“De la
montaña vendrá un campesino con justa razón….”
Ocho
meses después, Sandokán y el resto de compañeros que pasaron el curso de
oficiales regresaron al frente y encontraron que el Teniente Vidal había caído
en combate. Fue doloroso para todos, pero había que emular su lucha y
continuar. La decisión de asumir el mando recayó en él.
Sandokán
lo tomó con el temple que lo caracterizaba y aún más, con el deseo de combatir
contra el ejército como el mejor, y más temprano que tarde alcanzar la victoria
final.
De
complexión fuerte, 1.80 de estatura, con barba, pelo largo y boina, no parecía
lo joven que realmente era; en la comunidad se había ganado el mote de “mano de
piedra”, en alusión a Roberto “Mano de Piedra” Durán, el famoso boxeador
panameño.
Pero
la humildad y calidad humana las demostraba en el trato a sus subordinados, así
como a los colaboradores y pobladores con los que tenía contacto; predicaba con
el ejemplo: iba por su leña, pedía su turno de posta y ocupaba la primera línea
de fuego para enseñar a las compañeras y compañeros que se podía dar más; que había
en cada quien muchas más capacidades.
Conforme
pasaba el tiempo se ganaba más el respeto de su gente y de la misma población,
a la que llegaban comentarios sobre un valeroso guerrillero que además enseñaba
a sus combatientes a resguardar la integridad de la población, a proteger los
bienes de los campesinos y a pagar lo que en algún momento consumían: frutas,
elotes, miel, frijol y maíz.
Su
forma de actuar con el pueblo era consecuente lo que pensaba y creía. Su
segundo al mando era el sargento Maximiliano, a los que seguían Rudy, Jaime
“Yegüita”, Gary, Orantes y el Wilo.
El
teniente Sandokán diseñó una campaña de operaciones, entre las que se propuso
dar saltos de calidad, a pesar de no contar con buen armamento. La primera
acción fuerte fue el ataque al destacamento ubicado en la aldea Las Cruces, en
los primeros días de septiembre de 1981.
Turcios
y Johny fueron enviados a explorar el destacamento, aunque ninguno de los dos
sabía realmente lo que estaba haciendo. Ingresaron a la zona con el mayor
cuidado posible y a su regreso el Teniente los puso a dibujar lo que habían
visto. Era mejor a nada.
Sin
embargo, el verdadero problema fue cuando entraron de noche a buscar el lugar y
no encontraban nada. Antes
habían dejado sus mochilas escondidas en un potrero.
Cuando
al fin se acercaron a los alrededores del destacamento dispuso a los
combatientes en dos contenciones y al menos 15 se dirigieron con él a ejecutar el ataque; en total eran unos 25
guerrilleros, armados con rifles, revólveres y escopetas. El combate duró más de tres horas, pero el
poder de fuego del enemigo era superior y fue necesario retirarse.
Cuando
llegaron al punto donde habían dejado las mochilas, o mejor dicho las “costalías”,
a eso de las 6 de la mañana, ya no había ninguna: las vacas habían acabado con
todo; pedazos de hamacas y uniformes estaban esparcidos en los alrededores.
A
pesar de todo la moral no disminuyó. Poco tiempo después, luego de la
evaluación y análisis de los errores, se dispuso la siguiente acción, esta vez
el objetivo era el puesto de la Guardia de Hacienda, destacado en la cabecera
de Sayaxché, al sur de Las Cruces, entre el Subín y las Pozas.
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