza para uno u otro lado. El ejército de Guatemala tenía más elementos y mejor armamento: cañones, aviones, tanquetas. En tanto la guerrilla tenía a su favor el conocimiento del terreno, la dispersión de fuerzas y el factor sorpresa, pero especialmente la calidad humana: hombres y mujeres decididos a todo para alcanzar la victoria.

Cuando el ejército, con mayor volumen de fuego y número de efectivos sorprendía con métodos de guerra de guerrillas se daban acciones como esta, en la que los sorprendidos fueron los combatientes revolucionarios.

A pesar de la caída de un valioso compañero y la posterior retirada en condiciones desventajosas, también el ejército registraba bajas.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Cuipy



“Si amas algo, déjalo libre…”

La flora y la fauna en las selvas y montañas de Guatemala se vieron afectadas durante el conflicto armado interno. Quemas y bombardeos acabaron con cientos de hectáreas en las que habitaban diversidad de especies, muchas de ellas en peligro de extinción. Una cantidad considerable de mamíferos, peces, aves y reptiles también formaron parte de la dieta de sobrevivencia de los grupos armados, y poblaciones en resistencia.

En las organizaciones revolucionarias la cacería se planificaba si habían condiciones de seguridad, pero era totalmente prohibido matar a ningún ser vivo si no era para alimentar a los combatientes, a los enfermos y heridos o a alguna compañera en estado de gestación.

Mono araña en Petén. foto tomada de internet.
En medio de esta situación, despiadada y hasta antinatural, también se daban bellas historias de animales, muchos de los cuales pasaron a integrar las filas revolucionarias, por distintas razones, como la del compa “Chicuco”, aquel mono araña al que los compañeros adoptaron como un miembro más, pero les fue imposible llevarlo consigo cuando el ejército cayó al campamento. Los kaibiles lo encontraron en el árbol donde solía estar, vestido de verde olivo. Lo bajaron y acabaron a machetazos, con toda la brutalidad que había en ellos.

Un Tucán rescatado. Foto Internet.
En 1986, en el campamento “Nadie se escapa” se encontraba el compañero Rony, un combatiente que se recuperaba de una herida y de quien nunca supe si le decían “Rony Tucán”, por su amplia nariz aguileña o porque en ese tiempo se convirtió en papá de un Tucán. Había cuidado a una de estas bellas aves, casi desde que salió del huevo, por lo que lo tomó como su padre; sabía perfectamente que él lo protegía y alimentaba. Era gracioso ver a Rony recorrer el campamento y detrás suyo al Tucán, que lo seguía a pequeños brincos.



Cuipy se sentía "la mamá de los pollitos"
Pero la historia que da título a esta entrada es la de Cuipy, un faisán hembra que nos llevaron a la casa de seguridad donde nos encontrábamos, también como un pequeño polluelo. Su nombre era una onomatopeya del sonido que hacía. Alimentábamos a Cuipy con agua y masa y la cuidábamos con todo el esmero posible. Al igual que el Tucán de Rony se apegó a nosotros y nos veía como familia.

Vivíamos en una ranchería, con muchos árboles, plantas y agua por todas partes. Cuipy parecía estar en su hábitat natural y pudo crecer grande y fuerte. Nunca cortamos sus alas. Cuando supo que podía volar lo hizo y una tarde alzó vuelo. Oímos un fuerte aleteo y solo vimos su sombra. La buscamos esa tarde noche, sin resultados. Intuíamos dónde se encontraba, pero era imposible acceder al lugar.

Creímos que la habíamos perdido y dormimos tristes, pero al amanecer, a eso de las 5 de la mañana, escuchamos nuevamente el aleteo que descendía a nuestro patio. Salimos corriendo. Ahí estaba, junto a los pollos que empezaban a picotear su maíz.

Cuipy hizo de esto una rutina diaria, que pasó a ser su forma de vida. Se iba por las tardes y regresaba en las mañanas, comía, bebía, permanecía en “su casa” durante el día y se iba al entrar la tarde.

