sábado, 18 de julio de 2015

A 20 años de nuestros últimos caídos




El Capitán Leandro, durante una reunión en México
Antes de viajar al Frente “Santos Salazar”, a mediados del 93, Juan José llamó a su hermana:  –Mire mija– le dijo. – Voy a una misión allá por Jutiapa, pero ya es lo último. Quiero que se preparen, porque cuando regrese vamos a hacer fiesta con los nenes. Su hijo cumpliría por esos días su primer año; unos meses menor que la hija de Celia. Ella había aceptado criarlo, ante las dificultades de padre y madre, entregados a la lucha revolucionaria.

Esta fue la última conversación que Celia tuvo con su hermano; su hermanito, como ella le decía; era el más pequeño de siete: tres mujeres y cuatro hombres.

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Las negociaciones de paz estaban avanzadas y en poco tiempo se concretaría el cese al fuego. La esperanza de llegar con vida al fin del conflicto armado era alta; pero los riesgos de perder la vida siempre estaban latentes.

El capitán “Leandro” llegó al frente por allá de septiembre de 1993; rápidamente tomó control del área de operaciones y con apoyo del resto de oficiales y las orientaciones de la comandancia, diseñó una campaña militar; el objetivo era lograr en la mesa de negociaciones, una posición de fuerza a favor.

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–De chiquito Juanito era muy enfermizo, seguido le daba bronquitis y había que estarle dando sus medicinas– narra Celia, quien fortaleció su relación con él a partir de la necesidad de atenderlo. Fue por eso tan duro para su mamá y para ella que aquel día, a sus catorce años, cuando salió a cortar Xate con un familiar, en los alrededores de la aldea La Gloria, ya no regresara.

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Leandro, en algún lugar de Petén.
Leandro se incorporó muy patojo a la guerrilla en 1981 y pasó a formar parte de la unidad “Antonio Guamuch”, donde estuvo aproximadamente un año; era un joven muy activo y entregado, que además de adaptarse rápidamente a las difíciles condiciones de la montaña, mostró cualidades como combatiente.


En 1982 se integró al pelotón “Abel Mijangos” al mando del Teniente Sandokán y fue nombrado jefe de la tercera escuadra.

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–Volvimos a ver a Juanito cuando tenía como 15 o 16 años, pero ya había cambiado mucho “tenía revolución metida en la cabeza”–. Vino a soldar una pistola. –Quiero unas botas– Le dijo a Celia. –¿Cuáles?– preguntó ella.  –Unas de esas que hace Padilla– un conocido zapatero del lugar.

–Voy a ahorrar y te las compro– contestó ella– Valían 18 quetzales. –Cuando vengás otra vez te las tengo– dijo.

Leandro en México 1989
Y regresó. Volvió a encontrarse con su hermana que lo esperaba con aquél regalo.  Los ojos de Juanito brillaron de felicidad y la abrazó con tanta fuerza que casi la hace caer. –¡Hermanita, te quiero mucho!; ¡algún día te las pagaré! –No me debés nada; solo te pido que nunca olvidés que tenés familia.

Él se fue nuevamente; esta vez por largos años. Citó a su viejita en dos o tres ocasiones, a orillas de la montaña y ella fue a verlo, con los riesgos que eso implicaba. Regresaba con el corazón destrozado.

La mamá de Juan José murió de Diabetes cuando el ejército mató al tercero de sus hijos. Al primero se lo llevaron en un retén de la autodefensa civil; nunca apareció. El segundo fue baleado cuando iba a su parcela. El tercero se lo llevó el ejército. Su familia supo que lo mataron en la zona militar 23. Encontraron su cuerpo torturado en Santa Elena.

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Lenadro, con pañuelo azul, en una reunión de oficiales.
Leandro vio morir en la montaña a sus nuevos hermanos: Sandokán, Maximiliano, Arturo y tantos más. Y eso lo llevó a luchar con muchas más fuerzas. Había que alcanzar el objetivo final, para que la sangre de los caídos no fuera en vano.

Bajo el mando del teniente Gary recibió el grado de sargento. Tiempo después, con la entrada de tres internacionalistas, dos chilenos y un peruano, recibió entrenamiento de tropas especiales, en las montañas de la Sierra Lacandona.

En aquellos años formó parte de los pelotones “Juan Bardales” y “Lucio Ramírez”, donde integró el mando.

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Unos seis o siete meses después de la muerte de su madre, Juan José llegó al comedor de su hermana, junto a otros dos compañeros.  Tenía barba y un bigote muy poblado.
Leandro, al centro, junto a Jorge y Tato.

Cuando Celia llegó vio a los tres desconocidos sentados en una banca:  –¡Buenos días señora!– dijeron, casi al unísono. –Buenos días señores– contestó ella y añadió: –¿A quién buscaban? –La verdad la buscamos a usted– dijo Juan José. –Somos amigos de su mamá. –No– contestó Celia. –Tú no eres amigo de mi mamá. Tú eres mi hermano.

Nuevamente se unieron en un abrazo profundo y estuvo con ella por varios días. El esposo de Celia también le pidió que se quedara: –Ya no se vaya cuñado, quédese. Juan José sonrió. –Ya falta poco, las negociaciones de paz están avanzadas– agregó.

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En 1991 Leandro recibió la orden de incursionar en las montañas de Fray Bartolomé de las Casas, en Alta Verapaz. Él y diez guerrilleros más fundaron el Frente “Panzós Heroico”.

A finales de 1992 una columna del Frente “Feliciano Argueta Rojo” se sumó al “Panzós Heroico” y tuvo bajo su mando entre 80 y 100 combatientes.

Publicación Prensa Libre 15 de julio de 1995.
Fue a mediados de 1993 cuando recibió la orden de trasladarse al Frente “Santos Salazar”, en el sur del país. Y no recriminó. El sabía que si la Comandancia le pedía estar ahí era porque había confianza en sus capacidades y era una necesidad.


Juan José Lemus Ortega, el Capitán “Leandro” murió en la mañana de aquel 14 de julio de 1995 junto a Merly, a pocos meses que se declarara el cese al fuego definitivo.

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