sábado, 16 de febrero de 2013

Una mala decisión


“Errores no corrigen otros, eso es lo que pienso”, Roberto Carlos

A mediados de los 80’s, cuando la guerrilla ya se había adaptado a la selva petenera; la logística había mejorado; las armas y las vituallas cada vez eran de mejor calidad; los uniformes se fueron perfeccionando, al igual que las hamacas, carpas y mochilas.  Hubo entonces la posibilidad de que algunos de esos valerosos guerrilleros salieran a especializarse a otras latitudes del mundo.

Todos soñaban con tener esa experiencia, pero fueron contados los que viajaron.  Es más, otros, quizá los mejores, debieron quedarse, para dar seguimiento a los planes operativos; el accionar debía continuar.

En 1989 las FAR intensificó operaciones en la zona baja del Petén, entre la aldea Las Pozas y Sayaxché. El enemigo había sufrido un número considerable de bajas. Una de esas heroicas unidades guerrilleras estaba al mando del subteniente Juan.  Un combatiente que se había hecho en la selva; había llegado niño junto a su padre, al que vio caer en combate tiempo después y quiso continuar sus pasos, al principio como un deseo de venganza personal, la que luego se tornó en conciencia social.

Las habilidades y capacidades del subteniente Juan eran indiscutibles; había sido formado en el terreno, en tácticas de guerra de guerrillas; desplazamientos, camuflajes, estratagemas; tenía un olfato felino, una actitud militar nata. El fue de los que se quedó, como muchos otros, para hacer frente al accionar, mientras se preparaban sus compañeros.

Eran casi quince días de operaciones en un terreno relativamente pequeño y el ejército concentraba cada día a más soldados en el área.

Por aquellos días regresó el teniente Javier. Había sido preparado militarmente durante más de seis meses en uno de esos países hermanos; otros seis meses combatió a la contra nicaragüense en el Ejército Popular Sandinista.

Juan recibió la orden de entregar el mando, sin demora, al teniente Javier. El plan de operaciones aún no había concluido, por lo que rindió parte a jefe superior, para luego informarle detalladamente lo que se había hecho; entregó el registro de partes de guerra y de mensajes recibidos y enviados a la comandancia, el reporte del parque disponible, así como los croquis de las acciones que aún faltaba por cumplir.

Javier decidió movilizarse hacia un campamento que habían utilizado muchas veces, con mucha huella en los alrededores y aunque Juan nunca hubiese tomado esa decisión, la respetó, pero no quedó tranquilo.  Estaba nervioso y sentía que algo estaba por suceder…  ¡y sucedió!,   A las 5 de la mañana dio inicio el ataque enemigo. El poder de fuego era intenso. Se oían disparos por todas partes; la unidad guerrillera estaba en un cerco; sin embargo la respuesta de los combatientes fue inmediata y  Juan ordenó una línea de fuego en uno de los flancos que prestaba más facilidades para la retirada.

Al cabo de más de media hora de combate lograron salir, pero Juan iba herido, en un costado y en una pierna. Se retiraron. No había más bajas, solo Juan.

Pero el teniente Javier no estaba conforme. No era posible que el ejército le diera esta bienvenida.  No a él. Ya sabrían con quien se estaban enfrentando.  Ordenó un contraataque, y aunque Juan se opuso, no había posibilidades de discusión.  Era una orden militar y debía cumplirse.

En el grupo que regresó iban María, Justo y Sandino.  Ella, con un lanzagranadas M-79, además de su fusil; Justo, con una ametralladora M-60 y Sandino, con un Lanzacohetes, RPG-7.

Los tres cayeron en una emboscada enemiga y con ellos seis armas.

Quince días de intenso y exitoso accionar se fueron al piso con la pérdida de tres valiosos combatientes y un herido, el subteniente Juan.

Era el costo de una decisión equivocada.  

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