lunes, 20 de febrero de 2012

La moral minada

XXVIII


En el año 82 leí en Nicaragua “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, del comandante Omar Cabezas y me llamó mucho la atención la forma en que narra la muerte de Tello, uno de los jefes guerrilleros que lo entrenó. Para él había sido muy difícil entender cómo aquel combatiente de vanguardia que lo había formado, no sólo militarmente sino que le había inyectado en las venas el sueño por alcanzar al “hombre nuevo”, hubiera caído de una forma tan absurda. 

En mi juventud  y romanticismo de ese entonces también me fue muy difícil comprenderlo.

Tiempo después los mismos compañeros y compañeras me enseñaron que todos éramos seres humanos, sujetos a errores, con cualidades y defectos, con virtudes y egoísmos. Que al hombre nuevo no lo encontraríamos en la cima de la gran montaña, después de tres horas de camino.   Aprendí que el líder no era un sinónimo del proyecto político.

Sin embargo, con la muerte de Leandro sentí algo muy parecido a lo que le tocó vivir al Comandante Omar Cabezas;   Me sentí vulnerable, sólo y con la moral a ras del suelo.

Los oficiales regresaron al día siguiente. 

Veía sus caras tristes, ensimismados, en sus puestos, con pocos ánimos de platicar.  El sargento Sitín era el más accesible y aunque pocas veces se le veía serio; esta vez era diferente. 

Me contó lo que habían pasado juntos en las últimas semanas.  La forma en que el Capitán había dirigido las operaciones, lo aguerrido que había sido.  Recordaba como en el Petén lo habían herido en dos o tres ocasiones, por su temperamento, por su temeridad.

Sitín veía la vida y la muerte de una manera muy fría.  -¡puta Chejo!  ¡a Leandro ya le hedía la vida!, decía, al valorar la forma en que se había salvado en múltiples ocasiones. 

Tal vez podía considerarse una irreverencia ante la reciente pérdida del jefe, pero era el análisis frío de un joven que se había hecho hombre portando un arma.

Ahora lo que importaba era averiguar qué había pasado con el Teniente Pezzarosi.  Sabíamos, por las noticias y los mensajes del ejército obtenidos en el radio rastreo, que no había caído ni había sido capturado.

Si la moral de los oficiales estaba debilitada, la de los combatientes estaba muy mal y esa era la peor condición de una fuerza militar. En ese momento no hubiéramos soportado un ataque enemigo.  El comandante en jefe sabía lo peligroso de esta circunstancia y decidió enviar a un nuevo jefe. 

Pero al menos estaríamos un mes así, en el limbo.

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