sábado, 27 de abril de 2013

La hija del Sereque (cotuza) II

parte dos


Cada vez se daban cuenta que el problema no era solamente obtener un pedazo de tierra. Hacían falta caminos, puentes transporte, un mercado que pagara precios justos y autoridades que se preocuparan por ellos.”  Comandante Rigo



En ese tiempo todavía no era muy grande la aldea. No estaba urbanizada.  Todas las casas eran de techo de guano y con paredes de rajas de majagüe, amarrado con bejucos de corral y pimienta.

Para cocinar se construía en cada casa un poyetón de adobe o tierra, con su respectivo comal de tapa de tonel, su piedra de moler, su molino metálico, su batea para hacer masa y varios ganchos que pendían del techo para colgar algunos comestibles y evitar que las ratas se los comieran; una tinaja plástica, algunos botes de lata y unos cuantos trastes de cocina y mesas.  Al fondo uno o dos catres hecho con horcones y varitas de Xate, un mosquitero recogido hacia los lados, un candil sobre una pequeña mesa en la que además se colocaban dos o tres cuadros de santos y a media casa un pequeño fuego para hacer humo y espantar un poco el zancudero.

A la altura de las vigas de chichique o luín, un tapanco o tabanco de polos, donde se amontonaba el maíz en mazorcas, costales, herramientas, junto a otros artículos fuera de uso.

Cada casa contaba con su respectivo par de “chuchos”, sus gallinas, su gallo; en ese tiempo todavía no tenían marranos, porque eran muy caros y había que llevarlos de la costa sur o del Altiplano.   Casi nadie tenía armas para casería, por lo que ser cazador se convertía en una profesión  y era un regular negocio, pues la mayoría de las veces el trato no era con dinero sino en trueque, por otras cosas.

Había pocas mujeres y bastantes “patojitas” que los jóvenes esperaban como voraces felinos tras su presa; las veían crecer y más temprano que tarde “las pedían” o se las llevaban sin pedir, en alguna noche de luna.

Nos tocó afrontar quejas de compañeros a quienes les habían llevado a sus hijas sin que se respetaran las tradiciones de la familia.  Había que buscar padrinos para la petición formal. En aquel contexto también fuimos testigos de cómo viejos se llevaban a algunas niñas con permiso de los padres, a cambio de trabajo, algún guatal produciendo, gallinas ponedoras, unos cuantos chompipes o quizá un rancho construido.

Era la ley de la selva, quizá más tosca que la de las urbes de concreto.  Para nosotros, jóvenes revolucionarios esto era salvajismo, creíamos firmemente que en cualquier relación debía privar el amor.

Al poco tiempo comenzamos a cumplir tareas de exploración, patrullas y actividades propias de la organización guerrillera.

Herber mantenía una magnífica relación con los compañeros de la aldea.  Después de una charla política se quedó platicando con Sereque.  Este compañero tendría unos 40 años, pero Herber a pesar de su corta edad tenía una tupida barba negra, que le daba aires de seriedad.

Sereque comenzó a pedirle consejos sobre cuestiones amorosas.  Le contó que estaba enamorado de la hija del comisionado militar de la aldea, que a ella ya le había hablado en el río, cuando lavaba ropa y solo esperaba que la organización le autorizara para hablar con el comisionado.  —Ese hombre no es malo, decía, y justificaba —ya los compas lo están captando para la revolución.

Herber le ofreció que llevaría su planteamiento al Capitán Andrócles y que en una próxima ocasión traería la respuesta.  Hablaron por un largo rato y Herber, ni lento ni perezoso, le dijo que él conocía a su hija, que ya había hablado con ella, aunque no en el río.  Y de tirón le pidió permiso para visitarla en su casa y le prometió tener un noviazgo serio.

Sereque le dijo: —Mire compa, mejor que así sea. Además yo encantado de la vida que mi hija se entienda con un compa. Llegue a la casa y en la cocina se pueden estar todo el tiempo que quieran, así si alguien llega no los molestarán.

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