miércoles, 16 de marzo de 2011

Rodriga

Rodriga en Petén
Tal vez era un nombre raro para una mujer, pero en la guerrilla era posible; había tantos seudónimos iguales, que era común buscar nombres diferentes.  Pero Rodriga trascendería en la guerrilla, no sólo por el nombre, sino por sus acciones. Se incorporó como combatiente a los 13 años.  Pocos meses antes se la había “robado” un muchacho, con tan mala suerte que al poco tiempo el ejército realizó varias masacres en las aldeas Josefinos, Las Dos Erres y otras.   Ella logró huir junto a otras mujeres, pero los hombres fueron capturados y asesinados en las cercanías del pueblo.

Anduvo algún tiempo con la población, pero luego pidió su ingreso a la guerrilla; durante las primeras noches, como combatiente, la oían rezar en su hamaca.  Le asignaron una carabina M-1. Participó en acciones menores, tomas de aldeas, mitines, pequeñas refriegas contra unidades del ejército o dirigidas a conocidos jefes de patrullas de autodefensa civil o comisionados militares.

Se preparó entonces una emboscada de hostigamiento, en una carretera que comunica a los municipios de La Libertad con El Naranjo; se designó a quienes estarían en la contención y a los que deberían colocarse en el centro de la emboscada;  también se ubicó un punto de encuentro, para encontrarse todos luego del combate y retirarse unidos.

Hubo al menos tres bajas del ejército, pero también la guerrilla reportó un muerto y dos heridos.  Además, en la retirada se perdió Rodriga.  La selva es igual por todas partes y en huída, bajo el fuego enemigo era fácil que alguien se extraviara; por eso había un punto de emergencia. Sin embargo, la joven guerrillera quedó del otro lado de la carretera y se desubicó. No encontró a nadie y ante el miedo de ser capturada por el ejército; caminó y camino, en sentido opuesto.

Al poco tiempo se dio cuenta que estaba perdida; descansó, se abasteció de agua en una poza y siguió su marcha; la recomendación, en estos casos, era detenerse y esperar, pero ella sabía que el ejército podía encontrar sus huellas y seguirla. La selva cada vez era más oscura y cayó la noche, con todos sus sonidos y rugidos; saraguates, pumas jaguares, jabalíes, aves.   Rodriga se escondió en la gamba de un inmenso árbol, con el terror de ser víctima de cualquier fiera salvaje y lloró desconsolada. Hubo un momento en el que colocó la vieja M-1 bajo su quijada y pensó en disparar; pero era más grande el amor a la vida.

La primera noche casi no durmió.  Continúo caminando al día siguiente. Pasó por un viejo guatal y encontró varias mazorcas de maíz; alguna tranquilidad le sobrevino; al menos tenía comida, eran seis mazorcas y no sabía cuánto tiempo más estaría extraviada, por lo que se propuso comer tres “ringleritas” (líneas)  de maíz, por tiempo de comida. Las noches siguientes durmió un poco más.  El terror a ser devorada se mantenía, pero el cansancio y el hambre la hacían desfallecer.  

Una mañana escuchó el sonido lejano de un vehículo, entonces supo que estaba cerca de una carretera; caminó en esa dirección y efectivamente, era una vía principal, de unos 20 metros de ancho. Vio que venía un camión civil y no pensó mucho en lo que haría; era eso o nada.

Se puso de pie en medio de la carretera; con una mano detenía su arma y con la otra hacía el alto al camión.  El piloto y su ayudante detuvieron la marcha.   Rodriga empezó a dar voces de mando a una tropa inexistente, de manera que los hombres no se dieran cuenta que estaba sola:  “¡patrulla 1, tome posiciones!”, “¡patrulla 2, manténganse en alerta!”.

Luego les dio un mensaje político; les dijo por qué peleábamos; les habló de la pobreza en Guatemala y de las masacres del ejército; les dijo que nuestro objetivo era la toma del poder y que todos los guatemaltecos y guatemaltecas deberían aportar, para construir un mejor país.

Fue entonces que les preguntó si ellos sabían donde se había registrado una emboscada contra los soldados unos 18 días antes.  Los camioneros le dijeron que era ahí, en esa carretera, unos 500 metros atrás. Le contaron que el ejército había tenido bajas. Su corazón palpitó con mucha más fuerza. Estaba cerca.  Preguntó si tenían algo de comer, pero no llevaban nada.  Los despidió y les advirtió que no fueran a informar al ejército, porque ellos correrían peligro “pues sabía que usaban seguido esa ruta”.

Caminó hacia el lugar de la emboscada y efectivamente era ahí.  Cruzó la carretera y se dirigió hacia el punto de encuentro, donde los compañeros habían dejado en un pedazo de madera, un mensaje que decía: “te esperamos en el Venceremos”.


Sus ojos nuevamente se llenaron de lágrimas, pero esta vez de felicidad; aún tardaría en llegar casi el resto del día, pero ya estaba ubicada. Al llegar al campamento le marcaron alto en la avanzadilla:  “¡seña!”;  Soy yo, ¡Rodriga!, gritó enojada; pero por dentro estaba feliz; la vida había vuelto a ella.


Rodriga sobrevivió a la guerra; ahora es licenciada en Trabajo Social y estudia una maestría.

1 comentario:

  1. Don Luisito la que mujer más aguerrida deveras y que bonita le quedó plasmada la historia. Me gustó! y aprovecho para decearle Feliz Cumpleaños!

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