Lupita, la niña que Cuipy cuidaba
Ese año nació mi hija y por el calor y los mosquitos colocábamos en una hamaca con mosquitero en el corredor del frente de la casa.  Pronto Cuipy asumió el rol de guardiana de la pequeña. Se mantenía al píe de la hamaca y no permitía que ningún extraño se acercara a ella. Hasta algunos conocidos eran picoteados o perseguidos por Cuipy, que protegía a la bebé, como suya. Algo extraño, quizá un instinto maternal o percibía que era un ser vulnerable.
Cuipy, a punto de alzar vuelo

Algunas tardes volaba más lejos y nos preocupaba que por su naturaleza salvaje decidiera quedarse y no regresar más; no estaba en su verdadero hábitat y podría ser víctima de personas sin escrúpulos que únicamente quisieran hacerle daño. Las había.


Pero el final de Cuipy sería más extraño. Una mañana, antes del medio día, mientras trabajábamos en nuestros equipos de radio, escuchamos fuertes aleteos en el patio. Brincó dos, tres veces y dio varias vueltas, hasta quedar con sus grandes alas abiertas, tendida, corrimos junto a ella y hasta intentamos soplar por su pico para que respirara. Pero no volvió. Sufrimos su muerte. La lloramos y la enterramos atrás de la casa, junto a unos árboles de cacao, donde seguramente continuó dando vida.

viernes, 5 de abril de 2019

El tigre escamado

Por Marco Tulio Soto

Y acercándose cautelosamente, con sigilo inaudito, avanzaba el tigre real. Aquel tigre que se las había jugado siempre, que había arriesgado su vida frente a la muerte y el destino.

Aquel tigre, que se encontraba en su edad de celo, había aprendido en su infancia y su juventud, cómo defenderse, cómo conservar la vida con su instinto natural. Aquel animal de sangre caliente, de salvajismo innato, de porte y belleza estéticos; de heroísmo y sagacidad pulcras; de amor a la naturaleza, a la montaña, al medio natural, a los ríos, los volcanes; al proceso de descomposición de las hojas que caen de los árboles; al nacimiento de los ríos en la montaña, a los riachuelos que se van formando con el goteo de las nubes al condensarse el rocío de las hojas y los arbustos, había sentido la presencia de la víbora barba amarilla.

Esta no era común, de las que imponen su elegancia, más bien era una malformación de serpiente; parecía mordisqueada, con las escamas levantadas, pero mantenía intactas sus enormes mandíbulas, sus colmillos curvos, afilados como agujas hipodérmicas, con glándulas cargadas de mortal veneno.

Los dos animales eran reyes en sus respectivas especies. Uno en el de los felinos, el otro en el de los reptiles.

El tigre, que venía hambriento, saltó sobre la víbora, pero ésta ya lo estaba esperando. El enorme felino se devanó en la tierra. Se sacudió con toda su fiereza, pero la serpiente no lo soltó: sus colmillos curvos y la trayectoria de la mordida lo imposibilitaban.

El tigre sintió la inyección de veneno en su cuerpo. A pesar de su experiencia permanecía ignorante frente al fenómeno de la muerte. Él vivía constantemente de la muerte, pero enfrentarse a su propia muerte era otra cosa. Así era la ley de la selva. Nadie podía vivir sin ella. En su medio casi siempre el más fuerte establecía la autoridad, establecía su voluntad, pero en esta situación, en estas circunstancias, comenzaba a dudar de la ley que conocía y que hasta hoy había regido su vida.

El sometimiento de uno a otro podía darse por la fuerza física, por sagacidad, por inteligencia. Siempre, o casi siempre, los más débiles aceptaban la voluntad de él sin ofrecer resistencia. A veces sin siquiera someterlos por la fuerza o la presión: caían por simple cobardía, por miedo a la confrontación, al enfrentamiento.

El tigre estaba acostumbrado a su dogma, a su naturaleza. Lo bueno para él era lo bueno para todos y lo mismo sucedía con lo malo. Esto constituía un formalismo muy útil para su vida.

En ese momento el tigre comenzó a pensar en lo difícil que había sido vivir hasta entonces, en los peligros, en las tentaciones vencidas, en la confrontación diaria con sus enemigos; la competencia con otros animales de su especie. Sentía el impulso de seguir viviendo; era un sentimiento inexplicable, inconsciente, inherente a cada organismo vivo. Sentía que era su deber continuar con vida.

