martes, 22 de enero de 2013

El último vuelo del dragón


Era finales del 84, luego de una prolongada campaña de acciones guerrilleras, en las  selvas de Petén. El ejército guatemalteco registraba un alto número de bajas, entre muertos y heridos, pero lo ocultaban a los medios y enterraban a sus muertos sin honores, para no hacer evidentes sus derrotas.

Esto ocasionaba que bajara la moral en la soldadesca; pero lo que más hería su amor propio era que las fuerzas insurgentes se ufanaran de sus victorias e incrementaran los mitines en los poblados más habitados, porque además representaba una creciente simpatía popular a favor del movimiento revolucionario y por ende el fortalecimiento de las filas con más jóvenes alzados.

Fue para entonces que el ejército decidió lanzar una ofensiva aérea, con una flotilla de aviones de combate Cessna A-37B (DragonFly) de producción estadounidense, que habían sido utilizados en Vietnam;  una aeronave capaz de lanzar rokets; bombas de 50, 100 y hasta de 500 libras, así como explosivos de fósforo blanco (napalm).  Su estampido ensordecedor hacía temblar al más valiente de los guerrilleros.

Pero de a poco resurgía el indoblegable espíritu revolucionario; en unos más rápido que en otros y la desconcentración acertada de la fuerza evitaba que las cargas mortíferas ocasionaran bajas.

Uno de esos días, el pelotón a cargo del Teniente Manuel fue detectado por uno de estos aviones en el claro de una montaña.  Manuelito mandó a su gente a tomar posiciones y resguardarse.  __ ¡Apúrense compañeros porque ese cabrón va a tirar! – dijo, mientras el piloto comenzaba a volar en círculos, cada vez más reducidos.

El subteniente Belarmino y el compañero Chalío estaban juntos cuando el avión se lanzó en picada y soltó su primera descarga. La montaña retumbó, con un sonido ronco que se extendía a lo largo de la selva.

Tranquilo Chalío, dijo Belarmino, con una sonrisa en su rostro que parecía más bien nerviosa.  __ ¡esperemos tenerlo a tiro y le volamos verga!.   Corrieron rápidamente a una pequeña elevación, donde nuevamente tomaron posición de tiro.  Manuel, en otro punto, preparaba la ametralladora M-60; el resto de compañeros lo resguardaban.

El A-37 reinició  su danza de muerte: círculos grandes, pequeños y otra vez en picada, con aquel bullicio de sus motores, pero esta vez entró directamente a la línea de fuego, donde el tableteo de la ametralladora y de la fusilería fue intenso.  No hubo descarga.  Sus movimientos mostraron pérdida de control y desacierto, con pequeños tumbos que anunciaban su intempestiva caída.  Una fumarola negra salía de uno de sus motores.

Los gritos de alegría y victoria fueron espontáneos en cada uno de aquellos valerosos combatientes; algunos de ellos con pequeños costos del ataque: Chalío tenía una herida en una nalga, ocasionada por una piedra filuda.  Belarmino sufrió unos días por varias espinas en su espalda, pero nada comparado con la satisfacción del deber cumplido.

Al otro día recibieron información de las bases: el avión se había precipitado en las cercanías de la aldea El Esfuerzo.

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