Ahora sentía el dolor. Sentía las punzadas. Tenía clavados los colmillos de la víbora en un brazuelo muy cerca del pecho, del corazón. Ya había hecho todos los esfuerzos por sacudirse a aquel reptil, que también manaba sangre fría. La serpiente estaba quebrada del espinazo y tenía varias vértebras rotas.

Pero el tigre comenzaba a flaquear en su carácter; en su violencia; en su forma de ser y actuar. Pensaba si quizás otro tigre ya se habría liberado de la víbora o si sería normal lo que él hacía: comprimir sus mandíbulas contra aquel cuerpo alargado y resbaladizo.

La barba amarilla era depredadora por naturaleza. De carácter destructor y sádico. Desde su nacimiento fue así. Su madre estuvo a punto de deglutirla, de comérsela, de tragársela al nomás salir del cascarón. Tuvo que huir para salvar la vida. Desde ahí quedó marcada. La víbora no es un ser social, pero se relaciona con otros de diferentes maneras, pero principalmente para vivir de ellos, para devorarlos.

La víbora también sentía morirse. Estaba prácticamente partida. Sentía que las fuerzas le comenzaban a faltar, de tanto apretar las mandíbulas que había abierto hasta 90 grados. Ya había agotado su pócima letal y el tigre aún no desfallecía. Ambos morirían, era cuestión de tiempo.

El tigre comenzó a sentir cada vez más dolor, aunque por momentos se le nublaba la vista, se desconectaba por segundos. Comenzaba a lamentar haber querido comerse a aquella víbora. Había tenido tanta hambre para cometer ese grave error. En definitiva él mataba para comer menudo: hígado, corazón, riñones. Después enterraba el resto del cuerpo, lo cubría con hojas para después comer la carroña de la carne descompuesta. Esa era su verdadera comida.

El tigre tomó conciencia de que ya no podía soltarse de la víbora, que irremediablemente moriría ahí. No sabía cómo ni por qué, pero llegó a ese conformismo, a esa conclusión fatal y entonces en un aletargado morir comenzó a hablar con su victimaria: — ¿Sabes?, yo te miro como tú me ves a mí. Eso en cuanto a la valoración que hago de ti, de tu ser. No desde el punto de vista de la alimentación, sino de tu género. La víbora respondió: — Desde ese punto de vista estamos completamente de acuerdo. Tú debes sentirte igual que yo, por eso no cedes. Ambos somos impulsados por la crueldad. Hemos hecho de la muerte nuestra forma de vivir. Muchos deben morir para que nosotros vivamos. Es un círculo vicioso impuesto por la naturaleza. Somos seres activos pero no productivos. Nosotros tenemos poder y fuerza para matar a otros, pero no tenemos poder y fuerza para trabajar, para producir, para crear. Por eso nuestro poder es malvado.

La víbora continuó: — Yo he sentido como orinas en diferentes lugares para marcar tu territorio. Así como yo, peleas con los que te hacen competencia en tus dominios, pero también eres capaz de conciliar con alguien más fuerte o igual que tú. Eso pasa con el Puma, con el Danto. Al Puma lo toleras porque come carne fresca y te deja el resto de sus víctimas. A veces lo atacas solo por el temor a ser atacado y destruido por él. Buscas someter a los demás sin darles lo que necesitan. Lo haces únicamente para resolver lo que tú necesitas. Sacrificas a innumerables seres sin sentirte siquiera culpable.

—Bueno, - dijo el tigre -, nosotros somos seres predestinados. Tenemos marcada nuestra forma de ser, de actuar. Somos buenos, malos o nobles, pero hay algunos, mejor dicho, muchos, que se someten al poderío, a la autoridad de otros por cobardía, porque así, cobardemente, participan del poder de quien los somete. Se sienten satisfechos con adular y no les importa la humillación. Se invalidan así mismos convirtiéndose en instrumentos y lacayos de otros.

—Así es - dijo el reptil, - nosotros somos auténticos déspotas. Lo bueno para nosotros debe ser lo bueno para los demás. Nuestra valoración la hacemos sin ambages ni consideraciones. Nosotros somos nuestros propios jueces: valoramos nuestro bueno y nuestro malo.

Así siguieron hablando por mucho tiempo, no se pudo establecer cuánto. Así, hablando y muriendo, muriendo y hablando; haciendo reflexiones, enfrentando así la vida, la poca vida que les quedaba. Enfrentando así a la muerte, la mucha muerte que se aproximaba.

Ambos se fueron adormeciendo. Se fueron sedando. Comenzaron a experimentar placer, a sentir bienestar. Se sentían contentos de pronto, muy cómodos. Siguieron hablando y pensando en hacer cosas juntos, unidos, inseparables, mordiéndose uno al otro, afianzándose, uno del otro,  pensando uno como el otro; sintiendo uno igual que el otro. Seguirían viviendo así juntos, muriendo juntos.

Por fin se acercaba la hora de la muerte. La inevitable muerte de la que había vivido. La que muchas otras veces habían provocado y ahora estaban esperando. La muerte propia. El inevitable final. Pero ambos apretaban las mandíbulas, apretaban y apretaban porque sentían que así se aferraban a la vida.

Y sucedió lo increíble, lo inaudito. En los estertores de la muerte, temblaban, vibraban, se apretaban cada vez más, no sólo clavaban hasta la raíz sus colmillos tratando de hacerse daño el uno al otro, sino haciéndose daño a sí mismos. Comenzaron a sentir prácticamente el mismo dolor.


Y así, vibrando, temblando, se fueron fundiendo uno al otro. Hubo momentos en que era difícil identificar al tigre o a la víbora, hasta que por fin, en un haz de luz salió corriendo un animal, un ser muy raro, mitad tigre y mitad víbora: una serpiente con pelos, un tigre con escamas.

"Con una rosa en la mano..."

Eran los años 80’s y en la vida clandestina escuchábamos a escondidas y con bajo volumen a Pablo, a Silvio, a Mercedes Sosa, a Víctor Jara, a los Guaraguau, pero en nuestra vida “normal”, en la apariencia del hogar, sonaban con más fuerza las canciones de Juan Gabriel; había que mostrarnos “comunes”.

Pero Juan Gabriel nos marcó y nos permeó, definitivamente. Sus canciones románticas se fueron haciendo nuestras y se nos metieron en las venas; se convirtieron en parte de nuestra vida emocional. Recuerdo a Pepe cantando: “… Soy insensible a heridas de amor, jamás exclamo un ay de dolor”, o  “vamos al noa, noa, noa, noa, noa, noa…” A las que les imprimía, además, un baile coqueto, muy de él.

Fue entonces que esa música pasó de ser parte de nuestra pantalla, como un gusto popular a uno personal: Querida, Amor eterno, Siempre en mi mente, Te lo pido por favor, No me vuelvo a enamorar, la farsante… A tal punto que se hicieron parte de nuestra vida real, como militantes revolucionarios, pero también personas comunes que vivían martirizándose el corazón por los amores frustrados o perdidos.

Tenía casi seis meses de no ver a mi compañera. Nos separaban más de mil kilómetros de distancia y el único momento en que la escuchaba era el de la comunicación: cruzábamos indicativos, enviábamos mensajes en tres minutos y concluíamos con un “saludos”, cambio y fuera.  Sabíamos, ella y yo, toda la carga de amor que nos implicaba esa palabra. Pero queríamos decirnos tanto y no podíamos.

Recuerdo aquella ocasión, luego de que perfeccionamos las comunicaciones por telegrafía, comenzamos a explorar equipos computarizados con los que los sonidos en clave Morse se convertían en ruido ininteligible. 

Preparé entonces, como texto en clave morse, una canción de Juan Gabriel, con la que quería decirle a ella todo lo que sentía: “Con una rosa en la mano te digo, lo mucho que yo te amo, cariño, te quiero, y en un rizo de tu pelo, la rosa te dejo…”

Y la envié.  Ese fue el inicio de nuestras comunicaciones digitales.